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Jorge Edwards y su redescubrimiento de América

Por Daniel Mazzone
Publicado en El Estante, N°55, Uruguay, 18 de mayo al 17 de junio de 2000


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El Premio Cervantes 1999 dejó a su paso por Montevideo el hálito fresco del gran escritor que resiste los encasillamientos. Llegó con una formidable novela que invita a superar los enconos y consignas vacías de las últimas décadas, a recuperar la América real y a dotarnos de un imaginario afín con nuestras preocupaciones. América no es Macondo, dijo, sólo es la América que Europa está dispuesta a comprar, la del “buen salvaje”. Casi cinco décadas después de publicar el primero de sus doce libros, Edwards revela un rico universo novelístico que lo ubica entre nuestras voces principales.

*

 


Lo primero que impresiona del chileno Jorge Edwards (1931) es su cordialidad. No hay ningún hielo a romper, ni distancia que acortar; desde el principio se tiene la impresión de estar ante una persona espontánea, sin pose. El periodista se enfrenta a un igual, no a un personaje. Esa experiencia infrecuente posibilita el diálogo franco y la comunicación directa. Y algo tan importante como raro: uno se puede reír.

 


—Edwards, en su última novela El sueño de la historia hay un gran núcleo desmitificador.
—¿Sí? ¿Por qué? ¿A ver? ¿Del presente o del pasado?; porque están los dos tiempos en la novela.

—En primer lugar de la vanidad humana, pero también de la solemnidad de cierta izquierda...
—Sí, es verdad, porque hay humor para describir cosas un poco duras...

—Hay muchísimo humor, lo que es un ingrediente raro en América hoy en día...
—Sí. Alguien me preguntó cómo yo podía describir una cárcel con humor. Yo estuve en ese lugar; no preso sino visitando a mi hijo preso y la cárcel era así. Había humor, se cantaban canciones revolucionarias adentro de la cárcel con los gendarmes mirando. Mi hijo se hizo amigo del gendarme y hasta ahora se ven. Esas son las realidades. Yo no le agrego mucho.

—Ocurre que son pocos los que se animan a contar esas cosas. Había un respeto excesivo por no se sabe muy bien qué cosas.
—Es verdad. Es verdad. Había que dramatizar. Cargar las tintas...

—Esa descripción del personaje Ignacio chico cuando cuenta sus días en la cárcel y dice que en realidad la pasaba bien, comía de lo mejor, y gracias a los guerrilleros de las celdas vecinas tomaba el mejor pisco...
—Que le mandaba la Cruz Roja Internacional... cuenta Edwards a las risas.

—¿O sea que coincide en que hay una gran dosis de desmitificación en la novela?
—Es verdad. Y se produce a través del humor.

—Humor que no está presente en los comienzos de su obra. Hay una gran distancia entre el Edwards de El sueño de la historia y el de Las máscaras (1967) por ejemplo, con aquel relato magnífico El orden de las familias.
—Hay distancia porque ha pasado mucho tiempo, hay otra visión y también hay un registro más amplio. Alguien me acaba de decir “tú haces querer a los personajes”, porque uno puede querer a la Manuelita, que es una loca simpática, pero termina queriendo...

—Al Cachalote Alcócer (Nota del E.: el Cachalote Alcócer es un personaje del régimen pinochetista, un “momio” como dicen los chilenos para señalar al reaccionario duro, pero en la novela de Edwards, hasta ese personaje llega a tener gestos humanizados).
Se hacen queribles, es verdad ¿A qué se debe eso?
—Supongo que eso se tiene que deber a que uno trata de respetar al personaje en su verdad y en su vanidad y no forzarlo para convertirlo en una caricatura o en un pretexto para transmitir un mensaje. Es un problema de fidelidad del autor a su texto.

—Creo que la novela tiene tres o cuatro momentos altamente conmovedores y son aquellos momentos en los que se perdona...
—La muerte de Toesca (Nota del E.: Joaquín Toesca es un arquitecto italiano que ha sido contratado para construir el Palacio de La Moneda y en el momento de su muerte perdona las infidelidades de su mujer, la Manuelita que incluso intentó envenenarlo). Es verdad hay una idea del perdón a través de la novela que también está presente en la relación del Narrador con su ex mujer, esa fiera militante, esa Pasionaria, pero finalmente, un ser humano.

—¿Todo esto tiene que ver con una perspectiva suya de la vida?
—Puede que sea una cosa que dan los años. No sé. Pero probablemente se deba a que mi visión de la política chilena y latinoamericana y de toda la política del siglo XX sea la de que ha habido demasiada falta de comunicación entre los seres humanos, demasiada consigna -éste es tu enemigo, éste es tu amigo- y eso me parece que no da para más.

—Hay algo muy interesante que usted le dijo a El País de Madrid que creo que pasó inadvertido. Usted dijo: Mi América no es la de Macondo. Quizá para un periodista madrileño sea un dato sin importancia; en América es una afirmación trascendente.
—Es verdad. Yo creo que América no es Macondo. Y la mayoría de nosotros vivimos en mundos que no son Macondo. Vivimos en mundos que son la avenida tal y el edificio cual, y a veces vamos al campo; nuestra experiencia real no es la del indio con plumas –y de ningún modo es que yo sea racista– lo que quiero significar es que no somos el “buen salvaje” que quieren que seamos. En cierto modo el mundo europeo nos impone desde allá que seamos buenos salvajes. De algún modo nos están diciendo que no podemos ser europeos. Pero nuestro mundo tiene algo que ver con Europa, es una especie de periferia. Yo a veces encuentro más magia en el pasado, en la colonia, en el mundo santiaguino de entonces, que en los personajes que vuelan o qué sé yo, de un García Márquez o de una Isabel Allende como refrito de García Márquez.

—¿Y por qué Europa nos compra Macondo y no nos compra la magia de la colonia?
—Parece que Europa tuviera una idea preestablecida acerca de nosotros y parece que tuviera que resolver ciertos problemas de conciencia a costa nuestra...

—El problema es que nosotros compramos la imagen que Europa nos vende de nosotros mismos.
—Eso sí, claro. Una vez que Europa nos dice: "ustedes son así", nosotros nos sometemos. Yo no me he sometido, pero colectivamente nos hemos sometido.

—De acuerdo. Por eso este Premio Cervantes es tan importante. Ahora dígame: si usted tuviera que dividir la narrativa latinoamericana en dos escuelas, como podrían ser para la poesía Vallejo y Neruda, ¿a quiénes pondría como paradigma alternativo de la avenida Macondo?
—Quizá Borges, o mejor aún Machado de Assis, ¿qué le parece?

—Me gusta. Me parece bien.
—Macondo-Machado de Assis [1]; pongámoslo así. Yo soy un gran seguidor de Machado de Assis. Lo admiro mucho. Lo leí de joven.

—O sea que ésta es la línea que hay que fortalecer en la literatura latinoamericana.
—Yo creo que hay líneas que son muy importantes en nuestra literatura y que han sido vistas como menores o no vistas.

—Hay otra característica de esta novela y es que está superpoblada de seres inocentes, como la Manuelita; Toesca también es inocente; el Narrador es inocente... ¿el Narrador es usted?
—Hasta cierto punto, pero no completamente, porque yo no soy tan inocente. No podría serlo.

—¿América sigue poblada de tanta inocencia? ¿Usted la ve así a la América actual?
—Bueno, hay inocencia e ingenuidad pero también hay profunda maldad en América. También hay seres malvados en esa novela, aunque es verdad que el primer plano está ocupado por los inocentes. Y en América no sé. A lo mejor eso ya es visión literaria porque el mal también es una gran realidad nuestra.

—A los inocentes no se los deja vivir en paz. Hay una línea muy interesante ahí cuando la Manuelita y el hijo del Coronel Díaz dicen que lo único que querían era que los dejaran amar y vivir en paz.
—Claro, claro. No los dejan. Ni el coronel, ni la sociedad, ni el obispo. El poder.

—El poder. Es uno de sus grandes temas ¿no?
—Es un tema fascinante, porque yo creo que los conflictos de nuestro tiempo han sido conflictos de poder. Uno se pregunta, ¿cuál ha sido la temática central de Fidel Castro? ¿Acaso ha sido la revolución social o el marxismo leninismo? Yo creo que en el fondo ha sido el poder. Y la temática central de un hombre como Pinochet ha sido el poder. En Chile hemos aspirado a un poder más diluido, más dividido, no tan concentrado, porque cuanto más se concentra, más peligroso es. Por eso todos los sistemas políticos y constitucionales en Chile, si bien le han dado poder al presidente, se lo limita porque a los seis años tiene que ser reemplazado por otro, no puede ser reelecto. El poder es un gran tema de nuestro mundo.

—Y no tiene signo.
—Yo creo que no tiene signo. Yo creo que los animales con el instinto de poder que son los grandes políticos usan las ideologías para mantenerse en el poder.

—Y detestan a los escritores.
—Sí, porque los escritores son personas que se pueden reír. Cuando uno ve una ceremonia política muy solemne, uno tiene una percepción aguda de ese ridículo y uno puede reírse que es como decir que el intelectual auténtico es una persona que está siempre al borde de decir que no. Y esto incomoda mucho a los políticos.

—Tenemos muy pocos intelectuales auténticos entonces...
Sí, hay mucho intelectual barato, como dijo Vargas Llosa en una oportunidad, en un ensayo muy bueno.

—Sí, sobre todo hay muy pocos intelectuales que se pueden reír franca y sanamente. No hay sentido del humor en nuestra literatura.
—Ahí ha fallado. Ha fallado en eso.

—¿Por qué? Se lo vuelvo a preguntar.
—A lo mejor el humor en nuestra literatura está subestimado. Porque no es que no exista. Por ejemplo en Machado de Assis, que es un humorista formidable. ¿Pero por qué se habla siempre de los escritores más solemnes? Eso no lo sé. A mí me han dicho que en esta novela hay mucho de Carpentier. Pero yo creo que Carpentier es un tipo muy seguro en su visión de la historia. Él sabe todo lo que va a pasar. Mi Narrador tiene una cosa característica: hay muchas cosas que él no sabe. Él dice a menudo: yo supongo que esto pasó así. Esa es una actitud totalmente distinta.

—Hay un momento muy importante de su novela, en que el Narrador y su ex mujer están en misa, junto a su hijo pese a que ninguno de ellos cree en la liturgia a la que asisten. Él la mira a ella -y cualquiera que tenga más de cuarenta años puede entender lo que hay en esa mirada-, y se da cuenta que “ella había amado, con un punto de amargura, y había sufrido. ¿Y él? ¿Él no era más que un intruso, un advenedizo de una especie nueva?”
—El escritor tiene muchas veces la sensación y ese Narrador tiene mucho de autobiográfico, de que tiene una suerte de segunda mirada sobre las cosas, actúa en primera instancia y puede amar y sufrir pero siempre toma una distancia y se mira amar y sufrir y eso hace que sea una persona intrusa, un extraño, no tiene esa cosa directa que no tiene el personaje que no está desdoblado por la literatura como esa mujer. Esa mujer era así, grita y se exalta y llora y ríe y le dice “tú eres un imbécil” y todo así, en cambio el escritor tiene esa cosa de mirarse mirar que lo hace casi un traidor en la convivencia humana.

—Además era alguien que regresaba de sus ideas. Que tampoco tenía mucho lugar en esa sociedad dividida tajantemente en dos.
—Era un traidor porque regresa de sus ideas y también porque abandonó a su familia y es hijo pródigo pero no totalmente porque no se reincorpora del todo.

—Hay una parte sobre el final de la entrevista de Marcha, en 1974 (ver recuadro), en que el periodista le dice “ahora compruebo que hemos hablado poco de los aspectos literarios del libro -supongo que estaban hablando de Persona non grata-; pero esto parece ocurrirle en todas las entrevistas a usted, que terminan hablando de política.
—Sí, es una maldición. Pero adopté una verdadera táctica en España. A partir de cierto momento me niego a hablar más de Pinochet y si me obligan no lo voy a nombrar, voy a decir EL o EL caballero o el número uno o el viejo y me resultó, la gente dejó de insistir en el tema...

—Parece que somos un poco infantiles, nos gusta hablar de los temas trillados y lugares comunes.
—Sí y ocurre que en España se siente que Pinochet es más importante de lo que realmente es en la vida chilena. Y me pasó una cosa que revela muy bien la actitud europea y española con respecto a nosotros. Estuve en Bilbao y desde que llegué me hablaron de bombas. Después estuve en San Sebastián. En Bilbao, una señora amiga, me convidó a un restaurant con su marido y otras personas y me preguntó dónde vivía yo ahora, si en París o Madrid. No, le dije yo, vivo en Chile. Y ella me dice: qué peligroso. Y yo le contesté: bueno, no tanto como vivir en Bilbao (risas). Y fíjese lo que pasó. Al día siguiente presentábamos esto en una pequeña librería de San Sebastián, ante unas veinte personas muy simpáticas; después seguimos conversando en una taberna. Ahí había periodistas. Y hace tres días (esta entrevista se realizó el miércoles 10) la ETA asesinó un periodista. Y este periodista era uno de los que estaba ahí, una persona con la que yo conversé una hora, o sea que el peligro estaba ahí y ellos no se daban cuenta. Pensaban que lo peligroso era Chile, donde hay un silencio sepulcral.

 

 

—Neruda es un personaje que a menudo aparece en sus entrevistas; incluso le dedicó un libro, Adiós poeta... Usted ha insistido en ese aspecto un tanto timorato de Neruda, que le costaba jugarse en las situaciones pesadas.
—Yo creo que Neruda se había metido en la disciplina de partido y era un hombre más o menos cómodo. El tenía ciertas opiniones sobre lo que estaba pasando en el mundo comunista. Pero no las daba, salvo muy en privado y a veces deslizaba algo muy entrelíneas en un poema. Pero en privado decía cosas muy notables. Por ejemplo una vez estábamos en una conversación de tres personas. Los que hablaban sobre todo eran él y un ministro húngaro de Educación y cultura que era amigo personal de él y que estaba de paso por París. Y él hablaba con mucha preocupación y desencanto de lo que estaba pasando en la URSS y en el Chile de Allende. Y de repente el ministro húngaro se sintió como abrumado por lo que decía Neruda y se paró y le dijo: Pablo, sin embargo el socialismo va a triunfar. Y entonces Neruda también se paró y le dijo: Mira, yo tengo serias dudas. Fue impresionante ese diálogo que tuvo lugar en 1972.

Neruda había derivado en una actitud muy lúcida después de haber sido un estalinista total. Y él lo reconocía, con esa manera un tanto evasiva que tenía: “lo que pasa es que teníamos los bigotes muy largos”, dice entre risas intentando imitar a Neruda.

—Sí, parecería que Neruda encuadra perfectamente en esa cosa tremenda que dice un personaje de su novela: “más vale estar equivocado con el partido que en la posición correcta y fuera de él”.
—Sí, esa cosa me impresionó mucho. Eso lo escuché yo, Neruda en el fondo decía: es que yo no puedo ser independiente. Es que si yo salgo del partido el diario El Mercurio lo va a aprovechar para ese tipo de cosas. Y cuando yo volví de Cuba, pasé por París y le conté todo lo que me había pasado y me dijo: Yo creo que ahora lo que tú necesitas es la protección de un gran partido. Obviamente se trataba del partido comunista. Eso era mirar al partido comunista como quien entra a una sociedad de seguros.

—O a una secta.
—O a una secta. Lo cierto es que ahí él pensó que a mí me convenía hacerme comunista. Y seguramente habría terminado exiliado en Berlín Este.

—Hay otro momento, ya sobre el final, donde el Narrador se pregunta si no será que la voz narrativa para existir, para salir de la nada necesita de cierta dosis de optimismo, de algún principio de esperanza. Sin el Narrador, todo volvería al caos primigenio, a la ceniza.
—Desde joven he pensado que pese a que lo que abundan son los novelistas de izquierda, en el fondo, el novelista es un poco conservador, porque necesita bases más o menos seguras en la sociedad, para poder construir su mundo novelesco; tienen que haber ciertas bases, porque la novela es historia, es tejido social. Por eso no es raro que un Balzac, uno de los grandes de la novela moderna, haya sido un conservador, un nostálgico de la monarquía del viejo régimen. Pensar en que una sociedad pueda tener historia implica un cierto optimismo, porque una sociedad con historia ya es algo. Son esas historias las que hacen las novelas. Yo creo que para que haya historia pública que es la Gran Historia o historia privada, que es la novela, tiene que haber una cierta confianza y esperanza, porque si es puro caos, no funciona como narración. Claro que hay escritores muy cercanos a la oscuridad total, como Céline por ejemplo, y que sin embargo es maravilloso, o sea que son cosas discutibles, pero escribir una novela presupone una mínima, una primaria afirmación.

—Y yendo un poco más allá ¿qué significa escribir una novela hoy en América?
—Bueno, significa quizá descubrir América, -lo dice riendo, y agrega: -Significa ser Cristóbal Colón.

—Onetti decía en la década del 30 que a los montevideanos les faltaba un rostro, un espejo en el que mirarse.
—Está también el tema del mito, de la leyenda. Por ejemplo Borges ha contribuido a la leyenda de Buenos Aires. Así como Machado de Assis a la leyenda de Río de Janeiro. Y a lo mejor Onetti le dio una especie de sombra a Montevideo, no una cosa estática ni muy delineada, sino un espacio imaginario que él proyectaba a partir de aquí.

—Yo intentaba proyectar esas palabras de Onetti al continente americano. Parecería que América no estuviera del todo configurada ¿no? Todavía nos dejamos atropellar por la imagen que quieren imponernos, por ejemplo el de que somos Macondo.
—Sí, el imaginario americano es bien necesario para vivir y proyectarse, pero ya tiene un poco más de contenido y densidad que antes. Fíjese que a Chile le decían país de historiadores y después, país de poetas. Una parte de la poesía de un Neruda es una poesía casi sin tiempo, es la América de los volcanes, y después llega la peluca, la casaca, llega la historia, y finalmente, casi toda la poesía de Neruda es poesía de historia; Memorial de Isla Negra, Poesía del Sur, Historia personal, Barcarola. Se hace el poeta de la historia y de la sociedad o sea que empieza a poblarse este espacio americano de cosas, a amoblarse.

—Y aparece una Manuelita Fernández que viene a ser la precursora de la madame Bovary, de Margarita Gautier...
Edwards se ríe con ganas al recordar ese momento de la novela en que él mismo tendió ese puente entre la Manuelita, una chilena del siglo XVIII que preanunciaba a la Bovary o la Gautier europeas. Y dice: yo creo que hay unas Manuelitas del siglo XX chileno casi tan peligrosas como ella.

—¿Era peligrosa Manuelita?
—Casi envenenó a Toesca ¿no?

Edwards advirtió mi cara de duda y se rectificó sobre las intenciones de su personaje: -En realidad no lo quiso matar- agrega, le quiso dar un susto.

—A mí no me pareció un personaje peligroso, la viví como un personaje encantador. Muy descocada, pero simpática. Además el arquitecto vivía ensimismado en su obra y descuidaba demasiado a la bella Manuelita.
—Sí, muy simpática la Manuelita.

—Intentó siempre ser fiel a sí misma ¿no?
—Sí, eso es verdad.

—Me gustó ese puente entre la Manuelita y las grandes amantes europeas; de algún modo nos da rango histórico.
—Sí, que pertenecemos al mundo.

—La novela está salpicada de expresiones despectivas hacia Chile: chilito, paisito...
—Sí, eso es muy chileno. Y yo no quise contar un chiste muy de mi tiempo que lo he contado muchas veces y no lo quise meter en la novela. Había un músico mayor que nosotros, incluso mayor que Neruda, llamado Cotapos, al que le decíamos Cotapós, porque era muy afrancesado. Y él decía: hay que venderle Chile a los norteamericanos y comprarse algo más chico cerca de París. Esto es muy chileno.

—¿Qué nombres relevantes ve en la literatura latinoamericana actual? ¿Usted lee a sus contemporáneos?
—Sí, encuentro que el nombre más importante es Vargas Llosa, tiene una gran fuerza narrativa... García Márquez me parece más bien del pasado, más bien de Cien años de soledad y aún de antes, de El coronel no tiene quien le escriba... no sé... no veo una figura como Onetti... Onetti me dijo una cosa extraordinaria a mí que nunca la cuento: En una visita a Chile, leyó mis cuentos de Temas y variaciones, una colección de cuentos de 1969 y me dijo: "esto es de lo que más me gusta de lo que se está escribiendo ahora; no te preocupes, ché, que los últimos serán los primeros"...

—¿Usted se ha sentido un poco postergado por la crítica en América?
—No, aunque quizás sí, pero lo que sí siento es que ha habido una deformación de la visión a partir de Persona non grata.

—Ha sido mal leído.
—Eso me ha apenado. Se trata de un libro que me ha apenado.

—Un libro imprudente, como ha dicho alguna vez.
—Sí. Tenía razón Neruda, que me decía: "escríbelo pero no lo publiques todavía".


*

 

 




... Después de Persona non grata

En diciembre de 1970 Jorge Edwards viajó a Cuba como Encargado de Negocios de Chile, para reabrir la Embajada en representación del gobierno de Salvador Allende. El breve período que finalizó en marzo de 1971, quedó registrado en Persona non grata (1973), un libro que generó equívocos, lecturas suspicaces y unilaterales a izquierda y derecha.

“Como era de suponer su estancia fue breve porque después de pasar quince años en la diplomacia seguía siendo un escritor y además amigo de algunos colegas suyos cubanos (José Lezama Lima, Heberto Padilla, César López y Pablo Armando Fernández entre otros) que en el momento particularmente difícil que atravesaba Cuba en aquel entonces, eran muy mal vistos. Esto explica que el propio Fidel le dedicara una entrevista de tres horas y media de duración antes de su salida de La Habana: ‘Yo habría preferido mil veces que Allende, en lugar de mandarnos un escritor, nos hubiera mandado un obrero de una mina...’ [2]

Este libro que como jurado de 1968 del Premio Casa de las Américas había insistido para premiar un libro de Norberto Fuentes (posteriormente otro disidente), ha manifestado que los personajes de Persona non grata “suelen dividir el mundo en buenos y malos, revolucionarios y agentes de la CIA. El epígrafe de Robespierre al comienzo del libro, con su frialdad que hace sentir la hoja de la de la guillotina, alude a esto: ‘No conozco más que dos partidos, el de los buenos y el de los malos ciudadanos’. Persona non grata es, en cierto modo, un esfuerzo desesperado por escapar de esta dualidad implacable, que conduce a través de la desconfianza y la sospecha a la creación de enemigos”.

 

*

 

Doble signo de aquellos tiempos
Edwards entrevistado por Marcha en enero de 1974 y una sugestiva advertencia del editor

El 11 de enero de 1974, el semanario Marcha publicó una entrevista de Jean-Michel Fossey, a Jorge Edwards. El texto, de muy buena factura, representa una muestra cabal de la crispación con que la izquierda latinoamericana en general y uruguaya en particular recibían a Edwards, luego de que éste publicara Persona non grata, en 1973.

El título ya era de por sí un ejercicio de suspicacia por parte del editor: Jorge Edwards, ¿diálogo o provocación?

Como suele ocurrir, el texto no justificaba semejante título...

Lo más llamativo sin embargo es la frase que el editor inserta a continuación del título, remarcada por un asterisco y caracteres de un cuerpo más grande en negrita: “La publicación de esta nota no significa, ni mucho menos, que MARCHA comparta todos los juicios y opiniones del entrevistado”.

La frase es un exceso típico de los tiempos, ya que lo habitual es que la dirección de una publicación deslinde responsabilidades de las notas firmadas por sus periodistas. Lo que es absolutamente excepcional, además de innecesario, es deslindar responsabilidades de las opiniones de los entrevistados. Ello únicamente se justifica cuando se entrevista a quienes comparten los puntos de vista, enfoques y orientación del medio en cuestión.

Eran tiempos duros. Prueba de ello es que el ejemplar de referencia contiene el fallo del concurso literario que en definitiva condujo al cierre definitivo de Marcha. También es verdad que Marcha, un ícono sobresaliente del periodismo uruguayo de este siglo, se caracterizaba por la práctica de un pluralismo tolerante que llegó a albergar las plumas de intelectuales tan distantes de la izquierda como Pivel Devoto o Luis Alberto Lacalle.

Más que como un exceso de Marcha debe verse este desliz como un exceso de celo del editor, aquellos editores más realistas que el propio rey. No obstante no deja de ser un verdadero signo de los tiempos.

 

 

 

_________________________
Notas

[1] Joaquim Maria Machado de Assis — escritor brasileño (1839-1908), autor de Dom Casmurro, Americanas y Cuentos fluminenses, entre otras obras.

[2] De la entrevista de Jean-Michel Fossey publicada en Marcha el 11 de enero de 1974.

 



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Jorge Edwards y su redescubrimiento de América.
Por Daniel Mazzone.
Publicado en El Estante, N°55, Uruguay, 18 de mayo al 17 de junio de 2000.