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CAMINO Y CANTO

Juan Cameron

 

 

La poesía es siempre una sorpresa, el inesperado encuentro de la palabra y la significación, producto del asombro del poeta, quien, a su vez, lo imagina, registra y manifiesta.

La conciencia de ser, de estar siendo, detiene el instante, así una fotografía, en un nuevo destello. ¿Por qué yo? Se pregunta el poeta al referirse a la captura temporal de la imagen y su revelado en el papel.

El tiempo es el leitmotiv de los 16 Poemas. Sorprende tal apreciación de la realidad en un poeta menor a la treintena, aún más cuando tal comprensión –y el rendirse ante las evidencias– sólo viene a clarificarse hacia el final de la trayectoria.

No se trata solamente del Ubi Sunt, de lo perdido, sino de la memoria acumulada a través de la existencia. El pasado, para el poeta, no fue; sino más bien está siendo, en tanto las imágenes permanecen y determinan la escritura. Y es más, afirma, no puedo quitármelo, no puedo sacarlo de mí. 

Sin duda todo es; el instante es. Su vigencia, la prueba la fotografía. Y la memoria. Cuánto existe lo es en el instante. Y puede observarse así en esta poesía en donde predomina el vínculo visual nacido del ojo, de la experiencia. Aun cuando en un principio parezca al lector sólo una intensa reflexión ontológica.

La existencia es en la realidad y ocurre y es en ese instante, la unidad imperceptible del tiempo, siempre (ya) pasado. Piensas entonces –nos dice– la realidad espera tu llegada. No se cansa de hacerlo, ¿Lo puedes ver?

Sin embargo el autor no observa el transcurso así un horizonte ante los ojos, sino de canto, como un catalejo donde lo único mutable no es el individuo, sino el tiempo fluido a contra corriente, igual a las fotografías, envejeciéndose.

Tal memoria, única y presente, es el eje de su escritura de esos 16 Poemas.

Para la construcción del escenario –ese otro espacio inasible en donde ocurren los hechos expuestos por el escritor–, Ibarra opera, de alguna manera, al modo de los poetas de lengua inglesa: el describir los elementos del contorno –lo exterior– para significar su propio estado de ánimo. El recurso es utilizado con claridad en las estrofas del británico Ted Hughes y de la estadounidense Sylvia Plath.

Y lo más cercano, en Chile, sería la poesía de Jorge Teillier. Sólo a modo de explicación cito al lárico nacional puesto que, en mi opinión, Juan Pablo no lo es. El maestro lárico canta a un tiempo perdido, a un estado natural existente sólo en el imaginario nostálgico del autor. 

Ibarra, en cambio, lo utiliza para indicar su asombro, su maravilla de ser en este mundo; hoy, referido a un pasado exacto, latente en su mundo interior. Al hablar de el rebosante aroma del pasto, la indicación frecuente de las moras y la hermandad de los ciervos el discurso no se vincula –aunque así lo afirmare al finalizar el libro– a elementos de una infancia ya perdida, sino más bien a situaciones presentes, o tal vez permanentes en su foco de atención.

Declara: recoge todo lo que te sirva, sin dudarlo porque lo que sigue es muy extenso y nadie sabe cuándo algo sea útil. Este juego del pasado en el presente es notorio y lo reafirma: serás capaz de identificar el punto exacto de las cosas. O, como preciso estos versos de T.S. Eliot, en sus Cuatro Cuartetos, valdrían de epígrafe a este trabajo: Time present and time past / Are both perhaps present in time future / And time future contained in time past.

La celebración del instante, que sí he visto en nuestros poetas contemporáneos, como en el caso del boliviano Gabriel Chávez Casazola o del colombiano Jotamario Arbeláez, representa la magia del vivir, del Carpe Diem, el aprovecha tu jornada, en lugar del Ubi Sunt, de llorar por nuestra sombra dejada en el camino. Es cuanto tenemos, pues pronto vamos a desaparecer, ya se escucha la canción timorata sacudir los árboles.

Pero hay algo más y permanente, atemporal, más allá de esto; y esa es la palabra, la sopa cuántica dentro de cuya esfera somos. La extrema conciencia de ser en uno, el místico tercer ojo, no es sino la educación de la glándula pineal. A su través, a su prisma, decodificamos y deconstruimos la luz, los sonidos y todas las energías proporcionadas por el sol, nuestro único Dios, como diría Gonzalo Rojas, el sol, el astro rey. Juan Pablo Ibarra lo dice a su modo: Queda poco para que se acabe esta hora y todo pueda descansar en paz / átomos, células, fibras y partículas / sostienen el vuelo de tu alma.

16 Poemas es un canto a la vida, a la existencia, repito, y el elemento posible para representarla es el amor, la permanencia del ser como especie sobre la tierra: de la tierra crecerá el fruto que allí ha estado, creciendo, impaciente, apunta con claridad.

Casi como homenaje a nuestro Tomas Tranströmer, y a sus 17 Poemas iniciales, se percibe esta obra primera de Juan Pablo Ibarra. Nos dice este querido aeda sueco, vecino de Malmö, en la apreciable traducción del uruguayo Roberto Mascaró, en el poema Kyrie (Señor, ten piedad), que ahora leo como saludo a Juan Pablo Ibarra:

A veces 
mi vida abría los ojos en la oscuridad.
Una sensación 
como de multitudes ciegas e inquietas,
que pasan por las calle 
de camino hacia un milagro,
mientras yo
–invisible–, permanecía inmóvil.

Como el niño 
que se duerme con miedo
escuchando los pasos pesados del corazón
largo tiempo 
hasta que la mañana 
pone sus rayos en la cerradura
y se abren 
las puertas de la oscuridad.

Que generoso sea tu trabajo, poeta, y que los Dioses iluminen la jornada –única e individual–, y que los Dioses salven los obstáculos del camino, que son muchos, guiado por el báculo de la reflexión y la luz de la consciencia.

Muchas gracias.

 

 

 

Durante la presentación del libro:
Juan Cameron, el autor Juan Pablo Ibarra y Felicia Rivera.
Museo Palacio Rioja. 21 de agosto 2026

 








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CAMINO Y CANTO.
Presentación de "16 poemas" de J.P. Ibarra. AfterPoetry, 2026.
Por Juan Cameron.