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Poesía


Jorge Polanco Salinas




A manera de poética


En poesía es mucho lo que se puede decir y tan escasas las certezas. Me cuesta creer en los poetas que piensan saber cabalmente lo que es la poesía. Dudo incluso de su franqueza: me parece que un poeta sincero reconoce la incertidumbre ante la creación, la comunión entre el silencio y el tiempo. Aquellos que pretenden describir, usualmente prescriben la escritura correcta. Pero nada es más tajante que la incertidumbre. La supuesta distinción entre poetas académicos y autodidactas es al fin al cabo superflua: todo poeta es un autodidacta en la medida en que no existe formula para escribir poesía, y es también académico en la medida en que lee.

Basta con observar la milenaria escritura china para darse cuenta de la modestia a la que nos remite el tiempo. ¡Qué estulticia más grande pensar que se tienen dominadas las certezas del futuro! La cronología y el deber ser nada tienen que ver con lo poético.

En mi caso, la experiencia temporal de la creación aparece muchas veces traspasada por un susurro que decanta finalmente en guijarros de experiencia. En la maduración de la palabra, el tiempo pareciera albergar un cobijo insondable. El trabajo poético sustenta un sentido semejante al de un alquimista: las palabras con las cuales se trabaja constituyen a la vez a quien la ocupa: el poeta. Cada poema contiene la necesidad de afirmarse a una palabra, inclusive a una sola palabra, y no desgarrarse en el pasmoso desorden. De aquí germina el lugar de una constelación.

 

 

Wang-Fô teje el estambre con la suavidad del laúd.
Los colores fijan sus luces diamantinas, señales de una llamarada desmentida por un amasijo de manchas confusas. No se sabe si Wang-Fô desconfía demasiado o si el mundo no es más que un cúmulo de imágenes umbrías, borradas sin cesar por nuestras lágrimas.

Los poetas también intentamos pintar las letras, uniendo la niebla del lenguaje, presintiendo los secretos íntimos de los recodos, como si las palabras ardieran y al mismo tiempo quemaran sus propias cenizas.

Por eso los dos intuimos que la vida arañada por las palabras sólo abre la diáspora del alba.

 

 

 

 

La jardinera


Una intensa luz se recuesta en el jardín. Las palomas aparecen desde las sombras, vuelven del norte y sus gorjeos ruedan por la mañana. ¿dónde está el trino? La garganta se va anudando en el canto, y me dices que al medio hay un abismo sin música ni luz. Deseo volver a la hiedra enraizada del diamante fino, estrechar la patria gastada con tu cruda voz. Ahora que nos derrumbamos como arena, y se avecina la ominosa oscuridad, el jardín abandonado del canto herido retira su iluminación. En él se ve asomar la siembra podada por ti misma en los rincones de tu voz.

 

 

 

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