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Vida en pareja

Escenas conyugales

Por Jorge Zavaleta Balarezo


François Ozon tiene una curiosa regularidad en nuestra cartelera que ya quisieran gozar otros destacados cineastas contemporáneos. Consecutivamente hemos visto Bajo la arena, Ocho mujeres y La piscina. Todas ellas son retratos femeninos, cuestionables o impecables, pero lo cierto es que en el universo de este director la mujer tiene un rol protagónico, que se aleja de las convenciones y manifiesta sus propios sentimientos y conflictos.

En Vida en pareja no estamos muy lejos de esa característica. Si bien aquí es un matrimonio que termina en el divorcio, la mujer conserva esa autonomía que le permite sentirse igual al hombre, dejando atrás cualquier tradicionalismo absurdo. Originalmente titulada 5X2, por las cinco secuencias que protagonizan dos amantes, esta película se narra desde el final al principio, un experimento que es típico del cine de la posmodernidad.

El inicio -que cronológicamente sería el fin- es la firma del divorcio al que sigue un encuentro sexual, despojado de pasión y más bien lleno de dolor y culpa. Estas imágenes son deudoras de la bergmaniana Escenas de la vida conyugal en su tensión intrínseca y en la muestra de los cuerpos agotados y envejecidos de la pareja.

Y, entonces, comienza el viaje hacia atrás. Con suma inteligencia y en un tiempo relativamente breve -1 hora y 30 minutos- Ozon plantea, como idea base, la desintegración del matrimonio pero aportando un interesante por qué. Y es que en la vida hay cosas que una pareja, por más que se ame, no perdona. De allí que veamos a Gilles (Stéphane Freiss) huyendo por la ciudad ante la inminencia del nacimiento de su hijo, prefiriendo comer en un restaurante, esperando a que pasen las horas. Marion (la brillante italiana Valeria Bruni Tedeschi, premiada en Venecia) sentirá una frustración en carne propia.

Por eso, y no solo por esta secuencia, es que confirmamos como los vaivenes del matrimonio lo conducen a su destrucción y, al final, nos preguntamos, ¿queda algo? Quizá sí o quizá solo esas canciones románticas italianas de los años 60 que acompañan, por ratos, a esta cinta. Como la película va hacia atrás lo que vemos finalmente es el origen del vínculo amoroso, entonces los cuerpos están más jóvenes y plenos y su cuasiperfección nos hace pensar en que, de veras, en la vida, hay un momento que es para gozar.

A Ozon -y no solo en esta película- se le ha reprochado ser un gran asimilador de las fórmulas del cine norteamericano y tampoco se le considera un autor ciertamente personal. Sin embargo, sus retratos siempre nos dejan en la ambigüedad, un rasgo propio de las historias que sí dicen algo. Marion es inocente, bella y hasta tímida en ese principio-final y Gilles nunca está seguro de su amor por ella. Hay, entonces, algo de "mágico" en esa atracción que sienten los amantes, los futuros esposos que viven el momento sin pensar y menos adivinar que les deparará el futuro.

La escena del matrimonio, por ejemplo, nos muestra a los novios en plenitud, está filmada con naturalidad y energía. Toda la familia baila y celebra. Los padres de ella manifiestan su alegría. Y de pronto, la acción irá tomando otro color, vendrá el cansancio, la abulia, los reproches. Eso Ozon no necesita detallarlo. Se trata de dar cinco pinceladas y quizá sugerir un poco. ¿Acaso la relación matrimonial es tan banal e intrascendente que finalmente siempre se pierde? ¿O prima la fuerza de la costumbre? Existen muchas manifestaciones en este filme: cariño, tristeza, discusiones, frustraciones, esperanzas, rabia, romance, timidez, inseguridad… desilusión.

Ozon opera como un psicólogo, pero no como un psicoterapeuta, y explota las virtudes y carencias del alma humana. Pone en evidencia la fragilidad del matrimonio porque él piensa que, debido a sus erosiones, no puede ser, nunca, un vínculo permanente ni el tan mentado lecho de rosas. Por ello, el contrastar las imágenes finales, vívidas, lejanas y bañadas por el sol, con el violento realismo de las escenas del principio, confirma que el amor de pareja puede ser, sí, una cosa esplendorosa, pero los sacrificios que conlleva no siempre nos garantizan un feliz despertar.

 

 
 

 

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