Paul Valenzuela Trujillo nació en Abancay, (Apurímac), 1983. Siguió estudios de Literatura y Lingüística en la UNSA. Ha publicado El vuelo de la intimpa (2004), Estalactitas (2016), Taller de piroctnia (2021), Wiñaypacha (2023) y Waynos y otros cantares (2025).
En esta entrevista, conversa sobre la periodización de A veces se canta y uno vuelve desde lejos cabalgando. Muestra de poesía apurimeña (Deshuesadero, 2025), la transcreación y los vacíos de la tradición literaria de la región de Apurímac. Aborda también la creación y publicación en quechua, la edición bilingüe y las dificultades de acceso y circulación de la literatura en la región.

—Para esta muestra tomas como criterio de selección los años de nacimiento de los poetas, desde 1891 hasta 1970. Comienzas con Erasmo Delgado Vivanco, cuyo seudónimo fue Encino del Val, un intelectual anarquista del que se conoce muy poco. ¿Por qué elegiste este tramo y por qué decidiste iniciar el recorrido con él?
—Apelo a este criterio para darle un orden cronológico a la muestra. De esta manera, se puede organizar y valorar, mucho mejor, el desarrollo de una tradición poética con distintos autores y distintas propuestas estéticas. Por otro lado, inicié con Erasmo Delgado Vivanco (Encino del Val) porque es el más destacado de los escritores e intelectuales apurimeños de comienzos del siglo XX, aun cuando su obra es poco conocida y se pretende mantener en el olvido su labor pedagógica, política y artística.
—Al reconstruir este recorrido de la poesía apurimeña, ¿qué vacíos encontraste y qué autores o aspectos de esta tradición todavía quedan por investigar?
—El principal escollo fue la ausencia de un archivo bibliográfico sobre literatura apurimeña en las pocas bibliotecas del ámbito regional. Por ello, tuve que valerme de amigos escritores, y otros conocidos, para rastrear nombres y acceder a material poético impreso o digital. La muestra ofrece un panorama parcial de un fenómeno más amplio que requiere ser profundizado; sobre todo, a nivel de una lírica quechua contemporánea que se va consolidando con libros y autores.
—Desde tu experiencia como maestro rural, ¿qué vacío encontraste en los estudiantes respecto a libros y materiales sobre la tradición poética de Apurímac y qué te llevó a plantear esta muestra como una respuesta a esa carencia?
—Mi labor en las aulas, durante casi veinte años, me ha permitido comprender que la apropiación de una tradición literaria, en las escuelas, colegios y universidades, ayuda a afirmar una doble conciencia: la identitaria (lingüística/cultural) y la estética (artística/discursiva). En ese sentido, el diagnóstico es grave: los alumnos de educación básica y superior no valoran a sus poetas porque no los conocen. La ausencia histórica de materiales didácticos sobre literatura apurimeña priva a los estudiantes de una formación mucho más integral y humanista. Tengo la convicción de que este ladrillo, sumado a otros pocos existentes y los que vendrán, contribuirá a la visibilización de esa gran casa llamada “literatura apurimeña”.
—Frente a la escasa presencia de estos autores en los estudios y espacios académicos, ¿puede una muestra como esta abrir un camino para recuperar, estudiar y difundir una tradición que todavía no ha recibido suficiente atención?
—Lo que hacen las muestras y antologías poéticas regionales es ampliar el espectro creativo de un país y, de ese modo, cuestionar criterios académicos que convierten a la literatura peruana en una camarilla exclusiva y excluyente. Creo que una compilación bien hecha, con una selección rigurosa de autores y buenos poemas, es capaz de propiciar —por lo menos— un necesario debate sobre lo canónico y despertar un legítimo interés por algunas voces relegadas, aunque no siempre por toda una tradición.
—Reúnes quince poetas: cinco bilingües y diez que escriben en castellano. ¿Qué revela esta convivencia de lenguas sobre la poesía apurimeña?
—Revela, precisamente, un territorio que se construye desde la coexistencia de dos tradiciones lingüísticas con una historia de mutua correspondencia. Apurímac, como las demás regiones andinas, tiene una identidad marcada por el proceso transcultural de sus expresiones, entre ellas las artísticas-literarias. El quechua y el castellano son patrimonio de su gente, así como su gastronomía, música y danza de raíces precolombinas e hispanas.
—En esos cinco poetas bilingües, ¿qué conciencia lingüística puedes reconocer en sus poemas? ¿Qué sugieren sus textos sobre si la creación parte del quechua, del castellano o de un tránsito entre ambas lenguas?
—En un hablante bilingüe y, sobre todo, en un escritor bilingüe se expresa una conciencia metalingüística, una capacidad superior que les permite transitar reflexivamente entre ambos códigos, comparándolos, separándolos e integrándolos según el contexto y la necesidad comunicativa. Conversando con ellos, y leyendo sus poemas, pude comprender la riqueza expresiva de estos autores, así como su doble valor al desarrollar la creación y transcreación de sus textos —indistintamente— en ambas lenguas.
—Si el quechua tiene una dimensión oral y performática, ¿qué ocurre con esa experiencia cuando el poema pasa a la escritura y, en algunos casos, al castellano?
—La riquísima oralidad quechua tiene mayores alcances expresivos que el reciente proceso de escritura. Su dinamismo y diversidad es mucho más notorio al ser escuchado antes que al ser leído. Sin embargo, lo que se pierde socioculturalmente, se gana en permanencia espacial, temporal y en reconocimiento político y educativo. En ese sentido, el paso de una lengua de tradición puramente oral al formato escrito es parte de una tránsito necesario que garantiza mayor difusión y prestigio. No creo que se pierda ninguna esencia enunciativa si existe un riguroso trabajo que se apoye en el conocimiento lingüístico y la capacidad creativa del artista.
—Cuando un poeta bilingüe traduce su propio poema de una lengua a otra, ¿qué se pierde, qué se transforma y qué puede conservarse? ¿Qué papel cumple el poeta como traductor de su propia obra?
—Prefiero emplear el término “transcreación”, ya que me parece más pertinente y se ajusta a las infinitas posibilidades creativas de un autor. En el campo literario, las traducciones no tienen cabida y deben estar restringidas al plano ordinario de la comunicación humana; por otra parte, un poeta bilingüe que se ocupa de “reescribir” sus textos (de una lengua a otra) conjuga distintos verbos para aproximarse a su noble tarea: reinterpretar, reelaborar, recrear, etc. Desde esa perspectiva, no creo que esté pensando en lo que se pierde o conserva, más bien hay en su actitud la firme convicción de transformar algo y, desde ese encuadre, su rol es determinante como activista cultural.
—Algunos de los poetas bilingües de la muestra han publicado sus poemarios en edición bilingüe. ¿Qué aporta esa doble escritura al poema y qué posibilidades abre para sus lectores?
—Una edición bilingüe es, en principio, una herramienta cultural valiosa, más allá de los desafíos y dificultades que plantea. Considero que esa doble escritura suma al ampliar las posibilidades expresivas y los alcances reinterpretativos de un poema; asimismo, se convierte en una experiencia de lectura diferente, ya que le permite al lector comparar directamente la fuente original con la versión alterna, llegando a constituirse en un excelente recurso para el aprendizaje de una segunda lengua. Aunque es más común en géneros como la poesía y los microrrelatos, dada la menor extensión del contenido, también se debe tomar en cuenta posturas contrarias que terminan enriqueciendo el debate sobre la actividad editorial.
—Feliciano Mejía nació en Apurímac, migró muy joven a Lima y luego desarrolló parte de su trayectoria fuera del país. ¿Cómo puede esa experiencia de migración transformar la relación de un poeta con su territorio, su lengua y su escritura?
—Cuando la experiencia vital de un artista está muy arraigada a su espacio geográfico y cultural de formación, como es el caso del escritor Feliciano Mejía, la condición trashumante no te aleja de tu centro por más kilómetros o millas de distancia que estés de tu paqarina. La propuesta de este autor, heredera de la poética migrante arguediana, representa una clara conciencia política y social que se fue profundizando con los años y las visitas frecuentes al país y a su región. Así como el autor de Tiro de gracia, Nilo Tomaylla, Fredy Roncalla y otros artistas apurimeños —que radican en el extranjero— mantienen un fuerte vínculo afectivo e intelectual con su terruño. En ese entender, la migración ayudó a afirmar una identidad que no se queda en el discurso (literario), sino que trasciende hasta volverse activismo.
—Si algunos de los poetas bilingües de la muestra traducen su propia obra y la publican en edición bilingüe, ¿cómo lees la decisión de escritores como Genaro Cahuana y Pablo Landeo de publicar su creación únicamente en quechua, sin una versión en castellano? ¿Qué implica optar por una edición en una lengua originaria?
—Respeto esa opción pero no la comparto. Estoy consciente de que, en una edición bilingüe, se corre el riesgo de generar una lectura fragmentada o distractora, interrumpiendo un diálogo creativo entre ambas lenguas y propiciando la tendencia a desviar la mirada hacia una de ellas, excluyendo a la otra. Aun así, en tiempos donde leer libros físicos se ha replegado considerablemente, dando paso a la revisión acelerada, mecánica y poco crítica de información a través de medios digitales, el esfuerzo de darle un valor agregado a un texto literario (sobre todo poesía que es lo que menos se lee) es muy loable y ayuda en su difusión. Por ello, optar únicamente por una edición en lengua originaria es, en nuestro medio, un acto de mucha convicción ideológica con un alto costo económico.
—En Apurímac, donde alrededor del 70% de la población domina el quechua, ¿qué lugar debería ocupar una literatura publicada directamente en esta lengua? ¿Cómo se relaciona esta decisión con la traducción y con la estandarización del quechua?
—La producción bibliográfica en quechua constituye un derecho de primer orden para una población con un altísimo porcentaje de hablantes. Los pocos materiales escolares (libros, folletos, revistas, etc.) se publican con un enfoque intercultural; es decir, en formatos bilingües, buscando garantizar el fortalecimiento de la lengua materna y, al mismo tiempo, el aprendizaje de una segunda lengua. El problema es que no están bien distribuidos (solo llegan a zonas rurales y en pocas cantidades) y carecen de instructivos que orienten el trabajo mediador de los docentes. Además, después de la pandemia dejaron de editarse, perjudicando enormemente a los estudiantes. Respecto a lo estrictamente literario, no hubo un buen criterio de selección y mucho de ese material carecía de calidad estética. Lo bueno es que, cada vez, son más los profesores que se animan a publicar, con sus propios fondos, ante la indiferencia del sector. De otro lado, la estandarización de la escritura quechua en Apurímac está muy avanzada, lo cual ha permitido articular esfuerzos para una adecuada cultura del libro y la lectura.