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Preámbulo a Que lo visible no se vuelva invisible, de Sergio Sarmiento
(Editorial Bogavantes, 2025)


Por Luis Riffo

 

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«Hay un libro de un poeta que se publicó hace 7 años y fueron 100 ejemplares. El libro se llama Ocupación y me parece magnífico. El poeta se llama Sergio Sarmiento», nos escribió hace algunos años David Bustos a través de una red social virtual y adjuntó el texto para nuestra lectura. Así llegó a nuestras manos ese volumen publicado en 2015 y poco a poco los tres editores de Bogavantes comenzamos a leer toda su obra. «Según yo, calza como anillo al dedo con su editorial», comentó Bustos al final de su mensaje. Y en eso coincidimos con él, cuando poco tiempo después decidimos que debíamos, no reeditar Ocupación, sino hacer una antología, tal como ya lo habíamos hecho con la obra de Guillermo Riedemann, Nicolás Miquea Cañas y Álvaro Ruiz.

Efectivamente, como anillo al dedo nos calzó esta poesía que mira de frente las miserias de nuestra sociedad hipermercantilizada, en esta «mancillada república», y la voz de un poeta que escribe desde un profundo conocimiento de la tradición poética chilena y universal. Nos hemos dejado cautivar por estos versos caudalosos, desesperanzados y a ratos rabiosos, pero también sonrientes, que nunca pierden conciencia de su propia escritura, que se sabe parte de un flujo de lenguaje que viene de lejos y de cerca, que se manifiesta con las palabras que se vienen escribiendo para desmantelar la realidad, no para explicarla ni menos adornarla.

 

Sergio Sarmiento


Me parece que nos hemos encontrado con un poeta cómplice, que señala lugares y circunstancias dentro y fuera de la literatura que nos resultan familiares, que se explaya «siguiendo la nervadura de este camino infértil» al cual, sin embargo, no renuncia, sino, al contrario, pone toda su pasión verbal «para darle algo de luz algo de goce a este manuscrito». Hemos encontrado una complicidad poética, política y existencial, porque sus poemas se deslizan con naturalidad desde la cita literaria a la crítica social y a los desencantos de toda índole, para cuya lectura se necesita del guiño, la confabulación de expectativas frustradas que es ya parte de nuestra historia ciudadana.

Debido a las dificultades para llevar a cabo una publicación de amplio alcance, hemos optado por una cantidad de ejemplares acotada, que, sin embargo, considera la circulación de un volumen generoso, que recoge gran parte de los poemas de cada libro. En ese sentido, la acuciosa tarea de selección realizada por Ricardo Herrera y Marcela Vidal tuvo que sortear la tentación de acercarse más a una publicación de la obra completa que una escogida, debido a la lectura gozosa de todos los poemas.

Nos alegra poder compartir este descubrimiento, que siempre debió estar a la vista de todos los lectores, y esperamos despertar la curiosidad por conocer el admirable oficio de un autor lúcido que cree que «a veces la poesía es una buena cura para la estupidez» y que excede por lejos la modesta pero no menos bella misión de ser «un desocupado que con una linterna dibuja soles diminutos en la noche de la ciudad».

 

 

Contraportada

Por Ricardo Herrera Alarcón

 

Sergio Sarmiento ha escrito, durante décadas, una poesía insobornable que denuncia los mecanismos a través de los cuales la sociedad domina y somete a quienes debiera proteger. Si bien el mundo descrito es de una fragilidad enorme, no teme mirar de frente el reflejo del vacío.

En una entrevista realizada por la revista Elipsis, el autor señala que en su poesía «intenta huir de lo hermético, de lo barroco, tratando de que lo visible no se vuelva invisible y no al revés, como sostienen aquellos poetas que —como escribió Nietzsche— enturbian las aguas para que parezcan más profundas».

Sarmiento es el eslabón perdido de una larga tradición que se remonta a los poetas ácratas del siglo XIX y principios del XX. Una poesía que rehúye los malabarismos y la alquimia, que descree de las reflexiones metafísicas y se burla de la falsa oscuridad. Sarmiento viene de Pezoa Véliz, Parra, Lihn, del habla objetivista y un realismo mezcla de crítica social y desencanto. Todo tamizado por la voz de un escritor inconfundible.

 

* * *

 

Algunos poemas

 

ASEO GENERAL

            Viví hasta los treinta
después me dediqué a corregir sombrías
minucias poéticas, embadurnados residuos
diríase, de un tiempo en que fui inocente y nefasto
como el quintral o la polilla / o como el trago
que se comió el hígado de mi padre

            Como los autócratas
le metí mano al ayer, reformulé mis escritos
cortando sin asco los árboles que conformaron
–alguna vez– mi frondoso bosque primitivo: adiós
«die blaue blame», adiós ramajes rosamelianos
adiós higuera cargada de frutos negros

            Confuso
ahora intento recordar qué decían los poemas
en su versión original, rehacer sílaba y silabario
quisiera reescribirlos, destilar su antigua esencia
pero el bosque se volvió un peladero, tierra muerta
llena de tocones que no volverán a verdear

 

 

CIGARRILLOS

Salgo al patio de noche
y sentado sobre una piedra
enciendo dos o tres cigarrillos

Mientras fumo miro la luna
y las estrellas y los planetas
sobre los techos parpadeando

Y no veo más que eso
ninguna otra cosa viene
a mis ojos o a mis oídos

Como no soy un místico
ni un cazador de asteroides
ni la mujer de un astronauta

el cielo no tiene nada que decirme

 

 

MALL

Sobre el césped de una pantalla gigante
un golfista camina seguido de su caddie

Un niño color margarina pone fichas
en una expendedora de previstas sorpresas

Una pareja –que en el patio de comidas
come pollo frito– se besa: ella porta un peluche
él, un corazón inflable: están enamorados

De la imagen que el espejo les devuelve
han seguido las indicaciones y ahora tienen
su recompensa: son jóvenes gringos viviendo
un amor gringo en un pedazo de EEUU
ubicado en pleno Paseo Puente

Pasa un jockey de los Chicago Bulls
Pasa un jockey de los Angeles Lakers

Circulando sigilosa entre el público
como opacada mazorca, una morena
operaria recoge las bandejas sucias

El aire acondicionado es ideal
absolutamente frío, absolutamente fresco
estamos en pleno verano y a pesar del enjambre
de cadáveres que copan el ambiente
hay cero olor a pudrición

 

 

PROLETARIOS DEL MUNDO ¡UNÍOS!

                        Me fui a fumar un pito
en el patio trasero del cementerio Católico
más allá de la sepultura de Carlos Pezoa Véliz
bajo la sombra de unos pálidos eucaliptos
encendí la marihuana –era basura paraguaya–
y apoyándome en el nicho de una mujer ejemplar
(buena madre / buena hija / buena esposa)
me puse a mirar a unos operarios que
a martillazos abrían añosos ataúdes

Los vi extraer: . .cráneos
. . . . . . . . . . . . . tibias
. . . . . . . . . . . . . falanges
. . . . . . . . . . . . . omóplatos
. . . . . . . . . . . . . costillas

                                   Osamentas
que sobre un triciclo trasladaron a la fosa común
pedaleando, silbando, dejando atrás un montón
de vestidos, enaguas, ternos, zapatos
y otras apolilladas prendas

                                   Sin ceremonias
ni lágrimas, ni discursos, ni orfeones, ni curas
los restos fueron arrojados al enorme socavón
donde terminan los que no pudieron pagar
su individual descanso eterno

                                   En ese hoyo
que tiene el tamaño de una piscina olímpica
han de compartir el comunismo más profundo
más perfecto, más real: el comunismo
de los olvidados huesos proletarios

 

 

RUMBO AL TRABAJO

(Eco de un poema de Jorge Montealegre)

Me molesta la guagua que llora en la micro
me molesta la voz de su madre que le pide
que la corte: córtala cabro culiao, basta
me molesta el vendedor de mineral
me molesta el vendedor de billeteras
me molesta el cantante de cumbias cristianas

Por qué no se bajan todos y me dejan en paz
no ven que trato de hacer una poesía que hable
de nosotros mismos, los que viajamos en micro
y tengo que escribirla ahora mismo, yendo a la pega
puesto que en la empresa no se puede, en la empresa
no hay libertad de pensamiento ni de acción

Tampoco en la noche –informo– la cosa funciona
trato, pero tras la jornada y las saladas horas extras
el territorio se halla en ruinas, arrasado, bombardeado
en la noche el panal no tiene ni miel ni cera
en la noche ni siquiera me quedan energías
para masturbarme como un hombre de bien

Dispongo –en consecuencia– de este único
momento para escribir, cuarenta y cinco minutos
en que estoy descansado, lúcido, listo para hacer una poesía
de nosotros mismos, los que viajamos en micro
que ustedes, con sus insoportables ruidos
no hacen más que arruinar

 




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