Las arenas de Atacama semejan las vastas soledades de la luna. En 1993, después de la dictadura de Pinochet, en esa tierra baldía el poeta Raúl Zurita, formado como ingeniero civil, labró una frase de tres kilómetros de largo y un metro ochenta de altura, inspirada en Dante, que sólo puede ser leída desde las alturas: «Ni pena ni miedo». Un llamado a resistir en un paisaje de actividades extremas: la minería, la observación de los astros, la desaparición de cuerpos.
Si Neruda fue un poeta telúrico en sentido metafórico, su paisano Zurita lo ha sido con asombrosa concreción. Matías Ayala Munita, investigador de la Universidad Finis Terrae (hábitat ideal para un experto en geoescrituras), desentrañó la intención fundamental de Zurita: transformar el duelo en afecto por el paisaje nacional. Los años del terror y la muerte bajo la dictadura de Pinochet debían ser superados asumiendo otro calendario: el tiempo mineral de la naturaleza, ajeno a los arrebatos de la Historia. En su libro Canto a su amor desaparecido, de 1985, Zurita confirma la existencia del espanto y agrega: «Pero mi amor ha quedado pegado a las rocas al mar a las montañas».
Durante un tiempo, los aviones que despegaban de Antofagasta alertaban a los pasajeros para que vieran el lema de «Ni pena ni miedo» trazado en el desierto, pero esa costumbre se perdió y no son muchos los que conocen esas letras manuscritas, que parecen trazadas por un dedo sobrenatural.