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WITTGENSTEIN, GRAMSCI Y MI VIDA

Por Jorge Carrasco


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¿Cuál es mi posición dentro del campo literario? ¿Tengo el reconocimiento que reparte legitimidades para ejercer el oficio de la escritura literaria? ¿Quién otorga ese reconocimiento? ¿Cómo lo otorga? ¿Por qué existe este tipo de criba de reconocimiento y credibilidad? ¿Cuánto de mi pertenencia a mi clase original condiciona mi desenvolvimiento intelectual actual? Trato de buscar respuestas en pensadores como Gramsci, Bourdieu, Bernstein, Todorov, etc. 

Hoy me fui en auto al centro y vi al costado a las jóvenes y a los jóvenes que barren las calles de la ciudad. Especialmente a las jóvenes que barren las cunetas con toda su cabeza tapada para protegerla del frío. Les voy a escribir un poema, me dije. Es el mismo trabajo que hacía mi papá en Carahue.

A mí me gusta escribirle versos a la gente que todo el mundo, incluidos los poetas, olvidan. A la gente que todo el mundo ve, pero no ve. A los invisibles de todas partes. Wittgenstein decía que lo que no se nombra no se piensa, no se puede conocer, que los límites del lenguaje son los límites de nuestro mundo. Es decir, hay realidades que existen, pero si no son absorbidas por el lenguaje no existen. Hay que nombrar, hay que nombrar, hay que nombrar. Sobre todo, lo que no se nombra nunca. Así se piensa y empieza a existir. Eso hice desde que tengo conciencia. Y lo extendí a otras especies: el sufrimiento de los animales.

¿Cuánto nombran los pobres? ¿Cuántos significados y conceptos manejan? Si su lenguaje es acotado, por lógica su mundo también será acotado. Esto se relaciona, por supuesto, con el nivel de educación, de formación que tienen los pobres. ¿Qué pasa entonces si se suman todos los mundos acotados, el conjunto de todo lo que no se nombra de los pobres? Que la gente de las clases inferiores tiene una presencia lingüística inferior en la totalidad lingüística de la sociedad. 

Al no leer, al no aprender un vocabulario más extenso (Bernstein nos habla de un lenguaje menos complejo, con poco uso de adverbios y adjetivos, frases breves e incompletas, por ejemplo, lo que conduce a un universo cognitivo más limitado), al no apreciar lo que esas palabras significaban, el conjunto de imágenes del mundo que guardan en su memoria será inferior porque las palabras a las que equivalen esos significados no fueron absorbidas por su entendimiento. El tipo de lenguaje señala la complejidad cognitiva de los usuarios. Esa inferioridad de mundos representados implica una menor presencia social de las clases inferiores, una menor descripción de su mundo vital, de su vida diaria, de sus emociones y sentimientos, de la visión que tienen del mundo. ¿Será por eso que yo no veía la presencia de mi mundo en los textos, en los libros que leíamos en la escuela o el liceo?

Soy un escritor que viene de la pobreza. Viví una vida de pobre hasta mi primera juventud. ¿Qué advierto en mis interlocutores cuando quiero contar mi vida? Se niegan a escuchar. ¿Por qué se niegan a escuchar lo que dicen quienes fueron pobres? ¿No será porque me miran contaminados con los valores de la clase dominante, sean o no de la clase dominante? Eso se llama hegemonía cultural, pienso. Fue una cosa rara descubrir que en todas partes, cuando quiero contar mi vida en mi infancia y adolescencia, se tapan los oídos. Gente creyendo que los valores son eternos, naturales y no sujetos a cambios. Gente que cree que el orden social, con su conjunto de significados, siempre fue así, inmodificable.

¿Por qué hay una negación a escuchar estos relatos? Presentar el relato de sus vidas se erige, por la sola presencia de esa narración, en un relato contrahegemónico que desafía la autoridad de los valores presentados como naturales, como normales en el tejido social. ¿Por qué presentar el relato de una vida, sin la intención consciente de crear un relato contrahegemónico, se erige en un acto desafiante para la clase dominante? ¿Será porque las clases dominantes imponen un tipo de relato con una sola dirección, un relato que presente situaciones cribadas por un sistema de valores aceptados, un relato donde el fracaso social dependa de voluntades individuales y no del funcionamiento estructural de un sistema?

El relato de las historias de los pobres trae a conocimiento la admisión de conciencia de una realidad desde una conciencia negada para ser creíble o legítima en su forma de ver el mundo y mostrar así una visión de las relaciones sociales desde las clases inferiores, sin pasar por la mirada autorizante de integrantes de la clase dominante. Es un relato alternativo que pone en discusión formas de distribuir la riqueza, cuestionamientos del patriarcado o el paternalismo social de una clase sobre otras. Lo invisible se convierte en visible, lo natural se convierte en un orden artificial, lo que existe internamente en el espíritu y el alma de los pobres es visto como una construcción tallada para alojar el consenso exigido por el orden social vigente.

Las historias de los pobres presentan sus elementos directamente, sin pasar por la criba resignificadora de la clase dominante, son relatos directos, aun sin ninguna intención rupturista a priori. Esto me llevó a plantearme muchas preguntas. ¿No será que se quiere impedir que lo contado, que lo pedido a través de lo contado se transforme en base de acciones para posibles cambios, impedir que las mayorías tengan una visión crítica frente a lo que constituye el sentido común? ¿No será que un simple relato se puede convertir en un acto contrahegemónico si no es refuncionalizado, metabolizado para convertirlo en funcional al sistema?

Para la clase dominante el relato de los pobres carece de buen gusto, de base racional, de valor ético, del buen decir, de ambientes espaciales y geográficos que tienen validez social. Ahora bien, no cualquier relato se puede concebir como rupturista, revolucionario. El relato de la historia de la pobreza adquiere, por sí mismo, una capacidad revolucionaria cuando emerge de esas agrupaciones solidarias mecánicas, durkheiminianas, de los sectores populares, trabajadores, donde los roles y el determinismo social es fuerte. Bernstein nos dice que en esos ámbitos lo colectivo se impone a lo individual y apaga el individualismo de una voluntad que, en agrupaciones solidarias orgánicas, se apropia de un código elaborado y que con ese código alejado del código restringido narra una historia de un mundo donde se habla un código restringido, limitado, sin capacidad para tener existencia en el campo cultural. Desde esa perspectiva personal, social y cultural narro y analizo el mundo hoy. Un pobre que subió en la escala social y que desde esa nueva clase social analiza su pasado y lo presenta al mundo con el código elaborado de los sectores cultos de las otras clases sociales. 

Cómo viven y qué piensan los pobres. Eso no se nombra, eso se oculta, eso no existe en la realidad social. Todos saben cómo viven y qué piensan las clases superiores, pero no saben qué piensan y cómo viven las clases inferiores. ¿Por qué? Porque los intelectuales siempre salen de las clases superiores y de su voz siempre se derrama sus propias experiencias, sus propias visiones del mundo.

Las clases superiores se apropian del mundo con el lenguaje, ese lenguaje que nombra sus realidades y no las realidades de las clases inferiores. El lenguaje de la escuela, los medios de comunicación y las instituciones. Como lo que no se nombra no existe, yo no veía en mi niñez, adolescencia y juventud, en ningún libro u otro soporte cultural, cómo viven los pobres, cómo vive la gente que vivía como yo vivía. Los pobres asisten a la escuela a aprender un mundo que no viven, un mundo que no experimentan, por eso ese mundo les parece ajeno, artificial, no vivido. Es decir, asisten a la escuela y allí no se habla cómo viven en sus entornos familiares, barriales, de amistades. Esto, como ya dije, nos lleva a afirmar que hay una desigualdad en la repartición de lo nombrado socialmente. Es decir, lo nombrado se da en mayor medida en las clases superiores y no en las clases inferiores, y por eso su mundo está más presente siempre en todas las circunstancias sociales.

Esta distribución desigual de lo nombrado en las sociedades conduce a que haya una mayor conciencia de lo que les sucede a las clases superiores y no a las clases inferiores. Por esa razón hay diferentes grados de existencia y de conciencia de la realidad de las diferentes clases sociales en los individuos. ¿Será por eso que en mi adolescencia buscaba la poesía de Neruda (De Otero, Celaya después) y no otra poesía porque allí aparecía reflejada algo de lo que era mi vida como integrante de mi clase social inferior? Es decir, en aquel tiempo advertía que allí se nombraba lo que no se nombra en otra parte. ¿Será por eso que no me gustaba lo que nos enseñaban en el liceo? 

 Tal vez por eso a mí siempre me gustó aprender lo que yo quería aprender y no aprender lo que otros me querían enseñar. La dictadura de Pinochet creía que yo absorbía acríticamente todo eso que nos enseñaban en los liceos. No sabía que después yo me iba a las bibliotecas a leer a Neruda y a aprender lo que yo quería aprender. No sabía tampoco que por las noches, en un radiograbador que trajo mi hermana María del sur, de Punta Arenas, yo escuchaba solo, en un lugar oscuro de mi casa, el programa de radio Moscú "Escucha, Chile". Eso (escuchar un programa de radio) era también un acto contrahegemónico, una forma alternativa de ver el mundo. El muchacho rebelde que yo era en Carahue, mi lugar de nacimiento, ya intuía que eso era así, pero no lo decía quizás porque aún no tenía el manejo del código elaborado que se usaba en los sectores de la solidaridad orgánica y que permite comprender qué es estructura y superestructura, hegemonía y hegemonía, violencia social, cultural y simbólica en nuestras sociedades. 

Lo que no se nombra no existe. ¿Qué pasa cuando lo que se quiere nombrar no encuentra oídos para ser escuchado? ¿Qué pasa cuando se quiere nombrar lo no nombrado y hay una negación social, política, sistémica a oír lo que se quiere nombrar? Tal vez la respuesta sea solo una. Hay que nombrar, nombrar, nombrar para que lo invisible adquiera visibilidad en este mundo que reparte desigualmente espejos lingüísticos a los integrantes de los agrupamientos sociales.



 

Fotografía superior: Pueblo de Carahue de Ignacio Hochhäusler
Museo Histórico Nacional

 


 

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