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Sueños de Goya/pesadillas del Goyo

Por Jorge Etcheverry
Publicado en Off the Record, N°87, junio 2026


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Manifiesto de Tarzán

Bundolo Kriga Bundolo
Kriga kriga Bundolo
Bundolo kriga
Kriga
Bundolo Kriga


Fue en esos tiempos de las visitantes, esas mujeres chicas que según él habían aparecido de repente y que no se sabía si eran extraterrestres o ya estaban entre nosotros desde tiempos ancestrales, pero sí tenían un gran e imprecisable poder del que muy pocos eran conscientes. Entre ellos yo, claro que antes de que empezara a tomar la pastilla. En esas sesiones y controles médicos fue donde conocí al Goyo, un artista latinoamericano llegado hacía algunos años que se había obsesionado con cierto tipo de arte, el de Ensor, Bresdan, Redon, Bosh, Brueghel, las ciudades perplejas de Piranesi, las tiras cómicas de Druillet (que fue el que hizo el póster de Quest for FIRE, cuyo estreno tuve la suerte de ver en París hace bastantes años), Gigier, que concibió el Alien de la película homónima, pero sobre todo con los sueños de Goya, claro que esta obsesión pese a ser predominante era la parte central de un cuadro clínico (así se dice), con otros aditamentos. A veces tenía pesadillas de las que se despertaba gritando y bañado en sudor. Otra veces no podía dormir nada, y se pasaba la noche haciendo dibujos y pintando, con bastante talento, pinturas inquietantes, una de las cuales me regaló pero que ya en ese entonces yo ponía dada vuelta contra la pared. Ahora ya no me afecta tanto. Por supuesto que no tuvo éxito en sus intentos de conseguir plata con los organismos de financiamiento de las artes que no voy a nombrar, ya que alguna vez espero que me suelten algunos morlacos por estos textos que gentilmente me publica si puede por aquí y por allá mi amigo Arturo, él mismo un poco aficionado a la plástica. Pero sus frecuentes solicitudes de fondos, así como sus diligencias para una exposición se topaban con las limitaciones de lo que en estas latitudes se considera como arte, pocas y claras ideas centrales que no confundan y que puedan ser agarradas al vuelo por cualquier espectador ocasional (un poco lo que llaman ‘arte conceptual’), buenos materiales, caros, una ejecución limpia, con colores si se puede brillantes. El Goyo concedía, eso sí, que se estaba produciendo una revolución de las artes decorativas en Canadá. Entonces, ya más tranquilo terminó por instalarse un blog donde pone sus cosas, con bastante éxito en incluso en otros países, aunque no le reporte muchas platas. Y así ahora que puede tomarse una que otra vez su cerveza se viene a veces a este restaurancito con otros miembros de esa fauna a quienes les digo que siempre pregunten por mí cuando llegue, aunque ya me hayan visto, para que me sigan aceptando en el boliche, pese a mi escaso consumo, con la premisa de que les llevo clientes.

Así es el como llega el Goyo a veces con la Guagua que ahora ya no trabaja de estriptisera sino que en un restaurante de Hull bastante bueno, que es la única parte de la ciudad donde he podido comer un filet mignon de cheval y donde ella dice que hace más plata en propinas de lo que sacaba empelotándose. Y junto con ellos viene también un escritor, poeta, prosista, crítico, cronista, que ha incursionado en el cine, la traducción, la enseñanza, la plástica, la edición y la política, multifacético personaje al que le dicen “el mosca”, por que las moscas tienen ojos multifacetados y que el otro día nos trataba de explicar la antipoesía, que según él se trataba básicamente de una cosa de contexto y salió con este ejemplo. El dicho tan común “ni corto ni perezoso” es bastante universal en la lengua castellana. Pero si le ponemos un título ‘x’ va a cambiar, se va a “recontextualizar” como decía él, en otro cosa totalmente diferente, a saber:

El miembro ideal

Ni corto
Ni perezoso

Y lo pongo a manera de ejemplo, aunque pueda ofender, aprovechándome quizás de los últimos momentos de libertad de la internet, que algunas personas metidas en la legislación y los nuevos medios dicen que tiene los días contados. Se dice que este poema ya había sido difundido, y con bastante interés, por los miembros del taller Filorte, que se autodefine en su mandato como “una organización cultural de base de afirmación genérica masculina”, más o menos públicamente conocida por su performance del “Soliloquio del pelao chascón”, una contrapartida de los “Monólogos de la vagina” y que pretende defender a sus miembros del —para ellos— opresivo feminismo en Norteamérica. Bueno. Sin comentarios. Y me olvidaba de decirles que el poema que sirve de epígrafe a esta nota también es de Goyo.

 

 

 

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Por Jorge Etcheverry.
Publicado en Off the Record, N°87, junio 2026.