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Hacia una poesía totalizadora
"Seudónimos de la muerte" de Gonzalo Millán. Ediciones Manieristas, 1984, 72 páginas


Por Mariano Aguirre
Publicado en CAUCE, 6 de noviembre de 1985

 

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En su antología de jóvenes poetas chilenos —"Entre la lluvia y el arcoíris"—, Soledad Bianchi habla de Gonzalo Millán (1947) como “un poetagozne, puente de poetas” para establecer la unión entre dos generaciones. Una que había comenzado a publicar en los años sesenta y otra que surge con posterioridad al golpe militar. Ambas, de una u otra manera, están signadas por el exilio.

Gonzalo Millán, efectivamente, era el más joven de los poetas de una generación que en su momento Waldo Rojas llamó ”emergente” y que no, no hace mucho, Jaime Quezada la rebautizo como “diezmada”. No es difícil comprender la causa que motivó el cambio de nombre.

 


Cuando este país era libre, democrático y abierto, la universidad también lo era. A su alrededor se formó este conjunto de poetas, pero no por ello hicieron una poesía universitaria, académica. Millán perteneció al Grupo Arúspice que tuvo su lares en Concepción. Otros lo hicieron en Arica (Grupo Tebaida), en Santiago (Talleres de la Universidad Católica), en Valdivia (Grupo Trilce), pero las distancias no eran obstáculos para la comunicación permanente, en especial, a través de encuentros y revistas.

VOCES DE UNA GENERACIÓN

Una muestra representativa, no exhaustiva, de esta generación fue la antología Poesía Joven de Chile, que publicó en México —junio de 1973— Jaime Quezada. Contiene poemas de Omar Lara, Hernán Lavín, Hernán Miranda, Gonzalo Millán, Floridor Pérez, Jaime Quezada, Waldo Rojas, Federico Schopf, Manuel Silva y Oliver Walden. Este libro, que prácticamente no circuló en Chile debido a su no querida vecindad con el golpe de Estado, se agotó en breve tiempo. Es decir, los lectores latinoamericanos lo consumieron, mientras que sus lectores naturales, los chilenos, no tuvieron acceso a él. Se iniciaba así el aislamiento al cual todavía estamos sometidos. Se iniciaba también un hecho que aún nos marca: el exilio. De los poetas nombrados, solo tres permanecieron, con dificultades, en el país, Algunos, entre otros Millán, han podido regresar. Esperamos que puedan hacerlo todos, poetas y no poetas.

 

 

Esta generación no fue ni es parricida. Al contrario, se formó abrevando en la rica tradición poética chilena. Desde la Mistral hasta Lihn y Teillier, pasando por Huidobro, Neruda, De Rokha, Díaz Casanueva, Parra, Gonzalo Rojas. Quizás esta continuidad explique la recepción excepcional de Poesía Joven de Chile en el resto de America Latina. Esa actitud no eliminaba, por cierto, la discusión poética fraterna, enriquecedora.

Poesía breve, lenguaje cotidiano, directa, desmitificadora del mundo y del yo poético, comunicadora, cronista de la existencia personal y colectiva, son algunas de las características del hacer poético de esta generación. Pero ellas no la hacen una poesía simplista, facilona. Al contrario, se despliega en una complejidad de alusiones ricas en significados.

La conciencia del oficio del escritor, es otro de los atributos de estos poetas. En 1968, año en que aparece su primer libro, Relación Personal, Gonzalo Millán escribió en la revista "Trilce": “Por último creo que antes de nada es preciso alcanzar ese yo que realmente es. Solo en el momento en que yo sea, se verá ser también al tú y al ellos, y entonces se podrá hablar de un verdadero primer paso, cuyo atrás o adelante estará por verse”, Con su dos libros publicados en Canadá, La Ciudad (1979) y Vida (1984), y con el que ahora aparece en Chile, Seudónimos de la muerte (Ediciones Manieristas), Millán ha dado más que un primer paso, ha recorrido un camino, con sus vueltas y revueltas, con sus despedidas y regresos.


CERCANÍAS Y LEJANÍAS

Escrito a lo largo de cinco años, La Ciudad es un solo y extenso poema dividido en 68 secciones. Entrega una visión totalizadora de una ciudad innominada pero reconocible, bajo una dictadura militar. Es un espacio acosado, vigilado reprimido. En el vive, o sobrevive, una abigarrada multitud en un tiempo histórico determinado. El poema se transforma así en una suerte de “degradada” epopeya citadina contemporánea.

Todo el poema es un montaje serial, computacional, de versos enunciativos que se van encadenando unos a otros a través de un verbo o de un sustantivo. Lo dice el texto: “Corre la pluma/ Corre rápida la escritura/ ... Las tarjetas perforadas corren”. Los versos son frases hechas, definiciones de diccionario, lugares comunes que por su obsesiva repetición alcanzan un tono de letanía, de rezo civil, por esta ciudad en que hombres, objetos y naturaleza están corrompidos por la ignominia impuesta.

Si bien el personaje principal del poema es colectivo —sus cabizbajos habitantes—, algunos se destacan. El anciano —hablante básico del poema, el que lo escribe—, el ciego —que oye, huele, siente, olfatea la realidad para transformarse en la memoria de lo que sucedió y sucede—, los prisioneros y torturados, los resistentes, los cesantes y los hambrientos. El otro bando está encabezado por el tirano y sus adláteres. La beldad cómplice, los agentes, los soplones, los torturadores, en definitiva, los detentadores del poder, los que quieren borrar la memoria, los que “destruyeron la ciudad”.

A este poema visual, testimonial y de búsqueda formal —como gran parte de la poesía de Millán— siguió Vida, una antología que reúne varios libros escritos entre 1968 y 1982, incluyendo su primer poemario. Va desde la experiencia adolescente con su descubrimiento del mundo y del amor hasta la profecía de una sociedad más justa y solidaria, presente en el notable poema “Nombres de la era”. Pasa por el mirarse y desdoblarse del poeta, por la crisis de la pareja, por el registro de objetos y cosas que rodean al hombre contemporáneo y lo alienan. Sentido enciclopédico y objetivo, totalizador de la experiencia humana, caracterizan a este libro que contiene, quizás. algunos de los mejores poemas, no sólo de Gonzalo Millán, sino de toda nuestra poesía actual.


LAS CARAS DE LA PARCA

El titulo Seudónimos de la muerte alude a las distintas máscaras que asume “la que no perdona”, al decir del romancero medieval. El libro reúne poemas breves escritos entre 1973 y 1983. Son, por lo tanto, en su mayoría poemas concebidos en el exilio.

Está dividido en tres partes. La primera es “Visión de los vencidos”, nombre cuyo referente es la recopilación de las relaciones acerca de la conquista que hicieron los sobrevivientes aztecas, mayas y quechuas. Siguiendo esa idea, Millán recoge los testimonios de las víctimas del golpe de Estado. Las voces son múltiples, colectivas, con la intención de entregar una visión totalizadora de una realidad aberrante. El primer poema sirve de marco a los demás, de alguna manera los contiene: “Hermosa es mi piel de visón./ Me persiguen por ella/ Me capturan. Por ella/ me matan. Me desuellan”. Se llama “Ideas”. Desde allí se despliega el horror de la represión.

La segunda parte se llama “En el país de la hoja“. Millán pasó gran parte de su exilio en Canadá, y ese país tiene en su bandera una hoja roja... Aquí está el extrañamiento, desde la partida hasta la radicación en un país que el hablante rechaza. Dice en “Hockey”: “La muerte canadiense/se desliza hacia mí, /rauda sobre el hielo/ como un jugador de hockey/ esgrimiendo/ su guadaña de palo./ Yo no se ni patinar,/ yo juego futbol, le digo”. El temple de ánimo es la añoranza hasta el momento en que llega la reconciliación con el espacio ajeno. En este caso se da a través de la naturaleza, única forma de comunicarse con el país original: ”Mi querido quirquincho,/ mi cóndor y guanaco./ Saludos les mandan/ alces y renos,/ el oso polar/ y la ardilla voladora” (“Saludos”).

La ultima sección es “El bosque de Kralingen: Fragmentos de un retorno parcial”. Ahora es otro el espacio del exilio: Holanda. Pero el título también apunta, obviamente, a la posibilidad del regreso. En esta parte, el hablante reencuentra el amor. En un principio teme, pero después lo asume con plenitud.

Así como en Vida, especialmente en “Apocalipsis doméstico”, también aquí está presente el motivo de la separación, pero con signo distinto. En el libro anterior, la ruptura está marcada por la destrucción total. Ahora la separación se espera momentánea: “Quedamos esperando en continente ajeno/ como en la cubierta/ de un inmenso, varado portaviones,/ listos para desembarcar/ o emprender el vuelo/ apenas aparezcan en la siguiente lista/ numerosos, nuestros nombres postreros”. La amada ha vuelto al país original y el amante está imposibilitado de hacerlo, porque la nefasta L en su pasaporte se lo impide. Aunque a regañadientes, acepta la decisión, porque algún día é1 la seguirá: “Árbol de la esperanza, / creciendo al borde/del abismo/ con la mitad/ de las raíces al aire:/ ¡Mantente firme!". Este es el último poema del libro. Se llama “El árbol de la esperanza”.

 

 


 

 

Algunos poemas de "Seudónimos de la muerte"

 

 

MIENTRAS

Mientras la vienen a buscar
cerca de la madrugada, de civil
cuatro hombres armados.
Mientras registran su escritorio.
Mientras le piden
que los acompañe para unas consultas.

Mientras es llevada al cuartel.
Mientras entra en el cuartel secreto.
Mientras escucha, llegando
los gritos de otros torturados.
Mientras se niega
a firmar una declaración,
pero debe hacerlo a la fuerza.
Mientras la obligan a beber
una taza de té que contiene
una cápsula aún no disuelta.
Mientras le aconsejan que coopere.
Mientras le advierten
que es mejor que obedezca.
Mientras la hacen desnudarse
y le pasan una frazada.
Mientras el doctor le pregunta
por dolencias pasadas y presentes.
Mientras la marcan con cruces
de yodo en ambos pezones.
Mientras le pintan con yodo
los tobillos, el bajo vientre.
Mientras le aplican los electrodos
en los lugares pintados.
Mientras le descargan la corriente.
Mientras se convulsiona entre los cables.
Mientras grita.
Mientras salta en la parrilla
enredándose con los cables.
Mientras suben el voltaje
y enronquece de gritar.
Mientras destrozan sus vísceras.
Mientras rechinan sus dientes.
Mientras despide chispas.
Mientras la mojan.
Mientras queda inconsciente
y es llevada de vuelta al calabozo.
Usted se sobresalta y agita.
Una vaga pesadilla la despierta.
Enciende la luz.
Bebe un sorbo de agua.
Usted se vuelve a dormir.
Usted duerme tranquila.

 

 

ÁRBOL DE LA ESPERANZA

Árbol de la esperanza,
creciendo al borde
del abismo
con la mitad
de las raíces al aire:
¡Mantente firme!

 

 

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