Las vértebras de un viaje que no para
Conocí el primer libro de Marcelo Arce un año después de su publicación (el 2009) Exhumada (Editorial Mantra). Recuerdo que cada texto configuraba un documento poético fílmico sobre Jenny Barra Rosales, una joven estudiante de la comuna de San Bernardo secuestrada, torturada, asesinada y desaparecida por agentes de la dictadura de Pinochet en 1977. Marcelo es sambernardino y el poeta José Ángel Cuevas le agradece el rescate de una verdad demoledora, pero útil para ir siempre en la contra de los abusos del poder. Cito a Cuevas: “por que quién no va a saber que en tu propio cerro Chena donde se bailaba cueca y cumbia para el 18 chico, y corría la chicha y el chancho y las banderas rojas de sangre”. Esa impronta de poeta de comuna mirada tantas veces a huevo se mantuvo cuando leí (aún sin conocer al autor) varios poemas de Caja de cambio (2016).

Al otro año lo conocí cuando yo andaba con una cineasta por Santiago con la idea de postular una novela a unos fondos de cine. Fracasamos rotundamente, pero anduve con el poeta recorriendo los baruchos de Franklin, transportado como el personaje del video más famoso de A-ha en un pasquín de chorrillanas, afiches de tocatas, y maltas morenitas. En algún momento me llegó el pdf de Óxido y Arce ni se enteró. Ahí situó la pelea en el obrero como sujeto poético, en sus luchas, en sus triunfos silenciosos, la textura de las imágenes de Los niños prohibidos de Góngora (1986), el mismo desarraigo de Caminito al cielo de Sergio Navarro (1989). Se mantuvo esa observación participante de Arce hasta llegar (es mi opinión) a cristalizar una nueva raíz en su escritura poética, el montaje de Vértebras, que en mi ficción se sube a una suerte de micro sudamericana que podría partir perfectamente desde Estación Central y comenzar la salida, al decir de Lihn Carrasco, del horroroso Chile atravesando la cordillera que pareciera que muchas veces la velamos para no asumir nuestra conciencia andina. Cito el epígrafe del libro, que es del más grande poeta modernista chileno nacido en Curepto:
El hielático terral
desde los Andes sopló,
y a su paso no dejó
ni una rosa en el rosal.
(Pedro Antonio González)
Se despliega un canto por los pueblos hermanos, y como buen rockstar sudamericano ese guitarreo está lleno de choledad, puna, pampinos y una antigringués que corroe más que la sarna. Antes de cruzar la frontera Arce recuerda a Rodrigo Rojas de Negri, a Carmen Gloria Quintana resonando aún en los circuitos de la radio Cooperativa. Las miserias de nuestro modelo posdictadura que siguen tronando. En el poema “Posta” el epígrafe parte con el consuelo de Carlos Pezoa Véliz
para espantar la tristeza,
duermo.
Una tarde en un hospital o una mañana en un consultorio es un triunfo si no se logra estirar la pata y no da para hacer vida social como dijo un esbirro del gobierno de los tiempos del sumergido Piñera.
La primera visita es a la Argentina, luchas sociales que el porteño ha dado en Plaza de Mayo. Corralitos, Videlas, Menems, un presidente que arranca en helicóptero de la Casa Rosada, la bestia Milei. Moura, no te sacudas en tu tumba y cántanos como siempre. Cito:
mirada speed al final en Campo de Mayo
En la última parada bailar sacude la resaca
negros, grises y azules en bronca inusitada
alegoría y simulacro
No tengo ganas de seguir
quiero salir en libertad
Arce observa que Lima está con mala puna por las restricciones económicas, la represión y el loco afán de secar todo para para rendirle tributo a Washington. El estallido indio, cholo, chino que tanto amó César Vallejo lleva a los hijos del sol a deletrear estos versos. Cito:
Demolamos el virreinato
demolamos a Dina Boluarte
demolamos las antenas, gasoductos
y la estación del tren
tatatata yayayaya
elástica es la caminata en el jirón plural
canto chibolo y sádico
robustez falsa y traicionera
En las alturas de Bolivia, el poema “Un revés y un derecho” nace, a mi entender, como un homenaje a Adela Zamudio, reconocida como la máxima exponente de la cultura boliviana y donde en honor a su nacimiento se instituye la celebración el 11 de octubre como el Día de la Mujer Boliviana. Son las mujeres de pollera que conforman la matriz del poema “Un revés y un derecho” Cito:
¿Dónde está el fondo de ese abismo, dónde?
el pueblo unido jamás será vencido retumba en Ballivian
¡La whipala se respeta, carajo!
en la ladera bajo el humeante vapor de las cocinerías
Llegando a Guayaquil el poeta Arce pareciera decir que los tiempos no han cambiado nada al explotar, y que en todas partes se cuecen habas. Yo le diría que aquí en el Maule, en el sector de San Javier hay una chanchera internacional que no para de oler a mierda y que las moscas siguen haciendo un festín con los pobladores pobres del sector. Ya hay registros gongorinos a través un documental que sigue aun pasando muy piola entre los amantes de la fiesta del chancho talquino. Cito el poema “United fruit company”:
Cortés Vargas
arcada ajada de mansión burguesa
retrete podrido en el eriazo
dio la orden
y el verdor se convirtió en peñascos y plomo
esa tibia noche de verano
Y la última parada es Venezuela y el recuerdo de los 14 pescadores asesinados en el Río Arauca por la policía. Caso emblemático de corrupción y silencio. Cito un fragmento del poema “El Amparo”
Voces desde el 88 esperan despertar la tarde que el cauce no nuble lo popular y su vital sed ante el estrellero que los bancos continúen alimentando la tarde y el sol acompañe el fin de la faena con un trago sobre el bote.
Mi viaje lector ha terminado, la travesía del poeta Arce la estaré siguiendo porque siempre vale la pena leer algo que emociona en su belleza y a la vez incomoda.