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"El Hijo del Guardabosque", de Juvencio Valle
Editorial Nascimento, 1951

Por Edmundo Concha
Publicado en Las Últimas Noticias, 28 de septiembre 1951.


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JUVENCIO VALLE es, sin duda, el poeta menos discutido que hoy tiene Chile. Y no precisamente porque nadie se ocupe de él, como le acontece a otros, sino porque todos los que lo han leído arriban a la misma conclusión: es nuestro poeta más poeta.

 

 

Otros podrán ser más trascendentes, más populistas o más abstractos. Pero ninguno le aventaja en la pureza sin mácula de su emoción. Además, no tiene antepasados ni se le divisan discípulos. Es señero. Cultiva un huerto cuyos frutos no se dan en otras tierras. Su temática, en general, no emigra del terreno en que nació. Juvencio Valle es poeta bucólico. Tan bien conoce los secretos del bosque que una vez —años ha— escribió un tratado.

Cuando se leen los versos de su nuevo libro —"El Hijo del Guardabosque", editado por Nascimento— se siente la presencia auténtica del rocío, de la madera, de las flores y de otros elementos análogos. Y a través de esos elementos percíbese tal bondad que no cabe sino convencerse de que Rousseau tenía toda la razón.

Sí, porque en estos versos eglógicos emerge siempre, cual lampo de luz, la bondad consecuente de quien ha vivido mucho tiempo lejos de esta gran trampa llena de trampas que es la ciudad. Esta ciudad que, a su turno, producе pоеtas cerebrales, doctrinarios, obscuros y, además, tan pосo reticentes para exaltar la basura propia y la ajena.

En una época como la actual, en que muchos bardos, para no quedar cesantes, han tenido que inventar una poesía al servicio exclusivo de las metáforas, Juvencio Valle, continúa haciendo una poesía palpitante y directa al servicio de la vida. En sus versos, pues, no hay absurdos malabarismos, no hay tropos sin pie ni cabeza, no hay hojarasca retórica. Y, conste, tampоco hay ramplonería. Hay, sí, una armoniosa estilización. Cada palabra tiene ahí un justo y oportuno sitio. Por momentos su forma adquiere características telegráficas. Telegráficas, pero sin vacíos intermedios. Entre palabra y palabra, un eco sugerente lo llena todo. Otras veces los intervalos son menores y la significación, fluye más planificada.

La poesía de Juvencio Valle es de una madura inocencia. Diríase propia del primer día de la Creación. Todos los avatares del proceso vegetal cobran en ella una fresca presencia. Trátase, por cierto, de una presencia funcional. Al poeta no le interesa hacer un frío registro de los valores agrarios. Esos valores, para él, no son más que pretextos para cursar su personal recado de lo humano. Se revela así, un hombre intacto, inmune al óxido del pesimismo. Hay en su voz un tono optimista, casi alegre. La esperanza orla la mayoría de sus poemas. No lo ha tocado la melancolía trasnochada de los románticos. Poeta eminentemente sano, posee un vital equilibrio interior que no pierde ni siquiera cuando da los pasos más dionisíacos. Es consciente, sí, de la radical diferencia entre el mundo y su mundo. Y, sabiéndose moralmente mejor dotado, no se eleva en orgullos. Por el contrario, con cristiana humildad, exclama: "Junto a vuestros sollozos me arrodillo: me sé indigno de vosotros".

Este último libro de Juvencio Valle, el quinto en la fila de sus obras publicadas, confirma por quinta vez el rango cimero de su inspiración.

 

 







 

 

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"El Hijo del Guardabosque", de Juvencio Valle
Editorial Nascimento, 1951
Por Edmundo Concha
Publicado en Las Últimas Noticias, 28 de septiembre 1951.