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Cuando el poema es un espinel.
"Puerto Antonia", de Luisa Aedo Ambrosetti. (Palabra editorial, 2025)


Por Roberto Bescós

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El dilema es habitar o cómo habitar el espacio que nos ha correspondido ocupar. Esta relación con la ciudad que se vuelve impacto, conflicto, grieta. La pregunta que en sí aparece como subversiva en el texto sintetiza, sugiere o dispara ese dilema. “¿De dónde se habla cuando el cansancio de la vida arrecia?” La poesía busca sentar en el banquillo a la razón de ser del quiebre, bajo la óptica de lo valórico, lo político y lo cultural. Se nos hace angustioso pensar de cómo se puede llegar hasta la tusa, porque a partir del primer verso, de este poemario, nos enteramos que; en el pueblo, tu pueblo, “no se puede vivir”. Eso es lo que se llama hablar desde un sitio abandonado. Nos situamos frente a una propuesta poética en que Luisa Aedo Ambrosetti, a través de la inmersión en su propia dimensión individual, se conecta a fondo con “quienes encarnan la rabia” y “todas las mentiras que se adornan como sueños”. La voz de la hablante en Puerto Antonia proviene desde el patio, el paisaje, el cerro, la pobreza de la infancia. No omitiendo en la retrospección a la propia madre, como dice la poeta: unidas “entre la resistencia entre maternidad y la vida que llevamos”.

 

Luisa Aedo Ambrosetti


Aunque en el fondo toda la poesía contiene la autorreferencia natural e instintiva del poeta, es inmensamente valorable el encadenamiento autobiográfico que utiliza Luisa Aedo Ambrosetti como la línea que dista de un punto a otro de su existencia, la habitabilidad en el conflicto, abarcando en la mirada el signo de la precariedad, de la omisión, de síntomas enervantes anidado en las entrañas y superficie de los territorios. Pero más precisamente a lo que se remite la poeta es a hablar, recorrer, sentir, poner la mano en alguna llaga, ironizar, llorar, sonreír. En ninguna parte de los textos saca el hacha de guerra, para qué si el canto en sí mismo golpea, aturde, remece.

Es emotiva, cálida, honda, esta autobiografía poética que nos permite entender su génesis imaginando a la niña de rostro redondo o de jumper blanco, tal vez saliendo, más bien huyendo del catecismo, saltando allá sobre el puente colgante. ¡Qué lindo, cuán emocionante era el puente colgante! La niña está en la escuela, que era fea la escuela, oía la clase del profe que le ponía sietes a todos porque sencillamente no tenía fe en ninguno. La niña que vivía al lado del cementerio, que delante de tanta tumba pensó que los niños no deben morir, pero que algo se rompió dentro de ella al abrir un pequeño ataúd blanco. La niñita esta, de carita redonda que pasaba por calles de tierra mirando otras casas que, si eran bonitas o parecían serlo, como parecía gigantesco e inalcanzable el Cerro de la Virgen. Esta misma niña que con el tiempo la veríamos en la biblioteca buscando con ahínco el sonido a un poema.

Fuerte resulta “el espinal lleno de sangre sin ningún pez en el interior”. Este raro desarraigo carente de raíces. Aquí la desconexión resulta dolorosa. La poeta, voz de las demás voces, escala en el dilema en una parte sustancial, cuando dice, “hay un puerto que me habita, otro que intenta despojarme”. Apego o desapego, la eterna lucha del habitante por irse lejos del barrio, de la ciudad, de la región, de la no oportunidad, y luego de volver o ansiar volver. Todo como contradicción mental, emocional o de intereses objetivos.

Los porteños tenemos de frente los ojos el horizonte, de niños nos empuja a soñar con otros puertos, otros mundos, otras realidades. Es cierto, el territorio nos atrae, nos dio la vida en muchos casos y nos rechaza, ignora, persigue, coarta. Acá en el texto el conflicto es intenso, desgarrador. La poeta desmenuza su historia hilvanando y deshilvanando, descorriendo el plástico o el vidrio roto de ventanas veladas por el polvo de cerros terrosos, reflejando capítulos críticos: “Es que la niña,  se fue a estudiar a Valcracio y a los cuatro años llegó embarazada”. Es la misma voz posiblemente de la vieja del catecismo o de la mamá que lloraba un muerto o de las prostitutas de Pedro Montt fumando un cigarrillo o de la misma poeta que afirma que el amor es una insinuación. La voz de todas las Antonias de Puerto Antonia. Sí, la voz de Antonia en el eco que es el poema. Los poemas de Puerto Antonia como espinel que en las manos de alguien se queda absorto, afloran a la superficie de las páginas alineados por la sola intensidad del pulso del ritmo cardíaco con acentuado tono femenino y feminista que se anuncia tempranamente en el título de la obra, removiendo su sitial a la denominación tradicional y patriarcal del puerto alzando su Antonia, reivindicándolo  rebelde, rupturista. La poeta primero milita en su género. Proyecta en este estado de recuperación de algo clave, de compromiso con la otredad de una amplitud de conciencia del sentido del territorio. Estimo que es necesario volver sobre los pasos y transitar con atención las calles del poema, las calles sitios eriazos y tomar de terreno de Puerto Antonia. Se puede verificar sin dificultad el itinerario permanente de la poética de la poética de la autora. El sentimiento de una incesante radiografía del lugar habitado, la consecuencia de regresar constantemente al tema que la desborda haciéndose cargo del precipicio de los abismos elementales, invita a pensar de los que le dicen que aquí no vive, que escribe de acá, pero que no es de allá de acá.

Luisa, hay que reconocerlo, con su poesía ha sido fiel a la visibilidad del territorio y sus batallas, fiel a esta casa grande con puente colgante en su patio colindante a las quebradas de voces que gritan que este es un pueblo de mierda, de un río que corre hacia el mar botando horribles recuerdos, de un cerro con una virgen que da la espalda al drama de los desalojados de la toma. Puerto Antonia es un nuevo libro de una saga coherente, también es prolongación de los anteriores títulos, o bien podríamos afirmar que como las aguas del río y el mar se funden las páginas en una voz única, fácilmente identificable, se perciben los retumbos de Desierto marino (Edipos ediciones, 2018), la ominosa matriz de Desmanejada (Ril Editores, 2020) que por último potencia e impulsan las claves de Puerto Antonia, este “espinel que contiene todos los anzuelos perdidos de la memoria”.

 

 

 


Poemas:

 

Puerto Antonia

En Antonia/ no se puede vivir/definitivamente no/
en Puerto Antonia/ sobran las miradas/
sobre ti/ mí/ ellos/unos amigos/ tuvieron que irse/
porque ser diferente/ es de las peores cosas que se dirán/
las vecinas del pasaje/ no dejarán de hablar/ de quien te dejó/
ni tampoco/ de tus nuevos amores.
Algunos y algunas/ morirán sobre las nubes cósmicas/
del aire/o la mar de otros puertos/no importa/
de todas formas/ saldrás en el diario del pueblo.
Se contarán tus viajes/ a los campos Elíseos/ los regresos/
como mariposa silenciosa/no se dirá que moriste de amor/
ni como una lombriz/ en la tierra/enroscada.

En Antonia no se puede vivir/debes quedarte siempre piola/
subordinar los deseos/interrumpir la palabra/
es que hay que ser tan porfiada/ para insistir en la ciudad/
te separaste y dos veces/ fracasada/
lo peor es que tu madre/se avergonzará hasta el tuétano/
es que la niña poh/se fue a estudiar a Valcracio/
y a los cuatro años/ llegó embarazada/
la misma vecina dirá:/-claro-/ “seguro estudiaba”/
y tu madre/ te mirará pidiendo a gritos/
que no vuelvas/ con el bulto en el vientre…

             /un poema puede ser un espinel que se estira por todos los botes/




 

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