“La bella anarquía de los jardines”
La poesía de Raúl Valenzuela es un grito estacionado en la garganta, una aparición momentánea de la luz, una desaparición que cobra forma en el hastío, el señuelo de una obra mayor inalcanzable e intuida. Los versos claman por el jardín de una infancia inmortal, que se acomoda en los sentidos y los sacude, para decirnos que sólo en la pureza primigenia se anidan los sueños invencibles.

Desde la vorágine de las ciudades ahítas de la nada, embutidos los seres en sus encierros lamentables, atorados en los vagones del Metro, asociados a las cámaras de gases que olvidamos, se intenta asesinar cualquier atisbo de la mejor fantasía. Desde los almuerzos y la mesa servida y sonriente por donde se cuelan las moscas homicidas y el tiempo trae una brisa invisible que sacude el firmamento. Desde la agonía de los padres que se fueron y acomodaron antes de partir el silencio en nuestros ojos. Desde que la historia se haya escrita en los resquicios del cuerpo, de las arrugas inveteradas que nos anuncian la pasajera estadía en este mundo. Desde que los niños y las niñas sacuden su modorra y sencillamente existen, porque es la esencia del ser: existir, para no quedar a la deriva siendo náufragos de nuestra tristeza, así nos atraviese un día la madurez indeseable y la llegada abrupta del olvido, de la lividez del color, del término del arcoíris, del turbio disfraz de la caricia.
En fin, aquí renacen las palabras, siempre y en todo caso. Aquí revientan sus emblemas los dictadores y los sistemas ocasionales, el consumo de las horas, y los bienes desechables. Aquí pervive la frase callada y taciturna, el mutismo del infante acusador que nos invita con su quietud incólume, con su sonrisa y los destellos de una luminiscencia que escondimos, como si fuera posible tapiar el cielo y sus estrellas.
Aquí, en la morada que Raúl Valenzuela ha redescubierto se escudan caballos, larvas, mariposas, abejas, el juego de un jardín inmortal. Y también sobrevuelan los helicópteros y el miedo se arrastra como un reptil.
Pero, así y todo, la avaricia de los días no podrá contra este mar mecido en sus palabras, este vaivén de universos mezclados en las pupilas y en las alucinaciones, este deambular girando tras los ritos esenciales, los que nos trazan un camino sin fin al infinito.
Bienvenida, entonces, por sobre la veloz mentira que nos rodea, esta poesía cierta, que nos apacigua y nos golpea. Que nos mata y nos revive. Que nos canta y nos encanta. Que nos lleva a mirarnos sin piedad por el incierto y humano destino que esbozamos a diario.

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Raúl Ignacio Valenzuela Rodríguez (1974) Poeta. Abogado de la Universidad de Chile, con
estudios de Literatura en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Tiene una maestría en
Estudios Culturales Latinoamericanos en la Pontificia Universidad Javeriana de Colombia y
otra en Derecho Penal Constitucional en la Universidad de Jaén (España).
Fue becario de la Fundación Neruda y de la Corporación Cultural de Las Condes, tuvo una
mención en los Juegos Literarios Gabriela Mistral de la Ilustre Municipalidad de Santiago y
luego la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro. Ha residido en Curanilahue, Lebu,
Temuco, Ancud, Castro, Puerto Varas, Puerto Sánchez y Coyhaique. El 2015, mientras
vivía en Puerto Cisnes, publicó «Diálogo a solas» (Mosquito ediciones); el 2017, en
Chañaral, «Para escapar en bicicleta»; el 2019, ya de vuelta en Santiago, «El patio» (J&P) y
“Cóndor” el 2024 (editorial Lom).
Actualmente reparte sus actividades entre Los Andes, Santiago y la localidad de
Pichiarauco, al sur de Curanilahue.