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La mirada de Theo Angelopoulos

Por Jorge Zavaleta Balarezo


Como parte del XVII Festival de Cine Europeo, tradicionalmente organizado por la Filmoteca de Lima, este mes de noviembre hemos gozado con dos obras capitales del maestro griego Theo Angelopoulos, premiadas en la década del 90 en el festival de Cannes.

En efecto, “La mirada de Ulises”, una de sus películas más conocidas, con el protagonismo de Harvey Keitel, y “La eternidad y un día”, en la que participa el alemán Bruno Ganz, son muestras de una totalidad absorbente, películas río que inundan la pantalla planteando una peculiar perspectiva de la vida.

El tema de la errancia, el desarraigo, el exilio, la muerte, presentes desde los poemas homéricos se reencuentran justamente en estos filmes de Angelopoulos. “La mirada de Ulises”, con sus ambiciosas tres horas de duración, es un cuadro sorprendente y vasto, que recurre a un estilo muy ligado a lo buñueliano, por lo surrealista, pero con un toque peculiar y genial en el cineasta nacido en Atenas. Harvey Keitel llega a Grecia en busca de tres rollos de película filmados por los presuntos primeros cineastas griegos y su aventura lo lleva, indistintamente, por las aguas del Danubio, por Rumanía y Albania para terminar en el desastre de la guerra en Sarajevo.

“La mirada de Ulises” es uno de esos monumentos de película, realizados con el oficio de los sabios, de los que entienden que el cine es poesía y pasión. La actriz que, a través de distintos personajes, acompaña a Keitel en todo su itinerario (la rumana Maia Morgenstern) da cuenta de esa multiplicidad y esa permanente metamorfosis que guía la cinta.

Hay, asimismo, desde el punto de vista narrativo, desde el mismo principio de la película, un halo de misterio y todo -bueno, casi todo- se comienza a reconstruir pero nunca improvisando sino en base a permanentes crescendos y cambios de escenarios, que nos hablan de un personaje colmado por la ambigüedad, que, si se quiere, se desdobla y trasunta por su propio pasado.

Los mismos elementos y características, sumados al tema de la soledad, están presentes en “La eternidad y un día”. Con un tema musical inolvidable, que acompaña la historia del poeta Alexander, asistimos a su tránsito por este mundo, a sus permanentes interrogantes, a su amistad a prueba de cualquier amenaza con un sensible niño que ha huido de Albania. Mas “La eternidad y un día” es, como lo enuncia su título, no solo el recorrido por una vida sino resumir ésta en una jornada de 24 horas que bien puede mostrarnos, impávido, al protagonista detenido en su auto en pleno tráfico, recordando con nostalgia a su bella esposa o viendo, extasiado, el recital de un trío de músicos en un fugaz viaje en autobús.

Esas son solo algunas pinceladas de una obra que exige al espectador, que lo sensibiliza y que reclama una entrega honesta. Es cine puro, a la vez formal e inaudito. Es sorpresa, desengaño. Angelopoulos logra una cima, difícilmente superable en la cinematografía contemporánea, nuevamente con imágenes líricas, con retornos al pasado pero no para saldar cuentas sino para recordar ya sea entre éxtasis o penas.

La fuerza expresiva y la naturalidad de su cine, siempre cuestionador, se rige por una apuesta a correr grandes riesgos, a transgredir códigos formales, a presentarnos, reinventado, el mundo. Y de esa operación -fina, exquisita, brillante- resultan estos filmes cuya contemplación crea una nueva filosofía personal en cada cinéfilo y llama al aplauso, al reconocimiento de un autor fundamental.

 
 

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La mirada de Theo Angelopoulos.
Por Jorge Zavaleta Balarezo.
7 de Noviembre de 2005