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Narrativa de la Incertidumbre / Los principios de siglo se parecen:

"El buen soldado", Un Clásico

Por Jaime Collyer
Revista de Libros de El Mercurio, Domingo 23 de septiembre de 2007

No es un deber ineludible releer hoy la novela fundamental de Ford Madox Ford, pero quizá sea aconsejable para quien desee aún disfrutar de un estilista a la vieja usanza, impecable a su manera, o tener un cuadro de su época atribulada, los inicios del siglo XX, tan parecidos a nuestro propio milenio en ciernes.

Hay cierta literatura un poco rimbombante, una estética que se afianza en el mundo anglosajón o centroeuropeo al despuntar el siglo XX, que de algún modo revela lo que es el cambio de folio y el paso de un siglo a otro, con las incertidumbres afectivas que ello trae consigo. Es el caso probable de El buen soldado, la novela de Ford Madox Ford que es hoy un clásico y marcó a innumerables narradores contemporáneos, entre los cuales se cita al muy insigne J. M. Coetzee. Releer hoy El buen soldado equivale, pues, a preguntarse por aquello que lo convierte en un clásico, por eso que lo hace hasta hoy un libro perdurable. Ocurre, de hecho, con sus páginas que, sin las estridencias posmodernistas de que hoy hace gala la narrativa, nos dejan un buen sabor inapelable; una sensación de haber cruzado, durante el breve lapso que nos demanda su lectura, por un prado inglés impecable y aséptico, decorado con estatuas y setos podados al gusto de sus dueños, y fuentes de estilo clásico, a pesar de lo cual se reflejan cada tanto en las fuentes, o merodean en los bosques cercanos, espectros que sugieren una línea de sombra, una zona en penumbras donde moran los vagabundos y los duendes no admitidos en los jardines. Es como uno de esos relojes de péndulo conservados en una cúpula de vidrio, sobre una mesita nacarada, antiguos y de una precisión exquisita, que aún nos dan la hora pero es una hora de otra época, y eso les confiere un valor añadido y secreto. En lo añejo pervive, a su manera, lo que es imperecedero.

Hay otros ficcionadores de su época que nos sugieren algo parecido. Estoy pensando en Stefan Zweig, en Flenry James o incluso en Lawrence. En nuestra época y latitudes podría ser un Adolfo Couve. Son estilistas que mantienen, frente a la historia que se nos refiere, una lejanía depurada y pese a todo muy persuasiva. Uno los lee sumido en una suerte de encantamiento, con la misma devoción apacible que suscita en nosotros el reloj encerrado en su cúpula. Para no mencionar el arsenal nada desdeñable de opciones tácticas que despliegan. Leí hace poco Impaciencia del corazón, de Stefan Zweig, que es como un taller literario por sí mismo, para quien quiera apreciar, por ejemplo, el uso oportuno, y a su modo inmejorable, del monólogo interior.

Con más de ochenta libros publicados, textos de narrativa, poesía, crítica literaria o memorias, Ford Madox Ford es hoy un clásico. Un clásico desdibujado en la memoria, un poco ausente en los listados de grandes nombres que sobrepueblan la narrativa del siglo veinte, pero así y todo parte del canon. A fin de cuentas, es el signo habitual de un clásico, eso de oscilar un rato en la escena efímera de su propia época y luego replegarse al trasfondo, eso de convertirse, después de muerto, en un título atesorado en las bibliotecas. Adicionalmente, él mismo fue un impulsor de algunos autores destacados de su época, desde que fundó la revista literaria English Review en 1924, y luego la Transatlantic Review en París, donde publicó a Eliot, Pound, Lawrence, Joyce, Hemingway o Jean Rhys.

¿Pero por qué es un clásico El buen soldado, su obra fundamental? Quizá sea, en primer lugar, una cuestión de la estrategia narrativa, del uso tan persistente que su autor hace del flash-back, de los saltos y vaivenes en la narración, una opción hoy consolidada pero que, al publicarse el libro, era inhabitual, toda una novedad. O quizá sea, a la vez, el asunto de fondo, que sugiere, tras la peripecia conyugal y extramarital del primer plano, el desconcierto del mundo aristocrático inglés ante las amenazas que se ciernen en torno suyo, cuando todo en el aire anuncia la Primera Guerra Mundial. Es un mundo trizado en sus valores, aún devoto de las formas y el protocolo, de las emociones contenidas y cierta hipocresía que le sirve de sustento, pero a la vez deseoso de autenticidad, de liberarse al fin de sus ataduras victorianas y sus propias restricciones morales. Un universo psicológico adherido a los usos de la centuria precedente, que busca pese a todo el quiebre con las convenciones, sin lograrlo, al precio de arrasarlo todo y, desde luego, autodestruirse.

La novela, su narrador tan locuaz, parten de hecho señalando que quizá sea, ese relato al cual nos convocan, "la historia más triste" que jamás se haya oído. Ford quiso, de hecho, como nos lo confiesa en el prólogo-dedicatoria, darle el título original de "La historia más triste". El nombre final de El buen soldado surgió en un arrebato telegráfico dirigido a su editor, quien no quería publicarla con el título original, temeroso de que nadie la comprara. Entonces Ford le sugirió, un poco irreflexivamente, lo de "El buen soldado". Narrada en primera persona por un tal Dowell, el marido cornudo y, a pesar de todo, el único superviviente más o menos digno dentro del relato, nos refiere un intervalo de poco más de una década, en el cual dos matrimonios pudientes y afines, el uno inglés, el otro norteamericano, entretejen sus vidas y sus avideces, su propio narcisismo y sus principios residuales. La puesta en escena es inmejorable, pero a la vez trágica: Dowell anuncia de entrada el desenlace, sin mayores rodeos: un final con algo de shakesperiano, en virtud del cual su esposa Florence y el marido de la contraparte, Edward Ashburnham (la encarnación del "buen soldado"), han acabado suicidándose, luego de vivir ambos un prolongado amorío a costa de sus respectivos cónyuges, un nexo del que la esposa de Ashburnham está enterada todo el tiempo, y que manipula a su modo. El único que no se entera es Dowell, y es la razón por la que nos refiere la historia, como una suerte de exorcismo, como un tributo paradójico a esa amistad malograda por el adulterio. No es un mal comienzo, el de la novela, pero el final —en que Dowell deja hidalgamente a solas a Ashburnham para que proceda a su propia conclusión— es inmejorable. Quizá el broche de oro a un relato en sí estremecedor.

 

Hombre de letras... y de armas

Parece haber cierta conexión sutil entre Edward Ashburnham, el casquivano militar de El buen soldado, y la vida del propio Ford. Nacido en 1873, se casó inicialmente con Elsie Martindale, pero su matrimonio se fue al tacho por la relación secreta que Ford mantuvo con su cuñada. Luego de eso no perdió el tiempo y mantuvo relaciones con escritoras como Jean Rhys o artistas plásticas como Stella Bowen. Fue, por un tiempo, un hombre de armas y participó de hecho en la Primera Guerra Mundial, resultando incluso herido en la batalla del Somme. Más tarde se abocó a su oficio de escritor y editor, y publicó los más de ochenta libros que se le conocen. Entre sus piezas fundamentales, El buen soldado (1915) y la tetralogía El fin del desfile (entre 1914 y 1928). Hasta co-escribió con Joseph Conrad Los herederos y La aventura, novela esta última que fue llevada al cine. Murió con gran sentido de la oportunidad y la decencia, cuando estallaba en el horizonte la Segunda Guerra Mundial. Hemingway, al que él mismo había editado en sus inicios, le devolvió años después la mano, rindiéndole un tributo impensado al dedicarle un capítulo entero de París era una fiesta.

 

 

 

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"El buen soldado", Un Clásico.
Novela de Ford Madox Ford.
Por Jaime Collyer.
Revista de Libros de El Mercurio, Domingo 23 de septiembre de 2007.