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José Santos González Vera | Autores |











EUTRAPELIA

José Santos González Vera. Nascimento, 1963 / Babel, 1955.

Por Ricardo Latcham
Publicado en La Nación 16 de junio de 1963.


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CUANDO GONZÁLEZ VERA en 1922, se dio a conocer con Vidas Mínimas, ya lo apreciaba un pequeño grupo de amigos. Y se acercaba a otros círculos que más adelante lo acogieron. Resultaba revolucionario en un medio donde todavía dominaban los floripondios retóricos del postmodernismo y horrendos tropos que hoy no se podrían soportar. González Vera era sencillo, llano, vestía por lo general de color oscuro, y hablaba con parsimonia no exenta de humor. Se le puede incluir en la Generación de 1920, en cuyas actividades rebeldes participó, pero su modalidad estilística es diversa. De esa época quedan sobrevivientes, pero quizá los de más relieve son Pablo Neruda, González Vera, Manuel Rojas y Carlos Vicuña, magnífico polemista y adjetivador.

 


Es interesante para entender a González Vera, al que conozco hace cuarenta años, reproducir unas frases de Cuando Era Muchacho: "No tuve ambiciones concretas. Me dejé llevar por la vida y la vida ha sido conmigo complaciente. Al recordar las innumerables personas que me han allanado el camino, porque les nació hacerlo, personas a las cuales no he podido devolver ni un gramo de cuanto me dieran, hallo que la generosidad no escasea en el mundo, y hasta suele asistirnos la confianza de que el hombre, cuando sienta y crea que la vida ajena es tan preciosa como la suya, cuando la sienta de manera imperiosa, sin posibilidad de subterfugio, no necesitará buscar su bien, ni el común, más allá de las nubes". Es una excelente síntesis que ayudará al ahondamiento de un escritor original y distinto de otros. En su juventud, frecuentó a los anarquistas, y convivió con sus ideas, que resume así: "Dominaba en los anarquistas el deseo de saber, el anhelo de sobresalir en los oficios, el afán de ser personales. El individuo lo era todo. Cada individuo buscaba su acento propio y era raro encontrar dos semejantes".

Leyendo a González Vera se descubre pronto su tolerancia, el humor labrado en el conocimiento de diversos oficios y ambientes, su singularidad en la maceración del idioma, su especialidad para eliminar lo superfluo y recortar lo frondoso de un período. Por eso conserva su encanto y resiste una segunda lectura, al revés de varios prosistas que con el tiempo se marchitan y pierden el interés. La tarea de un crítico es penosa mientras relee obras que fueron célebres hace un cuarto de siglo y que hoy huelen a arqueología. Esto se acentúa al intentar componer una antología o un panorama literario que abarque cincuenta años.

Me sorprendió, hace poco, al revisar un gran número de cuentistas y novelistas chilenos, el vacío que empezaba a cubrir a muchos que alcanzaron un gran renombre en días no tan lejanos.

La respuesta al secreto que esconde González Vera en su técnica, es posible hallarla en un estudio del escritor uruguayo, Emir Rodríguez Monegal, incluido en la parte final de la segunda edición de Eutrapelia. Dice el notable ensayista lo siguiente: "Es un estilo escrito que habla, que tiene la sobria inflexión (aunque no las vacilaciones) de la palabra dicha oralmente".

En González Vera se confabula, con frecuencia, la acción del conversador con la del relatista. Sólo conozco un caso parecido, en Paco Espínola (hijo), gran narrador de historias que, más adelante, recoge en volúmenes, pero cuya elaboración consume siempre mucho tiempo. Su producción narrativa es tan reducida, también, como la de González Vera. En la segunda edición de Eutrapelia aparecen nueve relatos, entre los cuales existen páginas inéditas. Es un libro que posee una naturaleza doble: una entra en lo humorístico y narrativo; la otra se extiende en lo ensayístico abriendo paso a ideas y conceptos que condiciona la sutileza de un temperamento satírico. Es un género móvil y con escasos antecedentes en la literatura nacional.

El ensayo constituye un género difícil de englobar en una definición exacta. Se ha llegado a manifestar que es el procedimiento de expresión más adecuado a la circunstancia presente, por lo menos en las altas esferas de las letras, mientras que los géneros tradicionales quedarían abandonados a las diversiones de la multitud y a la habilidad de los que saben entretener. Es una opinión discutible, pero sostenida por el aumento experimentado, en el mundo moderno, por el ensayismo. En un plano más concreto y aproximado a nuestra realidad, González Vera exhibe una veta de moralista situada frente a otra donde brota lo imaginativo. Esto se perfila con bastante precisión en el capítulo titulado "El Conferenciante", uno de los más entretenidos y certeros de Eutrapelia. "En Chile es rara la persona que no desee contribuir al bienestar humano como conferenciante. Hasta los hombres más acaudalados prefieren esta forma de beneficencia. Ciertos días, en Santiago, no menos de diez charlistas se ponen en contacto con otros tantos auditorios. La conferencia ha logrado así convertirse en algo tan bueno como el pan; ha penetrado hasta la raíz de nuestras costumbres; es una necesidad. Además de las instituciones docentes, científicas, artísticas y literarias, poseen salas adecuadas para tal fin los bancos, los ministerios, los clubes, los diarios, etcétera.

La abundancia y gratuidad de las conferencias ha impedido que surjan sociedades para darlas con entrada pagada, aunque estas las patrocinen los más altos escritores. El público, cuando se las mencionan, las recibe con la misma frialdad que si le propusieran el ingreso a las sociedades para respirar".

En escasas líneas se plantea el fenómeno, pero pronto se analiza el resultado, y surgen pintorescas reflexiones. Se examina la presentación y los peligros que entraña, se describen los oradores primerizos, se pintan las reacciones del público que contiene su aburrimiento y hasta su indignación, se diferencia al profesor del improvisador puro, a los conferenciantes consumados y a los simuladores. Es un mosaico de los suplicios de unos y del escaso interés que mantienen otros frente a una cascada de palabras. Lo peor de las conferencias de tipo universitario, en que, a veces, intervine, son las preguntas de los pedantes y los interrogatorios de alumnos y profesores acuciosos. Al cansancio del orador se añade la atención dispersa que se alcanza después de una jornada pesadísima. Un experto puede aparecer, entonces, casi como un ignorante cuando no atiende a las demandas de los auditores. Lo peor de todo es que se cree, por lo común, que un escritor profesional, cuando habla en público, no debe cobrar nada. Muchos consideran, entre nosotros, que la conferencia es un género grato, a pesar de que ha visto comprometida la reputación de distinguidos literatos mientras se presentaban en una tribuna cualquiera. Por lo menos, debía recompensarse el peligro que afrontan al encararse con desconocidos oyentes.

En Buscadores de Dios y Escala Mística, reaparecen temas y motivos que definieron la personalidad del autor en diversas páginas de Cuando Era Muchacho. En el segundo de esos trabajos se hacen reflexiones, con tinte volteriano, sobre la manera nacional de entender la religión. A veces, acierta en profundidad, como se palpa en las líneas siguientes: "El religioso puede ser dulce, manso, lo que se llama un bienaventurado".

El antirreligioso no lo es por su temperamento pasional. Negó por orgullo, de hablador, y su personalidad se fortaleció en la negación. Lo mueve un fervor espantoso. Si no consigue en plena mocedad idear una religión a su gusto o identificarse con una pasable, se confinará en cualquier escondido pueblo y volverá a creer en la antigua con violencia, con arrebato y si urge, con garrote en mano" (Página 57).

Ernesto Montenegro afirmó que González Vera no puede recibir, por la misma naturaleza de su talento, esa recompensa que da la popularidad. Es verdad que, desde que se vertieron tales palabras, el medio ha cambiado considerablemente. La tendencia sentimental, diluida, a veces, de González Vera, lo aproxima al pueblo, pero lo aleja su individualismo casi aristocrático. Sabe imprimirle a las cosas un halo simpático y desprovisto de crueldad. En "El Escritor y su Experiencia", se define cabalmente, cuando afirma: "Siento resistencia a lo dramático de la vida cotidiana y no aporto nada a su caudal. Me las ingenio para coger lo ameno de la existencia. Casi todo se me va transformando en recreación. Los seres verdaderamente serios, siempre afirmativos, me parecen actores" (Página 99).

Más adelante, ilustra acerca de su modo de concebir el lenguaje: "La lengua popular es la lengua. El pueblo efectúa labores muy variadas y le corresponde de hecho el dominio de la naturaleza. El ir delante, conquistando espacio, lo enfrenta a fenómenos originales y le obliga a darles nombre. Su libre imaginación lo premune de rara sabiduría para bautizar lo que ve, siente o descubre en estado virginal".

Además, el pueblo es el conservatorio de todo. Expresiones refinadísimas, que nacen en salones, pasan luego a las obras literarias, pero desaparecen del lenguaje culto; siglos después se encontrarán cabales en labios de mujeres y hombres humildes".

En González Vera surge la anécdota, como se ve en sus capítulos sobre Buenos Aires, La Paz, Caracas y Cartagena de Indias. Sabe sacarle partido y colocarla en el punto neurálgico de su cuadro de viaje, con episodios vivaces y entretenidos. En Eutrapelia, sin repetirse, se reiteran sus procedimientos utilizados en Cuando Era Muchacho y Algunos. Reducida obra de miniaturista y recortador de la realidad, pero animado por un corazón y un pensamiento libre y honesto frente a un mundo y a una sociedad que no siente con amargura. Ahora véase como entiende la misión del escritor: "Y como el fin suele unirse al principio, repito que comencé a escribir en procura de un orden más favorable a la comunidad; tuve en el camino graves dudas sobre el sentido del progreso; hasta creí que después de agotarnos en cualquier intento creador, volvíamos al primitivo lugar, pero viviendo y juntando años, he adquirido el convencimiento de que estamos viajando siempre en dirección certera, aunque las fuerzas sociales nos obliguen a dejar el camino directo y nos impongan fatigosos rodeos. Las instituciones son transitorias. La fuerza también lo es. La libertad, ordenadora perfecta, nunca es abatida por completo. De todas las pruebas surge más robusta. La equidad, aventado el ofuscamiento multitudinario, nuevamente encuentra refugio en mayor número de corazones. Y lo único firme, real, estable, es lo que los seres consienten sin presión de nadie". (Página 113).

En González Vera no existe la nota pasional y las mujeres que retrata poseen menos relieve que sus tipos masculinos. En Eutrapelia como ya se apuntó, se encuentra una atmósfera de limpidez estilística y de conocimiento humano que ennoblece su sensibilidad tan cordial. Mientras otros pesan por su prolijidad, lo sobrio de los relatos de González Vera hacen que, al terminarlos, se sienta uno defraudado, por su excesivo laconismo. Y eso ocurre con su reciente, aunque aumentada producción.

 

 

 

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