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Entrevista a José Miguel Martínez:
«Le diría: ‘Disculpa, viejo, por haberte expuesto’. Él tenía alma de personaje secundario,
no de protagonista».

Por Jerko Julio
Publicado en Los Libros Después de la Peste el 19 de junio de 2026.


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En muchos países, el 19 de junio es oficialmente el Día del Padre, que, por principios económicos o de celebración, se traslada al domingo que lo sigue. Desde tiempos inmemoriales, la figura del padre ha estado ligada a la autoridad, la distancia emocional y al misterio. Un padre siempre esconde algo. Y eso último lo descubre José Miguel Martínez en su libro «Cuando pienso en mi padre». Hablamos con el autor sobre su libro, su relación con el cine, Mario Levrero, sus inicios en la literatura, sus libros, la ficción y la no ficción, el ensayo narrativo, la escritura fragmentaria, el rol del editor, los diarios personales, la escritura terapéutica, los ritos, el legado de su padre y su pasado, la deconstrucción del padre, la enfermedad, la investigación, las palabras no dichas, la transmisión cultural, el cruce generacional, el ser padre hoy, la educación emocional, el padre tradicional y muchos temas más.

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¡Feliz Día del Padre!
José Miguel Martínez, escritor y arquitecto, autor de «Cuando pienso en mi padre»

—Buenas tardes, días y noches a quienes nos ven y nos acompañan en la entrevista del día de hoy. Nos encontramos con José Miguel Martínez, autor de «Cuando pienso en mi padre», editado por La Pollera Ediciones. ¿Cómo estás, José, el día de hoy?
—Hola, Jerko, todo muy bien por acá, ¿cómo estás tú?

—Muy bien también, ha sido un día de muchas cosas. Para empezar un poquito y para que la gente igual te vaya conociendo, José, ¿cómo iniciaste la escritura, la literatura? ¿Cómo fueron tus primeros acercamientos?
—Bueno, yo partí escribiendo en la universidad hace más de 15 años, 18 años. Pero mi primer libro lo publiqué el año 2013, hace 13 años. Fue hace 14 años que ese libro, cuando estaba en un estado embrionario, digamos con un borrador, lo envié a un concurso, que es este concurso del Consejo del Libro y la Lectura que hace año a año, que se llama «Mejores Obras Literarias». Y ese manuscrito inédito se ganó el premio de Mejor Obra Literaria Inédita de Volumen de Cuentos. Y eso fue lo que a mí, por lo menos, me abrió la puerta como a poder publicarlo al año siguiente.

Y desde entonces he estado escribiendo, digamos, y publicando libros más o menos regularmente. He publicado cinco libros de ficción, entre novelas y volúmenes de cuentos o relatos. Y ese que mostraste tú al principio de la entrevista, «Cuando pienso en mi padre», ese ya es mi sexto libro publicado. Se publicó ahora en abril de este año. Y vendría siendo el primero del género de no ficción.

—Pero en ese sentido, tú en la universidad ya venías con este bichito de querer escribir o cómo germinó, o venías con tu mundo igual, como nos adelantas igual un poco en el texto, un mundo literario totalmente completo. ¿Cómo fue ese más acercamiento a la literatura en sí?
—Sí, estás como profundizando en la historia de origen. A mí siempre me ha gustado la literatura, pero yo diría que más puntualmente, cuando yo estaba en el colegio y mis primeros años de universidad, era el cine más bien como mi arte prioritario, o mi arte primordial. Originalmente, de hecho, cuando cumplí 18 y salí del cuarto medio, yo quería estudiar cine. Pero yo me acuerdo de que en una conversación con mi madre, que fue como una suerte de negociación, ella no me quería dejar estudiar cine porque decía que me iba a morir de hambre.

Entonces, a lo mejor estoy simplificando la historia. Pero hicimos como ahí una suerte de tira y afloja de qué podía estudiar. Y ella, de hecho, me propuso y me dijo: «¿Por qué no estudias arquitectura?». Que es como una carrera a medio camino entre lo artístico y el poder ganar un sueldo. Esencialmente. Y ahí entré a estudiar arquitectura, pero a mí lo que me interesaba era la narrativa visual en ese tiempo. De hecho, yo diría que partí escribiendo como guiones que después se transformaron en cuentos. Cuando caché que era demasiado flojo para el esfuerzo colectivo que implicaba hacer una película, lo llevé como al formato o al terreno de la narrativa de cuentos.

 

 

Pero mi primer libro, que se llama «El diablo en Punitaqui», que es el que mencioné que se ganó este premio y que después lo publiqué en 2003 en «Tajamar Editores», es un libro que tiene un lenguaje superllano, superdirecto, y que definitivamente trabaja como en base a imágenes que son más propias del cine, yo diría, que de la literatura.

Pero también pasó que, a medida que fui entrando como en el terreno de lo literario, también volvía a leer mucho. Yo siempre leí en verdad, siempre leí libros; en el colegio leía bastante. Después, cuando me empecé a meter en el cine, veía más películas de lo que leía libros, pero cuando empecé como a escribir, propiamente tal, y empecé a entender que detrás de la escritura había un oficio, y digamos como todo un quehacer que tenía que ver con leer también, como incorporar nuevas formas, nuevas herramientas o técnicas literarias, me puse a leer mucho más de lo que veía películas, y ahí se dio vuelta como la tortilla, digámoslo así. Y hoy en día leo mucho más de lo que veo películas o veo series; prácticamente lo que ocupo mi tiempo libre es más que nada leer.

—Y en ese sentido, esta combinación entre cine y literatura, ¿cómo ha confluido en tu proceso de escritura también? ¿Cómo ha ido avanzando? Porque ya llegamos a un texto que es un poquito pasar ya a lo autobiográfico. ¿Cómo ha sido esa confluencia entre cine y literatura y pasar también a lo autobiográfico?
—La literatura, por lo menos como yo la entendí cuando empecé a escribirla, igual se trabaja desde un lenguaje que busca construir imágenes, pero la construcción de esas imágenes, me di cuenta también a medida que iba escribiendo, no tiene directa relación con lo que sería la imagen visual de un guion cinematográfico o de una película, sino más bien tiene que ver con imágenes que operan en el terreno de lo sensorial.

Me acuerdo de que hay una frase muy buena de Mario Levrero, que este escritor uruguayo que igual cito harto en «Cuando pienso en mi padre», en un libro muy bello de entrevistas que tiene él, de conversaciones, se llama «Conversaciones con Mario Levrero», que me acuerdo que lo publicó «Lolita Editores», hace una chorrera de años. Y ahí él, en ese libro de conversaciones que tiene, como un exalumno de su taller literario, el alumno le dice: «¿Es la mejor manera de escribir o narrar literatura a través de las descripciones?». Y Levrero le dice: «Yo creo que no he hablado de descripciones, yo hablo de imágenes, y las imágenes son la mejor forma de narrar la acción de un relato», y da este ejemplo que es muy bueno, que dice: «Una descripción sería, no sé, un personaje le pegó un combo en el hocico a otro; eso es una descripción. Pero una imagen, dice él, sería decir o narrar: El puño se hundió en la carne blanda de la mejilla hasta que se oyó el crujir del hueso». «Eso es una imagen», dice.

Entonces, eso fue como un poco el punto de confluencia, me acuerdo, cuando yo empecé como a entrar en el gustillo por escribir, trayendo muchas imágenes en mi cabeza, que tenía en mi cabeza como cinematográficas, y tratar de pasarlas a la lengua escrita, y ya ahí había una problemática formal, que me pareció reinteresante, eso al principio de mis primeros años de escritura. Pero luego yo creo que fue la escritura misma la que tomó un devenir que tuvo cauces más abstractos, yo diría, incluso alejándose un poco del terreno de la narrativa per se, y de la construcción de imágenes per se, y entrando más en lo que yo creo que es este libro, que tiene que ver con ideas, tal vez, como con la transmisión de ideas, y en particular de experiencias, y cuál es la mejor forma, a nivel literario, de poder transmitir esa experiencia.

—Ya igual vamos pasando un poco a lo que tú vives y cómo lo vas involucrando con tu escritura. En ese sentido, antes de pasar netamente al texto. ¿Cómo va confluyendo tu vida dentro de la escritura? ¿Qué tanto tomas tú de tu vida para escribir también? Porque hay algunos personajes que, como tú mencionas también en el texto, se parece a tu padre, tiene como esta enfermedad también. ¿Cómo vas mezclando tu vida con tu propia literatura en ese sentido?
—Bueno, yo creo que es interesante porque al principio uno como que, o por lo menos en mi caso puntual o particular, yo escribía ficción para tratar de dar cuenta de cosas de mí mismo, pero a través de esa máscara. Sin embargo, algo que también entendí tempranamente es que, para que la ficción pueda operar en un nivel donde, como que logres conectar con alguien, o engatusar al lector, o como quieras llamarle, que alguien se compre en el fondo lo que tú estés leyendo, tiene que tener ese saborsillo de verdad, pero también tiene que ser su propio mundo, tiene que adquirir su propia vida. Entonces, en ese sentido, en la juguera de lo literario, evidentemente tú tomas cosas de ti mismo, sí, son pedazos de ti mismo, pero que luego en el fondo la gracia que tienen, sobre todo en el género de la ficción propiamente tal, es que logren alcanzar su propia vida.

Entonces ya se alejan de ti, ya no eres tú, ya no forman parte de ti, ya no estás hablando de ti, sino que estás hablando de personas; son los personajes literarios, pero ojalá adquieran esa cualidad de personas de carne y hueso en el papel. Y en ese sentido, yo creo que uno siempre da un bagaje de sí mismo cuando empieza a escribir ficción; creo que los personajes, en buena medida, son como proyecciones de las neurosis propias, de uno como escritor, pero luego exacerbadas en un nivel donde llegan justamente a hacer su propio mundo, su propia realidad, sus propios personajes.

 

 

—¿Y cómo, en cierta medida, después llegar a un texto netamente biográfico, autobiográfico? ¿Cómo fue soltar eso también, cómo fue atreverse a narrar todo en cierta medida? ¿Cómo fue ese soltar lo literario y dejar netamente la vida? ¿Cómo fue ese paso?
—Sí, fue un paso largo, no fue de la noche a la mañana. Mis cinco libros de ficción son todos de género, y luego, en el más clásico de los sentidos, es género policial, como novela negra; hay una novela histórica, pero que tiene mucho de western; hay un libro de ciencia ficción. Entonces, yo me sentía afuera del terreno literario chileno, pero también internamente como muy etiquetado, como un escritor de ficción y más encima de ficción de género. A mí me encanta, lo digo, son mis potreros fundacionales; yo crecí viendo estas películas de vaqueros con mi viejo, películas policiales de los 70′. Entonces, un poco es eso lo que yo estaba tratando de replicar en novelas u obras de ficción.

Y como me sentía tan encasillado en eso, me costó porque yo sentía también la necesidad, por no decir la obsesión, de contar esta otra historia real de mi padre, que había fallecido y del impacto que había tenido él en mi vida, y que además tenía esta particularidad de que él había fallecido y seis meses después había nacido mi hijo, mi único hijo, que además es su único nieto. Y ellos nos alcanzaron a conocer por seis meses. Entonces, también había un proceso vital que me costó mucho entender y desanudar y masticar, y que fue un proceso que se dio a través del tiempo, digamos, a través de una década. Y yo creo que para eso no me servía la ficción; ya no podía enmascarar nada, tenía que abordarlo directamente, siendo que además el material era muy emocional, entonces tampoco es que pudiera abordarlo tan directamente, había que ir como circundándolo.

Pero en esa necesidad de tratar de abordar una materia real, me puse a leer, que es lo que hago yo mucho, cuando quiero escribir sobre tal o cual género, me paso una temporada leyendo libros de ese tipo de género, casi como una forma de estudiar los referentes. Y me puse a leer con mucho entusiasmo el año 2023. Libros de no ficción. Y, en particular, del género de ensayo narrativo, que es un género muy bello, que justamente conlleva ideas intelectuales, pero de una forma narrativa, como si te estuvieran contando un cuento, y que por lo demás tiene esta cosa como de híbrido, que no es solo una idea intelectual lo que te quiere transmitir, sino también una emoción, una sensación. Puede estar narrado como una crónica, el ensayo narrativo.

Muchas veces el autor, porque aborda materiales de no ficción, tiene esta cosa de que, claro, te está narrando como si fuera un cuento, pero te está hablando de sí mismo. Entonces permite que entren muchas aristas al texto, y como tal la forma final entrega mucha libertad, o sea, se siente muy libre. Y al descubrir ese género, a mí se me abrió la cabeza, un poco como que encontré el lugar desde donde podía contar esta historia, y así fue como abordé la escritura de este libro, desde ese género, del ensayo narrativo.

—Es interesante también todo lo que lleva a esta etapa; también, desde ese proceso, igual tú sientes que esta escritura también es un proceso de escritura terapéutica o sanadora, en cierta medida, de tu proceso también, de tu duelo en cierta medida.
—Existe esa cuestión porque yo creo que los escritores nos tendemos a alejar de cualquier cosa que huela a autoayuda, o al concepto terapéutico, y que se aleja del terreno de lo literatoso, digamos así. Pero para ser superfranco, yo creo que sí, al fondo te mentiría si dijera que no, porque me sacó un gran peso encima, o me siento más ligero después de haberlo publicado, siento que cumplí con una misión de larga data. Un anhelo personal también de larga data. Este es un libro que yo siempre quise escribir, desde que se murió mi papá, pero no tenía las herramientas. Estoy hablando desde hace 11 años. No tenía las herramientas, técnicas o narrativas como escritor, y mucho menos la madurez humana de un adulto para poder entender lo que había pasado, para poder entender lo que significaba. Entonces, desde ese aspecto, yo diría que sí, fue un libro terapéutico.

—Sí, uno tiende a escapar de eso también. En ese sentido, ¿cómo se empezó a germinar el texto? Porque tenemos muchas cosas, tenemos tres partes principales también, ¿cómo fue este armado del texto más que todo?
—Mira, fue una escritura a través del tiempo en verdad, muy fragmentaria, y durante mucho tiempo sin la noción de que se estaba escribiendo un libro. ¿Por qué? El primer texto que nació así, como derechamente de este tema, fue el texto que cierra el libro, que es la semblanza que yo leí para el funeral de mi papá en diciembre del 2015. Ese fue el primer texto que yo escribí como directamente del tema.

Luego, a través del tiempo, igual estuvieron las notas de los diarios, que también están reflejadas en el libro en distintos capítulos, primero en un periodo 2012-2016 y luego en un periodo 2016-2025. Y esas eran notas que tampoco tenían ningún afán de ser un libro, o sea, en el fondo, yo escribía esas libretas; son esencialmente un terreno donde yo descargo el pensamiento, y también practico la pluma. Pero no había ningún afán de que fueran parte de un libro, para nada.

Luego están los primeros textos que abordan directamente el tema del duelo, y que son los ensayos de la primera parte. Me acuerdo de que el primero que escribí fue este texto que se llama «La biblioteca ideal», donde hablo de la figura de mi padre y menciono esta casa donde vivíamos, que era mi casa en la infancia, donde están estas dos bibliotecas que él había habilitado, estos espacios que él había habilitado como bibliotecas, llenas de libros. Y ese texto me acuerdo de que lo escribí como un posteo de Facebook el año 2018. Y luego vinieron otros ensayos que se fueron escribiendo en un periodo de tiempo entre el 2022 y el 2024, en que yo estuve publicando algunos textos de la biblioteca electrónica en un sitio que se llama «Cine y Literatura», un diario digital. Y ahí publiqué algunos de estos textos también.

Y luego ya vino como ya el cauce definitivo en que se transformó el libro, que fue cuando ya tuve la conversación con «La Pollera» y firmamos un contrato, y eso fue como a principios del 2025, hace como ya un poco más de un año. Y ahí ya me senté a darle una forma, como a zurcirlo, a estructurarlo, a pensar cómo se iba a narrar esto, qué se narraba primero, qué venía después. Esencialmente, el resultado que tú tienes ahí como libro.

—En ese sentido, igual tú lo nombras en alguna parte con otro nombre el texto. ¿Cómo fue llegar a este nombre también? ¿Por qué ese cambio? ¿Cómo se da aquello?
—Sí, lo que pasa es que, claro, dentro de este periodo en que descubrí el género del ensayo narrativo, y me puse a escribir textos de ese tipo, no solo fueron textos de ensayos sobre el duelo de mi padre, eran de todo tipo, de todo tipo, como de textos, como de un poco, era una mezcolanza de recuerdos que eran del colegio, de viajes, de lecturas varias, de películas, de trabajos que había hecho en el pasado también, como me había topado con personajes peculiares. Entonces era una mezcolanza de textos que yo los auné en un solo volumen, mucho más extenso que este, por cierto, y los titulé como «Nada se pierde con vivir», que es un verso de Enrique Lihn, de su poema «Monólogo del padre con su hijo de meses». «Nada se pierde con vivir/ ensaya/ aquí tienes un cuerpo a tu medida». Ese era el epígrafe.

Y ese texto fue el que yo le mandé a «La Pollera», y ese fue el libro, de hecho. Un libro collage, así, no tenía mucha estructura. Era como una recopilación de estos ensayos narrativos y crónicas. Y tal vez la única línea que tenía como entre un texto y otro era como el ejercicio de la memoria, una memoria personal. Y ese texto fue con el que firmamos el contrato, de hecho. «Nada se pierde con vivir».

Pero pasó luego que el editor de no ficción de «La Pollera», que es Daniel Campusano, leyó este borrador y me dijo: «O sea, es que acá hay como tres libros». Y esa es la mirada de un buen editor también. Entonces me dijo: «Mira, y acá, para mí el más interesante es el que me gustaría publicar primero, sin duda, este de tu papá». Entonces, él fue el que como que separó el libro de mi viejo, que por lo demás era un anhelo que yo siempre había querido hacer, yo siempre había querido escribir el libro de mi papá. Lo que pasa es que no me atrevía, como que sentía que no tenía el coraje para abordar ese material tan personal, porque todos los textos que yo escribí de la primera parte, que son los del duelo, siempre se me hicieron un poco cuesta arriba a nivel emocional de escribirlo, como que quedaba superdesgastado emocionalmente. Pero con el empuje del Dani y como ya esta visión de «ya, acá está el libro», me permití abrir esa puerta y ya tirarme de lleno como a escribir el libro.

Y el 2025, que fue cuando yo empecé, como te decía, a estructurarlo, además se dio este momentum donde escribí otros textos, como por ejemplo ese que se llama «Mi Padre, el Chillanejo», que habla como de la infancia y adolescencia de mi papá en Chillán, que es un largo texto central en el libro, y ese texto lo escribí como a mediados del 2025, y ya fue también otra la forma de enfrentarme a este material, en una forma mucho más vital, incluso pasándolo bien en la escritura, como ya no sufriendo de esa forma. Y también por eso yo lo puse en esta segunda parte que se llama «Diario de vida». Porque «El Diario de Muerte» tiene, en esa primera gran parte, todos esos textos que hablan más de la tristeza y de la nostalgia por mi padre muerto, pero la segunda parte, «El Diario de Vida», aborda ya como una mirada hacia lo que es la vida, propiamente tal.

—En ese sentido, igual sí, vemos, hacemos una comparativa de la primera y segunda parte, la primera eres muy tú, es tu parte, como lo que tú sacas, lo que tú piensas, y la segunda parte es mucho conversar con otra gente, lo que te dicen de tu padre también. ¿Cómo fue ese proceso también de ir conversando con otra gente, ir descubriendo estas anécdotas también que se cuentan muchas en el texto? ¿Cómo fue ese proceso?
—Bueno, para mí fue muy bello, quiero decir, fue muy divertido, fue muy entretenido, porque tenía mucho como de periodismo investigativo, que no es mi oficio para nada. Pero quiero decir, como de algún lado tenía que sacar este material y estas anécdotas, y me fui a la fuente, porque a mí me interesaba saber o conocer dos aspectos de la vida de mi padre, que me llamaban. Uno era su infancia y adolescencia en Chillán, porque también yo sentía que era un aspecto muy identitario de él, el ser chillanejo, y el otro era el de su carrera como historiador económico, que además tenía esta historia puntual que yo había escuchado de un dolor particular que le tocó vivir, y que me interesaba también indagar y explorar, porque yo sentía que también me había pasado algo parecido. Entonces ahí como que detecté el patrón.

Y nada, como te decía, fue la parte más divertida del libro, el ir a hablar; además, también me sirvió para reconectar con mi parentela chiameja. No es que estuviéramos alejados por alguna cuestión particular, es más que nada la vida misma. Yo vivo acá en el sur, vivo acá en Frutillar, ellos viven en Chillán. Yo, tarde o mal y nunca pasaba por Chillán; por lo general, viajo a Santiago. Mi mamá vive en Santiago, entonces no los veía nunca, en verdad. De repente me pegaba unos telefonazos con mi tío Félix, que es uno de los hermanos de mi papá, que más cercanos. Tenían como un año y medio de diferencia entre uno y otro. Pero la verdad es que a ellos no los veía desde casi 10 años. Entonces también me sirvió como excusa para ir a verlos y poder retomar la relación. Digámoslo así.

—Es necesario también en ese sentido. Pero también ahí, en esta parte, vemos a tu padre más humano, de hecho, se va descomponiendo esta imagen que tú construiste en algún momento de esta persona seria, esta persona dura, y se va despojando de esas características. ¿Cómo fue también descubrir que esta persona se enojaba, o tenía su carácter distinto, o empezaba a sentir de una forma distinta? Que tú lo mencionas también al final, que tu padre te demostraba las cosas, pero no de la manera que uno quisiera que las demostrara, de su propia manera también, ¿cómo fue eso?
—Bueno, igual esta es una idea que he esbozado también en otras entrevistas sobre el libro. La voy a repetir, a riesgo de sonar repetitivo. Pero en verdad, lo cierto es que uno no conoce realmente a sus padres. Quiero decir, como que tú no sabes quiénes son o quiénes fueron en su vida antes de ti, como que uno asume que los padres aparecen cuando te tienen. Y tú te quedas con esa imagen fija, y tarde, después, como que caes en la cuenta, porque empiezas a proyectar desde tu propia vereda que en verdad ellos tuvieron una vida bien vivida o mal vivida mucho antes de ti.

Y bajo esa visión, es que, claro, fue reinteresante porque fue como un proceso de deconstrucción. En verdad fue una construcción de personaje, pero fue de construir un poco la figura del padre que yo tenía, y sobre todo una figura muy monolítica, que era la de mi padre enfermo, porque mi padre estuvo dos décadas enfermo. O sea, yo diría que la mayor parte de mi vida yo lo recuerdo enfermo de Parkinson. Y fue como deconstruir esa figura monolítica del viejo enfermo, y conocer al viejo vital, que por lo demás yo sé que habían esbozos en él de aún enfermo, de ese viejo vital, de ese joven también, o de ese hombre vital. Entonces, claro, para mí fue como conocer a una nueva persona, pero a la vez yo te diría que, como esto es una sensación netamente personal mía, interna, tampoco fue tan sorpresivo encontrarme con las anécdotas con las que me encontré, porque yo siento que esos chispazos se asomaban en él muchas veces. Se asomaban, pero él también no dejaba, no lo desplegaba en su totalidad de padre adulto, padre viejo, digamos, y enfermo además.

Igual me enteré de hartas cosas divertidas, por ejemplo, que todo el tiempo que se demoró en sacar una carrera. Algo que también he comentado, como la idea de que a mí de chico siempre me exigían una excelencia académica. Y después me vine a enterar el año pasado de que mi papá se demoró 15 años en sacar una carrera. Entonces, esa contradicción me encanta.

—Sí, no, igual fue un proceso tenso saber cosas que uno no se espera. ¿Qué otras cosas más te sorprenden de la vida de tu padre, que descubriste después?
—Bueno, igual el texto ese de mi padre, «El Chillanejo», lo abordé también desde un aspecto muy psicoanalítico, como tratando de entender el personaje desde una psiquis que, por lo demás, es inalcanzable porque el personaje no está. Entonces la reconstrucción es en base a voces ajenas. Pero logré como hilar ahí o entender.

Por ejemplo, hay una anécdota que me cuenta mi tío Félix que me gusta mucho, que es que él de niño, teniendo por lo demás una madre muy dura, mi abuela Fresia, y castigadora, él de niño tenía estos chispazos como de espontaneidad, donde se salía como de la forma o la estructura habitual de su personalidad, y se pegaba unos cagazos así de repente. Y está ese que un día agarró un carbón de la carbonera, esta es una cuestión muy de casa antigua, la carbonera, y el muro inmaculado blanco de la casa vecina rayó así como «prohibido cagar más de un kilo». Y me da risa porque mi tío me dice: «No sé, ni siquiera sabíamos qué significaba. ¿Qué es eso? ¿De dónde sacó esa frase? ¿Por qué la escribió? Ni idea». Pero ese acto espontáneo, que después le valió varios coscachos por parte de mi abuela cuando llegó a la casa, yo sentía que se replicaba a través de su vida en distintos momentos o acciones que podía haber a través del relato que escuchaba de mis tíos.

No es porque ellos hicieran ese nexo, yo lo hice después escribiéndolo. Por ejemplo, cuando él ya tenía 23 años, 22 años, y empezó a volar con el club aéreo de Chillán, y se pegaban estas acrobacias como superpeligrosas, y me da la sensación de que ese tipo de actos estaba muy relacionado con ese primer acto infantil que narro de «prohibido cagar más de un kilo». Y empecé a detectar esos patrones, y eso a mí me pareció fascinante.

—En ese sentido, en los años que tú conociste a tu padre, más que todo, ¿qué fue con lo que te quedas, o con qué anécdota, o con qué sensación también te quedas en esos años de enfermedad?
—Bueno, de base tal vez, a lo mejor es de perogrullo decirlo, en el libro se expresa así tal vez, pero yo lo quise mucho. O sea, al fondo, para mí, mi papá no era… Este no es un libro que sea del típico género de la literatura del padre, que tiene que ver con un padre castigador, o con una sombra demasiado grande, no es así, o sea, al fondo este es un libro de un hijo que quiso a su padre y que lo echa de menos. Esencialmente. Pero que también, obviamente, trata de entender ese legado que le dejó el padre para poder entender su propia paternidad también, y su propia relación con el hijo que tuvo y este nieto que el abuelo no alcanzó a conocer. Estoy hablando de mí en tercera persona, pero estamos explicando el libro, digamos.

—No, interesante.
—Entonces, yo me quedo con mi padre; primero, que era un buen chato, era un muy buen tipo, era un tipo muy ameno de estar, muy tranquilo, tenía como una mansedumbre de espíritu que yo creo que igual le pesó en la vida, porque siento que la vida igual le pasó por encima. Mi teoría personal es que su enfermedad de Parkinson, obviamente, pueden haber cosas genéticas, a nivel científico, pero mi sensación es que él se guardaba demasiado las emociones, se guardaba demasiado las cosas, porque era de esa generación de hombres, de antaño. Entonces también yo creo que eso le tiene que haber costado caro en términos de este tipo de enfermedades, a nivel psicosomático tal vez, no sé.

Pero él era muy ameno, esta mansedumbre de espíritu, y además era muy intelectual, era muy inteligente, y era por lejos el mejor lector que yo he conocido, por lejos. Estaba siempre leyendo, siempre leyendo. Y eso también a mí me influyó mucho, casi como una proyección a nivel de células de espejo, como el ver a tus padres leyendo, yo creo que también es una de las formas en que tú llegas a la lectura. Más allá del fomento lector, más allá de que te sienten y te lean un libro en la noche, que son estas cosas que dicen a nivel más didáctico, de por cómo tú haces que tus hijos lean. El hecho de que alguien vea a su padre leer o a su madre leer es como la puntalanza para ser un lector después.

—Y no solamente la lectura como tal, también te traspasó esta afición por el cine, también esta afición por la música. ¿Cómo fue compartir esos mismos gustos, esas mismas experiencias juntos? Hay varios pasajes que tú mencionas que escuchan una canción juntos, o una canción te recuerda, ¿cómo es ese proceso para ti ahora también? ¿Cómo lo sientes?
—Sí, yo creo que es un poco lo mismo que lo que te estaba comentando de la lectura, quiero decir, estos son legados culturales que no son evidentes ni son obligatorios. O sea, no es que él me mostrara estas cosas, es que él las consumía, escuchaba esta música en el auto, los fines de semana se echaba en el suelo y ponía sus discos o sus cassettes en la radio, o las películas. Él se echaba en la cama y se ponía a ver una película de vaqueros, y uno estaba ahí nomás, o sea, uno estaba ahí y te echabas al lado y te ponías a ver la película de vaqueros con él. La música estaba sonando de fondo.

Yo tuve la particularidad de que a mí me tocó compartir también su espacio de lectura, porque en mi casa habían dos bibliotecas, una era la biblioteca grande y otra la biblioteca chica, y mi hermano mayor, más avispado, se hizo rápidamente con la biblioteca chica, como que la colonizó, digamos, este es mi espacio. Entonces, él habitaba ese lugar, ahí tenía su escritorio de trabajo, y a mí me pusieron mi escritorio para hacer las tareas en la biblioteca grande, donde mi papá además tenía su sillón para leer, y también tenía sus papeles de la universidad, donde corregía pruebas y qué sé yo. Entonces, a mí de chico me cargaba esta cuestión de que yo tenía que compartir el espacio con el viejo, pero ahora de adulto siento que fue un regalo, porque compartimos este lugar donde yo veía películas o jugaba videojuegos, y él estaba leyendo. Y estábamos ahí acompañándonos. Entonces, mucha de esta herencia cultural se transmite de esa forma, de manera muy orgánica. Muy espontánea, muy natural.

—Y en ese sentido, ¿cómo ha sido tu relación? Ahora cambiamos a tu rol de padre, en ese sentido. ¿Cómo ha sido tu transmisión, también, del gusto por la lectura, o la televisión, o el cine? ¿Cómo ha ido avanzando esto? Si bien cuentas algunos poco, pero cuéntame tú.
—O sea, esencialmente, es que es lo que me he dado cuenta, es lo mismo. O sea, yo veo películas y mi cabro chico se suma a la aventura. Y él es superpartner, así como a nivel de películas, series, algunos libros tal vez, pero en particular más el lenguaje cinematográfico. Y ha sido lo mismo, o sea, ha sido como el mismo impulso; de hecho, a través del tiempo, como de, pucha, yo le empecé a mostrar películas que tal vez no eran para su edad desde muy temprano. Pero con el tiempo las hemos vuelto a ver, o sea, por decirte, «Jurassic Park» o «Volver al futuro» son películas que él las vio a los cuatro años, las vio a los seis años, las vio a los ocho años, como que las hemos vuelto a repetir así porque son geniales.

Y yo creo que una de las cosas que más me gusta de la vida hoy en día es eso, es ver películas con mi hijo. Es como uno de los grandes placeres de la vida, loco. Y eso está narrado en los diarios también, como la idea de compartir este lenguaje con mi hijo. Y hay una proyección ahí de esa misma transmisión que hizo mi padre conmigo.

Yo me di cuenta también, escribiendo el libro, de que yo la estaba haciendo con mi hijo. No fue consciente, pero sí es una de las cosas que me motiva de la vida, el poder compartir obras, obras de arte de todo tipo, digamos, con él. Y a través de esas obras entablar un diálogo sobre la vida misma.

—Interesante también. En ese sentido de tu relación con tu padre y ahora tu relación con tu hijo, ¿qué práctica o qué te gustaría también mantener en ese sentido, de lo que hizo tu padre contigo y tú puedas hacer con tu hijo, aparte de lo que mencionamos recién? ¿Qué más te gustaría?
—Bueno, en realidad es algo que he pensado también. Porque uno se define como, tú vienes de un lugar, o puedes venir de la carencia de ese lugar. Tú vienes de un padre y una madre. Y tú te defines un poco como reflejado o en contra de eso. Yo creo que en la adultez uno termina por ponderar las cosas. Lo que alguna vez rechazaste, después puedes abrazarlo, y lo que abrazaste alguna vez, yo siempre abracé la herencia de mi padre.

El hecho de que él se enfermara y que en esa enfermedad hubiera una fragilidad que me acercó a él, hizo que yo siempre lo abrazara casi de forma obnubilada . Y yo creo que en el libro, si bien está eso, el libro igual es un homenaje; también hay una ponderación de cosas que yo igual decido dejar de lado, de esa herencia. Entonces, por ejemplo, más que las cosas que sí me gustaría continuar haciendo, pienso en las que no me gustaría hacer. De nuevo, no pienso que uno sea mejor o peor padre que el anterior. Lo que pasa es que uno trata como de evolucionar en buena medida, porque los tiempos también cambian.

Entonces, mi padre era un padre de su época. Y como tal, nunca tuvimos una conversación trascendental a nivel emocional. O sea, mi papá no era Mufasa. No era un papá que te sentaba y te decía grandes frases para el bronce. No, para nada. Su forma de ser, papá, era muy cotidiana, muy quitada de bulla, muy llana. Y a mí me gustaba eso, en todo caso. Me gustaba también esa falta de opresión, ese espacio de libertad que él me proporcionaba con esa llaneza.

Pero, por ejemplo, a mí, a diferencia de mi padre, de nuevo, poniendo en contexto los años en que él fue mi padre, los años en que yo estoy siendo padre ahora, a mí sí me interesa, por ejemplo, profundizar en la educación emocional de mi hijo. Quiero decir, meterme en ese mundo interior en el que mi padre no se metía conmigo, porque yo creo que no lo conocía, no tenía esas herramientas. Y no era la cultura de la época tampoco. Entonces, en ese aspecto, yo sí me defino distinto a él. No mejor ni peor, distinto nomás.

—Sí, todos tenemos algo distinto. En ese sentido, desde el plano emocional, estas conversaciones emocionales que tú dijiste que nunca tuviste, ¿qué te hubiese gustado conversar con tu padre o qué te hubiese gustado decirle también?
—Bueno, en realidad me hubiera gustado, fíjate, conocer de primera mano las mismas cosas que yo narro en el libro sobre él. No sé si se entiende, porque las cosas que yo narro en el libro sobre él son, como lo mencionaba anteriormente, testimonios ajenos, de terceros. Entonces yo nunca obtuve de primera mano qué era lo que él había sentido haciendo estas cosas. No sé si se entiende. O sea, papá, ¿por qué crees que te pegai esas acrobacias tan peligrosas cuando partiste volando en la avioneta? O, ¿Papá, qué sentiste cuando te ocurrió este impás en el Instituto de Historia de la Católica, donde tuviste este tema con un colega de la autoría, digamos, de este texto, etc.? ¿Qué fue lo que sentiste, qué fue lo que te pasó con esto?

En el camino de la vida, digámoslo así, yo mismo he sentido desasosiego, desazón, depresión ante ciertos acontecimientos de la vida, y siendo padre me he dado cuenta, como chuta, probablemente mi papá también la sintió, pero yo nunca me enteré. Si me enteré, fue por el resultado externo que yo veía de él como viejo que estaba enfermo de Parkinson.

Entonces, ese enigma que es como que habita en el corazón del padre es lo que a mí me habría gustado saber de primera mano, pero también reconozco, desde la posición en la que escribí el libro, obviamente, ya una década después de que él hubiera fallecido, que siempre iba a ser un enigma. Siempre se va a mantener como tal. Y en definitiva, lo que yo tengo para poder abordar ese enigma o acercarme a él son las herramientas literarias, lo que aprendí de la ficción, llevándolo al terreno de la no ficción, pero siempre se va a quedar en ese terreno nebuloso. Y, está bien, al final el corazón de uno es un misterio para los demás.

—Un misterio ahí. En ese sentido, en este momento, después de la escritura y todo este proceso, ¿qué le dirías a tu padre después de haber escrito este texto, si tuvieras la oportunidad así de conversar con él?
—Le diría: «Disculpa, viejo, por haberte expuesto», porque esto también lo comenté en otra entrevista, que él era muy quitabulla. Él era discreto. Él tenía alma de personaje secundario, no de protagonista, y en este libro él adquiere la cualidad de protagonista. Entonces yo pienso que, si bien se hubiera sentido tal vez honrado de que un hijo en el fondo hubiera puesto ese foco en él y sobre él, a la vez se hubiera incomodado, porque él no tenía, como te decía, estas herramientas emocionales para poder lidiar con este tipo de gestos.

Entonces, me acuerdo, por ejemplo, que parte de las ideas que yo transmito en ese ensayo sobre la relación de mi papá con el género del western, que se llama «Mi viejo y el western», parte de las ideas yo originalmente las había escrito; estaban en la semblanza que leí en su funeral, pero en primera instancia, ese diálogo que tengo con él sobre el western clásico versus el spaghetti western, que lo cito en ese texto, ese diálogo yo lo había puesto originalmente en el texto de presentación de mi segundo libro, que es una novela histórica que se llama «Hombres al sur», que es un western a la chilena, que se publicó en 2015. Se publicó cinco meses antes de que mi papá falleciera, o sea, mi papá alcanzó a ir a la presentación del libro. Y yo leí en esa presentación este texto donde cito, porque evidentemente una gran inspiración para mí para escribir un western había sido mi padre, entonces yo lo cito a él, cito estas conversaciones e ideas sobre el género del western que tuvimos alguna vez. Y yo me acuerdo de que él se emocionó mucho, pero contenido como era, como que se anduvo desarmando, porque no sabía qué hacer con esta sensación extraña de emocionarse. Entonces, por eso decía la talla, o le habría dicho: «Disculpa, viejo, por haberte expuesto».

—Totalmente, hay muchas cosas que pasan que igual están ahí, se exponen, se muestran; al final, en ese sentido, el texto igual nos da mucho sentido de su parte lectora, su parte de historiador. ¿Cómo fue esa relación contigo también de la parte más historiador? Porque como que queda muy desde afuera también.
—¿A qué te refieres con desde afuera?

—Como que el historiador no es desde siempre. ¿O fue muy historiador contigo también, de mostrar este trabajo de historiador?
—Ah, ya entendí, sí, es desde afuera. Porque el historiador era, yo lo proyecto de esta forma, era como el yo escritor; quiero decir, era como su oficio, era como lo que le daba vida. No solo a nivel profesional, o sea, no solo se ganaba un sueldo con eso, que sí, se ganaba un sueldo con eso, pero además yo creo que era lo que le fascinaba. Eran estas cosas que eran una de sus formas de amor por la vida. Pero sí, era algo que él desplegaba sobre todo por fuera porque él hacía clases y hacía investigaciones.

Pero, también, se esbozaba en la casa, y se esbozaba en almuerzos familiares, y él se ponía a contar anécdotas de historia. Pero pasaba también que era muy propio de la cotidianidad, que es cuando tú no formas parte de un tema per se, como que no eres como la historia, y más en particular la historia económica, no era mi rollo. Entonces, de repente me pasaba que él estaba contando una anécdota de historia y yo ni lo pescaba.

Me acuerdo de varios momentos en que él hablaba, lo digo en el discurso funerario del final del libro, que es que él me estaba contando algo y de repente yo escuchaba media nomás. Pero para él, yo creo que era como una cosa muy natural, casi una necesidad, el tener que desplegar como este conocimiento, porque él tenía muchísimo conocimiento histórico, muchísimo, y todo almacenado dentro de él, además; era una cuestión así impresionante.

—Tú en alguna parte mencionas todo lo teórico que es tu padre. A veces, en el sentido político anarquista que mencionas una anécdota por ahí, no lo es en la práctica. ¿En qué más era tu padre también muy teórico y no lo reflejaba en la práctica?
—Está difícil esa pregunta. No sé, fíjate, no es por hacerle el quite a la pregunta, pero no se me ocurre en verdad en qué otra cosa era teórico y no se reflejaba en la práctica. Es que yo siento que él era bien transparente en la forma de ser, pero era un enigma en las emociones internas. Y de repente sacaba estas ideas intelectuales que era como, «ah, medio bolón, ¿cachai?» «¿De dónde sacaste esta cuestión?». Como yo que lo digo en el libro, como viejo anarquista, pero bueno, está ahí así, bien vestido, así como vas a hacer clases, formas parte del sistema. Recuerdo que eso me causó mucha impresión, cuando él me lo dijo. Pero no, no sabría decirte, no se me ocurre en verdad. Sorry.

—Quizás había cosas.
—Seguramente, seguramente. Y a todas las vías son interesantes, todos tenemos estos enigmas y contradicciones que son maravillosas y que en el fondo, si tú empiezas a escarbar en una persona, empiezan a aparecer. Y esas contradicciones del pensamiento de «yo creo esto, estos son mis valores» versus la práctica de las acciones en el día a día, es una realidad de todos, de todos y todas.

—En ese sentido, ya, para ir un poco cerrando lo que es netamente el texto, se nos viene el Día del Padre también. ¿Cómo tú llevas esas celebraciones, esas conmemoraciones, estos días de conmemorar la muerte de tu padre también, que lo mencionan mucho? ¿Cómo tú vives dichos procesos?
—Yo soy de hacer pequeños gestos ritualísticos, que son sencillos, y por lo general, por ejemplo, creo que lo menciono en el libro, cuando se acercan las efemérides, yo voy al supermercado y compro una botella de Jerez Tío Pepe, que es un trago español que le gusta a él, y brindo en su honor, su memoria, con algunas copitas. Por ejemplo, en marzo, fue su cumpleaños a fines de marzo, y me compré una botella de Jerez e invité a unos amigos de acá de Frutillar que vinieran a compartir conmigo, en honor a mi padre, y obviamente nos pusimos a pelusear y qué sé yo, pero el motivo principal de la junta era ese. O le prendo una velita el día de su muerte; en el Día del Padre, por lo general, hago un posteo así, conmemorativo, qué sé yo.

Ahora yo siento que este año está cubierto por este tipo de instancias también, en donde estamos hablando sobre él, por motivo del libro, así que también era uno de mis propósitos; o sea, para mí publicar este libro también tenía relación con mantenerlo vivo en algún lado. Yo siempre sentí que mi viejo como que estaba muy vivo en mí, a través de esa herencia y ese legado que menciono, pero yo quería que eso estuviera desplegado en una parte, como en un soporte más concreto, en este caso el libro «Cuando pienso en mi padre».

—Totalmente, ahí uno igual suelta, como volvemos a esto de que te decía anteriormente de la escritura terapéutica. Igual uno lega también a su padre, al mundo.
—Así es, así es.

—En ese sentido, ya pasando a la última parte de esta entrevista, ¿Qué se viene? ¿En qué estás trabajando? ¿Qué estás escribiendo? ¿Se viene algún otro texto? ¿Cómo fue este proceso también?
—Me hicieron la misma pregunta ayer en otra entrevista, y dije que no estaba haciendo nada, porque es verdad, no estoy escribiendo nada. Esa es como la respuesta concreta, porque yo generalmente no escribo todo el tiempo. Yo escribo nomás cuando se me viene como un proyecto literario. Y por lo general, yo soy un tipo muy obsesivo, entonces cuando se me aparece un proyecto literario, se me aparece como una obsesión, que me cuesta mucho sacarme encima, si no la abordo casi como una suerte de exorcismo; por eso las creo, para sacármela de la cabeza. Y no estoy en ese proceso.

El libro este, «Cuando pienso en mi padre», lo entregué en marzo; en marzo se fue imprenta, lo estuve corrigiendo hasta el último día, le estuve mandando al editor observaciones, correcciones. Entonces está fresquito todavía. Normalmente, otros libros que he publicado se entregan el año anterior y salen el año siguiente. Entonces uno ya pasó la página; yo creo que todavía no he pasado del todo la página con este libro.

No obstante, sí he tenido como ciertos anhelos pasajeros de potenciales futuros proyectos literarios. Por un lado están esos textos que dejé tirados de este borrador que te mencionaba que se llama «Nada se pierde con vivir», que los podría retomar y zurcir y darles una nueva forma, pero no me nace; están ahí, alguna vez los tomaré y los retomaré, y los trabajaré en pos de un nuevo libro. Quizás. No sé. Por otro lado, otro texto que se me ha ocurrido también o me ha nacido mucho, que también tiene que ver con el ejercicio de la memoria personal, es narrar los años universitarios, que son años de mucha efervescencia juvenil. El primer amor, esas amistades que se transforman como en familia, bien intensas. Todo ese periodo para mí es un coming of age, y ese tipo de lenguaje también me parece muy fascinante. Y me llama cada vez que escucho música de esa época, me acuerdo muy patentemente de esos años. Siempre he pensado que podría ser un potencial proyecto literario.

Y luego ya hay otra parte que es como la que me llevan mis actuales lecturas, que también las lecturas para mí son referentes de que, cuando me pongo a leer mucho sobre un tema, es porque tengo ganas de explorarlo literariamente. Y últimamente he estado leyendo mucho de estados alterados de conciencia, en particular en la figura de los psicodélicos. Y eso, otra volá, sí, muy distinto, muy distinto. Pero también, como la preocupación literaria que me interesa de eso, es que hay una idea como en el estado alterado de conciencia, que es como la imposibilidad de poner en palabras lo que es la experiencia mística. Muchos escritores, científicos, investigadores, terapeutas, han tratado de poner en palabras eso, pero siempre se queda corto; es muy parecido a tratar de narrar fidedignamente un sueño, y nunca es del todo la imagen que tú experimentaste. Entonces, esa imposibilidad del lenguaje me parece fascinante, y tengo ganas como de escribir, tal vez, un ensayo respecto de eso, de esa imposibilidad de narrar la experiencia mística, y obviamente poniendo en la palestra a otros autores y autoras que han intentado dar cuenta de eso.

Eso es más o menos una mezcolanza de ideas y cosas que podrían ser potenciales proyectos literarios, pero ninguno de esos me está tirando todavía así como con la suficiente fuerza como para meterme lleno ahí.

—Es que hay que dejar un poquito de tiempo de este también, que avance un poco. En ese sentido, como última pregunta, ¿qué le dirías al lector que se va a acercar a «Cuando pienso en mi padre»? ¿Qué consejo le darías?
—Bueno, «Cuando pienso en mi padre» es un libro muy personal, pero yo creo que porque es muy personal también puede ser muy universal; o sea, en otras palabras, estoy diciendo: no tengan temor de acercarse al libro. Es un libro que despliega, pero en un lenguaje, yo diría, sencillo, no complejo, en buena medida todo lo que he aprendido como escritor hasta este sexto libro; entonces, yo diría que está escrito con oficio, o de una forma donde trata de entregar esta experiencia de manera amable al lector. Es un libro, a diferencia de mis otros libros de ficción, muy emocional, casi sentimental, diría yo, y es ahí donde yo creo que los lectores o lectoras pueden conectar con el libro también, en la transmisión de esa experiencia emocional.

—Hay mucha emoción acá también.
—Y además, que también puede interesar no solo por el rollo de la muerte del padre, sino también por la idea de esta literatura del ser padre, que lo que he cachado es que no está necesariamente tan abordada en la literatura como sí lo es la figura del padre o la del padre muerto. Hay algunos libros, en Chile un referente, ahí yo también lo cito, que es reciente, es «Literatura infantil» de Alejandro Zambra, por ejemplo, y yo creo que este libro también se inscribe en ese género particular o subgénero que es el de, bueno, qué significa además ser padre, uno.

—Interesante labor también para que la gente vaya descubriendo aquello. Eso. Muchas gracias, José, por la entrevista, por conversar, y muchas gracias a todos nuestros oyentes, quienes nos escucharon. ¿Algunas palabras finales para los que nos están escuchando?
—Bueno, primero agradecer, Jerko, por el espacio, por la entrevista siempre, y por la lectura también; eso también lo agradezco mucho. Y para los oyentes, ojalá vayan por el libro; es un libro que tiene, dije, mucho de emoción y qué sé yo, pero también tiene mucho sentido del humor y también tiene ideas como literarias e intelectuales que están desplegadas ahí. Hay un poco de todo, es un libro bien mezclado, como híbrido, multiforme, pero eso también es parte, creo yo, de lo que lo hace entretenido. Y contarles que cualquier cosa, bueno, estoy en redes sociales, en Instagram, como @jmmartinezn, y además tengo un podcast sobre libros y lecturas que se llama «Cátedras Paralelas», que también les recomiendo, por si quieren escucharlo; está en Spotify y también lo pueden encontrar en el Instagram, @CátedrasParalelas. Así que eso, un saludo grande para todas y todos.

Sí, igualmente. A seguir a José en todas sus redes, en todos sus podcasts también. Y será hasta una próxima entrevista aquí, en Entrevistas Después de la Peste. Adiós.

Un abrazo, chao, chao.




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Entrevista a José Miguel Martínez, autor de «Cuando pienso en mi padre»:
«Le diría: ‘Disculpa, viejo, por haberte expuesto’.
Él tenía alma de personaje secundario, no de protagonista».
Por Jerko Julio.
En Los Libros Después de la Peste el 19 de junio de 2026.