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POEMAS DEL LIBRO "LIMÍTROFE"

Jorge Carrasco

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Jorge Carrasco


 

EL ÚLTIMO REGRESO DE JORGE TEILLIER

Entre los rieles, los cardos secos
reciben tu mirada, Jorge,
y con un tallo de cicuta
apartas el aserrín de un bar de Lautaro
de las suelas de tus mocasines
sin brillo.

El acre olor del bar
persiste en el cuello levantado
de tu abrigo,
y nuevamente pasajero,
de ti te despides entre la niebla
del último invierno de la Araucanía.

En la estación es temprano
y la resaca te ata los pensamientos
a tu lengua envuelta en trapos.
Te vas una vez más
después de haber vuelto
tantas veces
a ver lo que desapareció para siempre,
como un cordero asustado antes del degüello
huye sin esperanzas entre las tablas rotas
del cerco derruido de tus recuerdos.

Como tus manos trémulas deshojan la neblina,
así también los molinos trituran a lo lejos
las espigas húmedas de los mapuches,
y las carretas de bueyes, cargadas de carbón,
cruzan las líneas del tren
balanceándose como botes
en un río tormentoso en cámara lenta.

Comienza a lloviznar y de las fatigadas casas
suben volutas de humo;
al calor del tibio sol invernal
los perros callejeros duermen en las esquinas
para olvidar el celo de las perras del chalet con persianas,
y los niños aún juegan
a ser pistoleros del far west
entre los castillos húmedos de madera.

Otra vez no encontraste
a la muchacha que amaste sentada
en un monolito de la plaza.
Otra vez buscaste en vano
la última ciruela del verano en el árbol seco
del vecino muerto.
otra vez llegaste a tu último
vaso en la penumbra
del día que se acurrucó como un gato
entre el cuerpo mojado de las zarzamoras ciegas.

¿Dónde estaban los rostros?
¿Dónde fueron a morir las hortensias?
Los higos, entre la niebla,
colgaban como lágrimas
en la higuera del molino deshabitado
cuando vieron tu cara de hoja caída.

Nunca fue temprano para irse
y nunca fue tarde para volver:
las ruedas corren en círculo
como los remordimientos del girasol
o los sueños tristes de las pelotas de trapo
sobre los techos salpicados de goteras.

En el andén escuchas el silbido lejano
y tomas tu valija de cartón
y miras el tren acezante en la lejanía
y ya no sabes si vas o vuelves
quizás porque nadie sabrá nunca
si vivir es ir o volver
como el remordimiento redondo de los girasoles
o los sueños desinflados de las pelotas de trapo
o el volantín crucificado para siempre
entre los cables del tendido eléctrico.

 

LAS MOSCAS DE JOAQUÍN GIANNUZZI

La inmovilidad es un círculo
y tú estás en el centro, fumando,
con el concho del café en la taza
y la acumulación mental
de lo que libera tu vida
entre lo que está por caer.

Cuánta sabiduría de las moscas
en la ventana: detrás de cada transparencia
la libertad esconde otro suplicio.

No fue tuyo el empecinamiento
de todo lo que en vano vive.
Desbordes del significado de lo que
estos hombres hicieron
con lo que dejaron otros hombres:

para qué salir de allí
si al mirar ya está la poesía en tus ojos,
dicen tus piernas lentas,
o la misteriosa épica de los objetos
que reúnen en su tierna desidia
un trazo de útero doméstico
ajeno a toda crítica.

De nada sirve el viaje de los restos
por las esperanzas sin dueño:
fue tan dulce el grito de la victoria
cuando todos dormían
y nadie, con la sangre en curso, osaba festejar
la derrota diaria del espejo.

Otra vez, otra vez la conciencia
apela a Mozart sin urgencia.
Ajeno al tiempo imperioso,
al nuevo afán del crepúsculo
inventado por otros,
te levantas porque ya es tarde para todo
y una de tus dos pantuflas
está fuera del alcance de tu pie derecho.

Así vuelves una vez más al mundo.
Nadie sabe si oler la sopa 
solo con la tibieza de tu pie izquierdo
construye un acto de presencia en el destino.

Para huir de ti enciendes el televisor.
La araña hambrienta sigue allí esperando
entre los sensores de su telaraña de ideología:
no estás solo, no estás condenado,
te dice, pero tu conciencia buscó
vanamente la frialdad de tu pie derecho
y la tibieza muerta de tu pie izquierdo
en un costado herido de las pantuflas.

Fue suficiente.
Ya los ojos huyen de la densidad aislada
en la ficción del noticiero
a otra tragedia sin truculencia:
las moscas, ay, las moscas
prefieren morir delante de la transparencia.

 

LÉVINAS

Mis ojos en tus ojos
no como juiciosos jejenes
o espejos de tus ojos.
No.

Nada es ajeno.
Nada es jovial
siempre
tan lejano.
No.

Al mundo no es anterior
tu cápsula
a la mía
ni la mía a la tuya,
entre raigambres
y razones,
entre pelambres.
Sí.

En ti, no.
Al mundo, sí.
Descartes,
Hegel,
Heidegger
rotos hacia
la rotura del otro,
¿no?

¿Eres, somos
lo que somos
en el fondo
del inicio?
¿Hay inicio
del otro
en el otro
que hay en ti?

Siempre fue
así. Nunca,
nunca, siempre.

Un muchacho
pobre, un extranjero
no menos pobre,
un abrazo,
sí, somos tres
o miles de tres
en tres,
cerca, oh hermano
mío, de tus ojos
frente a un campo
de exterminio.

 

MIS PADRES NUNCA SUPIERON DE RIMBAUD

Mis padres jamás
supieron de Rimbaud.
No sabían leer.

Aquellos que no conocen
la poesía
son la poesía misma:
su cara, su latido, su extensión.

¿Qué pensaba mi padre
de su hijo poeta
cuando descarnaba cerdos
sobre la tarima?
¿¡Merde à la poésie!?
¿¡Merde à la poésie!?

También él era poeta:
barría las hojas de la plaza
de Carahue
sin saber que así trabajan
los poetas: barriendo
las palabras secas, sin vida.

Para mi madre los poetas
eran tan niños
como los mormones de Utah.
Una vez le dije:
Madre, te escribí un poema,
No lo leí.
Temí que no lo entendiera.

En mi casa no había
libros.
En los gestos de sus rostros
leía versos
escritos por una mano
culpable.

Mis padres jamás
vieron el rostro de Rimbaud
en las cenizas del brasero.

Mis padres eran
lo que escribía Rimbaud
sobre las cenizas.

 

FILOCTETES

Te abandonaron.
La mordedura de la serpiente
o el hedor de la herida
de la serpiente
fueron tus harapos.
Vienen hoy a Lemnos
a buscar tus flechas.
Mojaste tus pies
en las acequias
y comiste la fruta
de los árboles.
Volver no quieres,
oh fantasma de Heracles.
Dejadlo vivo
entre fósiles,
troncos petrificados,
con el veneno
de la serpiente
en su pierna.
Vete, Odiseo;
Vete, Neoptólemo.
Privado vive
del engaño.
Ya no sientes amor
por los griegos
ni tus flechas
buscan la sangre
de los troyanos.
Aquiles no será
vengado.

 

PIEDRA SIN SOMBRA

Mi hija ha vuelto
desde el fondo de su nombre
a ser la piedra
sin sombra
arrojada a los matorrales
de otra laguna.

Hija mía, no hay futuro,
no hay verdad.
Tú eres el futuro.
Tú eres la verdad.

No intentes mudar
las máscaras de los vientos.
Las hojas caídas se someten
con alegría
a lo que tiembla
detrás de sus sueños.

No intentes cambiarte
aunque siempre sigas
a quien no fuiste.
Tú eres la palabra
que digo todos los días
y no diré nunca.

El mundo, tan ajeno, será
alguna vez tu reflejo.
Tú lo nombrarás
mil veces
en la única mirada
de otros espejos.

Hija mía, no hay pasado,
sólo hay mentira
en todo lo que se opone a tu verdad.
Tú eres el pasado.
Así está hecha la vida.

¿Ya escuchas la campana muda
o el silbido azul de ningún sonido
que dirá todos los nombres
antes de mi último silencio?

 

MOVIMIENTOS

Todo lo que hoy se mueve, lo sé,
salvo tu recuerdo, bien lo sabes,
no hace pie, no hace daño.

Para las traviesas ráfagas
ya no hay frutos en el árbol.
Desnudos se elevan los álamos
sin hojas y los suspiros cubiertos,
al alba, con otra emoción.

Ventarrones, ayer, de verano.
Desnudez, hoy, de otoño.
He recibido, me has dado
más de lo que, a solas, dimos.

Hemos callado, hemos sufrido
la dádiva, hemos odiado nuestro
egoísmo. No fue suficiente.

Todo lo que hoy muere, lo sé,
salvo el olvido, aún no en el olvido,
bien lo sabes, ya no alcanza.
En la caída aún no hay caída.

Siempre hay calles esperando
en todo lo que se detiene en otro tiempo.
Rosales, pétalos, suspiros, colores,
recuerdos, faroles, penas, aleros.

Todo lo que hoy se aquieta, lo sabes,
en el recuerdo, lo sé, oscuridad
en la luz, se mueve antes,
muy antes de la despedida.

Nos dimos demasiado. Añoramos
la carencia que ahora nos ahoga.
Como los peñascos de las islas
(fuimos eso: islas), detestamos
el derroche del mar que nos golpeaba.

Fuimos marea y fuimos roca.
Todo lo que hoy se detiene
ya en pedazos nos reunía.
En la ruina, bien lo sabemos,
el tiempo no despedaza los restos.

Fuimos aire, fuimos belleza.
Soportamos, en el borde,
el adiós de lo que ya no amaba,
y nos llamamos una y otra vez
y cuando nos mirábamos uno
al lado de otro nos quedamos mudos.

Fuimos una sonrisa. Fuimos el silencio.
Entre una mirada y otra mirada,
entre una tibieza y otra tibieza,
entre una bufanda y una sandalia efímera,
se caía, con rosales muertos, el mundo.

Fuimos nosotros. Fuimos los otros.
Con un pétalo marchito en la punta
de las uñas nos enfrentamos a la primavera,
y allí levantamos nuestro jardín
de dedos florecidos entre espinas.

Fuimos, para vivir, porque así
es el mundo, lo artificial y lo verdadero.
Ven a mí y otra vez mírame.
¿Qué ves más allá de tu mirada?
Nunca digamos lo que vemos.

Hemos hablado, hemos creído
en la esperanza, hemos amado nuestros
recuerdos. No fue suficiente.
Yo no lo supe y tú no lo supiste
y era dulce y sagrado no saberlo.

 

 

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Jorge Carrasco
nació en Carahue, Chile, en 1964. Desde 1985 reside en Villa Regina, provincia de Río Negro, Patagonia argentina. Es profesor de Lengua y Literatura (hoy vicedirector de escuela secundaria) y ejerce su profesión en colegios secundarios de la provincia. Tiene publicados siete libros de poemas (Permanencia de aves, La huella, su andar, Mar muerto, La tarima y el florero, Ochenta poemas de amor, Sismo en el sismo y Limítrofe). En narrativa publicó dos novelas (Sombras en el agua y Los piojos de Rimbaud) y cuatro libros de cuentos (Maldito lunes, Último carbón de invierno, Nos esperaba el viento y Los jugadores persas). Publicó además un libro de artículos y ensayos sobre la vida y la obra de Pablo Neruda (Neruda desde mi tiempo).

Su obra fue declarada de interés cultural, social y educativo por el Concejo Deliberante de Villa Regina, ciudad donde actualmente vive, y por la Legislatura de la provincia de Río Negro.

Ha obtenido diversos premios en poesía y narrativa. Publica con regularidad artículos literarios y ensayos en diversos medios de Chile y otros países.

Ha obtenido numerosos reconocimientos en arte, poesía y narrativa tanto en Chile como en Argentina.

Su poesía tiene traducciones al francés y al portugués.






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