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EL VIAJE INFERTIL
(Sobre "Entretenciones mecánicas" de Juan Malebrán, Ediciones Cinosargo, 2016)

Por Roberto Bustamante



.. .. .. .. ..

1.

“Entretenciones Mecánicas” (Cinosargo 2016) de Juan Malebrán, especie de bitácora, textos despojados de toda promesa apelando a la coherencia: poemas desmitificadores. Textos calibrados en la medida de lo que se vuelve rutinario, como la ida al bar, al trabajo, la de los besos antes de culear. Una episteme bien oficiada  sobre el desplazamiento del cuerpo.

Poemas de encadenamiento, de una sintaxis barroca a momentos, escritos enfrentados a andenes y a la muerte de la novedad, a la conciencia de lo prescindible que en definitiva se ha vuelto el acto de viajar. En esto Malebrán es un aguafiestas, pero un gran anfitrión.

“tickets, terminales, compartimientos de segunda clase
pero una misma cara siempre”

El rito “obligatorio” del viaje, tal parece que incluido en la  nueva canasta básica familiar, ha pasado a ser un objeto que determina nuestro empuje por una “mejor” calidad de vida. Solamente hemos sido influenciados por las Cámaras de Turismo y el acceso en los supermercados a los puntos Lan Pass. Ante esto nos podría quedar el miedo al vacío, de que no hay escape posible a nuestras miserables vidas, y así continuar refinando el gusto por las farmacias. Los poemas de “Entretenciones…” no son complacientes, olvídense de aquello. Este libro es acaso una gran pira de los Lonely Planet de todas las librerías del mundo.

Una selfie o una imagen del aventurero(a) con los brazos abiertos y la mirada al cielo ¿a eso se ha reducido todo? El otro se maravilla y el cuadro se repite hasta la saciedad. El negocio está hecho. Viajar se ha vuelto infértil, finalmente, siempre.

ANDEN (II)
Hay un sol tibio capaz de fundir diez años
en un solo sorbo de cerveza y
la sensación de no tener razones para negarse
a lo que en algún momento se quiso:
envejecer y recordar apenas lo que provocaba esta rabia…

2.

Los recuerdos familiares van atando los despojos que aparecieron detrás de cada línea, de cada bar, de cada bus. Las referencias y citas a otros autores que abren algunos poemas son como la perfecta diagonal del volante hacia el punto penal, todo esto a espaldas de la defensa rival. “Entretenciones Mecánicas” funciona como unidad porque es producto de una escritura, digámoslo así, hilada y pensada en quebrar con la hegemonía y las dinámicas que ha propuesto la literatura del viaje.


3.

En Cochabamba, donde reside Malebrán, además de encontrar una excelente cevichería al paso cerca del mercado, pude probar un par de botellas que el poeta arrastró desde su último viaje a México. Conversamos junto a otros invitados sobre sus peripecias aztecas y los peligros, los hoteles y los festivales de poesía.  El mezcal, podrían saberlo, tiene ese suave gusto ahumado cuando es artesanal, adjetivo tan de moda en el pujante mercado de la comida sana, como los caldos cochabambinos. A la hora de mi regreso agradecí sinceramente el volver completamente ebrio. Así pude dormir sin molestias ahorrándome 8 horas de carreteras al borde de precipicios y el consiguiente miedo a la muerte.

 

* * *

 

Dos poemas
"Entretenciones mecánicas". Ediciones Cinosargo, 2016

 

 

FÉRREO

“Tal vez haya alguna palabra por ahí
que describa el mundo tal y como es esta mañana”
Charles Simic

Amanece y desempañas con la manga la ventana
buscando dar con el paisaje.
Pero hace mucho que el paisaje
no es más que una misma cara en todas partes y
una misma sucesión de palabras repetidas en distintos territorios:
citas, anotaciones y signos
perdiendo todo el sentido del que carecen y
que otorgamos en instantes de perniciosa ilusión:
tickets, terminales, compartimientos de segunda clase
pero una misma cara siempre.
Y el cansancio de quien despierta
-estación tras estación- sabiendo que dormir hace mucho
ha dejado de ser sinónimo de reposo.

 

HOSTAL

“Pero desplázate hacia Nueva Zelanda o el Polo, y esas piedras
florecerán y los ruidos cantarán, y los tranvías arrullarán al niño que duerme”
Malcolm Lowry

Soñar con la enfermedad o esperar la muerte
sobre la delgadez de las manchas en el colchón.
Rodeado de colillas, toallas y ungüentos
repasar la caducidad de las escenas, en las que los protagonistas
sumidos en el aroma de la comida china, permanecen desnudos
frente a un destino que varía según las posibilidades del tarot.
Atrás ha quedado la lluvia, la dulce fascinación
por esquivar los charcos, en los que era imposible cualquier reflejo
que no nos remitiera siempre a un mismo error.
Como si el amor fuese algo más que un simple acto hipocondríaco.
Un lujo que se sabe inalcanzable de antemano
pero que aun así fingimos, celosamente, estar disfrutando.
Una carretera con toda la velocidad de nuestras fantasías:
una casa al borde de la costa y una tarde cayendo sobre las magnolias en el piano.
Nada se pierde con permanecer quietos -nos decimos- ahora que la enfermedad
ha comenzado a enseñar el valor de la distancia.
Nada se gana tampoco con partir lejos, con sacar medio cuerpo
fuera de las ventanas, con acelerar soltándose los cinturones
con engañarse en el barullo de los bares o con regresar a nuestras habitaciones
y negarse a ver cómo estas empequeñecen, obligándonos
a esperar la muerte en la extranjería que se esconde en todos los hostales.


 

 

 

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