Ya se hablaba del Poeta hacia fines de los años 40, por el 48 o el 49, quizá un poco antes, en la época de los radicales, de González Videla, de la Ley Maldita, en un Santiago donde todos nos encontrábamos en las cuatro o cinco manzanas del centro y en sus alrededores, en el Parque Forestal, en el cerro Santa Lucía, y donde se empezaba a representar en salas pequeñas el teatro de Jean-Paul Sartre, Huis clos, Les mains sales, o el Calígula de Albert Camus. Veíamos bajar al Poeta, ¿Alberto, Ernesto?, por la escalinata carcomida de la Escuela de Bellas Artes, poniendo el pie en cada escalón con una especie de lentitud cuidadosa, como si dudara antes de ponerlo, y mirando el paisaje por encima de las cabezas de los demás, ensimismado, distraído, ostentosamente ajeno a todo, con su gran cartapacio de dibujo debajo del brazo. Los poemas suyos solían aparecer en las revistas universitarias de entonces, en Claridad, en Juventud, en una que se llamaba Nuevo Extremo, Extremo Sur o algo por el estilo, e incluso en la revista Pro Arte, que se había mantenido durante algún tiempo y que había dado a conocer a poetas como T. S. Eliot, Ezra Pound, César Vallejo, entre muchos otros. A menudo, el poema en cuestión estaba ilustrado por algún dibujo suyo, por ejemplo, un autorretrato grotesco a lápiz o a tinta china: un personaje con su misma cara, con su melena ensortijada, pero con ojos desorbitados, con escamas, con largas extremidades, uñas en forma de garras en las manos y en los pies, además de una joroba naciente. Eran, para decirlo de una manera suave, autorretratos bestiales, seres vagamente parecidos a él, pero que salían de las alcantarillas o de las catacumbas. Y casi todos teníamos la sensación, en aquellos años, de que algunas de las personas que nos rodeaban habían salido del subsuelo. Era una intuición vaga, pero que le daba un tono al ambiente, a las conversaciones, incluso a las risotadas que estallaban de cuando en cuando.

El Poeta, como dijimos. miraba por encima de las muchachas y de los jovenzuelos sentados en las esquinas de las gradas, de los profesores de largos abrigos, bufandas colgantes, sombreros de fieltro, que hablaban sin parar de sus años en París antes de la guerra, de Pablo Picasso y del Pilo Yáñez, y después de bajar el último escalón, desembarcaba en la explanada de tierra y se internaba, sin saludar a nadie, sin fijarse en nadie, por los senderos del Parque.
En esos años tan lejanos, el Parque Forestal estaba mucho menos invadido que ahora por el tráfico, por el ruido, por la mugre, por las tarimas con orquestas atronadoras y payasos chillones. Era un espacio que habríamos podido llamar amable, aunque esto sea, quizá, una noción de la generación nuestra, un concepto sin destino. De hecho, había en el Forestal, o planeaba sobre él, una belleza no estridente, no agresiva, y cuya función parecía consistir en conectar el centro urbano con el río, con el espectáculo lejano de la cordillera, con el cielo y sus nubes, con todo lo que estaba más allá de lo rutinario y lo consabido. Nadie que haya visto caminar al Poeta por aquellos senderos, en aquellos márgenes del tiempo y de la geografía, podrá olvidar esa imagen. A veces nos reíamos, hablábamos de Charles Baudelaire en el Parque Forestal, el Baudelaire de las maravillosas nubes, y otras veces nos quedábamos callados, pensativos. El Poeta caminaba con relativa lentitud (cuidadosa lentitud, como ya hemos dicho), aunque con trancos largos, y de repente daba la impresión de que se escoraba, de que estaba a punto de desplomarse, y de que en el minuto decisivo hacía un esfuerzo enorme y se enderezaba, moviendo los dedos libres de una de las manos, marcando el ritmo de algo que sucedía adentro de su cabeza: una discusión consigo mismo, unos versos que germinaban, una argumentación que no había podido desarrollar en el momento oportuno y que ahora, cuando ya era tarde, adquiría una ilación brillante, una cadencia, un brío no previstos.
Se alejaba rápido el Poeta, ¿Ernesto, Eulalio?, como si el demonio le pisara los talones, de los grupos reunidos a la salida de la Escuela, pero después, en alguno de los senderos, en el encuentro de unos jazmines orientales con un triángulo de coníferas enanas, solía encontrarse con personas conocidas, conocidas y respetadas por él, o por lo menos aceptadas, y sentarse en un banco a conversar. Muchos se acuerdan de haberlo visto en animada charla, en acalorados intercambios, con Lucho Oyarzún, con Eduardo Anguita y alguno de los Humeres, con Alejandro Jodorowsky, que todavía manejaba un teatro de títeres en una casa de la calle Lira, con un poeta consumido por la tuberculosis, oriundo de San Bernardo, que estudiaba medicina y era muy aficionado a las bromas macabras, o con un músico alto, melenudo, de eterna boina negra, de cara demacrada, de apellido Toro, y que se declaraba seguidor de la Escuela de Viena, la de Arnold Schoenberg, Alban Berg y todos ellos.
Algunos de nosotros fuimos admitidos después, en el mismo Parque Forestal, en el club de los alemanes pobres de la calle Esmeralda, en cualquier otro lado, a tomar parte en esas conversaciones. No es fácil decir ahora, al cabo de
los años, de qué se hablaba exactamente. Porque había historias privadas, pelambres, temas del momento, sorpresas del día, y al lado de todo eso se discutía sobre el pensamiento de Martín Heidegger, el ser, el para el ser, el ser para la muerte, y de repente aparecían junto a nosotros, sentados en el mismo banco, como viejos conocidos nuestros, personajes como Charles Swann, o Elstir, el pintor, o el Barón de Charlus, esto es, ficciones salidas directamente de las páginas de Marcel Proust, aparte de Acario Cotapos, y Pilo Yáñez, de nuevo, y Gabriela Ribadeneyra, artista inefable a quien habíamos bautizado como Madame Gaviota. Ya ven ustedes. Muchos se acodaban de un recital de Neruda en el Teatro Miraflores en el que había leído poemas de Residencia en la tierra desde atrás de una máscara del Oriente Lejano, pero el Neruda de ahora, el que se paseaba por Europa en calidad de héroe comunista, era otro, sin duda, para bien o para mal y Oyarzún, con voz un poco engolada, defendía a Gabriela Mistral y recitaba poemas suyos de memoria, Todas íbamos a ser reinas, en tanto que Vicente Huidobro había regresado de París, por fin, y algunos contaban que traía en su equipaje el teléfono de Adolfo Hitler. Las conversaciones solían desembocar en sonoras carcajadas, en palmoteos y pataditas en el suelo, y cuando tenían lugar en los alemanes de la calle Esmeralda, alrededor de botellones de vino barato, había un final inevitable de ropa oscura, porque el gris mayor y el azul marino predominaban, por simbolistas o malditos que fueran sus usuarios, llena de círculos blancos de sal, en medio de los gritos y del humo, porque se suponía que la sal absorbía las manchas de vino tinto.
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