Partamos por el principio. Marcelo Arce Garín (Santiago, 1976) es autor de cuatro libros de poemas (Exhumada, Caja de cambios, Óxido y el libro que ahora reseñamos), pero también ha sido, entre otras actividades, encuadernador, locutor radial y en la actualidad se desempeña como vendedor de libros.
Valga traer a colación, aun cuando brevemente, el currículum laboral del autor de Vértebras, porque la suya (sobre todo en Óxido y Vértebras) es una estética del trabajo, casi una poética en sintonía más con el neo-operaísmo italiano (Bifo Berardi, Maurizio Lazzarato, entre otros) que con los oficios mistralianos que la premio Nobel detallara en sus prosas.

Marcelo Arce Garín
Si en Óxido el texto se volvía fundamentalmente reivindicativo, en el libro que ahora nos convoca el tono aún mantiene ese aire de cólera y de bronca mal contenida, pero con ciertos matices que hacen de Vértebras un volumen no necesariamente más elaborado, pero sí uno donde se conjugan, a ratos a la perfección, la necesidad y la urgencia de decir algo con la forma más adecuada, tal vez la única posible, de decirlo.
En ese sentido, este libro comienza desde su cubierta a hacernos entender que la mirada que transmite no es celebratoria ni tampoco una reproducción naturalista de nuestro observar. La fotografía de portada es parte de una obra de Elías Adasme, artista visual chileno que en medio de la dictadura fue capaz de llamar la atención, a través de sus performances e instalaciones, sobre lo que se vivía en el país en ese momento. La imagen en la portada nos muestra a un delgado Adasme colgando cabeza abajo, al lado del mapa de Chile. La metáfora corporal del país volteado por completo, donde todo el orden ha sido invertido. Permítanme extenderme sobre este punto: la acción de Adasme data de 1979, momento en que la dictadura seguía activamente con las violaciones a los derechos humanos, en todos los ámbitos de la vida cotidiana.
Esta obra de Adasme se compone de cuatro fotografías más, de entre las cuales recordamos aquí aquella donde el artista se vuelve a colgar, pero esta vez del poste que señala el nombre de una estación del Metro de Santiago, Salvador, con el doble sentido de la necesaria redención que se buscaba en esos momentos, una instancia del dolor tamizada por un tinte religioso, además de la referencia ineludible al nombre del último presidente constitucional de Chile en aquel entonces, Salvador Allende Gossens.
¿Por qué hablar de Adasme en lugar de los poemas de Marcelo Arce? Porque para el autor de esta reseña resulta evidente que el escenario representado por el artista visual en 1979, con todos los matices del caso y guardando todas las distancias que haya que salvar, continúa. Tal como dijo el mismo artista, en una entrevista al diario El Mostrador en el año 2013, “Porque veo que a la larga Pinochet ganó. Triste es decirlo, pero Pinochet venció, porque logró instaurar en el país un régimen de un capitalismo salvaje”. Sobra decir que, trece años después, sería particularmente interesante revisar esas declaraciones a la luz de la última elección presidencial en Chile.
Los poemas de Arce Garín, escritos en un verso libre que conoce menos de métrica que de ritmo, capaz de incorporar múltiples voces a la enunciación del texto, se desgranan en un recorrido latinoamericanista como si este libro estuviese destinado a sacar a su autor del contexto sanbernardino y santiaguino en el que mayormente se ha desenvuelto, para ubicar ahora su punto de hablada en una frontera móvil que lo reconoce tan chileno como americano, sin distinción fronteriza. De hecho es imposible saltarnos ese pequeño refrán de cuatro líneas que se repite a todo lo largo de Vértebras:
fricción
como el autito rojo de la infancia
el matute punza brígido
arde el borde en la frontera
El intercambio más o menos (i)legal de bienes a través de los pasos fronterizos y el roce, la chispa y la fricción que aquello genera son el alimento del que se nutre este conjunto. La voz de estos poemas se desplaza por espacios geográficos, pero no cambia su foco en torno a las luchas obreras y de liberación nacional. Desde los esfuerzos de autogestión obrera en fábricas argentinas al mundo quechua retratado por José María Arguedas, pasando por las rebeliones indígenas en el Perú colonial encarnadas en la figura de Micaela Bastidas, Vértebras claramente una tendencia que lo posiciona en lo que conocemos bajo el rótulo de poesía política o comprometida.
Desde el Waynaricunataky que se traduciría como “Canción que representa un joven que se encuentra enamorado”, hasta episodios estelares del sindicalismo ecuatoriana, creo que -de lejos- lo más importante que hace este libro de Marcelo Arce Garín es recrear una estética militante que, desembarazándose de sus obligaciones reaccionarias con el lenguaje, i.e., su necesaria representatividad y aun peor el empalagoso localismo que otros adoran y practican, una estética militante, decíamos, que pone en juego todas las posibilidades idiomáticas y lenguajeantes (como hubiera dicho Kozer) a su haber para hacer del verso un arte combinatoria que en su irredenta libertad crea su propio y muy único espacio de enunciación.
No hay divorcio ni contradicción: el latinoamericanismo y el mundo obrero representados no pierden sino que ganan mucho con el ritmo aleatorio del vocabulario de Arce Garín, se multiplica y no se reduce el sistema reivindicatorio que es donde más cómodo se siente el autor. La introducción -la apropiación- de distintos coloquialismos, sacadas del habla del continente, calza a la perfección con el uso vertiginoso de una lengua que, en los mejores pasajes de este libro, parece recién inventada, parece un medio de expresión inédito por lo insólito y aun así plenamente reconocible.
Así, por ejemplo, en “El niño que regalaba bolitas a la primera línea”, la plasticidad del lenguaje se refleja en las mutaciones de significado a las que son sometidos ciertos vocablos. El hablante maneja al dedillo toda la jerga del juego, por eso el infantil jugar a las bolitas y toda la terminología que lo acompaña, “ojitos de gatos, pepas y bolones” (15) se transforma en el verdadero sostén del relato que acompaña al poema, del anecdotario que rodea y fortalece la estructura verbal de estos poemas.
De este modo, “los ojitos de gato” mencionados en el poema devienen los ojos reventados por la brutalidad policial en el Chile del estallido, haciendo uso de una metonimia que nos trae de vuelta a toda una discusión política por medio de un juego de niños que nunca fue solo eso.
En otro poema como “Posta”, algunos de los héroes del noventa (hablo aquí de los poetas de la generación del 90 en Chile que partieron antes de tiempo, emblemáticamente Antonio Silva y Héctor Figueroa) comparten lides con boxeadores que, sin embargo, guardan intrínseca relación con la chilenidad autorial, casi un gesto hacia un lugar de origen, ya que no se trata de cualquier pugilista, sino del muy recordado Cardenio Ulloa y del episodio conocido como el stop-stop-pare-pare (pelea entre el mencionado Ulloa y Benito Badilla, que terminaría en KO para el primero debido a un error arbitral). Esta chilenidad de la que hablamos no es meramente la mención de un par de deícticos, sino el mismo lenguaje del que antes hacíamos mención, pero que en este caso delata una pertenencia obvia.
Los distintos modos en que este lenguaje es escanciado y escandido le otorgan una especial cadencia al volumen en su totalidad. No hay una continuidad en el largo de los versos, pero la dicción particularísima de Arce Garín, esa combinación armoniosa de lo dispar que resulta en una belleza muy propia, muy de un sello inconfundible, es uno de los grandes méritos de este libro. Por eso un poema del tipo de “¿Cómo se puede cantar mejor?”, si tuviera que escoger uno, me parece que resume la tarea que se ha impuesto Arce Garín con estas Vértebras. Este texto, a diferencia del conjunto, es un poema de amor, o lo que comúnmente se conoce por tal. Hay, en estos versos, a falta de un nombre mejor, una bondad que uno suele extrañar en las y los poetas contemporáneos, tan afectos a señalar críticamente lo más conflictivo de su(s) experiencia(s), de lo cual tampoco está ajeno nuestro autor.
No obstante ello, “¿Cómo se puede cantar mejor?” pareciera también esconder, bajo la apariencia de este texto supuestamente amoroso, una invitación a una poética que estime las posibilidades de la palabra que debe lidiar con el esplendor y la miseria de la realidad sin desechar ninguno como materiales de escritura. Si, en su primera parte, al preguntarse por la forma para cantar mejor que una pájara, asoma un sentimiento de esperanza y de arraigo en el trabajo, también hay una conciencia del enfrentamiento con lo prosaico
algo que suprima el bruxismo y el descampado
no era tremendista que cada micro
pasa ignorando nuestras desidias
marchito el escupo
paso por unos tragos
(59)
No sólo la impertinencia predicativa (“marchito el escupo”) llama poderosamente la atención del lector, sino también la resignación del que pasa por unos tragos ante el peso de la realidad. El poema, sin embargo, consta de una segunda parte, que sintomáticamente comienza preguntándose: “¿Cómo se puede cantar mejor que un pájaro?” (59) Este binarismo no ofrece, no obstante, una respuesta contrapuesta a la que habíamos visto en la primera sección del poema. Por el contrario, ahonda en el desgaste propio de la cotidianidad, con la excepción, nos parece, del amor. La invitación final a cantar juntos la entendemos como un anuncio de tiempos mejores, como el anhelo de los mismos.
Cuando muchos de los teóricos contemporáneos (los arriba mencionados Lazzarato, Berardi, Negri, entre otros) arrojaban, tal vez no sin razón, una mirada escéptica, cuando no apocalíptica sobre las posibilidades del cambio social, Arce Garín propone una poética que desde lo visual, gracias a la fotografía de Elías Adasme, y lo verbal, intenta re-imaginar, dar vuelta si es necesario, el estado de las cosas para comprenderlas de otro modo.
Y, si no me equivoco en torno al proyecto de este poeta, esa comprensión sólo se puede lograr a través de un lenguaje nuevo. Para mí, Vértebras es un primer peldaño de altísimo, imprescindible valor en ese empeño.