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PELOS Y EL PEINE ABSURDO DE LA EXISTENCIA
POEMA DE CÉSAR VALLEJO

Por Jorge Carrasco

 

El poema Altura y pelos forma parte del libro Poemas humanos, conjunto de poemas que escribió en París entre 1931 y 1936, tras su etapa modernista de Los heraldos negros (1919) y su etapa vanguardista de Trilce (1922). Sin embargo, el poema tuvo su primera publicación el 18 de diciembre de 1927 en la revista limeña Mundial y titulado extrañamente Actitud de excelencia.

 



Ya el título mismo nos indica que la visión se hace desde una altura, desde cierta lejanía, y que desde esa altura se verá todo el panorama de la existencia, de lo que metonímicamente en “pelos” se hace alusión al ser humano. Apenas leemos Altura y pelos nos cae encima el peso de existir, el peso de cuánto cuesta ser lo que somos, la rutina de automatismos que nos encarcela. No hay libertad en ser humano, hay esclavitud de ser lo que somos y no otra cosa. Pero no es solo la esclavitud de existir, es la esclavitud de nacer para estar vivos y hacer diariamente todo lo que nos piden la costumbre y los hábitos diarios con una conciencia disociada de lo que se hace.

Hay en Vallejo una detención del tiempo, una separación del tiempo y el espacio. Un tiempo que corre hacia los actos, hacia los acontecimientos en su quietud, en su inmovilidad. Un tiempo poblado de acontecimientos que no se comunican entre sí. Pero no solo hay una separación de los acontecimientos y el tiempo, hay una separación de las acciones y de quien las realiza, una separación de la conciencia y la vida real, y una búsqueda de un significado siempre esquivo. La asfixia en preguntarnos cuál es el sentido de ser lo que somos y nacer para hacer lo que hacemos.

En Vallejo no solo hay una separación del tiempo y los sujetos, del tiempo y las acciones, hay también una separación del tiempo y los objetos. Los objetos se nombran como si estuvieran fuera de toda acción, como si no formaran parte de un existir o un ser nombrado anterior a una intención. Nacer y padecer la reiteración inacabada de ser hombre. Un empujarse a la vida en un hacer que hacen todos sin pedir una autorización. Pero ese hacer que hacen todos es una tragedia cuando separas el hacer del transcurrir fuera de todo designio.

El lenguaje, en una atmósfera no desligada del uso poroso, alienado, automatizado de la existencia, no cumple la misión de entablar una comunicación auténtica. La condena del hablar, del comunicarse y de sufrir la expresión, la comunicación sin comunicación de los demás. Los últimos versos enfatizan esta relación del lenguaje, de la forma con lo temático, en una reiteración agobiante manifestada a través de la duplicación del adverbio modal “solo”, “solamente”, que enfatiza la culpa que se paga por el solo hecho de nacer para existir.

En este poema está patente la condición alienada del ser humano, la reiteración inútil, el vacío de existir, la soledad de sentir lo que no siente nadie porque cuando estás dentro del proceso de la existencia cotidiana no hay un espacio temporal para pensar en el existir. El poema se estructura en un diálogo que se sostiene con preguntas y respuestas mecánicas, vacías. La reiteración temática se asocia a la reiteración en la forma del poema. El uso de la anáfora paralelística y de la reiteración de preguntas retóricas se puede asociar a la reiteración vacía de la vida cotidiana. Hacer lo que se hace siempre y tomar contacto con los mismos objetos y las mismas acciones diarias de la misma manera, en una repetición circular que desdibuja toda ilusión y esperanza.        Cruza semánticamente todo el poema una sucesión de objetos y seres cotidianos: vestido, tranvía, cigarrillo, dolor, bolsillo, carta, gato. Sustantivos que nombran cosas de una cotidianidad que existen sin reclamar un acto de presencia en la conciencia. 

No existe en el hablante del poema una inserción en el tiempo cuadriculado del hacer práctico de la subsistencia. Se advierte que el protagonista no se levanta a cumplir una acción ya estipulada para enlazar diversos designios cotidianos de la existencia. Trabajar, ser padre, ser marido, afrontar la rutina de lo doméstico, verse repartido por exigencias familiares o sociales. Hay un estirarse no particularizado de las acciones anterior a toda acción práctica. Predominan los verbos de acciones íntimas, personales: tener, almorzar, nacer, escribir, hablar, morir, llorar, llamar, decir. Verbos que manifiestan un estar y describen acciones cotidianas del ser humano. Todas estas acciones o estados concluyen en la inmovilidad de la carencia de sentido.

En “Poemas humanos” el poeta se siente más cerca de los hechos cotidianos. Usa un estilo coloquial, directo, intenso. Vemos un lenguaje alejado de la combinación lúdica, transgresora de Trilce y desprovisto de la solemnidad de Los heraldos negros.  Quien comprende está solo y asume su anonimia desgarrada. En el acto de la comprensión de esta vida mecanizada, alienante, hay tal vez un reclamo por huir de lo que desnudamente somos. Tal como acontece en “Hoy le ha entrado una astilla cerca, dándole...” o en “Piedra negra sobre piedra blanca”, el hablante se compadece de sí mismo y de sus compañeros de especie.

La vida para el hablante de Altura y pelos no tiene sentido. En su angustia y desamparo metafísico, en la conciencia de la finitud de la vida y de las acciones humanas, en la soledad de existir frente a la mirada indiferente de Dios, Vallejo no se rinde. Deposita, como último acto de rebeldía, su existencialismo en el marxismo, y de esa manera, cruzando la experiencia de la Guerra Civil española, transforma su dolor en solidaridad y compromiso social.  

ALTURA Y PELOS
¿Quién no tiene su vestido azul?
¿Quién no almuerza y no toma el tranvía,
con su cigarrillo contratado
y su dolor de bolsillo?
¡Yo que tan sólo he nacido!
¡Yo que tan sólo he nacido!
¿Quién no escribe una carta?
¿Quién no habla de un asunto muy importante,
muriendo de costumbre y llorando de oído?
¡Yo que solamente he nacido!
¡Yo que solamente he nacido!
¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?
¿Quién al gato no dice gato gato?
¡Ay, yo que sólo he nacido solamente!
¡Ay!, ¡yo que sólo he nacido solamente!

 



 









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PELOS Y EL PEINE ABSURDO DE LA EXISTENCIA. POEMA DE CÉSAR VALLEJO.
Por Jorge Carrasco