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Los trenes en la noche

José Bengoa

Publicado en LA ÉPOCA, 19 de mayo de 1996

 

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Comenzó la huida de los pueblos. La gente abandonó sus comunidades originales en busca de la modernidad, del progreso, de la ciudad, del mundo. Es la historia de este siglo.

Los modernos, quisieron hacer del pasado, olvido. Combatieron la nostalgia, como una de las principales enfermedades del ser humano, de las sociedades, de las personas. Tenían motivos. Reaccionaban frente a un mundo dominado por fuerzas externas, por la cultura, por la religión, las costumbres, el imperio de la autoridad paterna. Inventan el tiempo. Lo resitúan. Lo transforman en progreso. Es la esencia del modernismo: romper la relación inminente que existía entre hombres y naturaleza, entre tiempo y sociedad.


El tiempo es implacable

Thomas Wolfe, recuerda las manos de su padre muerto. Vivía en el medio oeste norteamericano. Mundo rutinario. Su padre había sido un trabajador. Sus manos eran enormes, fuertes, duras, callosas. Están cruzadas frente al pecho, sobre el terno negro, en el ataúd erguido en medio del salón de la casa familiar. Wolfe observa trémulo. Allí yace el pasado, la tradición, la comunidad aplastante de las familias puritanas del Estados Unidos profundo.

“Envuelto en la luz del sol matutino, en la galería de un hospital, a cinco escalones del suelo, estaba sentado el viejo espectro moribundo de un hombre mirando pensativamente a través de la bruma que cubría esa ciudad que él había conocido en su juventud.

Pareciera que ha culminado, ha terminado —por fin— el tiempo de la revolución industrial, el tiempo en que los hombres creyeron que podían sobreponerse a los espacios infinitos, cruzar las praderas en los "caballos de hierro", remontar los ríos, cruzar los mares y mediante todo ello alcanzar la libertad, la felicidad. Hoy, al terminarse esta etapa, larga etapa de la cultura, nos invade el peor de los males: el escepticismo. Su cara positiva aún no surge, es la reflexión cuidadosa de que existe historia y nostalgia, sociedad y comunidad, hombre y naturaleza, masculino y femenino, por lo que se debe construir con precaución el mundo que queremos. A ello le llamamos la cultura de la identidad, en la cual encontramos la libertad mezclada y combinada con los pueblos donde nacimos, con la casa en que nos criamos, con la gente con que vivimos y que quisimos abandonar sin éxito, al escuchar en silencio el pasar de los trenes en la noche.

"Las armas de que se sirvió la burguesía para derribar el feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía".

Frase lapidaria. El mundo avanza a saltos. La burguesía transformó en vapor todo lo anterior, los proletarios van a transformar en meros recuerdos oprobiosos las conquistas históricas de la burguesía. El camino de la historia es implacable.

Marx no deja espacio para una visión positiva del pasado. No hay lugar a la nostalgia. Del pasado hay que hacer tabla rasa. La modernidad es superación, "supresión" se podría traducir, avance, salto, ruptura, liquidación de todo lo anterior.

El tiempo, es implacable.

Quizá por eso que el marxismo positivista no creó nuevas identidades. Sí, crearon identidades, los movimientos obreros, de origen mesiánico, nativista, ensoñador. "Arriba los pobres del mundo..." allí hay nostalgia y hay cultura e identidad. Ese canto —la internacional— no surge del marxismo teórico, es fruto de las luchas obreras, llenas de sufrimiento y sueños de un mundo mejor, la utopía total: "ni esclavos ni hambrientos habrán, la tierra será un paraíso de toda la humanidad". Allí, en esa utopía residía la fuerza movilizadora. Y qué duda cabe que ese anhelo cultural rebrotará de mil formas. Quizás no rebrote ni el marxismo, ni el comunismo, ni los socialismos reales, pero ese anhelo de justicia es inherente al ser humano. Los Estados basados en el pensamiento racional, en el marxismo leninismo, no lograron establecer vínculos nuevos, identidades renovadas. Resurgieron a su caída, las viejas identidades religiosas, nacionales, étnicas, no abolidas por los decretos supremos. El terreno de la cultura combina de modo curioso la subjetividad con la objetividad.


Los trenes son la libertad

El tiempo es implacable...

Los trenes en la noche dejaron de correr. Ya no había más caravanas que fuesen moviéndose por los caminos en busca de nuevas libertades.

"Sólo había vida en sus manos. Lo demás estaba muerto. Aquellas poderosas manos de marmolista, en cuyos tendones y hueso había tan poco que la enfermedad o la muerte se pudieran llevar, parecían ahora más vigorosas y plenas de vida que nunca.

Oh qué tierra, qué vida y qué época fueron aquellas. Aquel mundo de su juventud sin retorno".

Se lleva el recuerdo de las manos, sólo de las manos. Lo único que va a valorar en los años siguientes es el trabajo de esa gente, de su padre, de su madre —de quien no habla—, de los campesinos, los farmers, los trabajadores que forjaron la "gran Nación". "Levántate y mírate las manos", cantó Jara para Chile. En el trabajo ha percibido algún elemento de salvación, algún espacio de cultura, algún valor positivo. En el resto de la sociedad comunal, en las relaciones entre las personas, en la sociabilidad, sólo ha encontrado frustración, odio, rencores acumulados, mal querencias, miradas furtivas. La opresión reina en los pueblos chicos.

El joven Fausto, como se autodenomina Wolfe, toma el tren rumbo a la civilización. Sólo subirse al carro salón, lo asombra. Los cortinajes, las felpas en los asientos, la gente alegre, libre, conversando, riendo. Los trenes son la libertad. Cruzan las planicies norteamericanas. Allí está el progreso. Son los años veinte de este siglo. Pareciera que la modernización americana no tendrá fin.

"Galopan los corceles de la furia, negros y con crin de luna, cobijados por la negrura de la noche, por la magia del tiempo, corren a través de la tierra perseguida por el misterio de la luna como en un sueño eterno y sus cascos golpetean al compás del tren".

Wolfe, en Del tiempo y del río, canta el progreso de América, realizado sobre las vías férreas. Relata el frenesí de la modernidad, entendida como libertad, acceso a la cultura, a una nueva vida. Los trenes cruzan las planicies norteamericanas.

"El tren se precipitaba sobre la oscura tierra otoñal, y en un abrir y cerrar los ojos estuvo cerca del agua y de las rocosas costas, de la belleza solitaria, trágica y eterna de Nueva Inglaterra... Vio las zigzagueantes y angostas calles de Boston, ennegrecidas por la acción del tiempo, con su penetrante fragancia de café y también el espectáculo de la avalancha humana que pasaba erguida sobre sus millones de pies...".

Esta idea modernista habría que seguirla a lo largo de las historias y recodos de "la historia". "Los trenes en la noche", pasan, también, por el pueblo de Lautaro, en el sur de Chile y Jorge Teillier los escucha. Se pregunta qué llevarán. llevarán. Se sube. Mira los pueblos pasar. Llega a la capital.

"Pronto amanecerá/ Los fríos gritos de los queltehues,/ despiertan a los pueblos/ donde sólo brilla la luz/ de un prostíbulo de cara trasnochada./ Los pinos descortezados y nudosos/ pasan interminablemente delante de nosotros/ y nos miran hasta que nos damos cuenta/ de que su rostro es el rostro/ de nuestros verdaderos antepasados./ Yo hubiese querido ver de nuevo/ el pañuelo de campesina pobre/ con que amarraste tu cabellera desordenada/ por el puelche/ tus mejillas partidas por la escarcha/ de las duras mañanas del sur/ Los pueblos flotan en mi cabeza/ que he inundado de vino en este largo viaje/ como flotan los viejos troncos/en los ríos en crecida./ Pero debo dejar el pueblo/ como quien lanza una colilla al suelo;/ Hasta luego,/ hasta luego,/ Hasta que nos encontremos sin sorpresa/ viajando por los trenes de la noche/ bajo unos párpados cerrados."

Teillier viaja a fines de los cincuenta o comienzos de los sesenta de Lautaro a Santiago y escribe esos maravillosos poemas. Quizá los más inspirados de nuestra inspirada literatura. Wolfe lo había hecho en los treinta. Viaja desde el medio oeste profundo, campesino, puritano, cotidiano, a Boston, Harvard, la Universidad, la libertad, las bibliotecas, las mujeres, las ideas múltiples. Entra en el frenesí. Se enloquece frente a la modernidad. El mundo moderno es el mundo de la libertad. La comunidad ha quedado atrás, “allá quedaron los pueblos". Sus luces mortecinas, las tertulias infinitas que dan vuelta sobre los mismos tópicos. La violencia represiva de las costumbres. Nadie puede salir de la casa a partir de las ocho de la noche. Costumbres irracionales, nunca analizadas. Ausencia de cambio, ausencia de la idea de cambio. La transformación es mirada con desconfianza, con precaución, es pariente del pecado. En cambio en las ciudades la transformación es el supremo valor. Quién es más de vanguardia, quién produce una innovación, cuáles son las nuevas ideas, dónde están los límites. No existen.

El futuro, en los años veinte y treinta se ha transformado en una religión. En pintura se han transformado en una escuela. Va acompañando a las doctrinas más radicales que plantean el cambio permanente, la destrucción de todo lo anterior.


El hombre de la nueva ciudad

"Urbanite", propone el teólogo Harvey Cox desde la Universidad de Columbia, al comenzar los años sesenta. Es el "urbanita", el hombre de las grandes ciudades modernas. Es libre. Elige a sus amigos, se relaciona con quienes quiere. Escoge la belleza, la cultura, los valores. Es el hombre libre creado por Dios. Su relación con la divinidad, es por primera vez en la historia libre, consciente, plenamente deseada, no medida por culturas impuestas, tradiciones, costumbres y deberes. Cox descubre en la ciudad la santidad, en la modernidad la posibilidad de alcanzar el cielo. Es la teología de la modernidad.

Nueva York es el nuevo Monte Athos. Se puede ser santo en la ciudad. Mucho más santo que en los pueblos, donde prevalece la convencionalidad, el fetichismo, la mirada solapada, el "cartuchismo" chileno, la presión de toda la familia para ir a misa, sin ganas, los domingos. En la ciudad vas porque quieres, anónimamente. Es tu pleito, libre, con Dios.

"Todo lo sólido se desvanece". Es una frase de Marx en el Manifiesto, para explicar la época moderna. No la habíamos subrayado, hasta que M. Berman la transformó en un iluminador estudio sobre la modernidad. La traducción castellana, razón por la que sorprendió, del Manifiesto (Austral) emplea otras palabras y en buena medida cambia la fuerza del texto. La premodernidad, los valores, las instituciones, los sistemas de pensamiento, en fin, todo, se disolvió en el aire con el capitalismo, con la modernidad, con la era moderna. No hubo espacio para la nostalgia.

La época antigua, para la mirada modernista, estaba marcada por la decadencia, por la opresión, por el oprobio más terrible de la explotación feudal. Vivíamos, se podría parafrasear, sumergidos en el oscurantismo de la religión, en las tenazas de las comunidades, los pueblos, las familias, los parientes, la gente de mirada furtiva y de lenguas viperinas. Todos esos valores, supuestamente valores, fueron disueltos por la modernidad. La frase completa de Marx es lapidaria:

"Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen añejas antes de haber podido osificarse. Todo lo estamental у estancado se esfuma; todo lo sagrado es profanado y los hombres al fin se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocos".

La verdad de los modernos

En Marx no hay nostalgia, sólo hay historia. Pretensión de historia con mayúscula. Es por ello que tampoco hay identidades tradicionales, étnicas, religiosas o culturales. La conciencia se crea, es de clase, surge de las condiciones materiales de existencia y del acto voluntario del aprendizaje: toma de conciencia. La identidad es clasista. Se disuelven las viejas identidades nacionales, religiosas, étnicas, en fin, las llamadas "identidades naturales". Los marxistas desvalorizan estas identidades, les repugnan, son objeto incluso de represión y persecución. El voluntarismo en torno a las identidades adquiridas y contra las identidades prescritas, llegó allí al paroxismo.

Es lo que nos separa del gran maestro. La historia, su historia, es de saltos, de abruptos quiebres, de "couperes epistemologiques" como sentenció Louis Althusser en el paroxismo del estructuralismo marxista. No le aceptaba a Marx ni siquiera una relación de pertenencia con el humanismo, con el historicismo hegeliano, con la mínima subjetividad, ni con nadie anterior a él. Marx, rudo, brutal, temerario, soberbio intelectualmente quizá, cree tener la verdad. La nueva verdad. La verdad de los modernos. Es por ello que funda. Funda una de las religiones más atractivas de la modernidad. La otra es el mercado.

Como es fundador de futuro, no admite mirar hacia atrás:

La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y por consiguiente las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales".

Desde la más profunda ortodoxia marxista uno podría interpretar que lo propio de la burguesía es su compulsión modernizadora. Ha sido así desde siempre, desde que ella existe. Teóricamente y en el largo tiempo —la larga duración— pareciera ser parcialmente cierto. Pero en la vida práctica, en la vida que le toca vivir a cada uno, a cada sociedad, no es necesariamente cierto. La mayor parte de las veces la burguesía —o lo que se denomine como tal— ha contemporizado con la historia pasada, con las sociedades, sistemas y culturas que han precedido. Ahí están los reyes de Europa. Herencia feudal evidente. Reciclados sin problemas mayores y funcionalmente a los sistemas democráticos republicanos y más aún, factores centrales de la estabilidad de los nuevos nacionalismos. Por el lado contrario, en la oposición de la escala social, se encuentran los campesinos y aldeanos, con con sus tradiciones medievales, reciclados también, a la producción moderna, a la cultura y el turismo. Bailan como en el medievo y cobran como en la postmodernidad. En la vida práctica el "arrasamiento" de la burguesía, la "revolución incesante" de todo, e incluso de las "relaciones sociales", no es tal. No es tan compulsiva la historia. Aquellos que pretenden serlo son los nuevos ricos, los nuevos modernos, los que recién aprendieron el ABC del Internet sin haber transitado antes por la máquina de escribir.

 

 

 

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