El escritor chileno publica su primer título de no ficción, Cuando pienso en mi padre,
donde relata los años junto a su progenitor y su declive producto de una enfermedad que
lo va consumiendo hasta la muerte, en 2015. Seis meses después de esa pérdida nació el
único hijo del autor. “Si escribí este libro es porque igualmente quise sentir a mi viejo
vivo en alguna parte, pero también porque quería que mi hijo conociera quién había sido
su abuelo”, dice Martínez en un volumen que reúne ensayos, memoria, diarios
personales y citas ajenas.
La imagen está en la cuarta página tras iniciar el libro. Es en blanco y negro. Es el hijo
conduciendo al padre. La escena ocurre en un parque. El autor transporta la silla de ruedas
de su progenitor: un hombre delgado, sin mayor expresión, envuelto en su cuerpo enjuto. El
autor parece que sonríe a la cámara. Quizás tiene la noción de saber que ese será un instante
para la posteridad. También sabe que se acerca el final y que esa escena capturada tiene una
lectura de foto para siempre: “La última vez que estuvimos juntos”.
Traductor de obras de James Baldwin y Jack London, José Miguel Martínez Neghme nació
en Santiago, en 1986. De profesión arquitecto, trabaja en el Ministerio de Obras Públicas,
en Puerto Montt. Martínez es un escritor vinculado a la ficción; autor del libro de
cuentos El diablo de Punitaqui (Premio Mejores Obras Literarias 2012) y de las
novelas Hombres al sur (2015), Tríptico de Granola (Premio Pedro de Oña 2017) y Los
tres duelos del detective Bernales (2014).

Su primer libro está dedicado a Gerardo Martínez Rodríguez, su padre. Y su último libro
que acaba de publicar tiene a esa figura de protagonista. Es su primer libro de no ficción.
Ese hombre nacido en marzo de 1943 y muerto en diciembre de 2015, es el centro de la
narración. Sale en la portada del libro y su rostro de frente aparece difuminado entre las
manecillas de un reloj. El libro se llama Cuando pienso en mi padre y ya circula en librerías
por La Pollera Ediciones. En el libro, la historia de una vida que caduca da paso a una
nueva existencia: seis meses después de la muerte del padre del autor nació su hijo Santos.
“Ahora, al escribir esto, veo que fue necesaria su enfermedad para que yo me uniera a él”,
leemos en el nuevo libro de José Miguel Martínez, “porque cuando niño mi viejo me
parecía un intelectual cuarentón, muy formal, por cierto, de pocos abrazos, de nulos besos,
de mucho mutismo, pero el Párkinson le dio un halo de fragilidad que me llevo a valorarlo
como ser humano”, agrega en el ejemplar dividido en tres partes.

El mito del padre
Cuando pienso en mi padre está arropado de citas ajenas. Las hay de Paul Auster, Orhan
Pamuk, Roland Barthes, Emmanuel Carrère, John Cherver, Mario Levrero, Sergio Pitol,
entre otros. Reflexiones sobre la figura paterna, la ausencia, el dolor, el duelo y la muerte.
Una de las citas que comienzan el libro es de José Santos González Vera: “Mi padre se fue
alejando, naturalmente, de mi mundo. (…) Me hizo una falta casi dolorosa. Un padre,
aunque uno no le haga partícipe de su conflicto, fortalece por presencia”. En las páginas se
repetirá el nombre y los versos de Enrique Lihn como las palabras que abren la primera
parte titulada Diario de muerte: “Cuánta inocencia ahora que la muerte prepara tu
bautismo”.
La lectura de Cuando pienso en mi padre da la sensación de que es un libro que se va
construyendo en la medida que se va leyendo. “Debo encontrar el género en que me sienta
cómodo y, también, la forma pertinente para, enmascarada por la ficción, narrar esta
historia”, apunta el autor en su diario, parte del libro, fechado el 31/12/14.
Lo que pareciera ser una carencia, un déficit, una falta, se vuelve una invitación a
acompañar la construcción de una historia que es narrada desde diversos registros: hay
diarios personales fechados, ensayos, fotografías y un poema extenso que cierra la obra.
Una semblanza titulada Cuando pienso en mi padre, donde se lee al comienzo: “Pienso en
una existencia aletargada / en un cuerpo estropeado / en un viejo enfermo / que se marchita
lentamente”.

“Me cuesta agarrar el inicio del libro. Normalmente los proyectos literarios tienen un
principio y un fin claro, como una novela, por ejemplo, pero este libro en particular tuvo un
comienzo difuso”, cuenta al teléfono José Miguel Martínez, quien a inicio de 2015 emigró
al sur. Primero vivió en Puerto Varas, luego se trasladó a Frutillar, donde vive actualmente.
“Este es un libro que siempre quise escribir, desde que se murió mi papá, y quizás, incluso,
de antes. Cuando leo el diario, donde apunto asuntos sobre mi padre, en realidad, me doy
cuenta de que siempre quise escribir sobre mi padre, pero que nunca lo había hecho de manera tan directa. Lo que tenía más claro, definido, es el texto que cierra el libro: una
semblanza sobre él titulada Cuando pienso en mi padre”, añade Martínez sobre las palabras
que leyó en el funeral de su progenitor.
Vivía rodeado de libros. Era un lector insomne. Tenía dos bibliotecas dentro de su casa. Los
libros eran una obsesión. Además, era asmático y fumador nocturno. “Jamás pudo
administrar su propia economía”, escribe el hijo en el libro sobre su progenitor.
“Cuando el Párkinson no le daba tregua, por ejemplo, y mi viejo quería sentirse más
cómodo, se echaba de espaldas en el suelo. Decía que necesitaba un apoyo duro, y luego
pedía que le pusiéramos tres o cuatro libros, en vez de almohadas, en la cabeza”, leemos en
el título que rastrea no solo el declive ante la enfermedad de Gerardo Martínez Rodríguez, sino también sus orígenes en Chillán, sus estudios de ingeniería comercial en la
Universidad de Chile, su labor como profesor universitario, sus días como residente en una
casa del Opus Dei y su interés por pilotear aviones, llegando a ser piloto de reserva de la
FACH.
“Mi padre fue por lejos el mejor lector que yo he conocido”, dice José Miguel Martínez.
“No tengo dudas de eso: lo vi toda la vida. Era algo muy natural y orgánico verlo leyendo.
También vivir rodeado de libros. Nunca me cuestioné aquello. El habilitó en la casa dos
espacios destinados a sus libros. Eran piezas -sus bibliotecas- que, desde el suelo al techo,
las cuatro paredes estaban rodeadas de libros. Eran muros de libros. Era impresionante”,
relata el autor.

—¿Cómo fue escribir sobre tu padre más allá de la muerte?
—La primera parte del libro se llama Diario de muerte y la segunda Diario de vida. La tercera
es una especie de epílogo. Para mí el reconstruir su infancia y adolescencia en Chillán
significó muchas cosas importantes, entre ellas una celebración de la vida. Aunque suene
cursi y manido, pero es así. Era un objetivo: descubrir quién era esta persona tan enigmática
que fue mi padre. Me interesaba esbozar esa vida en Chillán, porque yo tenía más viva y
patente su vida en Santiago. Uno asume que nuestros padres existen desde que uno llega al
mundo, pero ellos tenían una vida bien vivida, mucho antes que naciéramos nosotros. Yo
quería esbozar bien esa vida.
—Se habla en el libro de su enfermedad como tabú. Tenía Parkinson. ¿Por qué?
—Yo fui criado en una casa, donde había temas que no se podían conversar. Pero más allá de
mi madre y mi padre y sus propias personalidades, había un ambiente cultural donde había
cosas que no se podían conversar abiertamente. Yo estuve en el colegio Verbo Divino, y
por lo menos en los años que yo estudié, hablar de las emociones o de política, era algo que
ocurría, pero con cierto sesgo. No era habitual, normal. Era más bien evitativo. Sobre la
enfermedad de mi padre, aunque todos la veíamos y la vivíamos, no se hablaba de ella. Y
fue una larga enfermedad de dos décadas con un declive en los últimos años. Siempre es
complejo escribir sobre la familia y esto no es nuevo. Se ha escrito bastante sobre esto. Por
eso hay temas que decidí no narrar en este libro. Quizás se esbozan, pero decidí no hablar
de la relación de mis padres, de su matrimonio. Esa es tarea, por ejemplo, de mi madre. No
de mí. Preferí hablar de mi subjetividad sobre el duelo ante la muerte de mi padre. Y, la
particularidad, como experiencia vital, que a los seis meses de su muerte nació mi único
hijo. El duelo se marcó con un nacimiento.
—En el libro está también presente el tema de la infancia, tu infancia y la de tu hijo que
va creciendo, tras la muerte de tu padre…
—A los seis meses de la muerte de mi padre nació mi hijo: un puente muy extraño entre la
muerte y la vida y mi experiencia vital. Si escribí este libro es porque igualmente quise
sentir a mi viejo vivo en alguna parte, pero también porque quería que mi hijo conociera
quién había sido su abuelo a quien yo quise mucho. Siempre me dio mucha pena que ellos
no se hayan podido conocer. De manera cotidiana y natural hay ritos que se repiten. Yo me
podía quedar en cama con mi padre viendo una película de vaqueros. Y ahora con mi hijo
nos podemos quedar en cama viendo Dragon Ball Z. Quería registrar esa herencia de
experiencias espontáneas y cotidianas.
—En la construcción del libro revisaste muchos títulos vinculados a la paternidad, a los
vínculos filiales…
—Está muy registrado el tema de la muerte y la relación del padre. Es un tópico literario
desde la Carta al padre, de Kafka, y que recorre todo el siglo XX. Está poblado de libros
sobre la muerte del padre. Pero quizás el tema de la paternidad no está tan explorado. Yo cito, por ejemplo, el libro Literatura infantil, de Alejandro Zambra. Si hay una carencia de
libros, tal vez tiene que ver con las formas de la masculinidad contemporánea. Hay que
saber que vivimos por muchos años y sigue ocurriendo, la figura del padre ausente. Creo
que ahora es posible hablar de lo que significa ser padre. Todos vivimos distintas realidades
con su padre. En mi caso, yo he tratado de ser un padre más presente con mi hijo. Y
también más dialogante. Pero es una sensación extraña. No podría discernir si soy mejor
padre de lo que fue mi padre conmigo.
—En el libro señalas que es habitual volver a encontrarte con tu padre en sueños…
—Yo sueño harto con mi papá. La verdad que constantemente. Y en el sueño no hay un
cuestionamiento al hecho si está vivo o está muerto. Es una presencia. Está… No hay
tampoco sueños trascendentales. Son asuntos cotidianos. Un día soñé que me llamó para
pedirme el dato de dónde había una buena pizzería. Eso me agrada. Fue lindo. Yo me
defino como agnóstico. No le doy por lo mismo muchas interpretaciones a mis sueños. Es
algo que existe y es hermoso. Él vive en mí y hoy vive en el libro que se llama Cuando
pienso en mi padre. Por eso me siento contento de haberlo publicado.
