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PAZ, AMOR & ANARQUÍA

Historia personal de la contracultura norteamericana

por Jesús Sepúlveda



 


Mi primera experiencia en suelo norteamericano fue en San Francisco. Luego de haber despegado en Santiago y hecho escala en Lima y Ciudad de México, volé a Los Ángeles para cruzar la aduana y de ahí salir rumbo a San Francisco con destino a Eugene. Como tenía que esperar cinco horas en el aeropuerto decidí salir a explorar la ciudad en busca de la librería City Lights: sitio sagrado de peregrinaje para los amantes de la contracultura y catedral literaria para un poeta. Sin necesidad de recurrir al lenguaje gestual ni a un inglés balbuceado, encontré a una hispanohablante que me puso en una furgoneta de transporte turístico, indicándome el precio y encargándole al chofer que me dejara en la avenida Columbus 261, esquina calle Jack Kerouac. Luego de un fervoroso recorrido por el segundo piso donde está la sección de poesía, emprendí el regreso. Por supuesto que me perdí en el barrio chino y deambulé por las calles de San Francisco, hasta que di en un semáforo con un furgón que tenía escrito en su puerta corrediza la palabra airport. Corrí y me encaramé en tres tiempos, rezándole mi agitada historia al conductor nicaragüense que, por suerte, tenía buenos recuerdos de sus amigos chilenos. Como andaba recogiendo pasajeros, ofreció llevarme, dándome—de paso—un tur documentado por la ciudad. Ése fue mi primer contacto con aquel ícono literario que inició las tradiciones de las lecturas de poesía y que, de algún modo, aún sostiene sus mástiles contra viento y marea. Y ése fue mi primer día en suelo norteamericano, cruzando el nido de la contracultura de los sesenta: la universidad de Berkeley, los barrios de Oakland—que vieron nacer al movimiento de los Panteras Negras—y la sicodelia hippy del barrio Haight Ashbury, cuna de la sensibilidad beat. Sin saberlo, fue el portón de entrada a la ciudad que a fines de los noventa se transformaría en la nueva capital de la contracultura: Eugene, Oregon.

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Eugene es una ciudad universitaria de ciento treinta mil habitantes, con uno de los mejores sistemas de ciclovías existente en los Estados Unidos. Además tiene un programa gratuito en jardinería, un servicio telefónico de apoyo y consejo horticulturales y un sistema de reciclaje altamente parcelado. La ciudad se ubica en medio del valle Willamette y la cruza un río del mismo nombre. En los alrededores hay montañas y bosques mágicos en cuyos micelios brotan hongos silvestres. Juan Armando Epple me extendió una invitación para venir a realizar estudios de postgrado en la Universidad de Oregon, enviándome la solicitud de postulación y tramitándome una beca para estudiar inglés. Nicanor Parra, Manuel Alcídes Jofré y Soledad Bianchi firmaron las cartas de recomendación. El compromiso era pasar un examen que se aplica a todos los estudiantes extranjeros que ingresan al sistema universitario estadounidense: el TOEFL. Así, sentado en uno de los pupitres de las aulas del Instituto de Inglés Americano, conocí a mi compañera—Janine, la Alondra—con quien he volado de la mano estos últimos siete años y he cultivado mi espíritu y mi lengua franca.

Pasé el examen después de seis meses. Y en el intertanto trabé amistad con Germán "Joe" Nieto Maquehue: un compatriota que venía recuperándose de las heridas hechas por el racismo 'chilenota' anti-mapuche, la dictadura militar y un canazo de tres años en el sistema presidiario norteamericano. Ahora Joe dirige un centro de rehabilitación para los sobrevivientes de la tortura y la represión política de América Latina, perfilándose como una voz preclara en materia de derechos humanos. Él me llevó a mis primeros sweat lodges—o ceremonias del sudor—que realizan los nativoamericanos de la región y me mostró algunos recovecos del mundo eugeneano. Así conocí al pintor Ivo Vergara, que entonces vivía en el barrio Whiteaker y que ahora anda en Hamburgo, junto a su compañera Lulú, pintando murales para los okupas europeos, turcos y sudamericanos. Ivo y Lulú han cobrado tal notoriedad en la escena contracultural norteamericana que hace poco se instaló en pleno soho neoyorkino un restaurante vegetariano de comida orgánica llamado "Ivo & Lulu" en homenaje a ellos.

Whiteaker es un barrio obrero, latino y anarquista. Allí se abrió en 1993 la casa del té Icky's que luego fue clausurada por la policía en 1997. En ese lugar se realizaban exposiciones de arte, se tomaba té y fumaba marihuana, se conversaba de anarquía y se perseguían sueños raros atrapados en burbujas de humo. También se leían poemas. El rincón pintarrajeado del barrio Whiteaker donde vivía Ivo era un punto de encuentro para zarpar en busca de fiestas extáticas. En esas celebraciones bárbaras no era extraño paladear los últimos ácidos rubricados por Ken Kesey: el gurú sesentista y autor de One Flew Over the Cuckoo's Nest [Atrapado sin salida], que tenía parqueado su colorido bus "Further" en las afueras de Eugene. El clan Kesey reunía a Bob Dylan y al grupo The Grateful Dead. Fue el verano del 95 cuando falleció Jerry García. Sus seguidores habían generado una contracultura contestataria que mezclaba sicodelia, trance y primitivismo. De algún modo esa cultura pervive en el festival pagano de la feria del bosque, aunque con el tiempo ha ido perdiendo autenticidad. Cada año asisten cerca de 18.000 personas de los cuatro puntos cardinales y el espectáculo y la estética rememoran Woodstock. Mi segundo verano en Eugene pasé una noche en la feria. Entonces la policía estaba vedada. Shelley y su socio, el peruano Luis Mezquita—que entonces vivía con toda su familia en un bus hippy—tenían un puesto de artesanía: "La familia andina". Conocí a Shelley por intermedio de Joe—que a su vez había conocido a Shelley y a Luis hacía veinticinco años cuando patiperreaba en el Cuzco. La casualidad los había reunido en Eugene y a mí con ellos. En la noche la feria se transforma en un evento reservado sólo para los feriantes e invitados. Generalmente la feria dura hasta las seis y el público abandona el lugar, que se encuentra en el área de Veneta—a media hora de Eugene. Así, entremedio de los puestos de artesanía que serpentean la ribera del río, las cabañas instaladas en los árboles, las carpas, el bosque y la noche iluminada por las lámparas de gas, la familia polícroma jipiteca—que se integra en la oscuridad a través del humo y la buena onda—disfruta el animado festival del verano. Allí alguna vez tocaron los Grateful Dead.

El ex bajista de los Grateful Dead, Phil Lesh, ha continuado con la tradición de los Dead Heads [cabezas muertas o microbios] reuniendo a los músicos originales del grupo. En julio del 2001 Phil & Friends [Phil y sus amigos] se presentaron en Eugene en un anfiteatro al aire libre. Yo fui invitado por un seguidor del grupo y melómano de corazón, David Espinoza. Ese mismo verano, Ani di Franco—quizás la cantautora más interesante aparecida en los últimos siete años en Norteamérica—montó un concierto. La primera vez que vi actuar a Ani di Franco fue el año 97 en Jacksonville, un poblado a tres horas de Eugene. En un principio sus seguidores eran feministas y lesbianas que peregrinaban a donde fuera que Ani—como la llaman sus aficionados—se presentase. Mi cuñada, Jenn, alias Dude [Comadre], es fanática de Ani di Franco y a través de ella fuimos descubriendo sus discos. La vitalidad y energía de esta cantautora, combinadas con su música y una letra inteligentemente politizada, la han convertido en un mito viviente de rebeldía antisistémica y antipatriarcal. Otro grupo que destaca en la escena musical contestaria es Spearhead [Punta de lanza], cuyo cantante, Michael Franti, es una suerte de Jimy Hendrix infinitamente más armónico y políticamente más claro. Estuve en un concierto de ellos en el invierno del 2003 en el teatro McDonald que administra Zane Kesey, el creador de los poliedros y círculos sicodélicos e hijo del desaparecido escritor. En otro centro de eventos, el Wow Hall, se han presentado la banda de hiphop The Coup [El golpe]—cuyo primer álbum aparecido el 10 de septiembre del 2001 tenía impresa la figura de un militante de los Panteras Negras, con bandolera y fusil al hombro, superpuesta a la imagen de las torres gemelas incendiándose como trasfondo—y el poeta y músico John Trudell, ex vocero del AIM (Movimiento Indígena Americano), a quien vi recitar en el invierno del 2001.

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En una de las fiestas extáticas de un amigo de Ivo, Bryan, en el barrio Whiteaker, conocí al poeta Paul Dresman. Recuerdo que estábamos sentados en el porche de la casa parloteando generalidades hasta que por azar necesario nos topamos con la diosa poesía. Justo ese trimestre Paul comenzaba a enseñar uno de sus cursos favoritos: la literatura beat. Así me enteré que Paul había vivido en los sesenta en el barrio Haight Ashbury en plena escena contracultural. En su poema "After a Line by Blaga" [Después de un verso de Blaga]—incluido en la edición de sus poemas selectos (1)—Paul relata nuestro encuentro. Traduzco:

Huéspedes en el porche de una nueva luz

Parloteando en nuestros pobres idiomas prestados
desmenuzando los sustantivos por la mitad, truncando los verbos militantes,
lanzando infinitivos como si fuesen infinitamente serviles,
nos abrimos camino en medio del mercado, ensalzando las sandías de García Lorca y /Ginsberg,
y las pañoletas de Whitman y los diez mil sombreros de Neruda
navegando desde los Andes al viento Mistral
que sopla el pelo de las mujeres que venden flores de primavera en Temuco,
y ese viento de otras montañas que es inca
que ensordece y anula los oídos del burro César Perú
en los arrabales parisinos.

Tambalea y muere la Real Academia.
El Diccionario de Oxford arde por combustión espontánea.
Quebramos con inevitable desprecio nuestros idiomas
para recordar a los poetas
en las calles de Santiago y San Francisco. Bifurcamos
la cordillera entera para caer en un punto de contacto en Eugene,
una pequeña falla tectónica de corte fino.

Recién nos conocimos, esta conversación nos lleva a la decimonovena región inexistente.
Estamos medio distorsionados, algo borrachos
—¡Fiesta de viernes por la noche! Noche americana
misteriosamente romántica y cruel
a lo largo del continente americano—
los niños son las antípodas que inyectan
poemas filudos en tensos ritmos
o versos largos y sueltos, como tam tam de samba en medio del carnaval.

Hablamos de las colinas, de los senderos luminosos
donde los poetas que fraguan, descansan
cuando las almas no se pueden tocar
cuando los banqueros se inclinan para lamer el piso
y a los guarismos se les acaba el dinero que contar.

Las semillas han sido transmitidas como sílabas dichas
mientras nos apoyamos y balanceamos en la cubierta
de un barco anclado, rodeados
de bailarines que aguantan la respiración
y de borrachos que ríen para ser levantados
con una sacudida de cabeza
como niños en los brazos de su padre

Huéspedes en el porche de una nueva luz
invitados en la baranda del nuevo mundo

A fines de los ochenta—y después de un año en China—Paul se instaló a vivir en Eugene junto a su esposa Chris y sus dos hijos. Entre 1997 y el 2001 codirigimos la revista bilingüe de poesía y literatura Helicóptero. En total publicamos cuatro números en formato tabloide, estilo periódico, en tres volúmenes de cuarenta y ocho, cincuenta y seis y cien páginas cada uno. Los tres volúmenes fueron financiados parcialmente por el importador de café orgánico chiapaneco Alberto Miranda—quien ha tenido más de una pugna con la cadena monopólica Seattle's Best—y por el poeta y ecoactivista Steven Van Strum. El diseño del primer número fue realizado por David Monje—mi primer amigo angloparlante—y los dos restantes por Andrés Guerrero—un joven estudiante de computación que cambió el teclado por una paleta de pintura, un lienzo y un pincel. Según la escritora española Pepa Roma, Helicóptero fue uno de los medios que refundó la prensa underground sesentista. En su libro Jaque a la globalización, publicado por Alfaguara el 2001, Pepa Roma establece un paralelismo entre los años sesenta en San Francisco y los noventa en Eugene. También señala que la Universidad de Oregon ha jugado el rol que tuvo Berkeley en los sesenta. Conocí a Pepa Roma el año 2000 mientras entrevistaba a varios actores de la escena contracultural eugeneana como material de testimonio. John Zerzan nos puso en contacto. Ese mismo año la Universidad de Oregon adquirió renombre nacional como el campus con mayor activismo político. La rectoría fue tomada por los estudiantes durante varias semanas a fin de forzar al rector a firmar un compromiso para no comprar productos deportivos manufacturados en fábricas de explotación laboral en los países colonizados por las empresas multinacionales. Una de esas empresas es Nike, que tiene sus principales centros de explotación fabril en Indonesia y, cuyo dueño, el magnate Phil Knight, es ex alumno de la universidad, además de su principal mecenas. En el suplemento dominical del 12 de marzo del año 2000, el diario español El país publicó un extenso reportaje titulado "Eugene: la capital de la nueva contracultura". Su enfoque estaba centrado en el movimiento anarquista cuyo renombre internacional saltó a la palestra pública a fines de 1999 después de los enfrentamientos en la batalla de Seattle contra la Organización Mundial de Comercio (OMC). Así, tejiendo la telaraña antiautoritaria, en el último número de Helicóptero (2000-01) reprodujimos la portada del suplemento de El País y publicamos una larga entrevista realizada a John Zerzan, idéologo contracultural y filósofo anarcoprimitivista. Además publicamos el poema generacional de Amber Gayle, "Crashland", el provocativo texto de Kevin Donald sobre el 'arte negro' estadounidense, una reseña de Joe Richie—ex gerente de Radio alternativa—sobre el poeta Ed Dorn, las traducciones de poesía brasileña de Leslie Bary y Steven White y sellamos con Paul el pacto literario que veníamos cultivando a través de lecturas públicas e intensas conversaciones en el grupo de discusión metafísica que llamamos "Los marineros del garage".

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En 1996 Paul tradujo mi tercer libro de poesía Hotel Marconi, publicado en Chile en 1998 por la editorial Cuarto Propio y que, por el azar mágico de las casualidades, tiene el mismo nombre de un hotel ubicado frente a la librería City Lights donde Allen Ginsberg se alojó la primera vez que fue a San Francisco. La City Lights fue fundada por Lawrence Ferlinghetti y Peter D. Martin en junio de 1953 y pronto se transformó en un sello editorial de relevancia internacional. La generación beat hizo su aparición pública el 13 de octubre de 1955 en la mítica lectura de la Galería Six que galvanizó el renacimiento poético de la costa-oeste. Allí leyeron Allen Ginsberg, Philip Lamantia, Philip Whalen, Michael Mc Clure y Gary Snyder. Años después, en 1997, me enteré del fallecimiento de Ginsberg mientras leía un texto sobre la generación beat en la Universidad Católica de América en Washington DC (2). Esta vez era el azar necrológico que zumbaba en mi oído. Poco después el obituario engrosó con la entrada al panteón literario de William Burroughs y Gregory Corso. No conocí a ninguno de ellos, salvo a Gary Snyder, que se hizo presente en cuerpo y alma en una reunión casi secreta de poetas en Corvallis—un poblado a una hora de Eugene—y a la que Paul y yo asistimos por arte de birlibirloque.

La última lectura pública con la tribu de poetas la realizamos el 29 de junio del 2001 en la Galería Disjecta en Portland—la principal ciudad de Oregon—con motivo del último número de la revista trilingüe de poesía El Templo, dirigida por Charles Potts y editada en el estado de Washington. El Templo era una revista de distribución gratuita, que alcanzó 20 números y cuyo tiraje superó los diez mil ejemplares. Allí publiqué algunos de mis poemas y también, como editor consultor en lengua castellana, poemas de mis contemporáneos. En esa lectura memorable conocí a los poetas Clemens Starck y Dan Raphael, así como también a la activista cultural Barbara La Morticella, que luego nos invitó a Paul y a mí a su programa radial en Portland.

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Eugene no sólo ha sido un sanatorio natural, sino también el lugar donde obtuve mi doctorado con la guía académica del escritor boliviano Leonardo García Pabón y la tutela teórica del profesor alemán Wolfgang Sohlich. Ha sido además un punto de encuentro con la poesía del continente. Aquí conocí a los poetas Víctor Rodríguez Núñez de Cuba, José Emilio Pacheco de México y Juan Gelman de Argentina—que después de años de búsqueda encontró en Uruguay a su nieta secuestrada por la dictadura de Videla. También conocí a la escritora norteamericana Margaret Randall—que después de cinco años recuperó su ciudadanía retenida por el gobierno a causa de su activismo en Cuba, México y Nicaragua (3). Por Eugene pasaron también los profesores Jean Franco, Guido Mutis y Walter Mignolo, con quienes compartí más de un café, una grata conversa, una copa de vino y una mesa de billar. Y pasó también, como estudiante y conferencista, el poeta y traductor de García Lorca a la lengua inglesa, Steven White. Aquí enseña además la escritora Amanda Powell, que me invitó hace un año a conferenciar a una de sus clases de traducción y, hasta hace poco, el poeta hawaiano Garrett Hongo dictaba clases de escritura creativa. En la mayoría de los casos el contacto ha sido Juan A. Epple, como bien lo advierte Pacheco en el cuarto canto de un poema que generosamente escribió en 1997 después de leer el primer manuscrito de Hotel Marconi. Cito:

Y ahora—como Gonzalo Rojas dijo de Enrique Lihn hace
tiempo—Jesús Sepúlveda tiene la palabra.

Quién sabe por cuál cadena de azares me encontré con
él no en Santiago—donde tal vez no nos hubiéramos
visto—sino en Eugene, Oregon, al amparo cordial
de David Curland y en el jardín de los Epple,

Bajo el calor de un verano y la amistad y el vino tinto
chileno. Y Jesús Sepúlveda me dio a leer sus poemas.

Nada me cuesta admitir mi parcialidad a este respecto:
me maravilla la poesía chilena de hoy y de ayer
y pueden creerme: hablo sólo como lector (qué más
quieren): no tengo nada que perder o ganar en ese
país. De él

Sólo espero una recompensa: leer más libros de poemas,
casi invariablemente de hombres y mujeres que
no conozco y no veré nunca. Jesús Sepúlveda

Me da en sus poemas la palabra que no fue mía, la vida
que no viví y la experiencia que no tuve (sólo nos
toca una de cada una). Y ahora,

Gracias a signos negros en fondo blanco, por un momento
soy él. Sus versos

Se desdoblan en mi interior cuando les doy en un silencio
hablado la voz que suena en nuestro interior y
nadie escucha nunca, pues sólo existe allá adentro. (4)

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En Eugene conocí también a Jacqueline Cruz—editora del segundo número de Helicóptero —quien publicó en 1999 una lúcida reseña de Hotel Marconi en la revista Atenea de la Universidad de Concepción. Hace unos cuantos años Jacqueline se hartó de la academia y partió rumbo a Sevilla, permutando su brillante carrera docente por las tapas y las sevillanas de la judería o del barrio La Triana. La última vez que vi a Jacqueline fue hace tres años en Sevilla, donde nos encontramos con Bill y Susan Rankin y sus amigos franceses, Michel Crouzet y Bob Delmas—quien ha publicado un par de libros de poesía en Paris. Luego, Janine y yo seguimos rumbo a Marruecos en un viaje por el desierto del Sahara que había comenzado hacía cinco meses en los Países Bajos.

Después de doctorarse en literatura francesa, el desasosiego de Bill y Susan los llevó a vivir por seis años en Zaire—actual República Democrática del Congo—y luego a Filipinas por otros tres. Ahora viven en Springfield, la ciudad vecina que se encuentra a diez minutos de Eugene. Bill escribe un libro eterno de poemas—o cuentos—que comenzó la primera vez que abandonó EE.UU. en la década del cincuenta, yéndose de Nueva York a la India y de ahí a Paris, hasta su regreso en la década del setenta. A pesar de los años se han mantenido jóvenes y despiertos, bailando cada vez que pueden para dejar flotar la mente y cuestionar la realidad a ultranza, intelectual y materialmente. Por sus cuerpos ha pasado la música "alternativa" de los últimos cincuenta años. En 1971 vieron en vivo a Pink Floyd por unos cuantos dólares en el Wow Hall, mientras un tipo le gritaba a la banda que mejor tocara rocanrol. Treinta años más tarde nos llevaron a ver al grupo alternativo de música acelerada Floater y en 1997 se nos unieron en Jacksonville en la caravana rumbo al concierto de Ani di Franco. Hace poco escuchamos en una fiesta las canciones inéditas de George Moore, que se mudó a Eugene en forma esporádica hace tres años junto a su esposa Fabienne. Hoy Bill se sienta conmigo en el Café Roma donde hemos emprendido la morosa tarea de traducir mi libro de poemas Escrivania, todavía en imprenta en los talleres del consejo estatal de cultura de Querétaro, México, bajo el sello editorial El Hechicero.

Aquí vinieron además a estudiar los profesores chilenos Amado Láscar y Luis Ernesto Cárcamo. Uno se vino de Australia en un viaje zigzagueante, dejando atrás el pasado y la revista literaria El faro. El otro abandonó la columna literaria del desaparecido diario La Época para hablar en el podium de las aulas de Harvard. Y aquí también conocí al núcleo activista del movimiento anarco, que se reúne una vez por semana alrededor de una fogata y al alero de un roble, o en el reducto de Abraxas, un combatiente transexuado, que habita la antigua vivienda donde John Zerzan escribió Futuro primitivo, en una de las veinticuatro unidades habitacionales de la comunidad cooperativa del barrio Whiteaker .

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La primera vez que vi a John Zerzan fue en una charla en la Universidad de Oregon. En esa oportunidad John habló de Ted Kaczynski—el Unabomber—revisó la historia del movimiento anarquista local y abordó algunos puntos primordiales del discurso antiautoritario. Entremedio hizo referencia a posibles agentes del FBI colados en la audiencia e, ipso facto, se levantaron tres individuos de porte militar, mientras al rato llegaban dos guardias de seguridad interrumpiendo la charla con el pretexto de que había una bomba en el edificio. Eso fue en enero de 1999. Pocos meses después estalló la revuelta anarquista del 18 de junio, en la que fue arrestado Rob los Ricos y condenado a siete años de cárcel por apedrear a un paco. Ese mismo día Janine y yo regresamos de México luego de una temporada de tres meses en el bajío queretano y unos cuantos días en territorio zapatista chiapaneco. Con la evacuación del edificio se formó un tumulto con ánimo beligerante. Entre la turba pude reconocer a un ex alumno que se nos acercaba a pasos agigantados y nos ofrecía su pipa. Ese encuentro fortuito con Jonathan y su compañera Brynn fue el comienzo de una larga amistad que perdura hasta hoy en día.

Jonathan pegaba calcomanías en cada semáforo, poste público, cabina telefónica, valla de contención vehicular o baliza que estuviera a mano. "No hay pacos buenos", "sólo un rebaño necesita líderes", "nunca votes por un hijo de Bush"—jugando fonéticamente con la palabra bitch que refiere a la expresión hijo de perra—eran algunas de las frases que comenzaron a ilustrar la ciudad. También reproducía en serigrafía frases o conceptos contestatarios que luego estampaba en poleras, postales y afiches, tales como: "a la generación de las flores le han salido espinas", citando a Abbie Hoffman, ícono contracultural de los años sesenta y autor del libro Steal This Book [Roba este libro], o "¡Viva Ramona!". Esta última referencia a la comandante zapatista iba acompañada de una ilustración de una chica con pasamontañas lanzando un hondazo. La frase "la resistencia es fértil" era además la marca que Jonathan inscribía en todos los videos que pirateaba con imágenes de las protestas antisistémicas y que luego distribuía gratuitamente entre sus amigos. Así era la imaginación y la acción de Jonathan—o Loquillo—que poco a poco se transformó en nuestro promotor contracultural. Hoy en día Jonathan y Brynn viven en las faldas de la nubliselva hondureña, junto al parque nacional Celaque—que en lengua lenka significa caja de agua. Allí—sin electricidad, pero con acceso gratuito al agua fresca del río—construyen su vida junto a la comunidad de villa verde y transforman su refugio en un oasis permacultural que piensan llamar jardín de las peculiaridades.

Uno de los actos más osados de Jonathan fue haber pedaleado por el centro de Eugene arrastrando una bandera estadounidense en llamas, al tiempo que alentaba contra el imperialismo y desafiaba a la policía. Susan lo encontró una tarde regalándole marihuana a los vagabundos sin techo en las afueras de un supermercado. Como no encontró más vagabundos, el obsequio restante fue para Susan. En el verano del 99, en una de nuestras pláticas habituales en el Café Roma, Jonathan me puso al tanto de la protesta contra la reunión cumbre de la OMC planeada en Seattle para noviembre de ese año y a la que con Janine, Dude, Amado Láscar, Andrés Guerrero y otros fuimos en caravana desde la Universidad de Oregon. Fue en Seattle la primera vez que vi en vivo y en directo el modus operandi de la policía antimotines norteamericana. Ese día se declaró el toque de queda por siete días y se impuso el estado de emergencia, a la vez que se reforzó la represión con los centuriones de la guardia nacional. Fue una batalla campal y una victoria para la resistencia antiglobalizadora. Por cierto tuve un raconto emocional que me retrotrajo a las bombas lacrimógenas y a los balines de goma de las jornadas de protesta contra el régimen de Pinochet.

En una de las reuniones previas a la protesta volví a encontrarme con John Zerzan. Esta vez él defendía sus ideas frente a un grupo de demoliberales apoyándose en una sentencia genial de Walter Benjamin: "Las sociedades de masas reproducen individuos en masa". Fue así como Benjamin abrió el canal de comunicación entre Zerzan y yo. Una semana antes de la batalla de Seattle—iniciada el 30 de noviembre—entrevistamos a John Zerzan junto a Michael Wood y Charles Hammer. La entrevista apareció publicada simultáneamente en el último número de Helicóptero y en el portal electrónico www.pieldeleopardo.com (que Lagos Nilsson edita en Buenos Aires). En aquel entonces, Michael Wood—a quien Ginsberg menciona en uno de sus poemas como el chiquillo que huyó a Japón—se especializaba en literatura japonesa, mientras que Charles Hammer, estudiante de filosofía y asiduo lector de la escuela de Frankfurt, vivía y dormía en una camioneta volkswagen. Seattle fue el comienzo de una seguidilla de revueltas contra la globalización empresarial que sirvió de escenario al grupo de protesta Bloque negro—animado por Chuck y su cuadrilla de choque—y marcó el renacer de la conciencia planetaria: Quebec, Millau, Praga, Génova, Washington D.C., Los Ángeles, etcétera. Y aunque esta conciencia mundial abrió los ojos frente al marasmo neoliberal con la toma zapatista de San Cristóbal de las Casas el primero de enero de 1994, fue la batalla de Seattle la que galvanizó la emergencia de un movimiento antiautoritario a escala mundial y, de paso, catapultó la aparición de una nueva generación política que comenzó a foguearse en la acción directa.

Fue en Seattle que David Monje vio por primera vez el rostro rabioso del imperio. Ésa fue la experiencia de Janine y Dude. Y también fue la experiencia de Leandro—miembro del grupo de Capoeira Raça de Eugene y Portland—y Jennifer—que ahora vive en Washington DC. Aunque Leandro y Jennifer son veteranos de Seattle, fue a través de David y Kumi—su compañera cingalesa—que nos conocimos en la isla de Sri Lanka. En ese viaje, David me comentó—en medio de unos tragos de gin con gin y bajo el calor húmedo de Colombo—que durante la protesta de Seattle había divisado a Jonathan compartiendo su pipa de agua con los manifestantes agobiados por el humo lacrimógeno. Así es la contracultura, pensé yo, un acto arisco de esparcimento, carnaval y confrontación.

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En América Latina el antiautoritarismo se manifestó en las crisis gubernamentales de Ecuador y Bolivia y en el estallido social argentino ocurrido el 20 de diciembre del 2001, el mismo día en que un juez liberaba en Portland a Germán "Joe" Nieto Maquehue de sus lastres judiciales y dejaba sin efecto la persecusión a la que había sido sometido por la oficina de migración. Joe había sido arrestado en septiembre del 2001—como táctica de intimidación por su activismo en derechos humanos—y fue dejado en libertad bajo fianza el 10 de septiembre, luego de una avalancha de protestas y actividades de presión organizadas por la comunidad rebelde de Eugene. Al día siguiente las torres gemelas de Nueva York humeaban en casi todos los televisores del mundo.

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Mi libro El jardín de las peculiaridades—publicado en Buenos Aires por Ediciones del Leopardo, con prólogo de Amado Láscar y nota de presentación de Álvaro Leiva—tenía fecha de publicación para el mes de diciembre del 2001, pero con la bancarrota, el quiebre institucional y las consabidas fluctuaciones de los precios, su edición se retrasó hasta febrero del 2002. Este libro, que bien podría ser un manifiesto libertario o un tratado de filosofía, ha despertado interés en algunas mentes contraculturales y antiautoritarias y resquemor en la ortodoxia marxista. El libro se publicó en pleno descalabro del sistema neoliberal y en primeralínea de combate contra el régimen neocolonialista. En Eugene hubo actos solidarias con el pueblo argentino—como también han habido en apoyo al pueblo zapatista, cubano y salvadoreño, además de concentraciones y marchas masivas contra la invasión a Irak. Daniel Montero—quien pasó fugazmente por la Universidad de Oregon y luego se fue a vivir a Nueva York como editor de la casa editorial Penguin—hizo la primera traducción del libro al inglés, que ha sido publicado parcialmente por las revistas Green Anarchy [Anarquía verde] y Disorderly Conduct [Conducta desordenada]. Uno de los editores de Green Anarchy, Bill, que se vino a Eugene después de haber dado vueltas por el sur de Oregon —donde Amber Gayle cultiva junto a su pareja varias hectáreas y coproyecta con su hermana arraigada en la costa -este las ediciones My Evil Twin Sister [Mi maldadosa hermana gemela]—se hará cargo parcialmente del sistema de promoción del libro en EE.UU (5). Ambas revistas se editan en Eugene donde, además de literatura antiautoritaria, funcionan el programa de televisión comunitaria Cascadia Alive —animado en forma rotativa por un incontable número de participantes, entre ellos, Trish, Michelle, Jack o Shane, cuya mascota es una rata que sale y entra por el cuello de su blusa frente a las cámaras —y Radio anarquista, adonde John Zerzan me ha invitado en varias ocasiones. También hay otras iniciativas, como el Café anarquista —que reparte café gratuito a la comunidad todos los días de 11:00 a 1:00 de la tarde en el parque Scobert —y es puesto en escena por Yolanda y Sunshine [Rayo de sol]: antiguo anfitrión de la casa de té Icky's. En Eugene también opera un colectivo de indymedia y últimamente han aparecido grupos de estudios y discusión de textos antiautoritarios que se reúnen en las salas del edificio de la cooperativa de horticultores locales.

Tampoco es raro ver en las calles o en los variados eventos de interés comunitario a Tim Lewis, Charles, Randy o Kooky [Extraño], que graban a diario cada acto rebelde y/o documentan el accionar abusivo de la policía. Tampoco es inusual ver a Robin Terranova, alias Rotten [Podrido], Marshall Kirkpatrick o Brenton Gicker repartiendo panfletos de mano en mano en cada acto público o promoviendo material de lectura en sus mesas repletas de literatura libertaria. Rotten es un personaje reconocible por sus trenzas rastas y su ropa negra, que vive alejado en un área boscosa junto a su compañera Robin. Su jovialidad y su bravura lo han vuelto uno de los activistas más destacados de Eugene. Con su espíritu agreste y su pañoleta en la cabeza ha organizado, además de sus múltiples actividades, los grupos de estudio anarquistas y ha dado charlas en España e Italia. Recuerdo haber recibido, luego del atentado a las torres gemelas, una postal desde España con la fotografía de dos torreones medievales que representaban claramente el sueño visionario que tuve la noche anterior al atentado. No sé si Rotten es un duende de la floresta que adivina los sueños o un trasgo travieso, pero es un gran tipo. Marshall acostumbra realizar su activismo tanto en la calle, repartiendo panfletos en cada concentración antibélica y publicando su pasquín Noticias en tiempos de guerra, como a través de su participación en el grupo universitario de estudiantes por la paz. Brenton es un muchacho de diecinueve años que ya a los quince estuvo acusado de haber saboteado las instalaciones de la compañía Nike. Para arrestarlo, la policía realizó un operativo a gran escala, allanando su casa y poniendo a su padre, Randy, boca al suelo con un cañón automático en su nuca. Su computador fue confiscado por dos años y Brenton tuvo que seguir un proceso que lo dejó con libertad provisional. El estambre combativo y la energía organizadora de Brenton son tan poderosos que Derrick Jensen lo menciona en su libro The Culture of Make Believe [La cultura de hacer creer] como ejemplo de esperanza de que las nuevas generaciones alumbrarán el camino de la resistencia. En efecto, su espíritu aventurero lo llevó junto a su padre a aparecerse el año pasado —después de un viaje a Cuba —en nuestro departamento en Querétaro, donde Janine y yo vivimos casi cuatro meses. Hasta allí también llegaron nuestros amigos Mark y Kelly, que luego emprendieron rumbo al jardín de las peculiariadades de Jonathan y Brynn. Lamentablemente, cuando Janine y yo por fin llegamos al parque Celaque vía Chiapas, Guatemala y Honduras, Mark y Kelly —ex veteranos de las batallas de Seattle y Quebec y antiguos vecinos del barrio Whiteaker —ya habían partido. Ahora andan en la costa-este esparciendo las ideas libertarias y neutralizando el excesivo urbanismo.

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La contracultura eugeneana no es jerárquica ni partidista. Cada personaje opera en forma autónoma y orgánica en un contexto de resistencia global contra la megamáquina corporativa, sistémica y estatal. En esta ciudad se realizan anualmente la conferencia de leyes del medioambiente, la conferencia contra el patriarcado, el programa independiente Food Not Lawns [Comida en vez de césped]—cuya finalidad es deshacerse del pasto para sembrar hortalizas—y se practican reuniones secretas de brujas que aún perviven a pesar de la hoguera y la tiranía protestante. Por Liisa Korpela —a quien conocimos el año 2000 en Paris a través de Dude —nos hemos enterado de las ceremonias hechiceras wiccas (machi para los mapuches) que se realizan en las noches de luna llena. El objetivo de estas ceremonias es reconectarse con el espíritu de la naturaleza a través del efecto de los brebajes mágicos hechos con yerbas medicinales para producir un impacto holístico positivo. Liisa fue la chamana que condujo el viaje de Janine y mío a través de la cuerda de la muerte, o ayahuasca, de cuya liana se hace el té de yagué. Lawrence es otro practicante del chamanismo. Hace poco fui a una charla suya al Instituto Comunitario del Condado Lane (LCC), donde habló del secreto de las plantas medicinales y las yerbas mágicas. Lawrence es un druida de barba cuáquera que conocimos en una marcha contra la guerra realizada en octubre del 2002.

Hay además otros grupos que cultivan la meditación liberadora, tal es el caso del centro Raja Yoga en la Casa de la Paz, atendida por la hermana Kiran y Gordan, a tres casas de nuestra vivienda. Mientras asistía a los cursos gratuitos de meditación en la Casa de la Paz profundicé mi amistad con Gordan, un perito permacultor que ha puesto sus conocimientos de autosuficiencia ecológica al alcance de nuestro vecindario. Hace tres meses iniciamos nuestra primera asamblea barrial, transplantando la experiencia argentina luego de un viaje al cono sur que realizamos con Janine en diciembre del 2002. Nos encontramos en Santiago de Chile con Álvaro Leiva, Paul Dresman y su esposa Chris, Joe Maquehue y su hijo Mike. Joe no viajaba a Sudamérica desde hacía trece años y luego de ese encuentro siguió rumbo hacia el Cuzco, Brasil y América Latina. El resto del grupo viajó a Buenos Aires, donde Álvaro y yo presentamos los libros de las ediciones del Leopardo en pleno corazón de la alquimia bonaerense, que dirige el escritor y camarada Jorje (sic) Lagos Nilsson (6). La lectura fue en el Cabaret Voltaire ubicado en el barrio San Telmo, en pleno centro porteño. Además hicimos acto de presencia frente a la Casa Rosada en la concentración multitudinaria de conmemoración del estallido del 20 de diciembre. La asamblea barrial de nuestro vecindario no tiene un carácter de sobrevivencia sino de resistencia. El objetivo es trabajar colectivamente en nuestros huertos familiares a fin de producir verduras y hortalizas, romper el aislamiento social y organizar mitines o acciones directas contra el régimen de Bush y sus guerras.

En Eugene existen varios huertos comunitarios y se han desarrollado proyectos de ecoaldeas que integran las nociones fundamentales de comunidad intencional, permacultura, construcción ecológica y tecnología apropiada. Dentro y fuera de la ciudad existen los falansterios Maitreya, Lost Valley [Valle perdido] y Duma, además del centro comunitario de investigación en tecnología apropiada Aprovecho y el centro educacional en permacultura orgánica holística H.O.P.E.—cuyas siglas en inglés forman la palabra esperanza. También existe la comuna agrícola Alpha Farm [Granja Alfa], que nos abrió sus puertas en un viaje que hicimos acompañando al curso de literatura y utopía de Juan A. Epple. Hay además procesos de transformación de vecindarios en ecoaldeas como el que está llevando a cabo Jan Spencer.

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Aunque mediada por el dinero, la contracultura eugeneana ha desplegado formas alternativas de interacción social. Cada sábado se realiza una feria donde se venden productos agrícolas producidos orgánicamente por los lugareños, artesanía local y comida étnica preparada por las familias inmigrantes. También hay personajes típicos. Uno de ellos es el vendedor ambulante Frog [Rana] que promueve sus cuadernillos con chistes políticos y de toda índole en la feria del sábado y en el campus de la universidad. Frog es conocido tanto por su aspecto peculiar como por haber ganado un pleito judicial contra el estado que lo quiso forzar a pagar impuestos. Su persona es tan reconocida que en una de las arremetidas represivas contra una movilización antibélica en el centro de la ciudad, Janine se acercó a él con la certidumbre de que la policía no se atrevería a lidiar con su persona. Y estaba en lo cierto.

En términos culinarios hay restaurantes alternativos como el café de comida vegana Morning Glory —llamado así por la flor sicodélica dondiego o flor de maravilla —el legendario café Keystone [Piedra angular] o la pastelería Sweet Life [Vida dulce], donde Paula solía atender antes de que partiera a Brasil y luego se mudara a Portland. La clientela de estos lugares constitituye una comunidad de amigos más que de consumidores. Por ejemplo, el sábado pasado Char y Phil estaban celebrando su aniversario. Char es una colega de Janine con quien organizamos una de las marchas por la paz y Phil un físico distraído que busca números primos en el universo. Ese mismo sábado Charles Hammer estaba tomando café y preparando su defensa de tesis, mientras Kooky se paseaba atendiendo las mesas con su falda y sus medias rayadas que hacían juego con sus aretes y el color de su pelo y barba teñidos. Otras veces nos hemos encontrado con Chris, nuestro quiropráctico, o Chana, la actual novia de mi cuñada. A la vuelta del café Keystone está estacionado el bus del dentista James Webb —que me recomendó el profesor y protector de animales Luis Verano. Dentro del bus ha funcionado por más de treinta años la consulta de James. Allí está su clásica silla de dentista donde me siento regularmente cada seis meses. Por la puerta trasera del bus—en la que se lee "salven a los bosques animados" —entran y salen los marginados del sistema de seguro médico y los pacientes reacios a financiar la industria famacológica, médica y dental.

Entre 1999 y el 2002 estuvo abierta la casa Shamrock [Trébol] que albergó las funciones de cine subversivo Subversive Pillow Theater o la escuela libertaria Free School. Allí se presentaron películas fuera del circuito comercial y se realizaron malones y reuniones varias. Otro grupo interesante es la Tropa. La Tropa es la familia de Martita y Dave que hace presentaciones de Flamenco —apoyada a veces por sus nueras o la bailaora excelsa Elena Villa —y anima a la comunidad con su banda de reggae Abakadubi. Martita es de Puerto Rico y Dave un hippy retirado que hace más de treinta años no le paga un solo dólar al sistema tributario yanqui. Sus hijos son eximios guitarristas, percusionistas y bailaoras que nunca recibieron educación formal. Todo lo que saben lo aprendieron en casa. La Tropa es una comunidad artística autosuficiente. En los tiempos difíciles de Reagan y del primer Bush, Dave partía al río a pescar el almuerzo y la cena de su familia.

Tal vez debiera mencionar las fiestas trimestrales que con Janine solíamos tener hasta diciembre del año pasado en nuestra casa, fecha en que ella cumplió tres meses de embarazo. En esas celebraciones el ritmo se desataba en vivo con percusionistas improvisados o con el son afrocubano de Son Melao, cuyos músicos venían a despejarse al caer la medianoche después de sus conciertos. Nuestra casita verde se llenaba entonces de amigos que se paseaban por el patio trasero—en cuya secoya habitan los mapaches—y por el garage—barcaza de los marineros metafísicos. Todos venían gustosos a compartir el vino navegado, las galletas verdes y el jolgorio. Así fuimos creando una celebración con sentido comunitario, basada en la convivencia y la alegría de coexistir.

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Entre los filmes más destacados de la contracultura norteamericana aparecidos en los últimos años creo distinguir las películas de culto The Cruise [El crucero], Waking Life [Vida despierta], Hard Drive [Conducción difícil], Pickaxe [Piqueta] o la producción sueca Surplus [Plusvalía], que aborda los planteamientos de John Zerzan sobre las taras de la civilización y la validez de la destrucción de la propiedad corporativa y estatal, guardando el respeto más irrestricto, absoluto e implacable por la vida. Precisamente son estos principios los que abrazaron los ecoactivistas eugeneanos del grupo clandestino de sabotaje Frente de Liberación de la Tierra, Jeff Luers, alias Free [Libre] y Craig Marshall, alias Critter [Criatura], condenados a veintidós y siete años de presidio, respectivamente, por la quema de tres vehículos utilitarios deportivos en la automotriz Joe Romania. Considerando que la acción fue llevada a cabo pasada la medianoche a fin de que nadie resultara herido, mucha gente opina que el juez basó su veredicto en las ideas políticas de los activistas más que en la gravedad de los hechos. Después de que la sentencia fuera dictada y Free y Critter encarcelados, treinta furgonetas fueron incendiadas en la misma automotriz. Hasta el momento se desconoce el paradero y la identidad de aquellos guerrilleros de la noche.

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Pickaxe es una producción cinematográfica local de Tim Lewis y Tim Ream—con música original de la cantautora Joules Graves —que documenta la lucha de los defensores del bosque. Desde hace cinco años los ecoactivistas de Fall Creek [El estero de la cascada] han estado trepando la copa de los árboles centenarios, a fin de salvar amplias zonas de la sierra eléctrica y de los bulldozers. Fall Creek es un bosque ubicado a cuarenta y cinco minutos de Eugene y está en peligro de transformarse en un grupo de tocones si no se detiene la tala industrial. Su toma ha sido la más grande y duradera en la historia de los Estados Unidos. Los ecoguerrilleros han creado una cultura del bosque en villas forestales y han desarrollado una forma de vida agreste. Squirrel [Ardilla] es un defensor forestal que ha estado viviendo allí por casi dos años. Lo mismo Fly [Mosca], Lily [Azucena], Zaphyn (nombre de un ángel caído) y Loto —cuyo segundo nacimiento se llevó a cabo en esa espesura. Para llegar al lugar hay que caminar varias millas, cruzando barricadas de troncos apilados y baldes con caca que los compañeros dejan para bloquear el camino construido por las empresas forestales y el Estado. La primera vez que fui al sitio hacía un frío que helaba los huesos, pero con calzoncillos largos y bien arropado todo se resiste. Allí conocí a un árbol centenario bautizado por los ecodefensores como Draconia y a otro llamado Cronos. Luego nos internamos en el verdor intenso de los musgos que sueltan sus flecos desde las ramas de los pinos y caminamos entre las callampas del bosque, los helechos húmedos y la fauna silvestre diminuta para llegar al sitio sagrado donde se encuentra Venus, una suerte de formación escultural que ha sobrevivido los embates del clima, los incendios y la tala eléctrica. Junto a Venus, que es un tronco a medias cuya altura debe bordear los tres metros y pico y en cuyo alrededor hay diversas ofrendas, se encuentran varias secoyas de cien o ciento cincuenta metros de alto. Por allí pasa un arroyo y hay troncos caídos que sirven de puente para caminar y meditar. También hay senderos hechizos naturalmente, que dan la sensación de una aldea de duendes u otros seres maravillosos que han abierto sus puertas para dar la bienvenida a los defensores del bosque. En ese mundo—creado por elfos y ondinas invisibles—caminamos descalzo, sintiendo el poder intenso de la pachamama. Venus no es sino la encarnación del espíritu de la Tierra. Y por cierto, es un vórtice energético que le permite al advenedizo presentir el espíritu de la flora y fauna, percibiendo de reojo las veloces presencias fantásticas de la floresta. El espíritu del oso y del ciervo protector se siente en cada paso, pareciendo anunciar ante las alimañas parsimonia con los intrusos que respeten a los insectos, las gambas y las raíces. Dicen que allí hay árboles animados que hablan y escuchan. Puyán, que en tailandés significa perra, es una protectora del campamento-madre de los defensores del bosque. Ella acompaña a los ecoguerrilleros—cuya misión es apoyar en terreno a los trepadores—protegidos del intenso invierno bajo un tipi o ruca norteamericana.

Conocí a Loto en una concentración antibélica en Eugene durante las jornadas de protesta contra la invasión a Irak. Y aunque yo ya había andado en la zona de los trepadores vía excursiones realizadas por los defensores forestales, James y Michael, fue Loto quien me condujo, como un zahorí, al territorio sagrado de Venus. En esas concentraciones antibélicas siempre hubo grupos de manifestantes que preferimos la vía ilegal de acción, esto es, la realización de marchas espontáneas sin permiso de la ciudad, que condujeran al bloqueo de avenidas o intersecciones claves. Incluso algunos miembros de las organizaciones convocantes a estas concentraciones pacíficas, como Scott de CISCAP (Comité de Solidaridad con los Pueblos de Centroamérica), se sumaron a las marchas no permitidas por la autoridad municipal, provocando abiertamente al régimen de control civil impuesto por Bush y el acta patriota. Así ocurrió también en San Francisco, Nueva York o Portland, donde la policía reprimió violentamente. Tal vez el 15 de febrero del 2003 se haya realizado una de las manifestaciones más grandes habidas en la historia de la humanidad. Según el portal indymedia.org ese día treinta y tres millones de personas salieron a las calles del mundo a rechazar la política imperialista de la Casa Blanca, aislando al triunvirato formado por Bush, Blaire y Aznar. En Portland hubo entre veinticinco y treinta mil personas protestando y haciendo eco del llamado mundial contra la guerra de Bush. En la caravana a Portland, fuimos, además de Janine, Dude y yo, las yerbateras Liisa, Brita y Tiffany —ex pareja de mi cuñada— además de Kim y dos panas venezolanos: Neyo y Elio, confirmando que la lucha antiimperialista es también una lucha antigolpista. En pleno centro de Portland nos encontramos con un círculo bolivariano apoyando la paz y la autonomía iraquí. Luego danzamos al ritmo de los tambores de los grupos disidentes y emprendimos el pausado regreso a Eugene en espera de mejores noticias para el mundo.

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Una de las últimas acciones antiimperialistas ocurridas en Eugene se llevó a cabo el mes de abril del 2003. Un grupo de treinta encapuchados comenzó una marcha desde el barrio Whiteaker a lo largo de la ciudad, quemando banderas norteamericanas y gritando consignas contra la guerra, el capitalismo y la civilización occidental. La marcha fue en zigzag al compás de una murga improvisada, mientras los vecinos salían a vitorearnos desde sus casas y jardines. La marcha terminó con un asalto a un cuartel del cuerpo de marinos. Allí algunos manifestantes arriaron la bandera estadounidense y quemaron otras, mientras forcejeaban con los guardias de seguridad. Decenas de policías acudieron al lugar, al instante que los activistas se daban a la fuga. Hubo acoso a los reporteros de la prensa independiente y arrestos selectivos. Mi cuñada Dude sigue con un proceso pendiente.

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La contracultura no es un concepto inmóvil carente de cuerpo. Por el contrario, se encarna en personas, prácticas y acciones específicas. Ésa es la razón por la que me he dado el tiempo de nombrar a muchos correligionarios o copartícipes de esta nueva sensibilidad antiautoritaria. La resistencia tiene varias perspectivas: ecológica, literaria, política, vital o estética. Oponerse a la cultura dominante que homogeneiza, uniforma y estandariza es un acto de resistencia y sobrevivencia. La autonomía anárquica es antimilitarista y biocéntrica, por eso busca su razón de ser en la naturaleza. El respeto por todas las criaturas vivas es una praxis de coexistencia que tiende a anular la dependencia y la inconsciencia. Una mirada conciente busca formas de autosostenimiento holístico, privilegiando una visión libertaria interconectada al mundo y al cosmos. El control y la administración de la vida asfixian y entristecen, desarrollando una cultura de la muerte. El movimiento contracultural sigue activo y no se detiene. Así, por ejemplo, el 14 de junio de este año habrá en Eugene una revuelta de apoyo a los presos políticos Free y Critter, mientras que entre el 20 y el 25 del mismo mes habrá una protesta masiva en Sacramento (California) contra la administración de la hambruna mundial, representada por los expertos y capos monoculturales de la OMC. En Cancún, México, esta ola libertaria se hará presente para cerrar la cumbre de la OMC, mientras que en Miami habrá mitines para detener el avance del plan ALCA (Área de Libre Comercio para las Américas). La contracultura es una forma de ser—que está viva en cada uno de nosotros—y una práctica permanente. Los nombres de sus protagonistas varían, porque el mundo lo constituimos todos, simultáneamente. La conciencia se revitaliza cada vez que dudamos del escenario impuesto y de sus narrativas. Y por suerte, esa duda nos hace creer en nuestras propias historias personales.

Eugene, 18 de mayo, 2003.


NOTAS

(1) Dresman, Paul. The Silver Dazzle of the Sun. The Willamette Valley, Oregon: Cottage in the Park Press, 2003: 107-9.

(2) "El nadaísmo y la generacón Beat" ha sido publicado en Helicóptero 1, 1997: 12-15; Verbi Gratia vol. 1, primavera 1998: 1-7; y en el portal uruguayo: www.henciclopedia.org.uy.

(3) En el primer número de Helicóptero publicamos una extensa entrevista a Margaret Randall hecha por Víctor Rodríguez Núñez titulada "En el presente siempre hay un temblor de pasado" (21-23).

(4) Pacheco, José Emilio. "Una inscripción para Jesús Sepúlveda en la pared del Hotel Marconi". La nuez, año 2, num. 14 (Monterrey, México: agosto 2002): 13-15

(5) La edición norteamericana del libro, traducido como The Garden of Peculiarities, será publicada en septiembre del 2004 por la editorial californiana Feral House.

(6) En esa ocasión Álvaro Leiva presentó su segundo libro de poesía, Exit Only; Lagos Nilsson lanzó su poemario sobre el extrañamiento, Corazón de la alquimia; y yo leí textos de mi cuarto libro de poemas, Correo negro.


 

 

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Jesús Sepúlveda: Paz, Amor & Anarquía.
Historia personal de la contracultura norteamericana.
18 de mayo de 2003.