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PERDÓN Y OLVIDO

Marco Aurelio Rodríguez






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Maradona, de tanto ser perdonado, fue convertido en Dios.
Chile también perdona. Y olvida, que es la forma más entrañable de perdonar.
Miguel Krassnoff Martchenko fue homenajeado; públicamente perdonado.
Perdonemos la rúbrica del Escudo Nacional, porque el cóndor y el huemul no saben lo que hacen. Dispensemos el rojo de nuestra Bandera manchada de sangre mapuche.
A las farmacias, por enfermarnos.
Al payaso del McDonald’s.
Siempre habrá una forma artera de perdonar: a los ejecutivos de Inverlink, MOP-Gate, La Polar, e-t-c-é-t-e-r-a.
A Jorge Valdivia hay que perdonarlo.
Los votantes de Providencia ofrendaron velitas a la Divina y emergió Cristián Labbé con su peinado celestial.
Perdonamos a Iván Moreira no haber podido asistir al acto de Krassnoff; ya habrá ocasión de homenajear a Pinochet.
Dispensamos a Hermógenes Pérez de Arce el escudarse en la prensa y más encima que lo tomen en cuenta. Perdonamos a los medios de comunicación en Chile, que sí saben lo que hacen.
Al Ratoncito del Club de la Comedia, que entretiene y hace olvidar lo meritocráticos que no somos.
Al Retail y a los que viven de sus tarjetas de crédito, por no amarse los unos a los otros.
A Camila Vallejos por ser tan bonita. A la Vale Roth por ser tan inteligente. A Ena von Baer por ser tan designada.
A la distinguida concurrencia, por ser protagonistas de Infieles, por compartir los carretes inflamados como silicona, por creer que Jorge Valdivia es Mago.
Señor, perdónalos.
El escritor ruso Fedor Dostoyevski, los ojos vendados dispuesto para su fusilamiento una madrugada de diciembre de 1849, es notificado que su pena de cariz político había sido conmutada por cinco años de trabajos forzados en Siberia. La compasión ―lo mismo que su epilepsia y su afán por el juego― será una constante en su vida y en su literatura. Si hubiese sido él el autor del libro que más amaba, Ana Karenina, no solo habría perdonado las infidelidades de su protagonista (León Tolstoi, el otro gigante de la literatura rusa y creador del libro en cuestión, sí arrastró a la infame a la muerte bajo las ruedas del tren), sino que se habría inmolado por quien lo requiriera.
Perdonemos el progresismo y a Karadima.
¡Al ruso le daba tanta pena el ser humano!




 


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