Como se ha dicho alguna vez, las primeras frases de un libro, novela, cuento, ensayo, tienen a menudo un valor de clave: dan la pauta, fijan el tono, plantean el tema y su desarrollo.
El hecho puede observarse con particular relieve en la narración que da su título a esta "Necesidad de compañía", recientemente publicado por González Vera.
Juntanse allí, en pocas líneas, no sólo las cualidades que veremos en el relato mismo, uno de los doce que integran el volumen, sino muchas virtudes propias del estilo de González Vera, las que determinan su carácter y señalan entre los escritores su fisonomía personal.
Leamos:
"Estoy tan sola. Mi marido no se ocupa de mí. Mentiría si dijera que es malo, qué va a serlo, si es un pan. Se lo pasa en el piano. Apenas anochece, come y parte a tocar. Usted sabe que está en una orquesta y lo consideran mucho. Suelo estar dormida cuando regresa y entonces quiere contarme cómo le ha ido. "!Déjame dormir, por favor!" le digo.

Como Cuvier prometía reconstituir un animal con un solo hueso que le mostraran, este trozo permite formarse una idea bastante aproximada del estilo, es decir, del "hombre mismo" que es el escritor.
Nada de énfasis. La sencillez misma, naturalidad perfecta. Un realismo transparente lindante con el exceso, bastante para explicar los reproches que suelen hacérsele desde las líneas avanzadas, proclives al enredo, aficionadas a la complicación, poco amigas de tanta claridad.
Se oye la voz de la mujer, se siente el dramático muro que la separa de su esposo. Casi no necesitamos más para comprender esa "necesidad de compañía" que la aflige.
Fuera de la claridad, la sencillez, el acento natural y llano, González Vera posee en grado insigne el don de síntesis, la capacidad de expresar mucho en un mínimo de espacio: siempre hay en él algo de "corregido y disminuido", un despojo constante de lo superfluo, tanto como de lo estrepitoso o retumbante. Es su marca de fábrica.
También se descubre en este pasaje la eliminación del sentimentalismo, tan patente en el resto de su obra que, juzgándolo superficialmente, muchos lo han creído superficial. "Es un témpano". dicen. Ignoran que la extrema sensibilidad, por su naturaleza vulnerable, refúgiase en la apariencia impasible y busca no la expresión terminante у directa, sino el sendero desviado de la alusión y la semisonrisa defensiva.
No hallarán en eso lo que persiguen quienes, tras ese título, aguardaban una historia patética o un análisis romántico de la soledad interior.
Sin embargo, el cuento se presta para esas efusiones. Incluso, su final coincide con el pensamiento de Rousseau, padre y maestro del romanticismo. Según la experiencia que él tuvo con Mme. de Warens, la felicidad es una empresa tan ardua que, para conquistarla, no bastan dos: se necesitan, por lo menos tres.
Es ahí donde concluyen la mujer quejosa y, también, el marido cuando ella lo abandona. Su drama era la imposibilidad de dialogar. El mal de la época. Ella hablaba; él no respondía. Y viceversa. Ninguno lograba satisfacer su necesidad de verse acompañado, de obtener un eco y ser objeto de observación, requisito indispensable, dice el existencialismo, para sentirse cada cual existente.
El "ménage á trois" soluciona el problema. !Oh! sin demasiada tragedia. Un buen día, un polaco joven, vigoroso y resuelto, la invita, la toma, se la lleva, no sin alguna resistencia, porque, después de todo, la esposa amaba al esposo. Ya sabemos que lo creía bueno como el pan. !Sólo esa falta de diálogo! Ahora dialogará. Pero también él se siente solo y sufre la "necesidad de compañía". ¿Cómo arreglar las cosas? Pues de la más simple manera: reemplazando el dúo por el trío.
"Es evidente que mi conducta —pensó el músico— se aparta de las normas comunes y aún de las más particulares que todo individuo elabora para no perderse en los caminos del mundo; pero, desde la profundidad de su ser, lo urgente era la compañía..." "...al ser abandonado por su mujer comprendió que ésta lo protegía con sólo caminar por las habitaciones, con su canturreo".
Este canturreo le sabía a cántico.
Que otro también lo oyera, ¿qué importaba?
Así mismo cabría señalar en el pequeño trozo significativo que copiamos, otra de las características de González Vera: la importancia de los detalles, el acierto de notaciones menudas, finas y maliciosas, cargadas de intención, muy superiores al conjunto mismo, que suele sufrir debilidades y causa cierta perplejidad.
El procedimiento, si tal se le llama, aunque viene de su naturaleza íntima y es la entraña de su temperamento, deriva, hacia una especie de agudo puntillismo, compuesto de chistas ligeras, intermitentes, apenas ligadas entre sí.
Ello culmina en las páginas finales del libro, el relato o crónica de una indefinida navegación donde los personajes abundan y hablan mucho, un poco al modo de "Los premios", de Cortázar, un Cortázar en píldoras comprimidas, flotantes, desconcertantes.
Allí casi no salimos del rasgo minucioso e inmediato y lo que menos se ve es lo que el título promete: mar y cielo.
Envuelve, en cambio, una excelente sátira de las ilusiones literarias y los consiguientes desengaños de las letras, la historia de "libro póstumo", la obra que debía conmover al mundo, según los admiradores y herederos del fallecido y que les plantea después el problema de cómo deshacerse de esas montañas de ejemplares invendibles, cuyas páginas cubren las paredes, se alzan en los rincones, caen al suelo con cualquier temblor y es preciso ir olvidándolos subrepticiamente en los tranvías o dejarlos abandonados en cualquier mesón para que alguno se digne robárselos. Acaso, entonces, los abra у los lea.
Hay por ahí alguna flecha contra los críticos, entre ellos uno al que conviene llamar "ilustre"; porque es lunático y, si está de malas, no escribe nada, que será debidamente recogida. Dardo, por otra parte, sin veneno; porque González Vera tiene el aguijón benigno.
Y con esto casi se completa la lista de sus vicios y sus virtudes, no se sabe cual de ellos más amable y todos, seguramente, necesarios en la composición de su fisonomía simpática, maliciosa y cordial.


