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Divas de siempre

Por Jorge Zavaleta Balarezo

Entre el oropel y el esplendor del Hollywood clásico siempre hubo un lugar para las divas. Un recuento de nombres no sólo serviría para traer de inmediato a la mente una serie de filmes, capitales unos, menores otros, en los cuales más de una bella damisela sorprendió y se automitificó en la pantalla y para la platea.

Así, desde los tiempos de Pola Negri o Theda Bara, Hollywood ha sido una insoslayable -y para los más pesimistas- perjudicial fábrica de estrellas. De hecho, el star system, que impusieron la Metro o la Warner en los años 40 y 50 definieron toda una manera de hacer cine. Y de que las estrellas del plató lo hicieran.

Aún hoy, y eso que han pasado décadas, son objeto de culto hermosas mujeres como Ann Sheridan, estrella de la Warner, Alexis Smith, pelirroja indiscutible, o la dulce Rhonda Fleming. Debra Paget, más adelante, demostraría que los arrebatos eróticos del público masculino tenían toda la razón del mundo.

Y, junto a ellas, más divas: Arlene Dahl, a quien recordamos particularmente por una cinta, Jamaica, donde luce su belleza esplendorosa, o Eleanor Parker, rubia de atractiva anatomía. Ellas eran las que dominaban Hollywood como, con fortuna o sin ella, alguna vez lo tuvo bajo sus pies una sensual y a la vez inocente Jean Harlow. O Louise Brooks, o Mary Pickford, compañera de Chaplin en la fundación de los estudios United Artists, pero, sobre todo, “la novia de América”.

Este recuento se traslada a los 50 para realzar el debut de la “bomba sexy” por naturaleza, Marilyn Monroe, quien se suicidó (o la asesinaron, realmente) dejándonos su impronta de belleza, juventud, placer e ingenuidad. A Hollywood también llegó Marlene Dietrich, que en sus tiempos despertó comentarios tanto por la belleza de sus largas piernas como por su curiosa ambigüedad sexual.

Y la lista es larga: Lauren Bacall, viuda de Humphrey Bogart, Mary Astor, Irene Dunne, Ida Lupino, Loretta Young. Y con Rita Hayworth -eterna Gilda- ya estamos en el paraíso. Y qué decir de Audrey Hepburn, Verónica Lake, Ingrid Bergman, Hedi Lamarr, Gene Tierney, Vivien Leigh, Mirna Loy... en fin. Para inquietud nuestra estas líneas sólo se dedican al Hollywood clásico y, por ello, se inhiben de tratar a las más grandes “mammas” del cine italiano o a mitos recientes norteamericanos como la impresionante Cameron Diaz o la provocativa Angelina Jolie, hija del cotizado Jon Voight.

Lo cierto es que, con presteza, se comentaba en su tiempo, cómo Bette Davis subía y bajaba, en sus películas, cada una a mayor gloria, las escaleras de los estudios Warner, en plena filmación, dejándonos instantes poéticos, dulces o tristes que encierran una de las más sólidas carreras del espectáculo cinematográfico.

Liz Taylor, hoy pasados los 70, queda como un mito más reciente aunque viéndola como está ahora es difícil creer que haya sido la Cleopatra de Mankiewickz, donde se enamoró de su eterno Richard Burton, o que haya compartido roles con mitos como Montgomery Clift, James Dean, Marlon Brando o Rock Hudson.

Hollywood supo consolidar un sistema en el que se engarzaban y se satisfacían los pedidos insaciables del público. Las divas, como la inolvidable y excitante Jane Russell de El proscrito, se prestaban, muchas veces, a los juegos de los magnates, o ellas mismas definían qué querían ser. Jean Peters y Ava Gardner, ambas dulces y finos ejemplares de una edad del nunca jamás,son también muestras del oropel, de los abrigos de mink o visón, de las premieres en que abundaban los fotógrafos con sus lentes gigantescos y en un mundo donde bocas ladinas como la de Hedda Hooper se regodeaban al cazar el chisme más jugoso del momento.

Curiosamente, aunque parezca lo contrario, muy en el inconsciente, el star system sigue trabajando. Quizá subterráneamente, para que no lo advirtamos. En la época del dvd y demás maravillas tecnológicas, incluso con la piratería a cuestas, los estudios ya no cuentan con artistas exclusivos, los intercambian, y a veces, sobresalen mucho más los directores. Pero es un hecho definitivo: las divas -y no nos olvidamos de ti, Lana Turner, ni de ti, Kim Novak- marcaron con fuego la época más dorada y sensual de una magnífica fábrica de estrellas.

 
 

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