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SÍNDROMES ALUCINANTES, Cuentos de Juan Mihovilovich

Simplemente Editores. 2026, 104 páginas

Por Aníbal Ricci Anduaga


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Un síndrome se refiere a un conjunto de síntomas de una “enfermedad”, pero en la voz de este narrador magallánico, esa enfermedad no es otra cosa que “humanidad” en el sentido más profundo, aquello que captura a una persona o un individuo en la vitrina de la literatura, un “conjunto de humanidades” que despliega Juan Mihovilovich y al recalcar que son “alucinantes”, se refiere a su iluminación, como expresa Edgardo Viereck, a un estado de auténtica consciencia de este ser único e irrepetible.

No es de extrañar que este gran cuentista utilice al existencialismo para desarmar este puzle. Las piezas de nuestro inconsciente, sea individual o colectivo, serán abordadas desde la extrañeza, desde la mirada de un niño que está descubriendo los secretos de la existencia.

 

 

A veces el narrador es práctico y directo, utilizando el realismo o la ironía; otras veces adquiere ribetes espirituales, incluso cuando adopta posturas religiosas.

Esa mano involuntaria que acusa el crimen: el cuerpo como organismo lúcido que desnuda al inconsciente. O la imposibilidad del escritor de plagiar lo divino, la sola idea implica impostura, no ya del cuerpo, sino de la mente. La iglesia sin cruz, aquel templo posible que anida en el corazón del hombre. O ese hombre que en su miseria regatea con el mendigo. Ya en estos primeros relatos, el hombre puede ser un asesino, un fraude, el origen de la misericordia o un miserable, un ser humano dotado de todas las capacidades, sólo el libre albedrío escogerá un destino.

El cerebro reptiliano, instintivo, hasta los perros olfatean la inferioridad de su estirpe, su vanidad, esa superioridad inventada por mentes incautas. El escritor observa a sus vecinos, sugiere imparcialidad, pero está enfermo de subjetividad. Escribe y cree que no hace daño, hasta que el lector-escritor le señala el error. El enamorado que se convierte en súbdito, él mismo impone sus rejas ante la voluntad de su amada. Ella es la única que lo puede rescatar, la vida sin amor es un desperdicio. En este tránsito, el autor da cuenta de la fragilidad humana, de ese ente demencial que provoca guerras y que al mismo tiempo se droga con sustancias. La religión podrá ser su única salvación o en el caso de los fundamentalistas, una auténtica perdición.

Esa Alicia capaz de alzar el vuelo y atravesar paredes, la lucidez de un ser evolucionado que llega al lugar donde el amor y la sabiduría significan lo mismo, cruzando el umbral de la ignorancia. Al hombre se le activa el chacra 4 de forma espontánea, el corazón como única brújula, Cristo anidado en su cavidad toráxica. El autor da cuenta del espíritu humano y desciende a la tierra en la forma de un amor interracial.

El niño encerrado en su pieza, en su mundo, mientras se lee dentro de las viñetas de una historieta en su representación infinita de espejos. ¿Qué tiene en común con un políglota? El niño habla un idioma distinto al de los adultos y el políglota no sabe en qué idioma designar cada objeto, perdido en un universo paralelo sin palabras. La convivencia en pareja será otra visión, tan cercana o tan distante de los recuerdos de infancia de dos amigos. Son mundos diferentes -nos dice el autor- a fin y al cabo formas de estar vivo, aunque los rockeros muertos también podrán vivir, de otra manera, cada vez que escuches sus canciones. Dice que -Los números no cuentan- que cada persona es sólo un número, pero se contradice al enumerar miles de realidades que rodean a un sujeto, sus recuerdos y ese temor al olvido.

Antes de la tríada del alma, Juan Mihovilovich recurre a la metáfora de un partido político en formación. Los principios que lo sustentan, ese anhelo por un mundo mejor, encierra lo mejor del espíritu humano, pero apenas creada su institucionalidad, empieza la inexorable corrupción que lo llevará a la desaparición. Ese partido alguna vez tuvo un motor de partida. El autor nos sumerge en el Síndrome del espejo, qué es lo real, mi materialidad o el reflejo. Esa imagen contiene mi esencia o yo soy sólo carne y el alma radica al otro lado. En Eros y Thanatos, un internista es tanto el ser que da a luz como el que disecciona cadáveres en autopsias. Dos caras de una misma moneda, el comienzo y el final, la trascendencia se origina entre la vida y la muerte. Y finalmente, en Ella era mi larva, el escritor busca el instante preciso en que se insufla el alma, el espíritu de la oruga transformándose en mariposa. La oruga es tránsito, efímero, en camino de trascendencia, eterna. Larva es lo que va a ser y la mariposa contiene el sueño de la primera. Una metáfora potente. ¿Dónde comienza la existencia del ser? El espermatozoide aporta y el óvulo concilia ese sueño futuro.

Los anteriores cuentos tienen que ver con el génesis y lo secundan dos relatos que tienen que ver con la antesala a la muerte, la enfermedad y la vejez.

Richi y el turco Gidi, habla de las diferencias entre los seres humanos y de cómo el amor permite la comunión de dos almas, ese perfecto estado donde el silencio es compartido de manera cómplice.

Síndrome diario, manifiesta esa pulsión del escritor por dar cuenta de la realidad, de la propia que acaso en un simulacro y de si esa realidad hace posible registrar el mundo alrededor. ¿Será fiel a los seres humanos que despliegan emociones? o será una representación del fracaso de llevar a un diario de vida emociones que le son ajenas.

Síndromes alucinantes es un libro profundo, contiene muchas reflexiones acerca del espíritu humano y su trascendencia, mediante una prosa íntima que se va internando en el alma del lector. Un libro de diferentes acepciones para las palabras “síndrome” y “alucinantes”, un viaje que vale la pena recorrer, no un diario de vida, sino una prosa sanguínea que llega a cada capilar de la existencia.

 

 

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