“La inquietud apacible. Crónicas personales”, un gran libro del poeta Juan Cameron, ha llegado hasta mis manos. Se trata de un acierto de Ediciones Lugar de Palabras. Lo he leído conmovida, porque veo reflejada allí no sólo una parte de la historia de Chile, que hemos compartido, sino la secuencia y consecuencia de las vidas que nos desarmaron y cómo resistimos con arte, poesía y la solidaridad de quienes formaron parte de esta migración humana, interior o exterior, por la geografía que se expandió y de la cual fuimos piezas de un rompecabezas bombardeado, que lamentablemente nos obligó a acostumbrarnos a ser otros, a separarnos y a desconfiar de nuestras propias sombras. Así como también a reconstruirnos, metamorfosearnos para no exponer el hilo sensible que nos daba sentido, luego de perder, la esperanza de construir ese otro mundo que anhelábamos, y que nos llamaba a cambiar el escenario para hacer posible una vida integral más justa para todos. Sin embargo, no lo logramos, y un millón de personas se desplazaron por el mundo sin saber si algún día podrían regresar al país, mientras cambiaban destinos, formaban familias, y nuevas o viejas amistades volvían a ser parte del peregrinar de cada día.

Nuestro poeta Cameron, al buscar alternativas y materializarlas para sobrevivir, acumuló experiencias que pasaron a ser parte de estas crónicas intensas, escritas con una pluma certera, que abre grietas y deja huellas. Encontrarán aquí, acontecimientos que, narrados o expresados poéticamente se conectan, a través de una columna vertebral que estructura este cuerpo de encuentros, sucesos curiosos, reflexiones y coincidencias memorables que asombran por su fluir expresivo. Donde hay horror hay también humor, sorpresas, tiempos, paralelismos vitales. Hay amor, muerte, memoria, una vida entera que es el gran viaje, peregrinación forzada, pasaje, registro. Sus narrativas y su poética, forjadas en la itinerancia, dan cuenta de su gran fortaleza.
Las crónicas van seguidas de poemas en los que se expresa qué fue lo que provocó la emoción, qué suceso narrado en la crónica, es la fuente que surte los versos, o viceversa, así se van eslabonando los textos a lo largo de toda la estructura, y vuelven a aparecer algunos personajes, de los cuales conocemos sus experiencias, traen noticias, entregan datos, completan, ilustran o complementan aquello de lo cual el hablante o el narrador cronista no podían tener conocimiento, ya que estaban siempre migrando, trasladándose, viviendo el/los exilios, encontrándose con solidarios amigos, conociendo a sus familias en ese eterno vagar. Hay situaciones económicas precarias, y así resisten, descubren, escriben, comparten actividades creativas y culturales en los distintos lugares y no lugares. Se afiatan grupos a lo largo de 40 o 50 años, algunos permanecieron, otros fueron quedando en la ruta, pero cada suceso es una situación única. El presente es ese minuto que se convierte en el momento más importante de la vida de cada cual. Y así se concatena este libro de aventuras novelescas, poéticas, donde hay un lenguaje que hermana más allá de los idiomas y sus islas, con riesgos y consecuencias que obligan a reinventarse permanentemente: buscar trabajos diversos, extraños, en momentos de oscuridad absoluta, de desamparo y soledad.
Así vemos en la crónica que inicia el libro: La cosecha del palto, una emocionante manera de observar desde lo cotidiano, un suceso fortuito que cambia la perspectiva, destacando lo inquietante de la escena: un árbol que cae y transforma el espacio del hogar, los recuerdos, las razones, y luego el rescate del fruto, el compartir lo inesperado, una dificultad o una cosecha prometedora interviene el tiempo, que se diluye en el papel de diario, y con los ojos del arte envuelve la vida cotidiana y la proyecta con sentido. Encontramos joyas como estas en: Sobre el dolor: “Quienes en verdad escriben aprovechan el dolor para esclavizarlo, para hacerle sufrir en lugar de uno”. Y, en Los niños de Hamelin: “Debemos hablar acerca de los niños de Hamelin/ seguir sus rastros si estas no vienen a nosotros/ auscultar las montañas”.
En la crónica Calle Valparaíso 531 nos enteramos acerca de las razones por las cuales, durante su niñez fueron con su familia a vivir a la residencial de la abuela paterna, doña Corina Hurtado y Rubio, y en esa casa llena de historias, conoció a Aníbal Troilo, que venía con Roberto Goyeneche a actuar en el Casino de Viña del Mar. Y luego, en el poema Puesta la escena, dice: “Mi familia era una obra shakesperiana/ años después conocí alguna tragedia”. La ironía, uno de los recursos fuertes del poeta, se toma muchos momentos con su ingenio acostumbrado. Pero el horror se manifiesta también perturbándonos, como vemos en El pájaro negro: “El teléfono en el hall, con su campanilla aguda y sonora, era una amenaza constante, un terror permanente.” Otra maravilla nos entrega en estos versos de El relojero: “Yo soy el relojero/ reparo los instantes con la delicadeza/ de algún filatelista/ como aquel que desmonta una carta de amor/ o una bomba de tiempo”.
El narrador protagonista nos habla también de sus inicios como lector, en la crónica A propósito de Knut Hansum: “El Cabrito fue una revista similar a la argentina Billiken, producida desde 1941 hasta 1949. Para nosotros fue una suerte de enciclopedia chilena, un Reader´s Digest infantil. Por entonces leíamos bastante. A veces discutíamos por los libros o estos pasaban de mano en mano por algún acuerdo tácito”. Luego leemos en Avenida Los Castaños: “La oruga enrollada como una espora salta y cae entre las hojas/ El maestro de Zoología nos habla en lenta voz de la metamorfosis/ y los casi adolescentes de entonces miramos tras los vidrios (…) a medio siglo de esa tarde recordamos la oruga/ Era hermosa –decimos- y agregamos colores a su historia/ y hablamos de nosotros:/ destos muchachos ya cansados y serenos”. En Adiós al padre escribe: “Por un telefonazo, esta vez desde Chile, supe de su fallecimiento”. Dolor y belleza encontramos en el poema Canción de despedida: “Las amapolas crecen salvajemente este verano/ Salvajemente salvajemente/ escuché las campanadas de tu muerte/ allá en la tierra”.
Y en la crónica En la calle me hice perro, nos dice: “La poesía es el mejor psicólogo. Regresé a casa y continué por los próximos días con el asunto del verso. Si tal vez lo ocuparía como título del futuro poema, o como primer verso o uno intermedio o, tal vez, fuere el verso de cierre”. Luego, en el poema que le sigue, Cachorro, expresa: “En verdad salí cachorro/ en la calle me hice perro”.
Otro momento notable nos entrega en Para consuelo del práctico lector: “Los poetas suelen disfrazar su propia experiencia tras la cortina de un recurso. Para no desnudar públicamente el dolor”. También destacamos estos versos de Jugar con la palabra: “De temprano jugaba con ella la veía/ correr por los jardines con su pelota a cuestas”.
Y luego el horror psicológico nos aborda en la crónica Canto a la poesía de mis compañeros: “Compartimos en varias ocasiones durante mi estadía en Buenos Aires. La postrera fue en dictadura, en su natal San Fernando. Al acercarme hizo un gesto nervioso, apurado. No me saludes, musitó. Me están siguiendo. Y cruzó apurado sin que ambos volcáramos la cabeza para esfumarse en el exilio”. En el poema Nocturno nos estremece con su coro: “Ahora que borrachos, meados, moquillentos/ cantamos a gritos la Canción a la Libertad”. En Versos hallados dice: “el texto era político desde su origen. Y solamente seguí el ritmo y su juego feroz”. Le sigue el poema Cenicienta now, y luego la sorprendente crónica Hijos: “Claudio Patricio había nacido en Viña del Mar, Jimena en Mendoza el 1974, y Pablo Salvador, en Valparaíso, en 1979. El lugar de mi regreso era Artificio de Pedegua, camino a Petorca; la casa, un rancho con suelo de tierra. Era la derrota. Lo recuerdo muy bien pues hasta ahí llegó Rolando Cárdenas y Nana, su mujer, con una caja de mercaderías y un fajo de billetes que deslizó en mi chaqueta”. En Casa, leemos: “Esta ha sido mi casa su memoria/ es luz tras los visillos/ En el patio transido de rincones/ florecen los silencios/ Esta es mi biblioteca/ Tierra madera mimbre/ El sol que yo conozco aquí germina/ Aquí crecen mis hijos”.
En la crónica Si muero repentinamente, nos expresa acerca del poeta chillanejo: “Sergio Hernández ha sido el paradigma de esos rebeldes irreductibles y solitarios que pasan a nuestro lado sin ser advertidos”. Luego, en el poema que le sigue, Asignaciones forzosas, dice: “Si muero/ repentinamente/ declaro/ que nada me debo/ que lo adeudado lo pagué con versos”. Así vemos como todo el libro es una suerte de Vasos comunicantes: “Hubo una época de Juan Luis Martínez dedicada exclusivamente al collage. Gran lector y experimentador, amaba el surrealismo y deseaba emular al gran Ludwig Zeller”. Encontramos personajes del arte y la cultura que van respirando en esta cadena de referentes, y hace más exquisita la lectura. En Subway, escribe: “Padre no leas a Shakespeare/ hay estatuas en el Metro / la Pietá/ sostiene los huesos del suicida / Esta telenovela no es Hamlet”.
Acerca de su trabajo como educador, nos habla en la crónica Tiempos de magisterio: “Por los ochentas me hice profesor. La necesidad de ingresos en tiempos de dictadura me exigía aceptar cualquier cosa. El certificado de egreso de la Escuela de Derecho -de la que fui expulsado mañosamente por un pelafustán de apellido Figueroa- me servía de pasaporte para dictar cursos en institutos de educación”. Y el poema que le sucede es Alumnas: “Me tratan de señor estas mujeres/ bromean con mi edad como si nada/ ocurriera en la piel cuando es octubre/ y ellas abren los ojos y ventanas”.
En el texto Santiago Arlanda tour och retour, nos narra sobre su primer viaje aSuecia en el año 1987, cuando estaba por cumplir 40 años, y donde se quedó hasta su regreso a Chile en 1997. Y en estos versos de Exilios, leemos: “Me dijo que no más tenía compromisos que debía/ mentir para encontrarme furtivamente a oscuras”.
Personajes muy especiales aparecen aquí, tal es el caso de Héctor Borda Leaño, el poeta, del que se contaba que había participado en muchas revoluciones, y “tal como los personajes de este mágico continente donde se ubica la realidad, salió otras tantas veces al exilio”. Del poema que le dedica tomo estos versos, Héctor Borda Leaño regresa a su país natal: “Y ahora te vas con tus dieciséis revoluciones a cuestas (…) Ahora no más te embarcas por el cielo/ de regreso tú dices a tu Bolivia oscura/ y no puedes siquiera con tu tremenda sombra”.
En Malmö, mi otro puerto escribe: “Suecia me recibió bien. Es, y para siempre, mi otro país. Por cierto, es muy difícil, casi imposible, insertarse en otra sociedad. Sin embargo, con los escritores es diferente”. En Catulo: “¿Recuerdas Catulo las Bermudas? / Allí paseábamos en shorts con ese extraño nombre delas Indias Orientales”. Entre los escritores que aparecen hay sabrosas crónicas y poemas como Gonzalo Contreras por partida doble: “Aburrido ya de tanta discusión entre retornados y no exiliados, me subí a la mesa con la Colt en la boca y les grité que si no se callaban me iba a volar los sesos. Se callaron. No hubo mucha queja porque era mi mesa, mi cumpleaños número 36 y mi borrachera. Lo único ajeno en esta escena es el revólver. ¿Cómo llegó a mi poder?”. Luego, escribe en Nos habíamos amado tanto: “Muchas años después, como se inician las historias, la situación volvió a repetirse en el sur del Báltico. Las islas, los canales, los fríos días de la primavera y también el extenso viaje. A Contreras la imagen le pareció similar. Y así lo comentó. Para mí fue tal cual”. Y luego el poema El poeta Gonzalo Contreras se aburre en Blekinge: “Las islas se repiten, Gonzalo, con otros nombres en la escena/ Ninguna hubo esa noche”.
Cuando ya comienza el proceso de su vuelta a Chile surgen textos alusivos al tema, como observamos cuando vuelve a Chile vía París, después de un mes de estar recorriendo Francia y Escocia en su texto Regresos: “Pienso en el libro que corrijo y si acaso éste pudiera considerarse un ataque a alguien en especial”. Continúa en Canción del que retorna a los pueblos: “Toda la noche el tren aulló por la llanura/ El frío era el de entonces la llovizna/ el río de Heráclito integraba/ mas no hubo barquero ni Cerbero”. Y prosigue en Y otros regresos: “Cada vuelo y su retorno traza algo en la memoria. Así como observaba la conducta de los pasajeros que llegan a su tierra tras un largo exilio, recordaba ahora la mía”. Posteriormente le siguen Cada vez que regreso a mi país y Ascenso a la montaña, donde reflexiona y nos comenta: “La visión experimentada en el vuelo de Air France la asocié con la del camarógrafo montado en un helicóptero mientras filma una competencia ciclística. La imagen me condujo a revisar la sociedad chilena tan distinta a la anterior. La inútil política, la autocensura, el reacomodo de los antiguos revolucionarios al enjuague social, así como la ausencia de justicia y la falacia procesal, iluminaban la escena nacional”.Y en Visión de los ciclistas: “Desde lo alto los ciclistas migratorios avanzan a la estación terminal”. Le siguen Rendición de cuentas Y estos hermosos versos que comparto de Canción: “Contigo anduve al sol y en la quebrada/ Anduve/ anduve/ crucé los charcos/ por puertos y ciudades por el viento/ pasé la mar contigo y no guardaba/ la cera entre las plumas que llovía”.
Pronto nos expresa en El país de nuevo: “Y hablando de libertades, al regresar del segundo exilio Chile me pareció estrecho, apretado, hipócrita”. Le suceden: Hommage al hueso calcáneo, Mi amigo el Cardenal, Entierro del Vicario Bernal y luego la crónica Ecuador rencontrado: “Ese 8 de junio de 2011 el grupo de invitados al Tercer Encuentro Internacional Poesía Paralelo Cero, regresábamos de leer en el Municipio de Otavalo para descansar en el hotel. Allí, de pronto corrió la voz del fallecimiento, en Chile, de mi querido amigo Mauricio Barrientos Ortega. Barrientos, junto a Manuel Flores, mi eterno doctorante en Australia, y Gonzalo Contreras habían sido mis compinches en los durísimos años ochenta”. En Otavalo, la escena es dura, sombría: “Ahora mientras cuelgo la ropa y ordeno los papeles/ dejados como granos al fondo de valijas que nadie reconoce/ las ropas de colores son cintas de una fiesta ya extinguida/ y la negra camisa es un pájaro parecido a la palabra Fin”.
Y como una hermosa viñeta que se resiste a difuminarse, leemos en Se recuerda a doña Mena: “La figura matriarcal y protectora de doña Mena Pulgar es en mi memoria una imagen apacible con gallinas y pollos sobre la cocina y, a veces, un par de ovejas pastando en la hectárea cultivada por su esposo”. Luego, leemos en Pedegua revisited: “Primero fue la riada que se llevó el plantío/ los años y las casas entre los arenales/ resquebrajada el agua limada la materia/ con su temblor de piedra/ No quedan los gazapos ni la cacería”.
Para concluir el libro, hay una vuelta al punto de partida, la escena ha cambiado porque mucha agua ha pasado bajo el puente, así, el poeta cronista nos entrega el texto Ritornello: “Tras el verano, el palto dio sus frutos y ha sido podado. Durante el transcurso de esta lectura se fue despojando de los ganchos contaminados por el tiempo”. Y luego anuncia: “ese árbol que no deja ver el bosque, será aún motivo para las siguientes páginas”. Con lo cual sólo queda felicitar al poeta Juan Cameron por este libro, que nos narra pasajes de toda su vida y abre nuevas interrogantes sobre estos seres que somos: frágiles, felices, dolientes, transformados e intensamente vivos hasta que las velas no ardan.
Lila Calderón, julio 2026, Viña del Mar.

Durante la presentación del libro:
Lila Calderón, Juan Cameron y Enzo Reyes Vilo
Club Alemán de Valparaíso, 8 de agosto de 2026