Es común que se fije un análisis de lo semántico (significado), morfológico (estructura interna de las palabras) y sintáctico (función de las palabras en la oración) del lenguaje, pero se deja de lado el aspecto pragmático, es decir, el lenguaje en acción, usado en un contexto por hablantes reales. El uso del lenguaje en situaciones reales da cuenta de contradicciones y problemáticas más profundas. Más que un instrumento de comunicación, la lengua es una herramienta del pensamiento, un agente constructor del pensamiento.
Una de los temas que siempre mencionaba en las escuelas donde trabajaba y en reuniones de las que formaba parte es que los niños y los adolescentes de los barrios vulnerables de ciudades donde trabajaba en mi oficio docente no están en igualdad de oportunidades frente a niños de otros espacios urbanos de la ciudad. Esa desigualdad se originaba en el uso del lenguaje mismo. Los niños y niñas de barrios periféricos no hablan el lenguaje que exige la escuela. Eso ya implica, ante el rechazo inicial a sus formas de expresión, que deben hacer un esfuerzo doble para comprender esa realidad inicial. Hoy leo a Basil Bernstein (pdf) y pienso que mi análisis no estaba errado.
Desde mi niñez advertía asimetrías, incompatibilidades, parcialidades que comunicaba a la gente que me rodeaba, pero ellos descreían de lo que decía y opinaba. Es como estar viviendo una realidad que los demás no comprendían o no querían entender sobre mi pobreza y mi condición de inmigrante, por ejemplo. Desde pequeño observaba evidencias que los demás no querían oír: asimetrías entre ricos y pobres, discriminación por las formas de hablar y de pertenecer, ubicación de la gente en los espacios urbanos y, disparidad en la construcción de los destinos de los individuos, valor social y cultural de lo comunicado que emana de una realidad económico-social que acepta y rechaza, formas en que los nacionalismos moldean la conciencia de la gente, legitimaciones que emanan del rango social que se ocupa, etc., etc. Todo este tipo de aspectos que los demás negaban y pretendían que yo asumiera que el problema no era externo sino interno, mío, personal. Me decían, por ejemplo, que me sentía un "perseguido", un "resentido" y otros términos descalificadores parecidos.
Creo que las clases superiores tienen todo armado para ser exitosas en la vida, y las clases inferiores tienen todo para fracasar. El tejido de los éxitos y fracasos ya está escrito. ¿Por qué creo que todo está armado para que ocurra eso? Desde el manejo del lenguaje mismo, los gestos, las formas de preguntar y responder, el significado mismo de lo que se expresa y cómo se expresa, no tienen aceptación en el intercambio con las clases superiores. Las clases superiores manejan siempre un lenguaje más cercano al lenguaje que exigen las instituciones escolares y culturales. Las clases inferiores deben hacer un esfuerzo extra para incorporarse a un mundo expresivo que sienten ajeno. La formación de los padres y el entorno familiar, el lenguaje que usan, la cobertura para un proyecto de vida más planificada, el mismo entorno de amistades, etc., fijan un itinerario de vida que construye un destino ya prefijado. Todo eso lo entiende claramente alguien que viene del fondo social y ha compartido el mismo destino de esos niños de barrios vulnerables.
Otra de los hechos que siempre observé en mi vida de inmigrante es cómo el lenguaje, el dialecto que traes de nacimiento, se convierte, además de la nacionalidad (es cierto que van unidos), en un condicionante que conduce a la marginación y a poner límites a las pretensiones laborales y sociales. Al código restringido (siguiendo a Bernstein) que traen de nacimiento por su pertenencia a familias de clase trabajadora, se suma el habla de un dialecto extranjero, lo que se constituye en un doble motivo de discriminación. En el qué se dice, cómo se dice y dónde se dice aparece claramente la intermediación del poder.
Me casé con una maestra argentina. Me contaba que en las escuelas donde trabajaba sus colegas docentes siempre decían que los chilenos y bolivianos hablaban mal. Me contaba que les respondía: "Si ustedes supieran el vocabulario que tiene mi marido no dirían esas pavadas". Esos docentes cometían un error importante cuando decían que los inmigrantes latinoamericanos hablaban mal porque debían saber que todos los dialectos son correctos. Eso lo enseño como profesor de Lengua a mis estudiantes de primer año de la enseñanza media cuando analizamos los elementos del circuito comunicativo y más específicamente las variaciones que experimenta el código al ser usado en diferentes circunstancias.
El código pone en relación nuestra individualidad con las estructuras sociales. El uso de un código nos informa la pertenencia a una clase social y el tipo de pensamiento que se maneja. En la discriminación por el uso de un dialecto o de formas expresivas de sectores trabajadores subyace un grado de discriminación hacia todo lo que son social y biológicamente los sectores postergados de la sociedad.
En la generalidad social hay una normalidad, una corrección, una forma de proceder que se superpone a otras visiones del mundo. Quiero decir que la normalidad victoriosa es la normalidad, la corrección, la forma de actuar y proceder de las clases superiores. Por eso se tiende a ver como correcto todo lo que ellas hacen desde su normalidad victoriosa. Lo que pasa es que todos ven el mundo desde esa normalidad impuesta sin coerción, desde su corrección, desde esa forma de ver el mundo. Por eso tienden a ver como correcto todo lo que ellos son o practican.
¿Qué pasa cuando, además de cómo se nombra, lo nombrado no es aceptado socialmente, cuando ese mundo nombrado es rechazado por otras formas de nombrar porque, como diría Bourdieu, no tiene la suficiente eficacia simbólica, o, como diría Foucault, carece de efecto de verdad, porque no se sustenta sobre estructuras de poder? Es lo que ocurre, por ejemplo, con los pobres y los inmigrantes. Su lenguaje es motivo de negación y burla. Y no solamente hay rechazo de un dialecto extraño. Hay también rechazo de lo que se dice con ese lenguaje ajeno. Se rechaza cómo se dice y qué se dice.
La pregunta que quiero responder también es por qué el mundo de los pobres no aparece o aparece en mucho menor medida mencionado en la totalidad del campo simbólico de la sociedad. Cuando yo era chico me preguntaba por qué el mundo de los pobres, el mundo de las clases inferiores, el mundo que fue mi mundo, no está en los libros, no está en los medios de comunicación, no está en los discursos sociales, no está en lo que nos enseñan en la escuela, no está en ninguna parte. Entonces yo sentía que todo lo que me mostraban era ajeno a mi vida.
Ya Bernstein nos explicó que los sectores trabajadores usan un código muy ligado a su entorno, a su realidad familiar, a su interacción inmediata, es decir, muy unido a todo lo que los rodea. Es un código usado localmente con escasez de adjetivos y adverbios y uso reiterado de frases cortas, incompletas porque el vacío lingüístico se llena con alusiones a un contexto que se conoce. La gente de las clases superiores, contrariamente, usan un código elaborado, un lenguaje más alejado de su contexto, más complejo significativa y gramaticalmente. El uso restringido de la lengua no permite a sus hablantes pasar sin esfuerzo de una clase social a otra, de una forma de decir y pronunciar a otra, de un tipo de significados usados localmente a un lenguaje más universal que les permita descifrar las formas de comunicación cuando comparten con otras clases sociales.
Cuando subes en la escala social (usando términos de Bourdieu) tu habitus de la pobreza se modifica y comienza a tomar las formas de ser, los hábitos, el gusto y el código elaborado de las clases superiores. Este traspaso paulatino provoca un espacio intermedio de ostracismo, de formas de actuar que se erigen como una deslealtad hacia tu clase original. Te empiezas a sentir ajeno al lugar donde siempre perteneciste o te hacen sentir ajeno a ese mundo conocido porque tu nueva apropiación del mundo necesita estar ligado a nuevas formas de relacionarse. A esa especie de exilio social se suma el rechazo inicial de las clases superiores a compartir su visión del mundo con un “extranjero” proveniente de un estrato social inferior. Estas limitaciones construyen barreras que dificultan la integración, la construcción de igualdades sociales y una mayor comprensión de cómo, en la cotidianidad, el lenguaje usado, las formas expresivas y el pensamiento unen la parte subjetiva del individuo a una realidad social que condiciona su trayectoria existencial.
En mi paso por la docencia advertí que hay un vacío en el proceso de perfeccionamiento docente de incluir el análisis pragmático del lenguaje y más específicamente cómo el manejo del lenguaje en la sociedad ya encierra el origen de la desigualdad social. Falta más Bourdieu, más Foucault, más Bernstein, me digo hoy, para comprender mejor el origen de esa desigualdad y analizar de qué manera se puede superar o atenuar esa carencia para construir una sociedad más justa. Este análisis transversal nos llevará a la hegemonía cultural de Gramsci, a la violencia simbólica de Bourdieu, a los usos de los códigos lingüísticos de Bernstein y al análisis del poder con su efecto de verdad de Foucault, conceptos que nos conducirán a ver de una manera más amplia las verdaderas relaciones de poder en el tejido político-mediático de las sociedades.