El título de concisión vasca nos recuerda aquellos a que nos tiene acostumbrados Gabriela.
VER significa en realidad VEO. ¿Reflexiona y medita uno suficientemente en lo que ha visto y en cuanto es capaz de ver? ¿Hasta qué punto nuestros ídolos o prejuicios recortan el panorama, enturbian o aclaran las tintas, inhiben o exaltan nuestro temperamento?
Piénsese en las innumerables escuelas de literatura y sus postulados. ¿No cunden perspectivas opuestas de nuestra idiosincrasia a las veces? Alguien ha leído a Keysserling —pongamos por caso— y se impresionó con la descripción de un dieciocho metropolitano donde se entronizan la borrachera y el crimen: concluye que el chileno es necesariamente triste, fatalista y hasta amoral. Otro especula con la alegría y bienandanza, porque se inspiró en los huasos bien nutridos, y cachetones que se divierten a toda vela. Pocos reparan en los observados y en los observadores. ¿Están bien nutridos los primeros? ¿Son los segundos flacos o gordos? Porque la visión es ante todo LIMITACIÓN. Cada cual ve lo que quiere y lo que puede ver.
LUIS OYARZÚN se nos aparece como herido de cierta melancolía. He aquí la gradación de monosílabos iniciales: Soledad, Vacío, Fuga, Sueño. Se resuelven todos en una sola ruta, paridora de ese afán vagabundo de infinitarse en que nuestro poeta halla su salvación: el mar.
El mar de Luís Oyarzún no es el d'halmarino, evanescente que se intuye por la leyenda y la esotérica fe en las
transmutaciones y el nirvana. No es tampoco el nerudiano impuro y heterogéneo donde incuban la desesperación, el hastío y la paradoja. No. De ambos y seguramente de muchos otros mares hay en el de Oyarzún, pero la imagen predominante es la de un océano de limpidez gozosa, de invasora sensualidad. Mar para la piel, para los ojos, para la cabellera. Para VERLO, es decir, para gozarlo en la integración apretada de los sentidos:
“Con suprema alegría entro en el mar. ¿Sentís el fiero ardor del mineral divino que desgarra su cuerpo en los acantilados y lo vuelve a juntar en su agitado retroceso? Amo esa seguridad con que el mar se decapita y salva, la cólera de su boca transfigurada de pronto en campo de nieve vertiginosa. ¡Oh, sin memoria él baila y su vigilia es sueño! Escucho el canto que la crecida arranca de los arrecifes, clamor de un astro ciego bajo un cielo vidente, ese astro de las aguas devorado por su propio poder”. (p. 19).
Pero este mar percibido y vivido por nuestro poeta es la materia de otros como pensador y a la vez artista, Luis Oyarzún sabe que las puertas de los sentidos son el paso inicial que conduce a la conjetura. El conocimiento que empieza en la sensación termina en la idea. Ahora bien, ¿qué es la idea?
En todos los oficios ocurre que el trato, el manoseo de las cosas van cavándoles la estructura y equivocándoles la intención. Si esto sucede con las cosas, ¿qué no ocurrirá con la referencia inespecial e intemporal de ellas, esto es, con los conceptos? ¿Y todavía con la esencia de estos mismos? ¿Qué entendieron los griegos por “idea”, y sobre todo Platón, que cargó el vocablo con energía ya más que bimilenaria?
Escribámoslo de golpe: idea procede de un verbo griego que significa VER. La idea se relaciona liminarmente con las formas y las apariencias. Por eso una incursión gnoseológica, una búsqueda sustancial es en primera instancia una visión. Los sentidos son diferenciaciones de uno sólo: la piel, o si se prefiere, el tacto. Los ojos realizan el milagro perceptivo de reunir en una imagen totalizadora las experiencias sensoriales: cuando uno VE, aprecia no sólo el tamaño, la forma y el color de los objetos, sino también imagina cuáles sean los sabores, los olores, los sonidos, la temperatura, el peso, la consistencia, en fin, que circunstancialmente los determinan.
En una palabra, la idea o conocimiento depende de la visión o experiencia sensoria. Ver y conocer se identifican.
Luis Oyarzún entra al océano como Neruda a la madera: para arrebatarle su esencialidad. En uno y otro, los objetos elegidos significan al ser. Pero mientras en Neruda hay una degradación hacia el caos, partiendo desde la inteligencia (“con mi razón apenas, con mis dedos, con lentas aguas lentas inundadas”), en Oyarzún hay el voto imperioso de ver y discriminar hasta que las propias fuerzas se agoten o hasta que sepan de dónde les viene su virtud:
“Podría ver sí cerrara totalmente los ojos adentro de mi lecho, si recordara al fin. Pero, ¿quién cierra totalmente sus ojos? En el mar o en el letargo de mi cuerpo, ahogado o desvanecido, ¡ah, si viera! ¡Ver! Una sola cosa vista, ver con visión perfecta este vaso de agua en la mesa de noche, romper el sarcófago y ser libre.
¿No puedes ver una cosa cualquiera hasta el extremo? O estar abandonado, tendido en la cubierta bajo las nubes nocturnas, ser llevado hasta que los ojos se abran con la gratitud de una rosa que supiera quién le dio su perfume" (p.22)
Este celo de contemplación emparenta a Luis Oyarzún con el filósofo que pensó “algo no existe mientras no ha sido nombrado” y “el conocimiento es un recuerdo”. Ver en nuestro prosista es intuir al ser en su totalidad, al que recuerda la esencia de sus orígenes renunciando a la visión de las apariencias, al que rompe la cárcel del cuerpo caduco para instalarse en lo definitivo. La eternidad del ser se halla en el nombre, donde la idea clara y distinta asegura su morada. La VISION en Luis Oyarzún culmina en la DENOMINACIÓN. La suma es, entonces: ver, igual a conocer y nombrar.
El poeta apacienta sus sentidos en los objetos. A este ejercicio lo llama VER. A poco se percata de que hay una visión íntima, personalísima y misteriosa que precede, integra y supera a la ordinaria y circunstancial de los sentidos. Está en cada uno de nosotros, y pugna por aflorar, desesperadamente. Se ha concretado en un nombre, es decir, en la madurez de la visión o conocimiento. Cuando contemplamos, cuando llegamos a ser todo lo que podemos, sentimos que esa vivencia de lo absoluto casi fecunda con su palabra nuestro labio, como ocurre en los esfuerzos recordatorios de Fray Luis en A la Música de Francisco Salinas, Proust en La Petite Madeleine o Gabriela en La Memoria Divina. Y todo esto es de raigambre platónica.
Tenemos entonces al mar de Luis Oyarzún, convertido en un objeto metafísico. De acuerdo con el conocimiento reminiscencia, al océano no se arriba; en rigor, él viene hacia nosotros. Quizá fuera más preciso: se hace consciente. El drama cognoscitivo del poeta estriba en investigar el nombre, en urgir a la memoria, hasta que desgrane la buscada dicción:
“Hay un nombre olvidado que quiero recordar, un nombre que tengo que haber conocido, que en mí ha sido guardado, y con cuyo susurro a veces sueño. Puedo reconocer las palabras que se le parecen, pero a ese nombre mismo nunca lo he podido escuchar, nunca he podido adivinarlo, aunque sé que de él he crecido, que él era lo único existente en mí cuando he comenzado a existir; y lo único que existirá de mí cuando muera. Destruimos las semillas que nos dan nacimiento, y no hacemos sino olvidar nuestro origen. A veces, cuando despierto, siento que el nombre me habla todavía; pero, aun antes de que mis ojos se abran a la luz, esa voz ya se ha ido. Cuando lloro, parece que él fuera a revelárseme como el rostro de la madre al niño entre sus lágrimas; pero el llanto lo oculta. Subo montañas, como si el aire de las cumbres fuera a comunicármelo, como si el nombre pudiera salir de mi pecho al contemplar los valles que hay al otro lado, pero en las alturas tampoco me es dicho. Respiro y mido las grandes distancias. En el fondo del campo hay un cielo que vela sobre el mar, el mar donde está la palabra. Pero a ese mar no se llega. El viene”. (Página 25.)
¿Se palpa el dolor de las esencias, la sed metafísica de Luis Oyarzún? En prosa pura, de límites en extremo sencillos, y a menudo suave y vetada de matices, el poeta no se complace jamás en desgarrarse el estro con énfasis declamatorio ni enyugarlo a ese nuevo tipo de retórica en que lo desvencijado y corrupto prosperan sin paralelo. Tampoco le asisten inquietudes por cantar las “reivindicaciones”. Por el contrario, dentro de lo que no se “ve” en este libro, se hallan los conflictos de orden social, y de un modo genérico, nada de cuanto repercute en el plano de la opinión pública que presume de alerta y bien informada.
A Oyarzún le interesan los hechos estrictamente personales, porque ante todo es un artista. Los torna exquisitos y los acrece cualitativamente. Son impresiones, vivencias que suelen constituir manchas de pulcritud lírica muy pocas veces revelada en nuestra literatura. Descuellan las Cuatro Historias finales: Ciervo Herido, Castillo en Ruinas, La Noria y La Casa sin Dueño. Participan de esa “difícil facilidad” que entre nosotros alcanzó la prosa de Desolación y La Casa Abandonada, y entre los peninsulares, la de Platero y La Ruta de Don Quijote. Aún más desmochada, más humilde, más virgen de aderezo, posee esa maravillosa ingravidez y esa gracia de dinamismo liviano que se nos adhieren infatigablemente, como el perfume a los recuerdos.
He ahí el CIERVO HERIDO:
“El ciervo herido vuelve hacia su piel sin daño la húmeda mirada. Aún nubla sus ojos la luz del bosque por el cual vagaba sín presentir la flecha que iba a atravesarlo. Aún las ramas que lo rodean son las mismas, y en su inmovilidad parece eterna esta mañana tranquila. Mas, mirad el cuerpo delicado que con sus rodillas blancas oprime el musgo, bajo la encina que protege su muerte. Mirad sus lentos gestos, infinitamente cansados por fin. Su hocico, plácido ahora, después del asombro del sufrimiento; su cabeza sometida, rodeada por el vaho luminoso que la muerte hace brotar alrededor de las bestias heridas. Miradlo. Ya la gracia visita al moribundo. El joven ciervo está solo, sin noche y sin día. Sus orejas no buscan la señal del peligro, ni su nariz los pastos suculentos. Ya permanece el que va a morir. Ahora puede ver al que deshace para su propio bien lo que El mismo levanta. Sus ojos se detienen. Todo lo abrazan, pero no encuentran ya sino aquella obscuridad que nace de los ojos mismos, esa noche privada que trae consigo Aquel que dulcemente engaña a los heridos”. (p. 53-54).
Ritmada la cláusula, como la intermitencia de dulce fatiga con que a la muerte cede la aristocracia del ciervo. Parece que toda la majestad de una existencia se acumulara para permanecer en gesto que conserva el prestigio destruido por la tragedia de la momentaneidad. En este cuadro en que el estatismo respira, donde la muerte llega a remansarse con su naturaleza tan sosegada, Luis Oyarzún obtiene el efecto estético más alto. La economía y belleza simple del objetivo, el tono tierno sin blanduras, la perspicacia de lo terrestre y lo celeste, en fin, granjéanle a este trozo nuestra ponderación.
¿Va justificándose el nombre del libro: VER? Pequeño libro de poco más de medio centenar de páginas. Para ejercitar el intelecto, y no los brazos, habría exclamado Gracián. Sí. Para ejercitar de largo las potencias, porque esta prosa no es tan inocente como podría creerlo un profano o uno de esos críticos que sólo anhelan ser leídos en el trolebús (?).
Oyarzún muestra que, sin solazarse con las ruinas ni los detritus y derrumbes con que se atracan intencionalmente y sin vocación algunos líricos desde Residencia en la Tierra, es posible crear poesía limpia y recatada.
No consigue sus buenas intenciones sin esfuerzo. Hay cosas que no las “ve” el autor, sino con el resabio de otros grandes espectadores de nuestras letras. Pero, vitaminando su estilo y espulgándolo quizá hasta el dolor, ha conseguido quintaesenciar su delicada energía.
Sin duda, hay observaciones de preceptiva literaria, que aún pudiera tomar en cuenta en lo sucesivo —como la obliteración de algunos “que” y otros “pero"—, no obstante lo cual su prosa deberá incluirse ya entre las castizas.
Mérito sobresaliente de Oyarzún adaptarse a la poesía desde el ensayo filosófico. Porque es el momento de confesar juzgamos a un profesor que se ha distinguido como ensayista. ¡Ojalá su influencia fructifique con bien en ambos terrenos, y quieran los manes del gusto y de la inteligencia ser propicios a las nuevas generaciones, para que “vean” con ojos personales e insobornables la realidad! En arte no se ha descubierto otro camino.