Revisando la colección del Fondo Literario del Maule, encontramos un texto del olvidado poeta Jorge González Bastias (1879-1950). Quien fuera una de las voces poéticas más profundas de nuestra región, nace en el pueblo de Nirivilo, aunque gran parte de su vida transcurre en Infiernillo, localidad situada a la vera de la línea ferroviaria que une Talca y Constitución y que en el año de 1950 cambia su nombre por el de González Bastías, en honor al poeta.

Alejado de las modas literarias de la época, desarrolla una sensibilidad y un tono íntimos que le confieren a su obra, compuesta de cuatro poemarios, una sencilla y delicada singularidad. En ella se funden la esencia del paisaje y la vida rural con el tono elegíaco y emotivo que utiliza para cantar al amor y al hombre de la zona.
Hay en algunos versos un profundo sentido existencial que en no pocas ocasiones adquiere la forma de cuestionamiento metafísico:
II
Se puede romper el silencio
lleno de luz maravillosa?
En nosotros todos llevamos
algo de su cruz y su fosa.
En nosotros todos sentimos
morir una esencia gloriosa...
El texto que presentamos fue publicado en 1933 y no hizo más que validar la consistencia y madurez de un poeta que con sus títulos anteriores Misas de Primavera, 1912, y Poema de las Tierras Pobres, 1924, había sido merecedor del reconocimiento y los elogios de los más destacados autores nacionales.
Vera Rústica, Premio Municipal de Poesía, uno de los más importantes galardones de las letras nacionales, es un canto a la mujer y a la naturaleza; constituyen, ambos, los motivos esenciales del poemario:
Bendita tú que eres inmaculada
bendita tú, mujer.
Por ti la nieve, el agua clara, el brote,
por ti el amanecer!
Bendita tú que llevas resumida
toda la humanidad,
y que, por dulce gracia de belleza,
eres humilde de verdad...
La claridad y sencillez de sus versos, capaces de acercarnos al sentido trascendente de la naturaleza toda, sitúan a Jorge González Bastías en las alturas de su generación, la del 900, y entre lo mejor de la tradición poética chilena. Cierra su obra con una vuelta decidida y urgente al canto de la tierra con el libro Del Venero Nativo, publicado en 1940.
Su palabra, injustamente olvidada, resiste al tiempo y se ofrece hoy como nexo entre hombre, amor y paisaje; algo de la calma y quietud originarias del campo maulino llega hasta nosotros gracias a ella.


