Roberto Arlt era una celebridad del periodismo argentino. Después de una década en que sus populares «aguafuertes porteñas» habían inaugurado una manera de retratar la vida cotidiana de cara a las calles de Buenos Aires, hacía unos años había pasado una temporada en España y Marruecos como enviado especial del diario El Mundo, ampliando así sustantivamente su registro de cronista de viajes, que antes había explorado en Uruguay, Brasil y el interior de Argentina. No fue raro entonces que uno de esos días pidiera ser enviado a Chile para escribir acerca de nuestra realidad, propuesta que el director del diario no sólo aceptó, sino que amplió para que su cronista estrella iniciara aquí una larga gira por Latinoamérica. Se pensó y se hizo: a Santiago los boletos.
De esa experiencia surgieron los textos que reúne el libro La química de los acontecimientos: crónicas y columnas desde Chile, recién publicado por La Pollera Ediciones. El volumen, organizado y prologado por Felipe Reyes, incluye dieciocho textos de diversa naturaleza que Arlt escribió durante su estadía en el país o poco después regresar a Buenos Aires en el otoño de 1941.
Como lo contextualiza Reyes en su prólogo, Arlt no tenía una sola razón para venir a Chile. Su interés periodístico por el procеso político chileno de esos días tenía en su revés asuntos mucho más urgentes y personales. En realidad, lo que más quería era salir de Buenos Aires, tomar distancia, despejarse la cabeza. Ese año se había separado de su esposa, la que murió poco después, y su hija se había enredado en un dramón con un aviador mucho mayor que ella. Por si eso hubiera sido poco, el propio Arlt se había enamorado y su amor estaba resultando una pesadilla. Como todo siempre puede ser ser peor, a eso debía agregar sus crecientes crisis de salud. Todo mal.
Aun así, el viaje le dio nuevos bríos al autor de El juguete rabioso (pdf) y lo puso al pie del cañón, atento al hervidero nacional de esos días. Aunque alguna vez colapsó en la oficina de Correos por sus tormentas personales, los teјеmanejes de la política chilena lo mantenían bien ocupado. Miraba con ojo de lince las obstrucciones conservadoras al gobierno del Frente Popular, la pobreza del Santiago de aquellos días o el estado de descalabro de la economía local. Luego de hacer en varios artículos un pormenorizado análisis sobre la situación económica, social y política, concluye que Chile tiene dos posibilidades: "o se renueva o se extingue".
La colección de textos incluye también piezas sobre literatura, cultura y costumbres, como también otras que, aunque no tienen que ver directamente con el país, reflejan los intereses del escritor en esos días. La figura de Rudolph Hess, por ejemplo, o la importancia del esoterismo en el ascenso del régimen nazi.
La "gira latinoamericana", por cierto, fue abortada. Luego de los meses en Chile, que incluyeron una tregua amorosa en Puerto Montt, Arlt volvió a Buenos Aires y le dijo al director de El Mundo: "No puedo seguir, tengo un cáncer en la lengua". Y le mostró una pequeña afta bucal que le había salido: a buen entendedor, pocas palabras. De todos modos, su trabajo en el diario no iba a durar mucho tiempo más. Arlt murió un año después, a los 42 años, de un paro cardiaco.
Geografía frívola
En uno de los últimos textos que escribió sobre sus días chilenos, Arlt dispara contra el libro "Chile o una loca geografía" de Benjamín Subercaseaux, publicado por aquellos días. El trasandino queda estupefacto por su lectura y lo escribe sin pelos en la lengua: "La frivolidad alcanza en sus páginas proporciones increíbles", dice. No le perdona al autor ("ese señor bien nutrido") que sostenga que "los niños perecen casi intencionadamente" y que ofenda a las madres campesinas y proletarias diciendo que la mortalidad infantil no se debe tanto a la miseria como "a la ausencia de instinto maternal".


