1.- Un imprescindible sobre las olas de Valparaíso
Afirmar que Juan Cameron[1] es uno de los mejores poetas de la historia contemporánea chilena no constituye ninguna exageración ni una lisonja infundada. Tal como señala certeramente Luis Eduardo García: “La poesía del chileno Juan Cameron convoca el concepto con la expresión directa y la cultura popular para lograr una poesía sorprendente y llena de revelaciones, al mismo tiempo que conmovedora. Me confieso un lector tardío de la poesía de Juan Cameron, lo cual desde luego no distorsiona mi entusiasmo y mi lectura crítica. La lectura más remota que realicé de sus trabajo es el poema «Asignaciones forzosas»: «Si muero/ repentinamente/ declaro/ que nada me debo/ que lo adeudado lo pagué con versos/ que no graven mi recuerdo/ con censos ni hipotecas/ por último/ de rematarme/ ofrezcan precio ilusorio/ para impedir ser adquirido nuevamente/ por el suscrito que firma a mano muerta/ y que ha vivido/ mano a mano/ en la sorda ilusión de cancelarse»”[2].
Para luego dar un paso más y concluir sobre la sorprendente obra de Cameron: “Una de las constantes en la poesía de Cameron es su condición de exiliado, de sujeto arrancado de su espacio natural y social, de ahí esas imágenes duras extraídas de la vida corriente: y otra es la del creador posmoderno, en el sentido de irracional, a contracorriente, contrario a la rigidez y el funcionalismo de la vida. El humor, entre otras cosas, abre espacios para que el poeta hable críticamente de sí mismo: «Se le dijo/ se le advirtió/ usted/ ama demasiado sus antiguos amores/ no se renueva/ usted/no conoce las Islas Esporádicas/ cree/ en utopías/ en la reconstrucción/ del Muro de Berlín/ habla con la boca llena de los miserables/ no baila al ritmo actual/ no se moderniza (…).”[3].

En otro registro pero no discordante con las citas anteriores, A. Bresky en su maravilloso texto introductorio “La poesía de Juan Cameron a la luz de la cámara oscura” (Prólogo de "Jugar con la palabra", LOM Ediciones, 2000”) asevera: “Creo que la vigencia y el interés que suscita la poesía de Juan Cameron están fuertemente ligados a una particular modalidad de relación entre la palabra y la realidad urbano-contemporánea. En efecto, su escritura poética afronta la plenitud de esa realidad, representándola, imaginando sus posibles e imposibles, haciendo conciencia de su indetenible e irrepetible curso, para articularse como cifra de una maravillada o angustiosa experiencia de existir, en que la creación artística es sentida como imaginación orientada fatalmente hacia ese encuentro, que reconduce siempre a lo real. En ese tránsito, la fantasía, la memoria, las ilusiones y el pensamiento, reciben la dignidad de la poesía. Ya sea que a veces el hablante agudice el desorden de los sentidos para penetrar la apariencia del mundo y alcanzar esa realidad que está detrás de las cosas, o bien, que se deje arrastrar por los objetos, hasta quedar fuera de sí, fuera del hombre actual y por delante de él. En ambos casos los acontecimientos, las cosas, los sonidos, los decires, los espectáculos urbanos hacen signo al poeta, que por cierto, no les captura como un ojo electrónico o un micrófono secreto, sino que los incorpora a su propia vida y esta a su vez se proyecta sobre el mundo para absorberlo, cargada con su deseo, su memoria y sus pasiones marcados por el tiempo, por la historia y por la muerte”[4].
2.- Entrevista a Juan Cameron: “La poesía ese mal consejo…”
Desde el Hotel Verso en Valparaíso, acometo la entrevista a Juan Cameron, cual continuación de una primera aproximación esta vez a su obra, que se iniciara en el homenaje a Nicanor Parra realizado en 2018 y cuyo testimonio del poeta se recoge en mi columna “Valpoesía o la Piedra Feliz de nuestros queridos fantasmas”[5]. Esta vez el poeta nos desvela su alma poética, en un registro que a ratos suena a oleaje, a jazz de fondo, a notas de vino que acarician los cerros de Valparaíso, nuestro eterno puerto repleto de versos. Aquí sus palabras, donde no dejan de sorprender la gran cantidad de autores que cita y que han nutrido una obra que nos permite “percibir un modo personal de apropiarse de la indeterminación, lo que hace que sus textos permanezcan en un estado de desasosiego, en la tierra de nadie de lo decible y lo indecible, y así, nos salen al encuentro sorprendiendo nuestro propio desconcierto, suspendiendo nuestras certezas aparentes, porque innegablemente la poesía de Cameron tiene una vocación de encuentro”[6].
—¿Qué es para Usted la poesía como forma de vida?
—Ese mal consejo, ese todo, repetido y sostenido a cada instante, en los sueños, en la ducha, al ir de compras, al observar los letreros o escuchar a las gentes, es una fijación, una enfermedad a la cual, a la postre te acostumbras como a la tinitus; eso es la poesía. La adquirí en casa, de tanto escuchar y escuchar recitar a mi abuela paterna, a mis tías, a mi padre quien insistía en las Coplas de Manrique y en Segundo Canto de Amor a Stalingrado, del Neruda esencial, y también de Gonzalo Rojas, de quien tempranamente releía en un ejemplar rayado y anotado de mi padre.
Uno se pregunta por la utilidad. Es esta nada más, la vida, los amores y desamores, las aventuras ciertas o inventadas. Llegado a un punto del camino uno se pregunta sobre el quehacer, sobre este extraño e insistente oficio por el que se jugó los días y se jugó el futuro. Al revisarlo y escudriñar surgen, con un sesgo de dolor tal vez, los términos arrogancia y extravagancia. El primero remite a su actitud frente a los demás. Reconoce en sí mismo una conciencia mayor frente a las palabras y las cosas por ellas denominadas —por cuanto juega a su amaño— en tanto el segundo apunta a las significaciones, y a las reales connotaciones —al menos probadas— que estos términos y su jugar con ellos implicaron a la existencia. El gran mexicano, Marco Antonio Campos, nos dice: Pero en serio, es una pregunta en serio para uno mismo o para cualquier poeta/ a cierta altura de la edad: ¿valió la pena el sacrificio, valió la pena abandonar/la apuesta de la acción para entregarle la vida a la inutilidad de la poesía?
Muchas veces iremos, sí, contra corriente y aunque uno se crea Dios sin siquiera ser la más triste copia, uno escribe poesía, lee poesía. Pero esta última afirmación utiliza en verdad una figura retórica y, por artilugio del autor, también poesía. He allí la magia.
Sí; hubo amistad y fue el oficio quien nos permitió tales placeres. Las mesas compartidas, las conversaciones, las a veces extenuantes lecturas y audiciones han sido parte de este goce de vivir. El vuelo es resultado de todo esto. Y al volar en la escritura se observa, se recoge, se segmenta, se relabora todo el vuelo. Y así como los instantes y el aire frente a nuestros ojos, rápidamente se diluyen, el tiempo absorbe y devuelve la imagen tal una pantalla. El poeta detiene y fija el tiempo; aún a riesgo de mantener como castigo la memoria punzante en nuestro hígado. Allí renacen los hermanos idos, los poetas, los amigos y el escenario como sustento de tales figuras. En definitiva, son las ausencias la causa de nuestro continuar hacia una eternidad dolorosa, única y solitaria; pero muy vital.
Por ello, a las dudas de los viejos poetas, yo respondo que sí, que valió la pena a pesar de tantos naufragios, de tantas bibliotecas y de tanta viuda dejada en el camino; que sí; que valió la pena. Y por eso nos ven aún sobre el escenario, sobre cubierta, sobre el molo de abrigo, mojados, jodidos dispuestos a embarcarnos, aunque sea a sotavento y contra marea; o en los más tristes restaurantes llenos de ruido y de furia.
El tema es motivo de escritura. Y yo lo he enfrentado varias veces; quizá todas las veces; pues la poesía es esa constante repetición.
—¿Cuáles son las influencias literarias o autores que han sido relevantes en su construcción como autor?
—Son muchas y definitivas. Tales marcadores cambian día a día pero, así mismo, se instalan en lo inicial del camino. Ya nombré a Gonzalo Rojas; y junto a él, por supuesto, Parra, Cardenal, Teillier, Lihn, Maiakovsky, el inmenso Vallejo (Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco y Capulí), Neruda a su determinante Maestranza de Noche antes que Canto General; y más atrás Gabriela y aún más, Andrés Bello. Y también esos horribles mamotretos que nuestra abuela declamaba en cama, rescatados quién sabe de oscuros cofres de la infancia.
Luego vinieron los viajes, Hungría a los bordes de Croacia, Suecia y sus bibliotecas que me permitieron leer en todos los idiomas románicos (salvo el rumano, que sólo interpretaba por deducción) y en inglés, noruego y danés, tan cercano al sueco maternal, tan mío como llamo a veces a ese español del alma.
Los encuentros internacionales de poesía, en Europa y en nuestro continente, me ofrecieron la amistad, más cercana a mesa de bar, de maestros semidioses en mi oficio. Ellos han influido en mis deseos de crear, de hacer bien las cosas. Seamus Heany, por ejemplo, a quien anuncié el Nobel tres años antes de su otorgamiento. Me equivoqué, le dije realmente dos; o Cisneros, con quien me descubro en Cuiabá comprando ropas para los nietos; o al gran Jotamario Arbeláez, quien luego de una botella de whisky me regala, a falta de un libro a mano, mi primer Viagra. Participo en el cumpleaños 60 de Voznesensky, en los 60 de Lasse Söderberg; en El Salvador me peleo (casi) con el pesadísimo y genial Evtuchenko. Hay una imagen donde nos bebemos el vino blanco hasta el exceso con Idea Vilariño (si tuviera treinta menos, no te me escapas, dijo) y nuestro gran Pepe Viñoles. En la imagen hay sol, es el Parque del Rey, en Malmö, al sur de Suecia, y las nubes pasan enormes sobre la catedral. Son registros de un libro no escrito, pero siempre presente. Esto me ha enseñado a escribir. Poesía y vida es una misma cosa.
—¿Cuál es su opinión del actual panorama de la poesía chilena?
—Cuesta aceptarlo: pero la poesía chilena actual tiene un tufillo muy provinciano; principalmente en la actividad santiaguina. Desde la capital los nombres se entrelazan entre sí mismos como un palo de lluvia; y muchas veces como un simple juego de cacho. A nuestra poesía le falta lectura, le falta mundo, le falta ir y recorrer. Y sobre todo escuchar. Y hay varios factores determinantes. La ausencia total de crítica, digo de la seria, la de los periódicos; la obtusa visión de los académicos, quienes se casan con un solo nombre y trotan con él como visera de caballo. No ven el contorno, no miran el camino, no leen poesía o libros de poesía, sino solamente “papers”. Y esta suerte de ombliguismo lo aprovecha el más poeta del pueblo y repite su ejercicio. La autopublicidad incontrolable constructora de imágenes inexistentes, de verdaderos virreynatos nostálgicos del imperio, salta a la vista, molesta, deprime, contamina el ambiente.
Con todo, y como siempre por supuesto, aparece un autor nuevo, brillante, refrescante como el agüita del arroyo; y revientan poemas nuevos, fantásticos. Cualquier día te cruzas con un Cristian Cruz, con una Zuleta Vásquez o Marina Tapia, con un Juan Pablo Ibarra, o Leppe; o Vladmir Boroa, qué se yo. Ello da cuenta de un género que continúa, crece y se tradita. A su vez promete un mañana mejor, libre de tanto smog y leseras. Y así, como en tiempos de la Unidad Popular afloraron los movimientos en provincia —Trilce, Arúspice, Tebaida— para marcar la pauta creativa, hoy en los nombres más lejanos —Linares, Curicó, Nancahua, Santa Cruz o Caldera— ebulle y se refresca el aire poético nacional.
Las antologías, por otra parte, contribuyen bastante para ampliar nuestro panorama. Desde Italia y desde Grecia, desde Francia o Estonia se nos indica de tarde en tarde por dónde debe enfocarse el canon verdadero.
—¿Cuál cree que es a su juicio el rol que en el actual contexto político y cultural deben desempeñar los artistas e intelectuales.
—Con la mayor humildad (que no existe) u objetividad, nuestra labor es preservar el idioma así los frailes en la más oscura Edad Media. Nuestro rol continuará siendo el de leer y no el de comulgar con ruedas de carreta. Ya vio, la Artificial Inteligencia es sólo para imbéciles. Nos dicta la forma de sufragar, nos evita la odiosa tarea del pensamiento crítico, nos hace disciplinados y serviles: buenos ciudadanos. A éstos les recomiendo la simple tarea de leer Magnifica Humanitas, de León XIV, para aclarar un poco las cabecitas.
El Estado debe proteger a sus artistas. Guste o no, nosotros somos quienes aportamos día a día a la construcción del patrimonio cultural. Ya se perdió la sana costumbre de designar los agregados culturales o becarlos. Por otro lado se perdió la sana costumbre de leer. Por el momento muy poco o casi nada podemos esperar. Cambalache se ha hecho carne y la sombra de don Quijote no es sino una tira cómica aparecida en la revista del no me acuerdo.
Hablamos de la caída, la vida misma es una caída, un salto al vacío. Cae un rayo, nos alcanza. Cae una granada desde un dron justo en nuestra trinchera, en ese trazo del destino, donde se nos ocurrió posar aquel instante. En general ese es el tema de la escritura, de nuestra escritura como poetas. Otros querrán esquivar la sentencia y lo harán con cierto éxito y mucha pretensión sólo para llegar a un punto final. La escritura sigue siente el intento por robar el fuego a los dioses.
El poeta es siempre señalado por una simbolización metonímica, por una reducción de imagen a cargo del mundo extra lingüístico, del administrador del discurso. Es más, los únicos intérpretes de la realidad actual son los filósofos y los poetas. Los filósofos a partir de un lenguaje más denotativo e inmediato y los poetas, por el uso de connotación y figuración. Ambos serán considerados visionarios, décadas después al ser leídos y difundidos por su peso específico; adelantados a la época. En verdad, apenas dan cuenta, al momento de escribir, de su contorno y de cuán difícil es avanzar en él.
Entonces, resulta más fácil al Estado eliminarlo que protegerlo. Y, sin duda, le resulta más útil.
3.- “La Inquietud Apacible” un hallazgo excepcional de un poeta que trasciende sus propios versos.
Al terminar la entrevista Juan Cameron me regala un ejemplar de “La Inquietud Apacible” (Ediciones Lugar de Palabras, 2026) su último libro publicado, donde crónica y poesía se entremezclan y nos prodigan una hermosa visión panorámica del autor, de su intensa vida que, como no podía ser de otro modo, ha marcado su obra poética y que seguramente se transformará en uno de los textos fundamentales donde el “fenómeno Cameron” se nos muestra con la sabiduría y oficio que sólo los grandes poetas son capaces de regalarnos.

Tal como escribe Jorge Boccanera sobre este maravilloso texto: “Lejos del poeta como “un pequeño Dios” de Huidobro, Cameron opta por el poeta mondo y lirondo. Un flaneur que deambula por los suburbios de las ciudades y arrastra sus pasos por baldíos, callejones, bares, estaciones de trenes y plazas. Un flaneur compelido, desde ya, porque sus textos llevan todos los sellos de inmigrante, el refugiado, el transterrado, el exiliado. Esta condición de errancia que subraya en el libro este epígrafe de Ekelöf: Yo soy un extranjero en esta tierra/pero esta tierra no es ninguna extraña dentro de mí”.
El contrapunto de estas palabras las encontramos en la maravillosa introducción escrita por Lila Calderón quien, casi como un susurro en el oído escribe: “Encontrarán aquí acontecimientos que, narrados o expresados poéticamente, se conectan a través de una columna vertebral que estructura este cuerpo de encuentros, sucesos curiosos, coincidencias memorables que asombran por su fluir expresivo. Donde hay horror, hay también humor, sorpresas, tiempos, paralelismos vitales. Hay amor, muerte, memoria, una vida entera que es el gran viraje, tránsito, peregrinación forzada, pasaje, registro. Sus narrativas, su arte poético. En ese registro, textos como “Sobre el Dolor” o “Calle Valparaíso 531” nos estremecen, nos muestran palabras elocuentes que Cameron, en tono poético, nos prodigan su esencia en estado puro: “Soy un tipo feliz; muy feliz. He sobrevivido y he llegado. Si quisiera exagerar podría presentarme como un sobreviviente del pabellón de los suicidas. Pero no es así. Me piden escribir sobre el dolor, mas éste no existe. Son instantes nada más, sensaciones producidas por un hecho exterior, por otros. Tampoco existe el arrepentimiento ni el perdón, pues ambos continúan ad eternum”.
Estas palabras conversan de manera fluida por ejemplo con el magnífico poema “Puesta la Escena” donde Juan Cameron nos declama:
“Mi familia era una obra shakespereana
años después conocí alguna tragedia
ciertos dramas a ratos confundidos
con el Círculo de Tiza Caucasiano
La casa de la infancia fue la mansión de Usher
Derrumbada en provincia por el fuego
Más de Poe no hubo reino en la ventana
Sino un cuervo o una rata junto al mar”.
O esta estrofa de una elocuencia prístina en el poema “Canción de Despedida” que nos muestra una disección del universo de Cameron:
“Encendí una vela en tu homenaje
roja como una amapola sobre la desbastada mesa florecía
Alguna vez sembré fuegos de día estanques en el patio
por gozar no más los elementos
Inútiles recuerdos
el agua vence al fuego y el tiempo a la memoria
Me hizo falta tu retrato”
4.- Epílogo en el Puerto
Termina de madrugada la intensa velada y sobre los tejados del Hotel Verso, despuntas los primeros trineos que anuncian el alba. El 4 de septiembre ha quedado atrás y con él su carga simbólica, más allá de balcones universitarios y caras de esperanza que hoy parecen desaparecer entre la bruma. Saco de mi bolso uno de los poemarios de Juan Cameron, recuerdo que tengo marcadas unas hojas. En medio del silencio de la habitación y mirando al horizonte aún adormecido recito:
“Desde lo alto los ciclistas migratorios avanzan a la estación terminal
Una bandada de hormigas signos
de otras edades abajo en el tablero
Mas desde la avenida no se aprecia el cortejo
ni las ovejas al crematorio
ni los suicidas al escenario
ni aquestas bestias al matadero
La orquesta de colores prosigue se persigue
se cruza en el espejo de los pájaros
uno toma la punta otro le continúa se renuevan
Ninguno parece circular en dirección opuesta
ni las ovejas al escenario
ni los suicidas al matadero
ni aquestas bestias al crematorio
La bandada pareciera continuar entre gritos o murmullos
Bien puede el paisaje confundirse con sus elementos
un mero montaje del ojo desde arriba
la vera invención de interpretar la imagen
vértigo de comprender los hechos
y estas ovejas al matadero
y estos suicidas al crematorio
y aquestas bestias al escenario”. (Poema Visión de los ciclistas).
Cameron for Ever…. Cambio y fuera.

-Rony Núñez Mesquida, escritor y columnista Le Monde Diplomatique
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Notas
[1] Juan Cameron nació en Valparaíso, en 1947. Es licenciado en Derecho por la Universidad de Chile y periodista colegiado en Suecia, donde estuvo exiliado tras el golpe de estado de Pinochet. Ha publicado, entre otros, los libros: Las manos enlazadas (1971); Perro de circo (1979); Cámara oscura (1985); Como un ave migratoria en la jaula de Fénix (1992); // í go back/ Si regreso (1993); Visión de los ciclistas y otros textos (1998); Jugar con la palabra (2000); Versos atribuidos al joven Francisco María Arouet y otros textos desclasificados (2000); Canción (2002); El bolero de los ángeles (2006); 50 poemas (2007); Treinta poemas para leer antes del próximo jueves (2007); Obra extranjera, 1989-2005 (2011); Last Night the War Ended (2011); Perro de circo (2011); Invocatios to Pincoya in the Country of Rain (2011); So We lost Paradise / Selected Poems (2013); Ciudadano discontinuado (2013); Bitácora y otras cuestiones (2014); Comme une bicyclette a l’air libre (2014); Fragmentos de un cuaderno con vista al mar (2015); Robert Burns y otros poemas (2015); Algunos poemas (2015); Poemas desde el andén (2016). Ha recibido los premios “Gabriela Mistral”, en 1982; “Revista de Libros”, del diario El Mercurio de Santiago, en 1996; “Consejo Nacional del Libro y la Lectura”, en 1999; Premio Internacional de Poesía Ciudad de Alajuela, en Costa Rica, 2004, y el Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero, del Ecuador, en 2014. Figura en una treintena de antologías de poesía chilena y latinoamericana
[2] Ver https://letrasdechile.cl/2015/10/18/juan-cameron-el-exiliado-y-el-posmoderno/
[3] Idem op.cit
[4] Ver “La poesía de Juan Cameron a la luz de la cámara oscura” en http://www.letras.mysite.com/jc060805.htm
[5] Ver https://www.lemondediplomatique.cl/valpoesia-o-la-piedra-feliz-de-nuestros-queridos-fantasmas-por-rony-nunez.html
[6] Ver “La poesía de Juan Cameron a la luz de la cámara oscura” http://www.letras.mysite.com/jc060805.htm