Resumen
El propósito de este artículo es estudiar la representación de la ciudad, el erotismo y el humor en El último lunes, de Luis Cornejo, novela ambientada en Santiago durante la década de 1980. Para esto, empleamos conceptos pertenecientes a la conformación del espacio urbano en relación con el capitalismo (Harvey) y el género (Guerra), así como nociones sobre el carácter subversivo del erotismo y el humor (Paz, Kristeva, Eagleton). Sustentamos la idea de que la novela muestra una ciudad pendular, es decir, que exhibe los extremos de la urbe, mostrando las profundas diferencias que existen entre el sector poniente y el oriente de la capital. Asimismo, planteamos que el erotismo y el humor son estrategias de resistencia de los obreros frente al poder. Con esto, esperamos efectuar una lectura novedosa acerca de un autor relevante de la novela social chilena, quien ha sido escasamente abordado por la crítica literaria.
Palabras clave: El último lunes, literatura chilena, crítica literaria, imaginarios urbanos, siglo XX.

Introducción
El último lunes (1986) aborda la marginalidad que padecen los obreros de la construcción en la década de 1980 en Santiago de Chile, esto es, en una época marcada por la violencia de la dictadura cívico-militar y la crisis económica de 1982[1]. Ambos factores explican la vulnerabilidad que padece parte importante de la población nacional, que carece de cualquier tipo de protección social y, en consecuencia, está expuesta a una de las mayores amenazas que enfrentan los sectores populares: la cesantía.
La novela de Luis Cornejo retrata la vida de Manuel –un maestro baldosero– y su hijo Luis, quienes deben tolerar diversos abusos para conseguir un puesto de trabajo luego de un largo periodo de inactividad que, por cierto, ha llevado a su familia a una situación precaria. Cornejo opta por una perspectiva centrada en la mirada de transeúntes que recorren la capital en el transporte público, así como por la utilización de la memoria del padre para reconstruir fragmentos del pasado de la ciudad, lo que permite apreciar una representación literaria marcada por la presencia de paisajes urbanos extremos. Siguiendo la línea de reflexión de García Canclini (Imaginarios urbanos)(pdf), pensamos que el relato de Manuel contribuye a imaginar “el sentido de la vida urbana” (107) de Santiago y, por consiguiente, permite mostrar su transformación entre mediados y finales del siglo XX.
El último lunes devela las desigualdades que sufren los santiaguinos en la década de 1980, incorporando sentires y realidades diversas y, además, recobrando parte de una ciudad adulterada por el exitismo nacional y su afán de ocultar la pobreza sin hacerse cargo de las injusticias sistémicas. Asimismo, saca de la invisibilidad un registro de voces que, de otra forma, no estarían presentes en el imaginario nacional, configurándose lo que Spivak denomina una “fisura del sistema”. Así, Cornejo entra al mundo soterrado de quienes son excluidos en nuestra sociedad, contribuyendo a generar una representación de los sujetos subalternos:
Pasemos ahora a considerar los márgenes del discurso (o lo que podríamos denominar también “el centro silencioso o silenciado”) de un circuito marcado por una violencia epistémica: los hombres y mujeres entre un campesinado analfabeto, las tribus, los más bajos estratos del subproletariado urbano. [¿Puede] realmente hablar el individuo subalterno haciendo emerger su voz desde la otra orilla, inmerso en la división internacional del trabajo promovida en la sociedad capitalista, dentro y fuera del circuito de la violencia epistémica de una legislación imperialista y de programa educativo que viene a complementar un texto más temprano? (Spivak 15).
En relación con este punto, es clave considerar que Cornejo tuvo que dejar sus estudios para trabajar como obrero de la construcción y, por lo tanto, en la escritura explora sus propios recuerdos y los ficcionaliza para dotar de voz a sujetos situados en los bordes de la nación. En este sentido, este artículo apunta a estudiar aquellas imágenes que se cuelan en los intersticios del relato hegemónico, construyendo un relato alternativo acerca del imaginario de Santiago.
La crítica literaria le ha prestado escaso interés al trabajo de Cornejo; sin embargo, existen algunas apreciaciones que es necesario consignar. Desde una perspectiva general, Ricardo Carvacho lo sitúa como parte de una serie de escritores –entre los que se encontrarían Luis Rivano, Armando Méndez Carrasco, Alfredo Gómez Morel– que trazan aproximaciones acerca del imaginario urbano de Santiago y, de manera específica, de la población subalterna: los obreros, los pobres y los niños abandonados, figuras que, en definitiva, muestran la pobreza en Chile. Asimismo, Carvacho reconoce en su obra el antecedente de autores que más tarde retratarán la vida obrera, situándolo como uno de los impulsores de un nuevo tipo de novela social que proseguirá, por ejemplo, Diamela Eltit.
Desde una perspectiva particular, es posible rescatar al menos dos miradas sobre El último lunes. En primer término, Ramón Díaz Eterovic sostiene que se trata de una novela de los años ochenta que da cuenta de “la gran cesantía de la construcción; la realidad de esos obreros [muestra] los malos sueldos, [los] traslados eternos de un lado al otro de la ciudad” (citado en Concha 121). En segundo término, Daniela Pinto subraya que la escritura de Cornejo: “nos muestra una humanidad que, por una parte, enfatiza y ensalza los valores que provee la pobreza, pero, al mismo tiempo nos presenta los hitos del lado b de la exclusión y la marginalidad social” (párr. 8).
Si bien son valiosos estos aportes, resulta indispensable construir un estudio que analice con mayor profundidad el texto de Cornejo, mostrando que, más allá de su carga dramática y del quiebre de las expectativas sociales, el libro evidencia la construcción pendular de Santiago de Chile[2], esto es, una urbe en la que los sujetos subalternos se desplazan desde la marginalidad del sector poniente hacia la opulencia del sector oriente y viceversa. Los extensos recorridos son efectuados en una “micro”[3], cuyos recorridos, de acuerdo con la descripción de Cornejo, tachan el centro de la ciudad y dan lugar a una ciudad marcada por la hegemonía de los extremos. El último lunes subraya las diferencias que existen entre un espacio y otro, constatando las condiciones laborales y sociales en las que operan los marginados de la capital. Sin embargo, a pesar del sistema de control y coacción que los afecta, existen espacios para la resistencia de los pobladores, los que están dados fundamentalmente por la presencia del humor y del erotismo. Por último, analizamos la relación de la novela de Cornejo con el realismo socialista chileno. Aunque existen varios aspectos de esa corriente literaria que influyen en El último lunes, tales como la conformación del heroísmo y la narración de la ciudad, se percibe otro que está ausente: la inclusión del discurso histórico.

Luis Cornejo
Territorios distantes
El último lunes transcurre en dos espacios que mantienen distancias insalvables. No se trata de una lejanía física, dado que están separados por poco más de 25 kilómetros, sino, sobre todo, de una separación económica que incide en las condiciones urbanas y sociales. El punto de contacto entre ambos territorios está dado por la figura de los obreros de la construcción, que padecen precarias condiciones habitacionales y que, en contraposición, se desplazan hacia Los Dominicos –en el sector oriente– para trabajar en la construcción de una mansión.
Cornejo inicia la novela con un elemento que radicaliza las diferencias sociales de Santiago: los temporales invernales. Mientras las casas de los sectores acomodados no son afectadas por la lluvia, dado que disponen de diseños y recursos arquitectónicos que las hace inmunes a los efectos del clima, en los sectores populares, en especial cuando se trata de precipitaciones intensas, constituye una amenaza para los hogares. La novela arranca con Manuel despertando en la madrugada y evaluando el potencial daño: “Los truenos, los relámpagos, el viento huracanado y la lluvia furiosa retumban en las latas del techo de su casa y amenazan destrozar puertas y ventanas” (8). Más adelante se preocupa por aminorar el impacto de las goteras que se cuelan por distintos puntos de la casa. Es ese recorrido (especie de travelling) el que permite conocer el hacinamiento de la familia: “Manuel va a la pieza contigua. Sus cuatro hijas duermen en las dos únicas camas existentes, una para arriba y otra para abajo” (Cornejo 14). El peligro que representa el temporal se manifiesta, de forma aún más inquietante, en la posibilidad de que la casa se vea anegada, lo que obliga a Luis a trabajar a la intemperie: “Respira hondo y con decisión toma una pala y enfrenta la tormenta. Con juvenil energía comienza a hacer una zanja. Se ha propuesto que las aguas corran hacia la calle u otro maldito lugar y así eludir que entren al interior de la casa” (Cornejo 11).
Además, la lluvia tiene un nocivo efecto económico para los pobladores, debido a que dificulta o, en la peor de las circunstancias, impide su trabajo. Este es el caso del vecino de Manuel, dueño de una carreta, quien no puede circular a causa del barro. En el primero se incluyen los propios protagonistas, quienes deben efectuar ingentes esfuerzos por llegar a la obra.
No se puede pasar por alto que la atmósfera invernal de El último lunes remarca la precariedad y la inclemencia de la vida del extrarradio de la ciudad. De esta forma, podemos establecer que Cornejo, al subrayar la presencia de la lluvia, el frío y el barro, no está sino poetizando, en un recurso muy propio de los escritores adscritos a la Generación de 1938[4], la miseria y, sobre todo, la muerte que se alzará al final del texto.
La escisión de la capital de Chile puede explicarse a partir de los aportes que efectúa David Harvey en orden a que la distribución de las ciudades responde a “una política de la dispersión” (100), que establece que los “pobres y la clase trabajadora pudieran ser sometidos a lo que los reformadores urbanos del siglo XX denominaron ‘la influencia moral del extrarradio’. Los terrenos baratos del extrarradio, las casas baratas y el transporte barato formaban parte de la solución” (100). Así, se entiende la disposición geográfica de la casa de los obreros y la utilización del transporte público, que tiene un bajo costo, pero, a su vez, es lento. Ciertamente, esta es una determinación urbanística que, tal como plantea Raymond Williams, no es solo una determinación técnica, sino “una forma de consciencia y una forma de las relaciones sociales” (365), “impuestas según las prioridades de un modo de producción” (365), que ponen en una punta de la ciudad al núcleo de poder político y económico y en la otra a la mano de obra, que debe gastar mucho tiempo en trasladarse entre los bordes de Santiago.
Manuel y Luis deben recorrer cuadras sobre el barro para llegar al paradero de buses. Luis advierte las dificultades que padece el cuerpo enfermo de su padre y, por ello, le lleva en andas por el peor trecho, en una escena que evidencia ternura hacia un progenitor que le enseñó el oficio y, especialmente, una forma de enfrentar el mundo: “Luis se comportó como experto baqueano, detectando las piedras donde afirmarse (...) Manuel trataba de ser lo más liviano posible y no toser (...). El charco tendría unos diez metros de ancho y había que aguantar” (Cornejo 29).
Ahora bien, es necesario situar el esfuerzo desplegado por los obreros en el contexto económico que experimenta el país en el momento en que está ambientada la novela, esto es, en el año 1982. De hecho, los indicadores económicos de la época descrita por Cornejo dan cuenta de una catástrofe, debido a que “la economía de Chile se derrumbó: explotó la deuda, se enfrentaba de nuevo a la hiperinflación y el desempleo alcanzó el 30 %” (Klein 121). De ahí que The Economist hable de un shock económico que se califica como “una orgía de automutilación” (citado en Klein 117). Ciertamente, ello se relaciona con el diagnóstico de Mariana Schkolnik y Berta Teitelboim, que establece que la economía chilena estaba sustentada mayoritariamente en “trabajos informales” (37) y, por ende, la marginalidad parecía “afectar a la gran mayoría de la población” (37).
Bajo esta perspectiva, se sitúa la percepción de Manuel, en El último lunes, en orden a que uno de los factores que explica la precariedad laboral tiene que ver con la falta de organización, ya que no existen los sindicatos, debido a que fueron desarticulados por la dictadura. Ante su ausencia, la memoria de Manuel se proyecta hacia una dimensión colectiva desde la que esboza un panorama laboral de la población en ese periodo: “Los sindicatos están destrozados. Si me voto a pucho, allí tienen docenas de gallos cesantes para reemplazarnos” (Cornejo 73).
A lo anterior se agrega una cuestión sociocultural. Manuel tiene una familia compuesta por ocho personas: su esposa, su hijo, sus cuatro hijas y su nieta. Se trata de una familia numerosa cuya subsistencia demanda considerables recursos económicos. Sin embargo, entre las cuatro personas que están en condiciones de trabajar, es decir, que son mayores de edad, solo laboran los hombres. Mientras la esposa cumple el rol de dueña de casa, Rosa –la hija mayor– tiene una hija pequeña y, en consecuencia, su prioridad es la crianza y, de manera secundaria, el trabajo doméstico. A todas luces, esto responde a una división de género predominante en el Chile de la década de 1980:
Como señala Jane Rendell, el predominio del espacio público asociado con una producción de carácter masculino (la ciudad) y la devaluación de lo privado ligado a la mujer y la reproducción biológica (casa, hogar) responde a la estructura patriarcal y su método falogocéntrico de concebir, organizar y analizar la realidad (Guerra, Ciudad 163).
De esta forma, las mujeres de esa familia se concentran en coser, tejer, limpiar el hogar y pedir “fiado” en el único negocio al que tienen acceso. En consecuencia, están ancladas en la población de la zona poniente de la capital. Manuel y Luis salen del barrio, pero solo lo hacen para trabajar, puesto que su vida social transcurre en la periferia. En este sentido, la representación de este sector puede leerse a partir de los aportes de García Canclini:
los sectores populares (...) tienden a restringir el horizonte de la ciudad al propio barrio: allí se elaboran las redes de interacción que despliegan modalidades distintas dentro de una misma urbe y sólo se abren (...) cuando los pobladores deben atravesarla para viajar al trabajo, realizar un trámite o buscar un servi-cio excepcional (Consumidores 82).
No se puede soslayar que El último lunes extrema los alcances del realismo socialista chileno y, especial-mente de la Generación del 38, en términos de representar una zona de la ciudad que había sido excluida por la literatura nacional. Concordamos con Ignacio Álvarez cuando sostiene, respecto de La sangre y la esperanza de Nicomedes Guzmán, que el “puro hecho de particularizar los lugares en donde transcurre la novela, los barrios de Mapocho, Matucana y Estación Central, es ya una toma de posición. Pocas veces las narraciones de comienzos de siglo se aventuraron más allá del centro de Santiago, y cuando lo hicieron solo pudieron ver miseria y fealdad” (8-9). Ampliar las fronteras de la ciudad es uno de los méritos de los novelistas sociales del país. Si Nicomedes Guzmán o Alfredo Gómez Morel extienden la ciudad hacia Mapocho y Matucana, Cornejo la expande hacia el borde del sector poniente de la ciudad.
Al considerar estas circunstancias, resulta clara la necesidad económica que padecen los obreros. Es más, contraviniendo las señales de su propio cuerpo e incluso las advertencias de los médicos respecto de la necesidad de tratar una enfermedad respiratoria, Manuel sigue desplazándose hacia el sector oriente. Aquí es clave destacar cómo El último lunes dialoga con un rasgo propio del realismo socialista chileno: el heroísmo. Según lo planteado por Lucía Guerra, esta corriente aborda el heroísmo, lejos de la mitificación de personajes y sucesos burgueses efectuada por la historiografía tradicional, a partir de la “la sobrevivencia y sufrimientos insertos en la cotidianeidad de la miseria” (“Estética” 107). Más allá de los padecimientos físicos, de la rigurosidad del clima, de los sueldos miserables, de desplazamientos extensos, Manuel y Luis deben hacer lo necesario para lograr la sobrevivencia de la familia, a pesar de los costos que esta determinación implica, especialmente en el caso de Manuel.
En el paradero, los obreros toman una micro que los transporta de una punta a la otra de la ciudad. En esta línea, resulta interesante que El último lunes no haga ninguna alusión al centro de Santiago, lugar donde reside el poder político. Luis Cornejo invisibiliza el centro de la ciudad para mostrarnos las profundas diferencias que existen entre ambos extremos, evidenciando cómo el péndulo pasa, sin punto intermedio, desde la marginalidad hasta la riqueza. De hecho, ejerciendo la función de narrador oral, Manuel le cuenta a su hijo acerca de las casas en las que ha trabajado, y reflexiona sobre las razones del progresivo desplazamiento de los ricos hacia el sector oriente: “Recuerdo que por aquí vivían puros huasos, pero de repente les dio a los ricos por venirse a estos lugares y arrancar del centro de Santiago (...) para estar lo más lejos posible de nosotros, los rotos que vivimos en el poniente” (Cornejo 81-82). El padre ejerce la labor de cronista, exhibiendo una memoria que permite apreciar la metamorfosis de la capital de Chile.
El movimiento pendular lleva a los protagonistas a la mansión en construcción en Los Dominicos. En ese lugar, los obreros encuentran una realidad diametralmente distinta: “Allí está la tan deseada piscina en medio de un sitio de cinco mil metros cuadrados y junto a una mansión con muchos dormitorios, baños, terrazas” (Cornejo 34). Manuel desea poner las baldosas de la piscina debido a que constituye un trabajo mayor, que le permitiría tener ingresos permanentes durante algún tiempo, especialmente, dadas las amplias dimensiones del lugar. No deja de ser llamativa, en esta dirección, la comparación que efectúa Luis entre la casa de su novia y la piscina: “Más grande que esta casa. De largo: más de cuatro veces de largo y de ancho... unas cuatro veces” (Cornejo 59). Al considerar esas dimensiones, se hacen aún más notorias las diferencias entre las condiciones habitacionales de los sectores del poniente y el oriente. De esta forma, se genera un imaginario urbano que da cuenta de un enlace entre arquitectura e ideología, que articula formas disímiles de habitar los distintos espacios de la ciudad, dado que la urbe: “produce una densidad constituida por una serie de privilegios, exclusiones y prohibiciones que producen (...) las señales de un orden social básico: la división entre ricos y pobres, entre poderosos y subalternos, entre hombres y mujeres” (Guerra, Ciudad 13).
El último lunes evidencia la conformación de un orden exacerbado por la adopción del neoliberalismo en el gobierno de Pinochet, que muestra cómo el capitalismo crea “paisajes completos (...) a imagen de las relaciones sociales capitalistas” (Harvey 89). La mansión en construcción revela el anhelo de la burguesía de alejarse de los sectores populares y de escindir el espacio laboral de la vivienda particular: “La acumulación requiere, entonces, que se cree un paisaje ficticio conducente a la organización de la producción en todos sus aspectos (...) hay también un paisaje de consumo, un paisaje para vivir opuesto al paisaje de trabajo” (Harvey 94).
La mansión en construcción implica para los obreros someterse a un sistema de control donde son monitoreados de manera rigurosa y violenta. El control de los cuerpos se evidencia en el empleo de la campana, que distribuye las funciones y ordena el tiempo en la faena, determinando la apertura y el cierre de la jornada laboral, el descanso y la formación de la fila para la obtención del salario. Este no se ajusta a las funciones desempeñadas, sino, más bien, a la discrecionalidad de los mandos medios y a la inexistencia de medidas de protección laboral. En suma, la obra está regida por una estrategia de crecimiento económico vinculada a un sistema de disciplinamiento que, con tal de “facilitar la reacumulación del capital, lo deja en libertad de operar cuan y como se le dé la gana” (Rojo 128).
El sistema de control se ve acrecentado por la función de dos personajes que apuntan a vigilar y a castigar a los obreros: el vigilante y el jefe de la obra. El primero debe controlar a los obreros y evitar el robo de los materiales empleados en la construcción. Si bien son usuales los sistemas de seguridad en este tipo de faenas, no lo son los dispositivos que están a su alcance ni tampoco su forma de emplearlos, debido a que dispone de atribuciones prohibidas por las leyes chilenas, tales como el porte y uso de armas, que es privativo de las fuerzas armadas y de seguridad, y, además, el uso desproporcionado de la violencia: “El vigilante recorre el perímetro de la cárcel-construcción, acompañado de sus perros y su revólver (...). Varias veces ha disparado su tan querida arma (...). Cuando ha sentido el grito en la oscuridad, ha saltado de alegría y azuzado a sus mastines para que terminen la cacería” (Cornejo 53). No se puede soslayar que esta forma de operar remite, a todas luces, a la bestialidad con que eran tratados los esclavos entre los siglos XVI y XIX, puesto que se pierde todo atisbo de consideración por la condición humana. Cabe destacar, también, los estímulos que recibe el vigilante por operar fuera de los límites de la ley: “Cuantos más impactos, comprobados haya hecho, y más obreros ladrones haya denunciado, recibirá, de parte de la empresa, felicitaciones, seguridad de trabajo estable” (Cornejo 53).
No deja de ser significativo el uso de la nomenclatura “cárcel-construcción” para referirse al espacio laboral de la novela, dado que muestra el clima represivo en el que los obreros desempeñan sus funciones. Ciertamente, ello hace pensar en la noción del panóptico de Michel Foucault. Aunque la “cárcel-construcción” tiene claras diferencias respecto del diseño arquitectónico de Bentham –que sirve de modelo a las propuestas teóricas de Foucault–, existe un elemento unificador entre ambas estructuras: la sensación de que los presos/obreros están sometidos a un campo de visibilidad que “reproduce por su cuenta las coacciones del poder; las pone en juego espontáneamente sobre sí mismo; inscribe en sí la relación de poder en la cual juega simultáneamente los dos papeles; se convierte en el principio de su propio sometimiento” (235).
El jefe de la obra opera, también, como un agente coercitivo. Calificado como un “despatriado” (Cornejo 68) por los obreros, se trata de un sujeto que tiene el mismo origen social que Manuel y Luis. Es más, comienza como “baldosista” en su juventud, pero, tras efectuar estudios técnicos, asume un discurso crítico hacia su propia clase, trazando generalizaciones que manifiestan su visión negativa de los obreros: “¡Este país está como las huevas porque los obreros son flojos, ladrones, irresponsables y borrachos!” (Cornejo 65).
El jefe de obra se alinea con la política de sus empleadores, operando como un guardián que debe cautelar los intereses del capital. Ahora bien, el mayor problema pasa por las presiones ilegítimas y, sobre todo, violentas, que efectúa sobre los trabajadores: “¡No permito que se pierda ni una palada de mezcla porque los pericos están cansados o apurados y si me quiebran demasiadas baldosas les vuelo la raja!” (Cornejo 66). Ciertamente, genera interés que cada una de sus intervenciones esté marcada por el uso de un lenguaje soez que tiene un doble objetivo: consolidar su posición y degradar a los otros. Lo anterior genera tensiones con los obreros, que, si bien son contenidas por el padre, llegan a un punto de quiebre con el hijo:
—Si usted se descuida y me deja alguna cagaá (sic), por pequeña que sea, se va a la cresta...! ¿Entendido?
—¡Entendido, señor! —dijo Luis hoscamente.
El jefe miró con ojos duros a Luis. Estuvo a punto de darle un bofetón al muchacho, pero temió salir mal parado (Cornejo 67).
Luis emplea una expresión irónica que parodia el discurso militar y descoloca al jefe de obra, quien, al verse incapaz de enfrentar al obrero, opta por reducirles arbitrariamente el pago.
Esta situación produce que reciban un sueldo miserable, lo que es descrito por el narrador a través de un lenguaje poético, ya que Cornejo usa una expresión que subraya las privaciones de los sectores populares: “Es viernes sin carne. Es viernes triste” (75). Los sectores populares no tenían ninguna posibilidad de acceder a ese producto alimentario de manera habitual y, en consecuencia, reservaban su consumo para un día a la semana, en el mejor de los casos. No obstante, ante los escasos recursos obtenidos, se convierte en un alimento prohibitivo. En efecto, el sueldo solo alcanza para cubrir los gastos mínimos y, por ende, la familia debe restringirse cualquier goce material.
Ahora bien, El último lunes explicita que la situación siempre puede ser peor, tal como sucede con los cesantes que esperan la ayuda de quienes tienen trabajo: “¿Ves a todos esos cesantes que estiran la mano...? Los industriales hacen lo que se les antoja con los trabajadores” (72). De esta forma, adquiere sentido la reflexión efectuada por Harvey en torno a las crisis permanentes del capitalismo, que se traducen en el severo daño que se produce en una parte del sector productivo: “tiene sus consecuencias humanas trágicas en la forma de quiebras, colapso financiero, (...) inflación (...) caída de los salarios reales y desempleo” (259). En este contexto, se entiende el llamado a la resignación que efectúa el padre al hijo: “Sigamos trabajando chiquillo. El pobre siempre tiene que soportar a estos malditos jefes. Vamos Lucho... resignación” (Cornejo 68).
La Moneda y la alcoba
El último lunes destaca, también, por la irrupción de goces que resisten las amenazas de un escenario político y económico marcado por el ejercicio de la fuerza y la explotación. Manuel, Julia, Luis y Rosa, es decir, los adultos que habitan la casa situada en el poniente de Santiago, disponen de cuotas de placer para sobrellevar vidas marcadas por la adversidad. En este sentido, el erotismo y el humor cumplen un papel central en la conquista de espacios privados resilientes y autónomos.
No es casual el subtítulo empleado en esta sección, dado que alude a uno de los capítulos de La llama doble (pdf) de Octavio Paz: “La plaza y la alcoba”. Allí, el ensayista mexicano establece la conexión que se produce entre lo público y lo privado en las relaciones sentimentales, debido a que “amor y política son los dos extremos de las relaciones humanas: la relación pública y la privada, la plaza y la alcoba, el grupo y la pareja (...). La suerte de la persona en la sociedad política se refleja en la relación amorosa y viceversa” (171). Ciertamente, resulta perspicaz la relación detectada por Paz, que, desde nuestra perspectiva, se extiende también hacia el erotismo en las sociedades occidentales. Ahora bien, Paz está pensando en las comunidades liberales occidentales de fines del siglo XX, es decir, en espacios marcados por un laxismo que se evidencia en tres factores:
el primero (...) ha sido la creciente independencia de la mujer; el segundo (...) la aparición de métodos anticoncepcionales más eficaces y menos peligrosos que los antiguos; el tercero ( ...) es el cambio de posición del cuerpo, que ha dejado de ser la mitad inferior, meramente animal y perecedera del ser humano (135-136).
En El último lunes encontramos, de manera parcial, los factores planteados por Paz, especialmente en los sectores populares. A fin de hacer más eficaz este estudio, analizaremos los tres factores de manera inversa.
En la novela es reivindicado el valor del cuerpo en la medida en que exhibe el goce sexual autónomo, libre e independiente, que no puede ser intervenido por el sistema político y económico. De ahí que el texto muestre cuerpos masculinos y femeninos que son disfrutados, de manera permanente, resaltando la dicha y los afectos que los convierten en espacios resilientes e independientes. Así, por ejemplo, y más allá de su enfermedad, Manuel sigue manteniendo activo el deseo erótico. Ahora bien, más que proyectarlo en su esposa, a quien reconoce como una buena mujer y madre, anhela el cuerpo de su antigua pareja, Teresa, con quien mantuvo una relación sentimental tormentosa, pero muy satisfactoria en el plano sexual. Lo anterior responde a que Teresa se adapta al imaginario desenvuelto de Manuel, concordante con la definición de Paz, según la cual el erotismo tiene una “infinita variedad de formas en que se manifiesta, en todas las épocas y en todas las tierras” (15). Precisamente, esa diversidad carnal es rememorada por el obrero:
¡La otra noche soñé que volvía a montarla! ¡Ay diocito como(sic) gozaba!... (...). A ratos me parece sentir la tibiesa (sic) de sus pechos en mis manos... en todo mi cuerpo. Porque me pasaba sus pechos (...) por todo mi cuerpo y yo vibraba (...) y ella reía y me mordisqueaba por todas partes. Y cuando me lo chupaba... ¡Ay diocito! (sic) (56-57).
La rememoración de Manuel es concordante, además, con otro de los rasgos que Paz aprecia en el erotismo, y que tiene que ver con que en el acto erótico “intervienen siempre dos o más, nunca uno (...) uno o varios de los participantes puede ser un ente imaginario. Sólo los hombres y las mujeres copulan con íncubos y súcubos” (15). De manera análoga a Manuel, el deseo de Julia se extiende, en primera instancia, hacia el placer que sentía con un antiguo amante, Juan, quien “era tan atractivo, era tan fuerte, tan joven y tan velludo (...). No pude resistir y lo metí en mi cama muchas noches y bajaba y subía a las nubes. Junto a él conocí mi verdad como hembra” (Cornejo 31). De hecho, la mujer destaca que, tras las experiencias gozosas con Juan, tuvo que hacer un esfuerzo para volver a disfrutar con Manuel: “Al principio me costó acostumbrarme a dormir con un extraño, pero al fin y como él tuvo mucha paciencia, me entregué de lo lindo y volví a gozar al abrirme de piernas” (Cornejo 32).
Ciertamente, es interesante consignar que aunque en El último lunes exista dependencia económica por parte de las mujeres, algo que es concordante con la realidad de Chile en esa época, no sucede lo mismo en el plano erótico, donde ellas asumen que la “finalidad de la unión en la pareja actual (...) es (...) el vínculo amoroso” (Rajevic 50), vínculo que, a diferencia de lo que sucede con el discurso hegemónico en el país, “aumenta la iniciativa sexual compartida y una inmensa mayoría considera válidas todas las formas de buscar placer en la pareja” (Rajevic 50). Bajo esta lógica, se sitúa la remembranza de Rosa, quien le confiesa a su hija –una bebé– el deleite y la pasión carnal que hubo entre ambos: “Gozaba sus besos. Sus cálidas manos, su excitante lengua, sus mordiscos, su transpiración, su semen... Y por fin se introdujo en mí y yo grité y grité y volé y volé por los espacios. Que feliz me hace tu padre... Es decir me hacía feliz...” (Cornejo 15).
Asociable con lo planteado por Julia Kristeva, Rosa da cuenta de un sentimiento que deja en ella una marca indeleble, debido a que “el amor siempre nos quema” (4). Kristeva sostiene que solo es posible hablar del amor, incluso si se hace a posteriori, “a partir de esta quemadura. Consecutivo al exorbitante crecimiento del yo enamorado, tan extravagante en su orgullo como en su humildad, este desfallecimiento exquisito está en el corazón de la experiencia” (3). Rosa expone una sensación que se ha consumado y, a su vez, consumido, dado que la partida del amante supone el término forzoso del goce. Mas no así de sus reminiscencias.
Tanto la experiencia erótico-amorosa de Rosa como la de Julia evidencian que, a diferencia de lo que sucede en las sociedades liberales de Occidente, el uso de los métodos anticonceptivos en El último lunes, particularmente en los sectores populares, es parcial[5] y, en numerosos casos, su ausencia se traduce en embarazos no deseados[6], tal como acaece tanto con la madre como con la hija en la novela. Ciertamente, ello es convergente con la realidad que experimentaba Chile en la década de 1980, donde los embarazos adolescentes eran mucho más comunes y las familias más numerosas[7].
A diferencia de sus padres y hermana, Luis no evoca súcubos ni tampoco proyecta su deseo hacia el pasado, sino que lo vive y lo padece en el presente. Lamentablemente, no puede disfrutar de un placer análogo al resto de su familia y más bien debe adecuarse a las restricciones de su noviazgo con Corina: “salen a la calle y bajo la lluvia se besan, se agitan. Las manos recorren geografías conocidas, pero como llueve y el frío hace castañar los dientes y todavía no son casados o convivientes reconocidos deben separarse y meterse en sus respectivas camas frías” (Cornejo 60-61). De esta forma, ambos experimentan un deseo no consumado que es una mezcla de “placer y promesa o esperanza, permanece en una especie de futuro perfecto” (Kristeva 5) que ha de consumarse en algún momento.
De esta forma, frente a una plaza pública marcada por la coacción del poder político y la acritud del sistema económico, el erotismo constituye una fuente poderosa de placer y liberación que contribuye a sortear vidas marcadas por la permanente lucha para sobrevivir en una ciudad hostil.
A la pasión de los cuerpos, se suma un segundo elemento que permite comprender la resistencia en la novela: el humor. Este constituye un mecanismo del distanciamiento frente a una realidad apremiante. Así puede entenderse, por ejemplo, que el suegro de Luis asuma que un gato es mucho mejor que una piscina, debido a que mientras la última solo “sirve para unos pocos días al año” (Cornejo 59), el primero es “tan decorativo y uno puede dormir con ellos, para que le calienten los pies todas las noches” (Cornejo 59). También, el impermeable de bolsas coloridas cosidas por Julia, que hace que Manuel camine con vergüenza por el barrial hasta llegar al paradero y que lo hace decir que parece un espantapájaros.
No podemos pasar por alto, en este sentido, el diálogo picaresco que sostienen las hijas del matrimonio, quienes se burlan, una y otra vez, de sus cuerpos y deseos, procurando sobrellevar, de la mejor forma posible, el hacinamiento. Cuatro hermanas comparten una sola pieza. De ahí que una de ellas enuncié una frase punzante: “En este cuartucho apenas cabe una araña, pero cuando una busca algo, nunca lo encuentra” (Cornejo 43).
Estas imágenes permiten distanciarse de la carga terrible del relato, debido a que contribuyen a vislumbrar un constructo humorístico que resignifica las tribulaciones de la miseria. La novela recoge, en esta dirección, un rasgo propio de la idiosincrasia nacional, esto es, el “hueveo”[8]. Cobra relevancia, en esta dirección, la reflexión que efectúa Juan Cameron respecto de la obra de Lihn: “El hueveo como forma de lucha, en la contingencia de la dictadura, fue una de sus últimas banderas” (citado en Pinos 63). Pensamos que esta apreciación puede extenderse hacia el trabajo de Cornejo: “Está vigente (...) la necesidad de incorporar el humor a la resistencia cultural o contracultural (...). El gobierno militar, cuya maquillada ʻimagen culturalʼ es de una gravedad irrisoria, carece por completo de la seriedad que puede tener el humor” (Pinos 63).
La dureza de la faena es enfrentada por un humor constante. Por eso, Cornejo representa un contexto desfachatado y mordaz en la construcción: “Voces que lanzan garabatos, voces que lanzan tallas. Risas.... muchas risas... (...). Cantos. Muchos cantos que llevan el ritmo del trabajo de esos hombres que construyen mansiones que jamás podrán habitar” (Cornejo 40). Sin esa actitud festiva, mordaz, sin esa capacidad para reír de todo, se torna imposible enfrentar una situación económica y social que llega al límite.
Uno de los episodios humorísticos más interesantes de la novela pasa por el diálogo que se produce entre los obreros que esperan el pago por su trabajo semanal, dado que constituye una sátira de su precariedad:
—Estuve tres días como huevón, esperando que me llevaran el granito y el cemento blanco (...). Pero me desquite de lo lindo. ¡Le eche mil putiadas al huevón!
—¿Garabatió al patrón, amigo? —preguntó otro incrédulo—.
—¡Claro pues! ¡Si yo soy muy gallo. Lo maldije hasta que me cansé. Claro que, por desgracia, él no estaba presente para que me escuchara! (Cornejo 69-70).
Frente a una fila que constituye un mecanismo de disciplinamiento, los obreros impugnan ese poder a través del humor, el que les permite ridiculizar la hegemonía del capital, efectuando una deslegitimación del mismo. El tratamiento del humor en El último lunes puede ser interpretado a partir de los aportes que efectúa Terry Eagleton: “la risa representa el desplome o la alteración temporal del ámbito de lo simbólico –de la esfera del sentido organizado y claro–, mientras que, al mismo tiempo, no cesa jamás de depender de dicho ámbito” (11). El humor es una herramienta que permite satirizar un orden material y político que lesiona los intereses del sujeto subalterno y que, en consecuencia, genera cierto alivio ante situaciones extremas. Asimismo, muestra una característica propia del pueblo chileno, “reír para no llorar”, reírse aun en la desgracia, cualidad que permite dotar al texto de cierta luz. Los obreros ríen para resistir.
Conclusiones
Las goteras de la choza, la cocina a leña y el patio de barro, elementos que se sitúan en el sector poniente, se contraponen a la terraza elegante, los numerosos dormitorios y la piscina del sector oriente de Santiago. En términos económicos y sociales, ambos espacios conforman un imaginario urbano desigual que parece resignificar el nombre mismo de la ciudad: “Santiago de los nuevos extremos”. El último lunes efectúa un movimiento pendular a través de la figura de los obreros que recorren de una punta a otra la ciudad en una micro. Esta permite el acceso de los más pobres –en términos exclusivamente laborales– a la zona rica de la urbe.
Cornejo evidencia las relaciones asimétricas que existen entre el capital y la mano de obra, acrecentadas por la destrucción de los sindicatos, que se traduce en la implementación de sistemas de vigilancia y de control que, en muchas ocasiones, se sitúan en el borde (e incluso más allá) del estado de derecho. En este punto, puede considerarse tres tipos de violencia: física (uso de armas de fuego y de perros por parte del vigilante), laboral (degradación y humillación permanente de los obreros) y económica (a través del pago injusto en relación con las funciones desarrolladas). Todas estas variaciones de la violencia configuran lo que Walter Benjamin denomina “violencia pirata”, aquella que es “un mero medio para asegurar directamente un deseo discrecional” (28) y que, en este caso, tiene que ver con obtener las máximas ganancias posibles del trabajo del proletariado.
Si bien esta “violencia pirata” se ejerce a partir de la aplicación de un modelo político y económico, no podemos pasar por alto que el maltrato es implementado –al menos parcialmente– por antiguos obreros que, lejos de propiciar la solidaridad de clase, instalan una serie de medidas que precarizan a los obreros. Al considerar lo anterior, Manuel se erige como una especie de Prometeo proletario al que el sistema le arranca las entrañas cada día; apenas si logra rehacerse en las pocas horas de descanso que tiene en la esfera doméstica.
Ahora bien, frente a ese espacio ominoso existen goces parciales que se erigen como un muro que permite contener los embates del sistema político y económico. De este modo, el erotismo queda fuera del alcance del poder y se convierte en una experiencia de dicha que mejora la calidad de vida de las mujeres y hombres de los sectores populares. Asimismo, el humor opera como un mecanismo que cuestiona e impugna la solemnidad en la que descansa el poder.
A más de cincuenta años del golpe de Estado en Chile, El último lunes constituye un lúcido y complejo retrato de la vida proletaria en plena dictadura o, tal como plantea Ignacio Álvarez, “la pintura interesada de una clase social” (6). Si bien hemos revisado distintos rasgos del realismo socialista chileno presentes en la novela, tales como el tratamiento del heroísmo, la ciudad, la familia, el trabajo, existe un elemento que la novela excluye: la Historia. Cobra relevancia, en esta dirección, la apreciación de Lucía Guerra que resalta que este grupo de escritores asume la historia de país: “desde una perspectiva ideológica en la cual la masacre y la represión generalmente silenciadas por la versión oficial configura no sólo instancias de una activa lucha social sino también una evolución histórica en un devenir que conducirá al triunfo de los estratos sociales explotados” (“Estética” 121).
A pesar de la poderosa carga de violencia y represión, traducida en más de tres mil ejecutados y desaparecidos, sobre treinta y cinco mil torturados en la dictadura, resulta llamativo que El último lunes no realice ninguna alusión al gobierno de Pinochet. Existen, en nuestra perspectiva, dos factores que explican este hecho. En esa época, Chile padeció una censura generalizada que impidió la edición de cualquier texto que tuviese críticas abiertas al régimen. Lo que conduce a que, tal como observa Diamela Eltit, emerja una escritura cifrada en la que se sitúa el trabajo de Cornejo[9].
A lo anterior es necesario agregar que existe una estrategia literaria, análoga a la teoría del iceberg de Hemingway, en la que la dictadura y sus efectos quedan sumergidos a fin de resplandecer implícitamente. Cornejo evidencia que es tan monstruosa la presencia de la dictadura, tan evidente el poder que emana desde La Moneda que, al silenciar su presencia, se hace aún más ominoso el poder que condiciona la vida de la urbe y de los obreros que intentan sobrevivir en la ciudad de los nuevos extremos. De ahí que la novela cierre con el cadáver de Manuel en el fondo de la piscina que tanto anheló construir, debido a que su muerte representa que, en ese momento, era imposible el triunfo de los explotados. Sin embargo, en ese cuerpo que ha sucumbido al colapso y que inicia un lento proceso de descomposición, parece surgir, metafóricamente, el germen del malestar que, en 1983, decantará en una serie de protestas que abrirán el camino al retorno a la democracia.

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Notas
[1] Esto se colige a partir de distintas marcas textuales. En primera instancia, el protagonista de la novela indica que es una lástima “que el trabajo esté tan lejos del metro” (Cornejo 23). Lo anterior implica que el texto transcurre no antes de 1975, año en que es inaugurado este medio de transporte en Santiago. En segunda instancia, se puede considerar que la serie de alusiones al desempleo y a las quiebras de firmas concuerdan con el escenario económico que se produce en 1982.
[2] Los desplazamientos pendulares en la ciudad han sido desarrollados por Candia y Cristi en su análisis del movimiento de los personajes de Jacobo Danke en Valparaíso.
[3] Modo coloquial con el que se denomina a los buses en Santiago.
[4] La generación del 38 estuvo integrada por Nicomedes Guzmán, Andrés Sabella, Volodia Teitelboim, entre otros. Tuvo un marcado interés por la narrativa realista, que apuntó a representar aspectos políticos, sociales e históricos de Chile.
[5] Si bien el Servicio Nacional de Salud inició programas de planificación familiar desde 1965, que apuntaban a masificar el uso de los métodos anticonceptivos, existen antecedentes socioculturales que afectaron su implementación. Castañeda y Salamé plantean que las mujeres eran “formadas en su infancia desde roles masculinos y femeninos tradicionales, que definían su proyecto de vida como sujetos sexualmente pasivos, siendo la maternidad su realización vital central” (211). Agregan que las mujeres tuvieron una relación compleja con el uso de anticonceptivos debido a “las concepciones de sexualidad existentes en la mirada cultural masculina vigente [y por] las estrategias de atención desarrolladas por los equipos de salud” (211).
[6] La tasa de embarazo adolescente en el grupo entre 15 y 19 años permaneció estable entre 1960 y 2001. Esta condición, tal como se aprecia en la vida de Rosa y Julia en la novela, “conduce a enfrentar la crianza mediante la dedicación doméstica” (Rodríguez 134). Por último, es necesario agregar que esta es una situación que afecta mayormente a las mujeres pertenecientes a “los grupos pobres, excluidos o socialmente desaventajados” (Rodríguez 139).
[7] De acuerdo a un estudio del Departamento de Salud Pública y Epidemiología de la Universidad de los Andes (de Chile), la tasa global de fecundidad se redujo de 2,67 hijos por mujer en 1982 a 1,86 en 2011.
[8] En el español coloquial de Chile sería equivalente al sustantivo de molestar.
[9] Cobra relevancia, en este sentido, la reflexión de Diamela Eltit sobre las marcas que deja la dictadura en su escritura, y que, por cierto, se puede extender hacia otras escritoras y escritores chilenos de la época: “Lo que te queda después de eso es una autocensura fuerte, una relación infinitamente más intensa con el lenguaje que la que tienes antes, cada palabra es mucho más decisiva. Quedas con una relación muy, muy desconfiada con el poder y una necesidad de negociar al mínimo” (Chapple Clavijo, párr. 29).
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Referencias
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