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EL INDISPENSABLE CAOS GAY
El amante sin rostro de Jorge Marchant Lazcano. 

Por Christian Reyes G.


Sin personalidades creadoras que piensen por sí mismas es tan impensable el desarrollo de la comunidad como lo sería el desarrollo del individuo fuera del ámbito comunitario.

La visión de los seres humanos y de las condiciones que otorgan esperanzas a su devenir individual y comunitario, manifestadas en las palabras precedentes, son de la autoría de un hombre de ciencias; un hombre que, desde su reflexión científica comprendió a cabalidad que ella no puede, ni debe, estar desgajada de las mujeres y hombres desde quienes y hacia quienes tiene sentido hacer ciencia. En su libro Mi visión del mundo, el físico y premio Nobel Albert Einstein (1879-1955) revisa y expone los componentes de sus cavilaciones, a partir de aquella indispensable dialéctica individualidad-colectividad.

Al cerrar la página final de El amante sin rostro (Tajamar Ediciones, 2008), última novela que hemos conocido de Jorge Marchant Lazcano (1950), uno asiste también a esa perspectiva dialogal  -hecha, por cierto, palabra poética- acerca de lo que somos y de lo que la comunidad espera, o mejor,  dicta que seamos.

En efecto, Marchant Lazcano nos ofrece de nuevo (ya lo había anunciado con solidez en su anterior Sangre como la mía [Alfaguara, 2006]) una obra que es capaz de aportar un enfoque renovado de lo que muy arbitrariamente solemos llamar “cultura gay”. Sin pretensiones de sentar cátedra frente a un tema que incita e invita más bien al debate que a la imposición conceptual, se aprecia en El amante sin rostro una concepción creativa que deviene originalidad y enriquecimiento precisamente porque huye con éxito tanto de los lugares comunes como del barroquismo formal y porque, además, hunde sus raíces en la noción postmoderna de Lyotard sobre la desconfianza de los “metarrelatos totalizadores”. En concreto, esta novela incorpora argumentalmente una lectura de los componentes de la realidad y de las miradas del mundo que se articulan desde los individuos y desde la colectividad de las minorías sexuales que no transa con el establishment interesado. Algunos, interesados en el discurso “políticamente correcto”; otros, en el gueto autorreferente, y ambos falaces por el orden al que buscan satisfacer.

Marchant Lazcano reivindica el caos que -injustamente- tan mala prensa suele tener. La historia muy bien lograda de Matías Reymond, una especie de Virgilio en la Divina Comedia, pero en renovada clave semiológica de aquel caos, nos lleva por sucesivos círculos de realidad para evidenciarnos, al final del final, que la rosa celestial (siguiendo la paráfrasis con Dante) no existe más que aquí y ahora. Y que tampoco es una rosa acogedora, segura, que otorgue blindaje sempiterno. Es una rosa incitadora a la rebelión, primero, anímica y, luego, constructivamente rupturista. Y ahí es posible decantar el sentido del ser gay o ser lesbiana: cómo nos “rompemos” a nosotras y nosotros mismos, para luego emprender la inculturización  de lo diverso, de lo que está fuera de los órdenes indubitables del hegemónico judeo-cristianismo imperante. Sin esa misión encarnada y rediviva, la “cultura gay” no pasa de ser una suerte de pintoresquismo que se refugia en discotecas o, en el mejor de los casos, en colectivos -ya está dicho-  autorreferentes. Se entiende así  -o al menos lo entiendo yo así- que el autor haya dicho al presentar su novela:

En “El amante sin rostro” están las nuevas relaciones familiares, el aborto silenciado, el constante adulterio, los matrimonios homosexuales, las lesbianas madres sin padres, todo aquello que a los ojos de la familia tradicional, de la política correcta, de la bien intencionada religión, es caos. Y los sacerdotes y los políticos no pueden permitir el caos. No es para eso que se hacen las reformas políticas, ni se elevan los altares. Ellos quieren lo disciplinado, lo organizado, lo contenido. (Ahora me doy cuenta que aquí también caben las fuerzas armadas.)

Es desde esa impronta que se rebelan y que revelan en El amante… el ya aludido Matías, su tía Isabel, su prima Anne Marie y, en especial, el “ilustre” monseñor Juan Bautista Reymond quien abre el correlato nada menos que a la novela fundadora, en su género, de tema gay en Chile, Pasión y muerte del cura Deusto (Augusto D´Halmar, 1924).

Marchant Lazcano nos deleita con una prosa fluida y plena de espacios para involucrar al lector-intérprete, en buena parte sustentada en la sorpresa, en lo extraordinario de la cotidianeidad. En El estudio en escarlata, Sherlock Holmes lo dejó claro: “lo extraordinario es, normalmente, más una pista que un inconveniente”.  Con igual perspectiva, en El amante… asistimos a lo inesperado y a lo rupturista, pero no desde el cliché del antisistémico banal y venal, sino que, muy al contrario, desde el creador que concibe personajes y lugares para despertar nuestro propio e indispensable “desorden”. Tal vez el desorden que constituye, en esencia, la aportación gay a la cultura. Repito: tal vez.

Por eso mismo, la deconstrucción opera en esta novela sin ambages: Parecía que la salvación, en cualquiera de sus formas, era el objetivo de nuestras vidas. El amor humano salvándonos de la soledad, la delación para salvarnos de la tortura, la verdad para salvarnos de la oscuridad, la confesión para salvarse de los pecados (El amante…, p.259)

Y como ha dicho Michel Onfray en su Tratado de ateología (2006): “en todos lados he podido comprobar cómo fantasean los hombres para no enfrentarse con lo real”.

Valga, al concluir, este diálogo novelístico-filosófico para ilustrar la estimulación que, en cada línea ofrece esta novela, para sugerir vivamente su lectura y para decir, también sin rodeos, que Jorge Marchant Lazcano nos regala con ella un nuevo objeto estético que contribuye al tan saludable caos y a una mirada de las minorías sexuales, las que reivindica desde aquel indispensable laberinto, sin concesiones al simplismo.

 

 

 

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