Mi profesor se está volviendo loco, sus sesos ya no aguantan más.
Los Prisioneros
Un pequeño cuarto, ubicado en el sur de Zapopan, albergaba a un hombre, un hombrecito, que, a la par de los años, de la vida y de la mera existencia se había convertido en un ser minúsculo, tan mínimo que, para la mayoría, sus existencia equivalía a la nada. En tal sentido, bien podríamos afirmar que se trataba de una habitación proporcionada con respecto a su único huésped, quien se había convertido en un hombre que, vale comentar por respeto a él, aún no se había empequeñecido hasta aquel punto en que muchos asalariados se transforman en horrendas cucarachas que incluso caben bajo la bota de algún enorme familiar. No, claro que no: eso es para otra ficción. De todas maneras, lo correcto sería atestiguar que Juan Pablo se había hecho “minúsculo”, nada más, nada menos; lo que dentro de una habitación tan pequeña como aquella significaba una posibilidad cierta de supervivencia o, al menos, de sobrellevar una vida que ya sumaba más de treinta años de dura navegación en el campo minado de la actual Pedagogía. En cierto modo, a falta de un mejor concepto, ese espacio se había convertido en su “refugio”; un refugio pésimamente amoblado, que, tras buscar y buscar como desquiciado en los clasificados de Internet, había conseguido “a precio de baratillo” en una Guadalajara que en cuestión de arriendos ya no perdonaba ni al más pudiente. Cuestión esta última que me lleva a supone que su departamento, al fin y al cabo, había sido algo “bueno” sobre la base de las casi nulas pretensiones de ese pequeño Juan Pablo, a quien, en ese momento puntual de su existencia, le bastaba una cocinilla diminuta, una cama mínima, un refrigerador minúsculo, un buró despreciable, sobre el que uno u otro libro de autoayuda se asomaban, y una muy reducida autoestima que, seguramente, sólo se sostuviera hasta entonces gracias a su trabajo como profesor.
Durante cuatro años, Juan Pablo había logrado vivir allí con una plausible tranquilidad; tranquilidad que sólo le había costado unos cuantos centímetros de su persona, obra de un sentimiento “codo” con la existencia misma, la que, como se subentiende, le resultaba demasiado pesada y, ciertamente, poco tolerable fuera de su ámbito profesional. En resumen, él no molestaba a nadie y nadie lo molestaba a él, lo que resultaba especialmente manifiesto, si consideramos que, en el piso de abajo, la fiesta bullía cada fin de semana por gracia de una universitaria y de sus compañeros de piso, quienes no perdían ocasión para celebrar la vida que papás y mamás les habían comprado; carrera de Medicina, Derecho o Ingeniería incluida, por supuesto. Cabe mencionar que estas fiestas, para pesar de JP, duraban hasta que saliera el sol, a partir de la excusa de que en Guadalajara ya nada transitaba después de las veintidós horas. Patrañas de esos hijos de la chingada, para quienes, como puedes adivinar, el hombrecito del segundo piso no existía y, por lo tanto, nadie lo invitaba a convivir; no por mala fe, sino porque nadie recordaba que estuviera allí; ni siquiera cuando tocaba cobrar el alquiler, puesto que Juan Pablo se había preocupado desde el día uno de que sus deudas se descontaran automáticamente desde su cuenta de nómina; a lo que se sumaba una entrada independiente, justo por detrás de la casa, y que, cuando llegaba del trabajo, casi siempre se encerraba para no volver a salir. Sinceramente, a Juan Pablo, todo esto le bastaba: en las mañanas clases de Historia de México en tres escuelas cercanas; a las cuatro, una vez cada dos meses, una visita al supermercado; y, a las ocho de la noche, luego de visitar y revisitar con desdén pruebas y trabajos de sus pendejitos, a dormir, plácido, vacío, sin presión, sin preocupación, sin nada que valiera la pena contar y sin nada que valiera la pena dejar. Con todo, más temprano que tarde, Juan Pablo recordaría a la fuerza que pese a sus intentos loables de anonimato existencial, seguía siendo humano; uno que perdía centímetros por año, pero irremediablemente humano. En fin, dicho lo dicho, habrá que centrarnos en lo que acabaría sucediendo un día de clases cualquiera y que da algo de sentido a este cuento.
Todo sucedió una mañana en la que, como durante cualquier otra jornada, JP se paró como un mástil chueco frente a sus estudiantes y comenzó a narrar, lenta y pausadamente, los hechos más importantes de la Revolución Mexicana, pausada y flemáticamente, como si se tratara de una misa en latín y, por cierto, de un modo muy distinto a lo que veinte años atrás solía hacer, tiempo aquel en el que el solo hecho de hablar de Villa, de Zapata, de Madero y de cuánto personaje e intriga nos brindó esa epopeya de inicio de siglo XX significaba verlo saltar, correr, gritar, entusiasmarse sabiéndose alguien con el poder de crear un héroe inmortal para las nuevas generaciones. Por aquel entonces, “¡Viva México!” era su cierre obligado y, por cierto, la promesa para sus alumnos y alumnas de que, cual actual película de Marvel, habría una continuación a esa historia de balazos y tramas políticas. Claro que en ese tiempo era un hombre felizmente casado. Claro que en ese tiempo era un hombre con sobreabundancia de esperanzas. Claro que, en ese tiempo, Historia era una asignatura importante para la Secretaría de Educación Pública. Claro que en ese tiempo nadie hubiera imaginado un futuro en que el profesor Juan Pablo sólo leyera veinte diapositivas estáticas y sin colores a adolescentes hastiados como quien escucha una y otra vez el obituario. Hemos de entender que, en la actualidad, su meta principal era terminar las clases como se pudiera, cumplir con el protocolo lo mejor posible, marcar entrada y salida sin desgastarse el dedo y cobrar cada quincena un dinero que, con cada vez menos horas, sistemáticamente se había ido reduciendo de manera progresiva como su propia estatura. Con el pasar de los años, y dado el poco interés de las nuevas generaciones de verificar siquiera sus datos, Juan Pablo incluso dejó de preparar sus clases, lo que, en la práctica, significó que a veces las fechas o las cifras que entregaba eran erradas; aunque ya le daba igual; tanto como atender a padres o madres descarados exigiendo cuestiones más propias de una guardería que de una escuela. Y sí, esa mañana fue un claro ejemplo de quién era ahora el profesor JP.
—La Revolución fue una respuesta al descontento popular hacia la dictadura de Porfirio Díaz, la que duró veinte años—afirmó durante su clase sin ocultar una pinche cara de desdén que, poco a poco, había ido adoptando con los años y que bien podría haberse confundido con la de cualquiera de los adolescentes que estaban allí mal sentados.
Sin embargo, esa mañana aparentemente como cualquiera, la cosa no quedaría allí, puesto que desde el fondo del salón, se escuchó con más fuerza y con más seguridad que él mismo: “Treinta y seis”. En principio, el profesor Juan Pablo se quedó pasmado ante una inesperada respuesta; incluso, quien lo viera con detenimiento, se habría dado cuenta de que perdió dos centímetros más; aunque, habrá que decir, para ser fieles a lo que allí sucedió, que JP se recompuso lo más rápido posible y que, por ende, no tardó en responder, erradamente, aunque tan seguro como su interlocutor: “Fueron veinte”. Lamentablemente para él, Chema, sobrenombre de José María Ovalle Maldonado, quien ya se avizoraba como el dueño de esas palabras, no se intimidó, por lo que presto decidió insistir con más arrojo: “En Wikipedia dice que fueron treinta y seis”.
Definitivamente, las palabras de José María no habían nacido como una muestra de un profundo conocimiento histórico adquirido fuera de clases, ya sea por horas extras de estudio en casa o por alguno de esos cursos de Internet que hoy en día abundan; ni siquiera por mera curiosidad intelectual. Contrario al reglamento, Chema había metido al salón su celular, un aparato tan caro que ni con tres quincenas JP hubiera podido comprar sin pasar hambre para ello, pero que, para ese adolescente, así como para el coro que allí lo acompañaba con la idea de que se generara el pleito, resultaba ser algo tan desechable como su misma preocupación por un futuro que sin papá o mamá era tan mediocre como su educación.
Comprensiblemente, el profesor no se quedó callado, aunque, en vez de aceptar su derrota frente a la tecnología y, por extensión, frente a Chema, cuestión que tal vez le hubiera otorgado cierto cariz de humildad frente a esas y esos chicos más pendientes de que algo reprochable ocurriera allí, se centró en el Reglamento con un tono que el mismísimo Churchill hubiera envidiado: “El celular está prohibido”, “Por qué no me haces caso y lo dejas en tu mochila”… “Fuera del salón”… “Pero profe’”… “Silencio”. Ya que el estudiante se negaba a salir rápido y junto a él su vergüenza como “académico”, el volumen del regaño subió; también la dureza del tono de JP hasta que, finalmente, el salón quedó otra vez en silencio y Juan Pablo, como quien dice aquí no ha pasado nada, prosiguió su horrible lectura. Sin embargo, esa noche no pudo dormir.
Cuando el profesor JP llegó a casa, subió unas escaleras que le parecieron más altas y extensas de lo habitual, al entrar dejó sus cosas sobre la mesa principal, luego caminó hacia su habitación, lugar donde buscó el borde de la cama para sentarse; eventualmente, se recostó, cerró sus ojos por un momento, respiró profundo como quien recibe el soplo perdido de Dios, tras un minuto, los abrió, observó el techo con inusitada atención, le pareció que se veía gigantesco, no le dio mayor importancia, hasta que, por fin, comenzó a repasar su día igual que un detective lo haría con el mayor crimen de su carrera. De repente, un golpe de lúcida reflexión.
—No es para tanto —se dijo en voz alta como si quisiera creer que el verbo comenzaba con él.
—No es para tanto —se repitió ahora con una angustia que iba notoriamente in crescendo, al tiempo que las paredes parecían alejarse cada vez más.
—¿No es para tanto? —se preguntó ya con un tono que denotaba una horrible angustia que, sinceramente, no sentía hace años.
El problema con el que Juan Pablo se encontró después de mucho cavilar el quid del asunto no había sido su “error histórico”, es decir, el haber recortado arbitrariamente el Porfiriato como un mesías democrático de una ficción autoritaria ya escrita. Tampoco había sido el incumplimiento de las reglas por parte de su estudiante. Ni siquiera el que lo sacara del salón o, mirando hacia atrás, que las calificaciones de este fueran simplemente mediocres. El verdadero problema con el que Juan Pablo se topó allí, en su santuario de la insignificancia y, probablemente, del olvido, fue el “tono” con el que le habló a Chema. Si bien en su memoria, no recordaba haberle gritado —¡Dios se apiade de su alma si fue así! —, sí tenía algo de conciencia de que, tal vez, el volumen de su intervención no había sido el apropiado para los tiempos que corren. Además, bien recordaba que, al final de la clase, habló con él, le ofreció disculpas, tanto por su desliz anímico, más que comprensible dentro del plano humano y pedagógico del México de hoy, no para todos, habrá que recordar, como por el tiempo de Porfirio frente al país, puesto que sí que había checado en su propio celular el dato que José María le indicó y sí que se había dado cuenta de que el escuincle estaba en lo correcto. Dicho de otro modo, y haciendo síntesis de lo ocurrido, había intentado enmendar el momento incómodo de su clase de la única manera que sabía. Con todo, allí, en su cama, en su fortaleza de la soledad, descubriría un cabo suelto al que, por causa del cansancio de la jornada, no le había puesto suficiente atención: la cara de Chema, el “tonito” de la respuesta de José María y el críptico cierre de esta.
—Está bien, profe’. Ya sabemos cómo es Ud. Pronto descansará.
—A qué chingados se refería el mocoso con eso de “Pronto descansará” —se preguntó Juan Pablo asumiendo una posición fetal sobre una cama que se había hecho en un par de minutos desesperadamente grande. —¿Me va a matar? —se dijo atrapado en una mueca mortuoria.
Lo más seguro es que la situación no quedara allí, no por nada entre el mismo profesorado se comentaba el poder de las y los apoderados a la hora de mover los hilos dentro del colegio y, ciertamente, de lo sumiso de los directivos con tal de retener las billeteras por cada estudiante. Por ejemplo, bien sabido era que hace algunos meses muchos estudiantes habían resultado reprobados en uno de los proyectos interdisciplinarios que se proponían trimestralmente por orden de la Secretaría de Educación. Por fortuna, entonces, JP no tuvo inconvenientes, aunque sí uno de los maestros jóvenes, a quienes técnicamente le obligaron a cambiar calificaciones con tal de no provocar una ola de reclamos desde las casas que, probablemente, hubiera acabado por ahogarlos a todos. Cuento corto: el maestro fue despedido a la semana, aun cuando las calificaciones fueron cambiadas e, indisputablemente, los promedios de todo el estudiantado fue alterado, de modo que incluso la vagancia estudiantil pudo proseguir sin problemas, al modo de un gigante orinándolo todo. ¿Qué podría ocurrir con él? En seguida las imaginaciones acerca de posibles escenarios le restaron tres centímetros más.
Aun así, al día siguiente, Juan Pablo acudió al colegio procurando dar la idea de que nada ocurría o podría ocurrir. Indubitablemente el cansancio se le notaba. Más de algún colega le preguntó directamente cómo se sentía o por qué no se iba de una vez a casa, puesto que se le veía muy mal; incluso alguien comentó en broma que parecía que se había hecho más pequeño. El profe’ Juan Pablo sólo respondió que se trataba de un mero resfrío, algo poco, causado por los continuos cambios de temperatura y por el muchísimo papeleo que en esas semanas se exigía. Cuestión creíble, puesto que, en esas mismas fechas, las mañanas y las noches de Zapopan eran frías, mientras que el resto del día hacía un calor tan horrible que más de alguna cristiana llegó a afirmar en uno de los muchos camiones que transitaban por López Mateos que le “sudaban hasta los ojos”. Exagerado o no, esa era la respuesta de JP, quien, íntimamente, pensaba cuándo lo llamarían desde dirección por lo sucedido. De manera que la primera hora de su jornada la pasó expectante, casi en piloto automático; la segunda, sin novedad; incluso la tercera comenzó a sentir que nada ocurriría, no sin antes notar cuán enorme le quedaba su saco azul. Empero, en el descanso, la directora se acercó seriamente para decirle que debían conversar acerca de un “tema grave”; lo hizo mirando hacia abajo con un rostro que revelaba una incómoda reflexión, de esas que acá en México sólo te enteras por accidente o chisme. Juan Pablo entonces comenzó a sudar en frío, lo que le restó algunos centímetros más; quizás por el agua perdida.
El resto de la mañana fue en Infierno. Ya sabiendo de antemano todas las acciones que se realizaban en el colegio para no enfadar a padres, madres, e incluso a los mismos estudiantes era esperable que la ansiedad comenzara a devorar sus órganos internos. Incluso el estudiantado tenía la posibilidad de quejarse acerca del “servicio” dos veces al año y había más de un antecedente, no sólo el último, que dejaba en claro que si alguno de los que “mantenían” esas instalaciones no estaba contento, pues “finiquito seguro” al final del ciclo; tal vez antes. Aun así, nadie lo llamó ese día; lo que en términos prácticos significó que esa noche de nuevo no pudo dormir. ¡Chingada madre!, pensó al llegar a casa.
Al día siguiente y al siguiente y durante toda esa semana, el profesorcito Juan Pablo esperó el llamado de su “patrona”; pero nada ocurrió. Primero, ella se excusó por las muchas reuniones con la Secretaría de Educación, luego por algún evento religioso al que forzosamente debía asistir y también lo hizo por circunstancias que, seguramente, si consultamos la agenda de la directora nos parecerían más que razonables. El problema era que el pobre Juan Pablo no era citado a la oficina, lo que lo obligaba a crear mil escenarios en su cabeza y, al mismo tiempo, le quitaba tantos centímetros de existencia que al acabar la semana, JP apenas alcanzaba el borde de su escritorio. Como era de esperarse, la preocupación lo acompañó todas las horas que le siguieron.
El día lunes Juan Pablo no volvió a asistir a la escuela; cuestión que, obviamente, fue notada por Dirección, no tanto por humanidad como por la necesidad de cubrir ese puesto lo más rápido posible, sobre todo para invitar cualquier reclamo de la “comunidad”, por lo que, tras infructuosos intentos por ubicarlo acabarían dando por cesada su relación de trabajo de manera unilateral. De hecho, aun cuando nunca retiró su “finiquito” o llamó para cuestión alguna, a nadie le preocupó realmente qué ocurrió con él; ni siquiera a sus estudiantes. Es más, hoy en día podemos afirmar que el profesor Juan Pablo no fue encontrado jamás. Lo más cercano a preocupación fue cuando dejó de pagar la renta, puesto que al menos tres personas acudieron a su pequeño departamento a exigir informes al respecto, pero ante la negativa de abrir, tumbaron la puerta y se sorprendieron de encontrar todas las cosas intactas en el lugar, incluido un viejo traje tendido de manera perfecta sobre la cama. Aunque se sorprendieron sólo un rato, puesto que todas esas cosas sirvieron para pagar la deuda frente a la imposibilidad de encontrarlo. JP sencillamente había desaparecido de la faz de la Tierra; quizá, y sólo especulo, ese fin de semana se había hecho tan pequeño como para siquiera considerarlo dentro de este mundo. Realmente no lo sé ni lo sabremos.