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Javier Campos | Autores |









 Vuelvo al Sur

Javier Campos

 

Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor,
vuelvo a vos,
con mi deseo, con mi temor.

     
Hace 8 años que no regresaba a Buenos Aires. Me parecía la misma ciudad. Pero era la impresión subjetiva de alguien que no era porteño y solo viene de paso por un mes. Diría que en BA solo quería bailar tango cada día. Cinco horas promedio. ¿Algo había cambiado en esta ciudad durante y después de la pandemia?

En mi caso sí. Notaba algo distinto en mi cuerpo desde hace dos años. Y más ahora en BA. La vida apacible de profesor retirado en otro país no me hacía pensar que mi desbalance fuera un problema. ¿O era que estaba entrando en mis días finales? “La llamita de la lámpara se nos va apagando”, decía ahora un amigo de la universidad. Llegó a ser un gran médico allá en la Patagonia chilena. Y un autodidacta en arqueología. Encontró muchos fósiles de animales prehistóricos que iba arrumbando en su casa. Luego los donó a un museo de Coyhaique porque un perro de su vecino entró una vez a su casa y comenzó a morderlos. Sobre la metáfora de la lámpara, Mario me decía eso para que nos viéramos antes de morirnos. Él era más realista y yo más romántico.

Solo aquí en Buenos Aires, ese vértigo, se hizo más notorio. Mi doctor ruso dijo que era una especie de tantos vértigos que existen. Porque era el cerebro que se confundía con los mensajes que recibía al mirar o mover rápidamente la cabeza. Pero el vértigo no tiene nada que ver con algún cáncer oculto ni menos que sufres del corazón o tienes un coágulo en tu cerebro. Y me dijo otras cosas más. El mareo comenzaba con un desbalance. Los objetos daban vueltas. Si le viene, cierre los ojos y siéntese inmediatamente, Vadim, que así se llamaba mi doctor ruso, me dijo como si eso fuera un resfriado pasajero.

Por el gran tráfico, la gente caminando rápido en la ciudad que hace ocho años caminé, ahora me mareaba. Caminaba como si me fuera a caer. Volvía a pensar eso, mucho más en BA, de que comenzaba mi viaje hacia la vejez. El mareo era más aquí que a miles de millas allá en el norte. “En alguna parte del mundo te ven más joven. En otra parte del planeta, es lo contrario.” Creo leí eso en las redes sociales donde especialistas de esto y lo otro lo dicen con mucha sabiduría. Se llaman los “influencers”, término inventado en inglés que suena raro traducirlo: ¿“influenciadores”, pronosticadores”, “futuristas”, “adivinos”? Esos que parecen haber regresado de un planeta donde se planea todo de antemano y dan consejos para vivir mejor. Yo nunca sería eso. A lo mejor me equivocaba. Cuando la gente se jubila hace cada cosa que nunca imaginó haría al llegar a viejo.

Nunca me gustó la palabra viejo o vieja para describir a una persona mayor de edad. Me gusta decir “es una persona de edad”. En Argentina oí muchas veces decir, “es una persona grande”, me pareció más compresivo como para no herir a esa persona. En inglés es simplemente “old woman”,”old man” y se traduce sin metáforas al español “es un viejo”, “es un vieja”. Es que esa palabra me parecía carente de humanidad, de compasión. Era como decir “estas muerto o muerta”. Nunca la he usado para personas, pero no tengo problemas de usarla en cosas como “esta ropa está vieja”, “mis zapatos están muy viejos”. Curioso porque cuando uno se refiere a animales, como mi gato, de mucha edad, no puedo decir “es un gato viejo” porque no me parece viejo, su rostro es el mismo cuando tenía un año. Parece eterno como los caballos o el rostro de los leones o zorros y lobos. Prefiero decir, “parece que el gato se va a morir” que no es lo mismo decir que el gato “está viejo”.

Conocí al padre jubilado de una novia que hace años tuve en California. Era profesor de una universidad allí y enseñaba historia universal. Sorpresivamente le dio por coleccionar saleros, y juntó una gran colección. Según su hija, me dijo, mi padre comenzó a estudiar por qué la sal fue tan importante en la antigüedad. Y de allí saltó a que en alguna parte ponían y guardaban la sal. Y así llegó a la palabra “salero”, pero antes existió entre los griegos o romanos, quienes pagaban a los trabajadores o a esclavos en cantidades de sal, y de allí vino “salario, decía mi padre.  Mi madre no entendía nada y le pidió el divorcio. Pero hace tiempo que quería el divorcio por el asunto de unos gatos que desordenaban la casa. O ella creía que desordenaban la casa porque se perseguían el uno al otro en un juego que ella consideraba estúpido.

Eran inquietos aun cuando mi madre decía que esos gatos tenían mucha edad y mi padre los había encontrado cuando era estudiante graduado en el campus de la universidad de Stanford. Así que, decía mi madre, cuando lo conocí me habló de los gatos. No me gustan los gatos, le dije en nuestra primera cita. Pero yo no sé aun porque quise casarme con él sabiendo que me molestarían. Terminé borrándolos de mi cabeza. Daban vueltas por la casa, debajo de los muebles. Él le compraba comida en granos y en dos platos de metal, con imágenes de gatos, ponía una porción de granos en la mañana temprano y luego en la tarde, a eso de las seis. Cuando yo nací, dijo Jeanne que era el nombre de mi amiga, se dedicó a mí y realmente borró a los gatos de su cerebro. Eran invisibles para ella.

En Buenos Aires comencé a pensar eso de ¿cuándo se sabe que uno es viejo? Sé que sería fácil saberlo si se lo pregunto a la Inteligencia Artificial. Un escritor famoso dice que otro escritor dijo: “un día te levantas y te das cuenta en el espejo que ya eres viejo”. Creo fue García Marquez quien lo dijo.

Siguiendo los consejos de mi doctor ruso, había aprendido a controlar eso que no me ocurría cada día sino a veces. Pero en el baile, abrazado a alguien, nunca perdí el equilibrio o me fui al suelo en la pista.  Entonces no era viejo cuando bailaba. Otras preguntas podía hacerlas a la Inteligencia Artificial. Me había hecho adicto, incluso para enterarme qué tipo de medicinas me daba mi doctor. Si eran recomendables o qué efectos secundarios producían porque él nunca me explicaba bien. Todo lo preguntaba a Google, antes de la Inteligencia Artificial. Creo que estas píldoras bajarán tu nivel de azúcar en la sangre, me decía en su oficina con fuerte acento ruso al hablar inglés. Yo no sabía qué era tener azúcar en la sangre. Si sigue subiendo tu azúcar a lo mejor tendrás diabetes. Y qué es eso doctor, dije. Que tienes mucha azúcar en la sangre, dijo, como terminando con esa frase una conferencia sobre la diabetes.

Mi primer doctor primario (de cabecera se dice en Argentina), que era puertorriqueño, tenía un pequeño celular con una diminuta pantallita, pero no lo usaba para hacer llamadas sino para recetar remedios. Escribía el nombre de la enfermedad en un casillero minúsculo de búsqueda y pronto el teléfono enviaba los nombres de los remedios en una pantallita. Y cada remedio decía para qué servía y la dosis que debía tomar el paciente, pero no los efectos secundarios al tomar una medicina. Y ese doctor elegía uno y me daba la receta. Cómprelo en la farmacia. Su seguro médico se lo cubrirá. 

Algunos cafés habían desaparecidos en Buenos Aires, pero aparecieron otros. Los lugares de tango eran muchos y se veía gran cantidad de gente bailando. Y muchos extranjeros de Europa y Estados Unidos. Venían a bailar tango y a comprar zapatos de tango. Y a comer carne argentina que tenía fama mundial por su sabor y fácil de cortar hasta con un cuchillo de plástico, decían los dueños de los lugares de parrilladas. Seguro que casi nadie de esos extranjeros sabría que la producción de carne, desde siglo XIX, había sido uno, dentro de varios otros, de los agentes fundacionales del tango. Yo no solo me había hecho adicto al tango bailable, sino que me interesó la historia del tango y compraba libros sobre los orígenes de ese baile, su música y de sus letras.

En el año 2020 un científico chino predijo que la humanidad podría estar a punto de extinguirse. Luego ese científico desapareció de las noticias. Quizá lo censuró el mismo gobierno chino por crear pánico mundial y lo principal, creer que fue China quien provocó la pandemia. Se supo (o se suponía) de que el virus salió de una pescadería de Wuhan que hacía sopa de mariscos y de animales prohibidos de vender, incluido sopa de murciélago. Pero muchas cosas fueron falsas. En Wuhan no se cocinaba esa sopa, sino que alguien publicó un video de un lugar muy distinto como la Isla de Palaos en el Pacifico o en Indonesia, pero no en Wuhan. Y lo de la sopa se corrió en segundos como reguero de pólvora por todo el planeta. Hoy se sabe que la pandemia no fue causada por comer sopa de murciélago, sino que el origen del virus tuvo un origen zoonótico. Es decir, saltó de los murciélagos a los seres humanos a través de una especie animal intermedia o por contacto directo en campos de cría más que por la venta de mariscos de Wuhan.

La cuarta noche fui a otra milonga muy popular llamada “El Beso” donde había pasado muchas horas bailando años atrás. Nunca fui un gran bailarín, pero tampoco un mal líder porque es el líder, en tango, quien conduce todo el baile o le da señales con el torso a su pareja. Sabía escuchar la música, caminar bien, desplazarme sin torpeza, con abrazo cerrado en estilo milonguero durante los dos minutos y medio o tres que duraba un tango.

Apenas entré me acordé de ella. La mujercita se sentaba siempre junto a una columna, en una mesa lateral desde donde se podía ver toda la pista. Era muy baja; el cuerpo parecía deformado por alguna enfermedad de nacimiento. Uno de sus pies estaba ligeramente atrofiado y al caminar inclinaba el torso hacia adelante como si su columna pesara demasiado. Así la recordaba y así seguía. La pandemia no se la había llevado.

Ella iba a bailar. No mucho. En cinco horas de milonga la sacaban apenas tres o cuatro veces. Eso mismo vi hace años. Hombres de edad indefinida, impecablemente peinados o totalmente calvos; otras veces muchachos jóvenes que parecían haberla elegido por una apuesta o por una súbita compasión. Pero al verla bailar desaparecía cualquier sensación de lástima. Porque bailaba bien. Iba entremedio de las piernas del bailarín. Como esos niños que se esconden entre las piernas de sus padres.

Pero eso de “bailaba bien” en tango era muy relativo. Porque el tango es una danza caminada que sigue el ritmo y la melodía de la música. Entonces cada pareja tiene que improvisar. Cada pareja tiene su estilo de bailar, me dijo Daniel hace 8 años aquí en este mismo lugar. Daniel había muerto del COVID en 2020 pero antes, en diciembre de 2019, comenzó a tener fiebre y síntomas raros. Hablaba con incoherencias, me dijo su hermana por Face Book. Y entonces entendí más cuando hablamos por WhatsApp pidiéndome él que como yo trabajaba en una universidad jesuita hablara con el Papa Francisco para divorciarse de su compañera de baile que era francesa.

Es una bruja, dijo, me robó todo el dinero de nuestras exhibiciones que hicimos por varios países. Supe que puso el dinero en un banco suizo, dijo con rabia. Por eso Daniel insistía que yo hablara con el Papa Francisco, lo llamara por teléfono, y como él era argentino seguro lo ayudaría.  Yo no entendía nada.

Pasaron tres meses y su hermana me dijo que nada sirvió la vacuna rusa que le pusieron. Me dijo que le empeoró la fiebre y el virus seguía destruyendo su cuerpo. Y tenía unas conversaciones que nada tenían que ver con la realidad. Culpaba a los rusos por la muerte de Daniel. Yo no pude responder nada así que no nos comunicamos más.

Ella no hacía figuras complicadas ni adornos modernos al bailar. Apenas caminaba. Pero había algo tan preciso en sus movimientos, una delicadeza tan exacta para seguir la música que durante esos minutos la deformidad del cuerpo dejaba de existir. Cualquier líder era más alto que ella porque parecía una muñeca. Era de la misma estatura de la protagonista llamada Charlotte de una película argentina escrita y dirigida por María Luisa Bemberg, “De eso no se habla”. La madre, Leonor, no aceptaba que vieran a su hija como una enana sino como una niña normal, decía. Un hombre italiano, emigrante, de fortuna, llamado Ludovico Andrea, se enamora de Charlotte por su inteligencia precoz pero no de la madre. La madre no entiende esa atracción y cree que él se burla de Charlotte. Al final Charlotte queda impresionada por un circo que llega al pueblo con cosas y animales nunca vistos. También viene una pareja que se parecen a ella. Es de la misma estatura y hacen reír a la gente. La mujer bajita iba montada en un caballo blanco alrededor de la pista. Eso cambió totalmente a Charlotte. Cuando el circo dejó el pueblo muy de madrugada, en la escena final de la película, su madre la ve irse montaba en el caballo blanco. Y mira hasta que la caravana de saltimbanquis desaparece de su vista.

Yo pensaba eso rápidamente al verla bailar feliz con su líder. Vaya a saber por qué uno conecta cosas con otras que surgen de la memoria. Después de bailar tres tangos, regresaba a su mesa escoltada por el hombre que le había pedido bailar. Siempre alguien le enviaba una copa de champagne. Ella agradecía con una leve inclinación de cabeza y sorbía un poco. La misma copa le duraba toda la noche, las cinco horas que duraba la milonga. El resto del tiempo permanecía inmóvil mirando la pista.

Nunca supe si las dos mujeres que a veces la acompañaban eran amigas, hermanas o simplemente habitués de la milonga que la habían adoptado silenciosamente hacía años. Hablaban poco. Ella menos todavía. Una era de origen asiático y la otra parece que era rusa. Las dos hablaban en un español con mucho acento y la mujer baja permanecía en el medio mirando la fiesta y a veces diciendo algo a las amigas. Luego las tres seguían a los bailarines.

Cuando regresé a BA después de una década pensé que ya no la encontraría. Pero allí estaba. No parecía envejecida para nada. Tenía el cabello castaño, las manos transparentes bajo la luz amarilla del salón. Eran blancas sin esas pecas negras de los ancianos. Sin embargo, conservaba exactamente la misma expresión de escuchar quien le hablaba como si no hubiera ido allí para bailar sino para oír algo que los demás no percibíamos. Tenía una bella sonrisa con dientes muy blancos.

Me quedé observándola demasiado tiempo. Había algo inquietante en ella. Quizás para bien o para mal. Para reflexionar sobre nuestra vida que se va apagando como una lámpara de aceite. Para pensar en la felicidad que tuvimos hace mucho tiempo y hoy es una lejana pirámide cubierta de árboles y musgo en la cumbre de una montaña.

Yo había envejecido un poco. Muchos de los antiguos bailarines seguramente habían muerto. Pero ella seguía ocupando el mismo lugar junto a la columna, sosteniendo la misma copa de champagne. Algo pasó en las milongas porque sentía una vibración extraña, me dije. Seria porque en un hermoso salón había antes muchos bellos cuadros de bailarines y bailarines enmarcados como en un museo. Ahora se veían los huecos donde estuvieron esos cuadros. Parecían lápidas de muertos, alineadas en las pareces de un cementerio. Durante la pandemia ese bello lugar se cerró y el dueño lo vendió, pero sacó todos los cuadros como si la misma pandemia hubiera eliminado de raíz esas pinturas junto a las bellas fotografías de milongueros y milongueras famosos.

Esa noche ocurrió algo. No fue nada espectacular; de hecho, me cuesta explicarlo. Sonaba un tango de Di Sarli cuando tuve la impresión de que las parejas empezaban a moverse más lentamente. No el salón entero: sólo los bailarines. Los mozos seguían caminando normalmente, las conversaciones continuaban normales, una botella cayó detrás de la barra con un ruido perfectamente real. Pero en la pista las parejas parecían desplazarse bajo el agua. Y entonces ella sonrió. No era una sonrisa dirigida a nadie visible. Más bien la sonrisa íntima de quien reconoce una presencia esperada. Levantó apenas una mano y señaló la silla vacía frente a ella. Nadie se acercó. Sin embargo, estoy seguro de que la silla descendió unos centímetros, como si alguien acabara de sentarse. El efecto duró muy poco. Después todo volvió a la normalidad. Me acerqué a la barra. ¿La señora bajita que está allá —pregunté—, ¿viene seguido? El hombre secaba vasos sin mirarme. ¿Cuál señora? Sentí un pequeño frío en la espalda. La de la mesa junto a la columna, dije. El hombre levantó los ojos hacia la pista y frunció el ceño. Sí, hace años. No respondí. Pagué y salí a la calle. Pero al día siguiente volví.

Algunas noches la sacaban a bailar cuatro veces exactamente. Nunca cinco. Cuando terminaba el cuarto tango regresaba a su mesa y ya no volvía a levantarse, aunque la invitaran.  El cinco parecía un numero misterioso, me dijo ese día el mozo. Vaya a saber Ud. el significado, dijo con un gesto despreciativo. Noté además otra cosa extraña: los hombres que bailaban con ella regresaban distintos. No más felices ni más tristes; distintos. Algunos permanecían largos minutos en silencio mirando sus manos. Otros evitaban volver a acercarse a la pista. Un muchacho joven salió directamente a la calle y no regresó en toda la noche. Nadie parecía sorprenderse. Era como si en la milonga existiera un acuerdo tácito del que yo había quedado excluido.

La quinta noche reuní valor y me acerqué a su mesa. Buenas noches, dije. Ella levantó los ojos lentamente. Tenía unos ojos oscuros extraordinariamente jóvenes. Sonrió mostrado su bella dentadura. Usted volvió, dijo. Su voz era suave, perfectamente normal. Sí, después de muchos años, dijo. Usted bailaba mal los tangos rápidos. Como los de Darienzo. Entonces sonrió. Perdón no quise insultarlo. Por un instante el cuerpo deformado pareció volverse liviano, casi hermoso. Pero él bailaba muy bien. ¿Quién?, pregunté.  Ella miró hacia la pista.

En ese momento tuve una sensación absurda: entre las parejas parecía existir un espacio vacío que nadie ocupaba. Un hueco preciso dentro de la circulación del baile. Los cuerpos giraban alrededor de ese lugar con naturalidad, como si todos vieran allí a alguien invisible. Volví a mirarla. ¿A quién espera usted? Yo ya no espero a nadie, dijo y bebió otro sorbo de su copa. Él sigue viniendo. Lo que pasa es que ustedes no lo ven.

Era japones y se llamaba Yunko, nombre que en Japón también se les pone a las mujeres. Dos años antes de la pandemia apareció en esta milonga. Sus parpados rasgados donde apenas yo veía sus ojos. No era muy alto sino bajo. Vino hacia mí. Me miró con esos ojos casi totalmente cerrados y esa sonrisa que no puedo sacármela de la cabeza. Me hizo el gesto. No sabía si era yo la elegida que me invitaba a bailar. Y él confirmó con su cabeza que era yo. ¿Me había visto bailar? ¿Había contemplado todo mi cuerpo?  

Era una hermosa tanda de tres tangos, pero no me acuerdo de qué orquesta. Quizás de Francisco Canaro. Me quedé sonámbula en su hombro. Recordaba una línea de Borges, “abran cancha que la llevo dormida”.

Ese cuento de Jorge Luis Borges ocurría en 1900 en Buenos Aires.

 

 

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Javier Campos
. Escritor chileno (narrativa de ficción, poesía, ensayos académicos, columnas en varios diarios de América Latina). Ganó primer premio de poesía para escritores hispanos en EE. UU. en 1998 con su libro (Las cartas olvidadas del astronauta). Profesor emérito de la universidad jesuita, Fairfield Universiy, Connecticut, Estados Unidos. Ha publicado varios libros de poesía, tres novelas, dos libros de cuentos. También un libro sobre la historia del tango junto a Osvaldo Natucchi: El tango en el Rio de la Plata (editorial Corregidor, Buenos Aires, Argentina, 2020). Su último libro Fui dueño de tu encanto (cuentos) editado por editorial Corregidor de Buenos Aires, Argentina, 2025.) Fue traductor de la poesía del poeta ruso Yevgeny Yevtushenko (ediciones de Nicaragua, Colombia, Chile, Perú, Cuba, Rusia, España).   Vive en Sprint Hill, Florida. Tiene una nueva novela, inédita.








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