Curioso que haya tardado tanto en escribir esto. Este libro llegó a mis manos en invierno, cuando de las hojas cuelgan gotas como racimos que disfrutan los caracoles. Tal vez esa demora no sea casual: leer a Juan Mihovilovich exige otro ritmo, uno más lento, más atento, casi como si las palabras respiraran antes de decirse.
Hay en su escritura algo reposado y, a la vez, alucinante; un destello persistente de elementos que parecen venir desde una dimensión espiritual del lenguaje. La dedicatoria con la que me llega no es solo un gesto: advierte, notifica, casi acusa que en sus páginas una terminará encontrándose. Y así ocurre.

Los textos son húmedos. En ellos se siente el invierno: las hojas verdes, los campos de Curepto, la vaguada que se interna en los cordones transversales. “La humedad parecía sostenerlo todo, como si el tiempo también se hubiera detenido ahí”. Pero no es solo paisaje: es una atmósfera que sostiene una forma de estar en el mundo.
El amor de los caracoles no propone el amor como intensidad ni como urgencia. Muy por el contrario, lo instala como una resistencia. En tiempos donde todo parece medirse por la rapidez —los vínculos, las decisiones, incluso las emociones—, Mihovilovich escribe desde otro lugar: el de la lentitud, la persistencia y la fragilidad.
El caracol no ama rápido. Avanza con dificultad, expuesto, dejando una huella apenas visible. Y, sin embargo, avanza. “No todo lo que avanza lento está perdido; a veces es lo único que permanece”. En esa imagen se cifra una ética: amar no como explosión, sino como continuidad; no como vértigo, sino como permanencia. Porque, como sugiere el propio pulso del libro, “el amor no siempre irrumpe; a veces simplemente se queda”.
La novela, profundamente existencial, no se limita a narrar una historia. Se despliega como una reflexión sobre la vida, la familia y la identidad, donde lo real y lo mágico conviven sin tensión. “La vida no se entiende en los grandes hechos, sino en lo que persiste cuando todo parece mínimo”. En ese cruce, el amor deja de ser un evento y se vuelve una forma de habitar el tiempo, una exposición constante: “amar es exponerse, aun sabiendo que nada lo protege del todo”.
Quizás por eso este libro no se deja apresurar. Obliga a detenerse, a observar, a escuchar lo que suele pasar desapercibido.
Leerlo —y escribir sobre él— implica aceptar ese pacto: bajar la velocidad, mirar hacia dentro y amar desde el centro.


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Alejandra Moya Díaz (Curepto, 1991).
Psicóloga Clínica titulada de la Universidad de Talca y Psicóloga Jurídico-Forense
vinculada a la Asociación Latinoamericana de Psicología Positiva. Es especialista en
Adicciones por la Universidad de Santiago de Chile y cuenta con formación en enfoques
Transpersonal y Gestalt, así como en prácticas de meditación. Además, es Diplomada en
Literatura y Pensamiento Femenino Universal por la Pontificia Universidad Católica de
Valparaíso.
Se desempeña como escritora, intérprete y compositora en la Región del Maule. Desde hace
aproximadamente quince años desarrolla un trabajo sostenido en el ámbito de la cultura y
las artes, participando en espacios de literatura, música, locución radial y gestión cultural.
Es directora artística del Festival Maulino de Mujeres y Literatura “Pasadas pa’ la
Pluma”, iniciativa dedicada a la difusión de la creación literaria femenina en la región.
Asimismo, cuenta con publicaciones tanto en el ámbito literario como en el campo de la
psicología, y colabora como columnista en diversos medios digitales dedicados al arte y la
cultura.
Ha publicado los libros “Depresión Intermedia. Cuaderno de Notas” (2020) y “Lagunas
de Estación” (2023).