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Sobre los «16 poemas» de Juan Pablo Ibarra

Por Felicia Rivera

 

Me alegra hondamente poder estar acá oficiando de presentadora de la primera publicación orgánica e individual, en materia de poesía, de nuestro poeta Juan Pablo Ibarra. A través de mis años de vida en amores con la poesía, no solamente la escritura es costumbre placentera, sino además la lectura amiga, i todavía más: cuando adentro de las honduras de la relectura… Ellas, especialmente constituyen mi predilección...

Agradezco a Juan Pablo la confianza benéfica depositada en mí, por este importante momento: es el primer libro. «El primer libro» (1985) son las tres palabras con que la poeta Soledad Fariña tituló a su primera publicación en poesía: «El primer libro»; que también es un título dotado de secreta e inusual complejidad, acaso también como «16 poemas». Pienso en el último Neruda, cuando estuvo recordando lo que significó para él esto del primer libro, cito: “creo que ningún artesano puede tener, como el poeta lo tiene (pues el poeta es otro artesano más para Neruda), por una vez durante su vida, esta embriagadora sensación del primer objeto creado con sus manos, con la desorientación aún palpitante de sus sueños. Es un momento que ya nunca más volverá”; luego vendrán nuevas ediciones, dice el vate, i cito de nuevo: “pero ese minuto en que sale fresco de tinta i tierno de papel el primer libro, ese minuto arrobador i embriagador, con sonido de alas que revolotean i de primera flor que se abre en la atura conquistada, ese minuto está presente una sola vez en la vida del poeta”, i esta tarde, acá, las personas reunidas estamos solemne i alegremente siendo parte de ése sentir tan mágico e inédito, irrepetible.

Es la poesía un oficio que requiere coraje; i que demanda muchísimo esfuerzo, a pesar de que mover la mano sobre el papel para escribir no sea, desde ningún punto de vista, una actividad complicada... Desde esta paradoja, también la poesía proyecta sus honduras:

A «16 poemas», luego de abrir con un epígrafe chino, ingresamos al concentrado que extiende sus esplendores verbales a través del paisaje campestre, el rededor bucólico, en pocas palabras: el ámbito rural: adonde la delicadeza verbal confeccionada por Juan Pablo permite expandirnos hacia la tranquilidad que construyen los paisaje de la naturaleza, cito: “la música intacta de los manantiales” (p. 43) junto de “la sabiduría del musgo” (p. 42) o “la aterida transparencia de la vegetación” (p. 21), por supuesto hay otras rutas recorridas, mediante la reflexión, o el diálogo que el hablante lírico articula consigo mismo i que, cito: “nos arroja hacia el circuito cerrado de los valles” (p. 41); tengamos presente que nuestro poeta nació en Peumo (VI Región), en plena vida de tierra del valle central de Chile.

A través de estos poemas podemos reconocer un sentido homenaje, muy noble, para la humana actitud contemplativa, cito: “admira la edad de la paciencia” (p. 18), o “quedémonos aquí: / en la preservación del instante” (p. 30), o también: “vivamos la hora / en la que todo se regocija” (p. 35) i sigo citando a nuestro poeta: “el interés puesto / en la aseveración de la madrugada” (p. 36), “en la hora vital de las contemplaciones” (p. 16). La contemplación activa es distinta del reposo o la inacción: hay un trabajo detectivesco de atenta i profundamente aguzar i agudizar los sentidos para detenerse i percibir, cito: “podrías ver el vigor de la fijeza” (p.  43).

En relación al manejo de lenguaje: considero que es innegable el preciosismo dedicado en la artesanía verbal: las antítesis, los oxímoron, como por ejemplo: “un sepulcral arcoíris” (p. 45), “el amparo de la oscuridad” (p. 47) o “la caricia bestial” (p. 19), “silente diluvio inofensivo” (p. 20); así, junto del cuidado i selecto vocabulario empleado que permite articular poderosas imágenes que aúnan ámbitos de cosas bien distantes, provocando así, por efecto de montaje, un potente golpe visual al tiempo que poético, esta poesía nos lleva a recorrer los caminos de la reflexión i el deslumbramiento... A modo de nuevos ejemplos cito: “la floración de la  sangre” (p. 19), “el propósito de los rosedales” (p. 39), o “el barro i las vocales, la lluvia i la sintaxis” (p. 27), conexiones imposibles de reconocer a la rápida, sino tras secuencias de aproximaciones.

En el poema “El confín de los paisajes”, que considero de gran relevancia adentro del conjunto: los versos construyen un delicado i bucólico tránsito connatural al territorio que anuda su significado a lo que pudiera ser la experiencia del nirvana: vale decir la unión al todo. Cierto panteísmo pareciera hablar desde cada vida –a través del poemario i no sólo el poema recién referido– i el tema sagrado o religioso viene apegado indisolublemente a la naturaleza misma: “el templo / el más sencillo de todos / i que está ahí a simple vista: / es sólo algún recoveco de la tierra” (p. 43), nos dice el poeta... En el recorrido que inventan las relecturas, los hallazgos de palabras que aluden a lo religioso, refulgen infrecuentemente: “mis plegarias” (p. 43), dice el hablante lírico, i si bien la palabra ‘dioses’ no figura en el libro, sí un sentimiento de comunión con lo sagrado: en la tierra misma. Una poesía erigida en una amplia confianza tutelar del poder del idioma: “en algún momento decisivo, /sabremos amar lo que nos pidió que lo hiciéramos” (p. 25) con penetrantes, al tiempo que serenas, elucubraciones de vuelo filosófico que no pierden suelo poético: “la mensajería errante del misterio” (p. 19), al tiempo que hay abejas i arrecifes, verdes hojas, activa contemplación de las diferenciaciones cromáticas de la superficie de las cosas conforme varía la luminosidad del día, en el poema “Amigos en la oscuridad”: hayamos al carácter impresionista al tiempo que budista.

¡En fin! Percibo que pudiera extenderme todavía más en los hermosos y prolijamente construidos versos del poemario, que en su concentrada extensión, imagino que la mejor puerta de entrada no son las palabras de otra persona, las mías en este caso, sino las repetidas andanzas de la mirada lectora: indagando entre la sinestesia propuesta, cito: “escuchar a simple vista” (p. 43), recorriendo junto al hablante lírico “el cuadrángulo insospechado de los pastizales” (p. 21), “de hojas sumergidas en la tinta espesa del tiempo” (p. 28), no con impaciencia, sino con “la tierna actitud de las ovejas” (p. 31) cosa de poder mirar “un cielo lleno de árboles indestructibles” (p. 18), hasta alcanzar “un tenso extravío de nuestros adentros” (p. 51), a través de una utópica búsqueda por una simple i honda hermosura que reside en lo natural: “cerros marrones /  i colinas cobalto” (p. 14). Toda esta complejidad de palabras i citas que ensayo acomodar, cuando en el fondo, la verdadera i cambiante lectura es la que cumplirán ustedes: releyendo i releyendo la sorprendente infinitud que acá está cumplida, i sin siquiera tener que valerse de la palabra “infinitud”.

Es así la poesía; i esta en particular, en «16 poemas», con bondadosos guiños a la poética de Hölderlin i su resonante “¿para qué poetas en tiempos menesterosos?” Las respuestas que ofrece Juan Pablo, con deslumbrante manejo de lenguaje, acuden a los orígenes basales de la existencia humana: a la tierra, a los ciclos naturales, al amor, la infancia, el cuestionamiento hondo en que se aúnan pensamiento i poesía. No se trata de una complejidad, sino al contrario: como las aguas i el viento, o las frutas i las raíces: estos versos dan más vida a la vida, recordándonos una vez más que estamos, las personas, destinadas a una categórica muerte, en tanto circulamos la manifiesta vida.

Felicia Rivera // Agosto en 2026 i Viña del Mar





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