Dios mío, muchacha, ¿qué le han hecho
a tu inocencia, a tus versos, a tu altruismo de brizna
pasajera esos disparos del enmascarado?
Tú has visto.
En este mundo todos buscan con balas y uniformes
a quien siente, trémulo, bajo una piel más oscura.
¿Qué le han hecho a tu cara, a tu frente tan limpia,
a tus ojos vueltos hacia donde quien dispara no puede ver?
Había nieve y era tan blanca en las ramas de los abedules
frente a tu sangre que escribía sobre ella el crimen.
Has muerto y todo ha caído desde los altares del invierno
a ese lugar donde se avergüenzan de respirar
cuando te imaginamos.
Dios mío, amiga mía, ¿qué le han hecho a la tibieza
de tu gorra de lana sobre tus claros ojos limpios?
Disparos fueron que cruzaron miradas, velocidades, épocas,
vapores de tu respiración al fin tan tibia.
Sobre el volante de tu auto muerta, tan muerta de golpe
te has quedado con tu frente amplia y tus cejas claras
como el motor de tu vehículo que ha olvidado sus velocidades
o un planeta que ha rechazado sus traslaciones
sobre abismos de otras gravedades.
¿Yace como tu auto detenido al costado
de una calle de Minneapolis
con una portezuela abierta,
rodeado de cintas amarillas,
tu alma detenida al costado del eterno camino?
Dios mío, muchacha, ¿qué le han hecho a este mundo
quienes descaradamente triunfan sobre lo que hieren?