Philip Roth cumple 71 años convencido de ciertas desventuras
del hombre, y, sobre todo, descontento con el mundo. En gran parte
le preocupa su propio pesimismo, ése que le hace decir que,
dentro muy poco, la literatura será sólo para unos cuántos,
para un
cenáculo reducido y por lo tanto autoexcluyente.
Las reflexiones del estimado escritor americano, quien se dio a conocer
en los años 50 y luego triunfó con "El lamento
de Portnoy", inmediato "bestseller" mundial, demuestran
que un intelectual de categóricas afirmaciones como es él
y autor de obras realmente valiosas -sino recordemos sus trilogías
o la inmensa"Pastoral americana"-, encaja, justamente,
con la discusión sobre el por qué y el para qué,
en fin el futuro de la literatura.
Cuando los estudios culturales, interdisciplinarios y un insistente
posmodernismo colman el ambiente de la teoría literaria y,
por otra parte, las operaciones de marketing son más efectivas
que el contenido de la obra misma, entonces sí vale reflexionar
en torno a lo que manifiesta Philip Roth. Y he aquí una curiosa
digresión. Cuando aparece "El lamento de Portnoy",
el mundo asistía a una coyuntura de "guerra fría"
que hoy, sí, precisamente hoy, es reemplazada por la inutilidad
y la irracionalidad de la diplomacia para ventilar asuntos especialmente
importantes para el orbe. Al mismo tiempo, si antes fue Vietnam, con
toda su secuela de horror, tan bien graficada en el cine -sólo
recordemos "Apocalipsis ya", de Coppola-, hoy el
campo de batalla en el Golfo Pérsico es muestra de injusticia,
intolerancia y barbarie de parte de la policía más represiva
y ofensiva del mundo: los Estados Unidos
En otras palabras, existe una intrínseca relación entre
el cierto deterioro y decadencia de la literatura que plantea Philip
Roth, con una singular vocación por ir rodando sin horizonte,
permanentemente cuesta abajo. Así como Norman Mailer o la fallecida
Susan Sontag se expresaron sobre la pertinencia de la literatura,
del éxtasis de la novela -quién mejor que ellos como
ejemplo-, Roth, por el contrario tiene sus dudas. Miembro de una familia
judía, como Bellow, Bashevis Singer o el mítico Salinger,
Roth adoptó para sí mismo una postura que siendo ética
y estética, lo convertía en ácido crítico
de su propia comunidad.
En ese sentido, antes que su carácter de "bestseller",
"El lamento de Portnoy" es una versión cruelmente
cuestionadora de ritos y costumbres a partir de la vida de un adolescente
que odia a su familia, a la cual ve como un ente opresor, y, además,
tiene que revelar esta situación no tan "sui generis"a
su psicoanalista. Entonces, desde el momento en que comienza con sus
confesiones, el Portnoy, en tanto personaje literario, adopta una
posición de avanzada. Su queja es similar, está al mismo
nivel que la que expresa hoy el mundo todo.
Philip Roth se muestra ansioso y descontento acerca de lo que sobrevendrá
con y para la literatura. Llega a una edad en que es frecuentemente
nombrado para el Nobel, tras haber obtenido, en su país, el
National Book Award por dos veces y el Pulitzer. Su condición
de "borderline", de estar siempre al límite, y su
exquisita cultura lo conducen hacia un escepticismo que ojalá,
por el bien de sus lectores y no por otra cosa, no tenga consecuencias
mayores. El lamento de Roth es, hoy, el propio lamento, la queja de
Portnoy, su personaje más célebre, y, por extensión,
es el descontento, a la vez, de un mundo que se debate por una sobrevivencia
que, a estas alturas, ya no podemos ni siquiera calificar de heroica.
El aplicado análisis de Roth así lo ha percibido y de
allí el carácter poco alentador y entusiástico
de sus declaraciones, como lo manifestó ya a propósito
de su septuagésimo cumpleaños.