“El artista no asocia ideas, asocia formas, que para él son las únicas ideas que cuentan”
(Décio Pignatari)
“Feroz es la letra que me escribe"
(Leo Lobos)
Una excitación visual toma al lector desde las primeras palabras, o mejor dicho,
pinceladas del poeta-pintor chileno Leo Lobos (Santiago de Chile, 1966).
Descolocado del ser para el somos, el lector se deslumbra ante la novedad de
estar inmerso en la malla de los hechos que componen Una visita al zoológico
fantasma. Esa es la invitación-tarjeta-postal que Leo Lobos nos extiende: el
desplazarse lentamente por nuevos lugares, a una velocidad-luz que ilumina la
faz del hombre posmoderno: hombre-fantasma que, además de ser, está “solo”
para desfilar su animalidad en la multiplicidad física del Mundo. Es así como
países y continentes, bajo la pluma-pincel de Leo Lobos, se tornan espacios
informes, cuyos esbozos se deslizan y se confunden en el espacio-tropical de la
hoja-tela.

El mundo por detrás de las “colinas de azúcar” seduce y produce
sensaciones sonoro-visuales en el lector transformado en visitante-caminante-
ciclista. Imágenes que abrigan el valor cronotrópico, teorizado por Bakhtin, de
esta poesía: tiempo y espacio extendiéndose e interrelacionándose en una
perfecta simbiosis. Así, Leo Lobos construye imágenes que “hablan”, “ríen”,
“bailan”, “suspendidas” en la “boca” (Hablan) de una poesía de plasticidad impar,
hermana de su pintura ágil y multicolorida. La lectura de esta poética es re-
veladora de los viajes del pintor – Leo Lobos – que, con trazos rápidos y certeros,
hace al lenguaje recuperar su colorido: en el espacio en blanco. Cromatismo que
se presenta muchas veces sin la presencia explícita de los colores, pero con
matices de una imaginería que se funden en clara y delicada armonía. Esos
matices sonoro-visuales se proyectan en los núcleos semánticos: carros,
velocidad, tiempo, ciudad, calles, balas, chimeneas, dinero, entre otros términos
que pro-mueven el intercambio poemático. Es así como la modernidad se
inscribe en la poesía del autor: imágenes en movimiento disparan estímulos
sobre la retina mental: “el automóvil esta poseído por la fuerza de los animales
que le habitan”. Leo Lobos eleva tanto lo ordinario cuanto lo extraordinario en
trazos paralelos que se tocan: lo automático y lo mágico se mezclan ante la
mirada aglutinante del poeta que selecciona y combina los colores en su tela. Y el
poeta visualiza ese trabajo en la construcción de “campanas-nubes”, que la mente
recibe como un portmanteau (campanavientos): gota-paisaje concreto-abstracta
pas(e)ando su levedad por la hoja de papel. Levedad oída-vista en el tamaño de
los versos que se diluyen: concretización de una nube-zumbido moviéndose al
sonido del viento. Pero no es solo en la utilización del portmanteau que la
influencia de Lewis Carroll es anunciada. El poeta lo pinta en “Buscando luces en
la ciudad luz”, como dándonos una pista de la estructura multifacética y de
espejos en la cual se funda su poética: poemas que reflejan otros poemas,
reflejos que se astillan mostrando la diversidad de las mismas imágenes
atravesadas por el tiempo de la mirada: “por qué lugar se entra se sale del
espejo”. La configuración rítmico-temporal del mundo moderno es visualizada
también en la construcción perpleja entre versos largos y versos cortos:
movimiento que expande-contrae-expande el nosotros-yo-nosotros en el todo de
la composición. Asimetría simétricamente construida en un lirismo particular que
texturiza el estar atónito delante del tumulto de imágenes poéticas. Leo Lobos es
esa metamorfosis actuante en la construcción de una tormenta lingüística en la
cual se oyen: pintores, poetas, escultores, filósofos, ingenieros, amigos del
camino. Se sabe pájaro, voz individual que se eleva; se sabe gATO (ato = acto),
participante de una voz colectiva que suena en eterno diálogo: “siempre atento
escuchar tres lenguas diferentes hablar un idioma fascinante misterioso y
conocido oír e ir en su música”. La sensibilidad cromática y plástica de Leo Lobos
hace de su poesía una ruta a ser deliciosamente recorrida, no como quien pasea,
sino como el animal hambriento que va: sentidos alertas, ojos atentos, pies y alas
dispuestos. Es en busca del alimento poético que Leo Lobos prepara sus caminos
y los nuestros. Caminos que no se callan, ni siquiera cuando la tinta negra de la
noche en su útero silente cae sobre este lobo itinerante.
Geruza Zelnys de Almeida
Magíster en Literatura y Crítica Literaria, Pontificia Universidad Católica de São Paulo, Brasil