Germán Marín

 
 

 

 



Germán Marín:

Dejar de escribir es fácil, basta meterse la mano al bolsillo

 

El escritor y editor Germán Marín viene llegando de Buenos Aires, donde vio con satisfacción que su libro "Un animal mudo levanta la vista" estaba siendo bien recibido por la crítica local. Al mismo tiempo, aprovechó de refrescar recuerdos juveniles, que constituyen parte importante del próximo libro que prepara. El último.



Por Marcelo Somarriva Q.

en Artes y Letras de El Mercurio. 10 de Agosto de 2003

 

Germán Marín espera sentado en un restorán de Providencia tomando café y fumando unos Kent largos mientras lee "Días de Ocio en la Patagonia", del escritor William Henry Hudson. Su afabilidad desmiente cierta fama de arisco y combativo que le precede; un prestigio alimentado por entrevistas y semblanzas donde se lo caracteriza como a un sujeto "maldito", "duro", "incorregible" o "insolente"; como si en lugar de un escritor o de un editor se tratara de un boxeador de peso completo o una especie de personaje de película de acción, de esos que puede encarnar alguien como Bruce Willis. A lo anterior, debe sumarse que recurrentemente se lo defina como un escritor de culto, categoría bastante dudosa que inaugurara Alberto Fuguet a finales del siglo pasado, para referirse a escritores que sólo habían de leer unos pocos elegidos. Este espejismo tal vez se deba a que a Marín se le suela confundir con la voz del narrador de sus libros, y que sus opiniones y juicios sobre los acontecimientos, o sobre la literatura chilena resuenen demasiado en un medio excesivamente proclive a los eufemismos.

Viene llegando de Buenos Aires donde pudo ver con satisfacción que su libro "Un animal mudo levanta la vista", la trilogía que conforman las novelas breves "El palacio de la risa", "Ídola" y "Cartago", estaba siendo bien recibido por la crítica local. Al mismo tiempo, el escritor aprovecha de refrescar los recuerdos de su juventud, que constituyen parte importante del libro que prepara, la tercera parte de la trilogía que, a su vez conformarán finalmente los títulos "Circulo vicioso" (1994) y "Las cien águilas" (1997). Germán Marín puede contar una cantidad asombrosa de anécdotas propias y ajenas con su voz cavernosa y sus gestos enfáticos, que recuerdan su ascendencia italiana. Son pocos los que pueden contar, como él, que las vueltas de la vida le han puesto en el camino a Pinochet como superior en la Escuela Militar y luego como Presidente de la República y a Jorge Luis Borges como profesor de literatura inglesa y norteamericana. Sin embargo, al parecer, a Germán Marín la vida se le volvió trajinada a su pesar. Los problemas familiares y el exilio fueron retorciendo el destino de un escritor que reconoce una fuerte inclinación a la claustrofilia.

- ¿Cómo fue que un estudiante de la Escuela Militar se fue iniciando en la literatura?
"Empecé a leer llevado por el ocio y la falta de dinero, de puro aburrido. Una vez que salí del colegio después de haber pasado por la Escuela Militar entré a estudiar arquitectura sin tener ninguna condición. Lo hice sólo para complacer a mi padre que era constructor. Cuando tuve que salirme al cabo de un año de fracasos, mi padre me impuso un castigo chino: un año sin hacer absolutamente nada y como no tenía dinero pasaba las mañanas en la Biblioteca Nacional, que por lo demás era calefaccionada. En las tardes iba a matar el tiempo a los billares".

"Llevado por la más absoluta libertad que da la ignorancia, me propuse leer todo lo que estaba en las tarjetas de la sección de lectura a domicilio, empezando por la letra A hasta llegar a la Z. Por supuesto que no continué con mi plan. A estas alturas probablemente iría terminando la letra A, la más larga de todas".

"Luego esas lecturas indiscriminadas se fueron refinando especialmente con los estudios universitarios, hasta que volvieron a desordenarse de nuevo. Pero entonces no tenía el menor propósito de convertirme en un escritor, ni tampoco había en mis lecturas alguna clase de estrategia literaria. Yo no quería convertirme en nada, no sabía ni quién era. Tenía entonces el más completo desinterés de ser alguien".

Disc jockey

Después de su interrumpida formación militar y de sus fallidos intentos de seguir una carrera en Chile, Germán Marín viajó a Buenos Aires con intenciones de seguir un viaje en barco con destino a Europa. El viaje sólo alcanzó hasta Buenos Aires, donde, después de algún tiempo dedicado a la vagancia entró a estudiar Filosofía y Letras. Fue entonces cuando tuvo la oportunidad de ser alumno de figuras como María Rosa Lida, Raúl H. Castagnino, Ángel Vasallo, Ana María Barrenechea, Jaime Rest y el propio Jorge Luis Borges.

Estos estudios los alternó con el trabajo de disc jockey que hacía por las tardes en la discoteca "Rendes Vouz" de Buenos Aires, poniendo discos en lo que se llamaba el "Té Danzante", que funcionaba de cinco a nueve y controlando la iluminación. Más tarde, a finales de los cincuenta entró en el que sería el primero de todos sus trabajos editoriales en las publicaciones "Abril", un trabajo de media jornada que recuerda como muy modesto. "Abril" editaba revistas y libros de quiosco que venían de Italia, y su trabajo consistía era limpiarlas de cualquier alusión erótica que podían tener y en adaptar un folletín, que según indicaciones de su editor tenía que ser algo sencillo, que estuviera en medio de Faulkner y Borges.

En 1961 volvió a Chile y se casó con Juana Suárez. Ese mismo año conoció a Neruda, durante su luna de miel. Se hospedaban con su señora en la Hostería Santa Elena y un día mientras pescaba en una roca se le acercó Neruda, quien lo tomó por argentino. Mantuvieron por años una amistad, que según Marín fue bastante aliteraria. Juntos emprendieron el proyecto de las ediciones Isla Negra. Paralelamente hizo trabajos de periodismo y dio algunas clases de castellano.

- Usted ha trabajado por años rodeado de libros. Se cuenta que incluso trabajó como editor en China y que tuvo una librería.
"Entre 1967 y 1968 trabajé junto a mi señora, en la "Editorial en Lenguas extranjeras" de Pekín invitados por el gobierno. Llegué justo cuando comenzaba la revolución cultural y todos los chilenos del Partido Comunista que estaban en China se habían ido. El trabajo consistía en hacer traducciones del inglés al castellano. Mi mujer traducía y yo corregía. También junto a mi mujer tuvimos la librería "Letras", que funcionaba en el octavo piso de un edificio y que luego se trasladó a un local en una galería en San Antonio. Cerró para el 11 de septiembre. Era pequeñísima, pero muy selectiva en su criterio de selección literaria. Por ejemplo, en esos años era grito y plata la venta de "Palomita Blanca", de Enrique Lafourcade, y en nuestra librería no se vendía".

"Más tarde en el exilio trabajé como editor en México en la editorial siglo XXI y en el departamento de ediciones del diario Excelsior. Después de un año y medio en México y en vista de que el exilio iba para largo y que el lugar no era el más adecuado para que crecieran nuestros hijos nos fuimos a Barcelona. En España trabajé en "Labor", un consorcio de editoriales que fue vendida al Opus Dei, cuando esto sucedió el primero en salir cagando fui yo. Calculé que entre desahucios e indemnizaciones me daba para vivir dos años sin trabajar y me dediqué a escribir. No escribía desde que había salido de Chile. Pero desde entonces le venía dando vuelta a la idea de una novela. Terminé con un mamotreto de más de 1.700 páginas que nadie iba a estar dispuesto a publicar y menos aún a leer. Las dos primeras partes dieron lugar a "Círculo vicioso" y "Cien águilas". El tercer tomo fue a parar a la basura. Sin embargo veía entonces que ya tenía una trilogía montada".

- ¿Qué estaba usted haciendo para el 11 de septiembre?
"Me quedé todo el día en casa, sin saber qué hacer. Lo tengo todo muy fresco. ¿Dónde iba a ir? El testimonio de lo que hacía ese día se encuentra publicado en el libro que editaron Matías Rivas y Roberto Merino" (Editorial Lom 1997)".

Allí puede leerse lo que sigue: "A mitad de la tarde, pudimos ver a través de la pantalla de televisión como si fuera otra realidad, el nombramiento formal de esa junta de gobierno en el edificio de la Escuela Militar. Al ratificar la presencia del general Augusto Pinochet en ese cuatorvirato, enmascarado en unos lentes oscuros, mi desolación fue mayor ya que volvía a tenerlo encima, luego de tantos años, después de haber sido cadetito suyo. Odié en la pesadilla de mi mala suerte. Me parecía mentira que las ironías de la historia me hicieran otra vez víctima de aquel personaje gris, irascible, morlón, a quien tenía arrinconado en la memoria".

Antiguallas y amigos

- Es curioso que un editor (Marín es editor de Random House Mondadori) sea escritor al mismo tiempo y que más encima publique en la misma editorial donde trabaja.
"Es un cocktail difícil".

- ¿Qué dificultades ha tenido?
"Bueno, haber criticado publicamente a algunos escritores publicados por la editorial, como me sucedió con Volodia Teitelboim e Isabel Allende, de los que dije cosas de las que no me arrepiento pero que produjeron implicaciones internas. Pero, pasa lo siguiente: hace dos años me estaba retirando de la editorial, quería dejar de ser autor precisamente para evitar esa dualidad. Pero finalmente se resolvió que me quedara. De cualquier manera, cada vez que he publicado fuera de la editorial lo he considerado como un pequeño acto de traición".

- ¿Tiene alguna relación con la poesía?
"Es una antigua relación, como lector. Entre mis lecturas juveniles estaba la poesía de Neruda, y luego en Buenos Aires me impresionó mucho la lectura de Carlos Mastronardi".

- Porque usted ha sido amigo de muchos poetas.
"Desde mis tiempos de escuela militar tuve relación con la familia Lihn, a través de Edgar Lihn y luego con Enrique. Hice amistad también con Neruda y Teillier".

- Pero, Teillier y Lihn no eran muy amigos.
"Cuando Jorge y Enrique se iban a batir a duelo por Beatriz Ortiz de Zárate, me vi en la obligación moral de acompañar a Jorge a la Quinta Normal, donde se suponía se batirían. Al final no hubo tal duelo, los dos grupos no llegaron a encontrarse. A medida que se oscurecía cada grupo se extravió caminando entre la bruma. Finalmente yo le dije a Jorge, vámonos que o si no nos van a cogotear. La escena fue muy ridícula, entre la caballerosidad romántica del duelo y la degradación chilena del cogoteo".

- En su trabajo como editor, usted ha reeditado la obras de muchos de sus amigos muertos.
"En el caso de Lihn y Teillier jugué al empate como editor. En el primer caso reuniendo sus trabajos en el Circo en Llamas y editando el trabajo de selección de Prosas de Teillier que hizo Ana Traverso. Hubo entonces un gesto de amistad que puede asimilarse a lo que se hizo con Mauricio Wacquez".

- Usted además es un editor busquilla; ha publicado títulos raros o a escritores chilenos olvidados.
"Claro, creo que ése tiene que ser un poco el trabajo del editor. Además de que siento cierta desconfianza por lo que se está haciendo en narrativa a nivel nacional. Pero hay que correr riesgos, no se trata de irse a la segura con autores del pasado. Ahora publico a José María Arguedas, ("El Zorro de arriba y el zorro de abajo") pero al mismo tiempo me tiro un carril con Milton Puga ("Amanecer"), que es un autor joven. Pienso que ha ido bajando el nivel de la narrativa en Chile. Por eso mismo duele la muerte de Roberto Bolaño, más allá de los cultos necrofílicos, muy chilenos por lo demás, porque quierase o no, Roberto Bolaño abrió una puerta propia, con una retórica, un tema".

- Parte de su trabajo literario podría caer en la categoría de la no ficción, pero hay también otros donde la cosa es más ambigua.
"Es el cruce entre la ficción y el documento. Es que la memoria es una puta muy engañosa. ¿Cómo saber cuánto es memoria y cuánto es creación propia? La memoria te recrea realidades. No te digo que escribí convencido de que en el techo de la facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires había una cúpula y que la describí con detalles en una crónica publicada recientemente. Bueno, en este último viaje me di cuenta que la cúpula no existía. Puro invento".

"Los dos polos de la realidad y la ficción para mí siempre han sido conceptos relativos desde el punto de vista del ejercicio literario. Luego, también resulta otro híbrido al conjugar un lenguaje conceptual y académico con un lenguaje lumpen. Eso es lo mismo llevado a otro plano".

- Y, entonces, entre mentiras y verdades ¿es cierto que bailó con Ava Gardner?
"Eso es cierto, pero como nadie me lo creía tuve que convertirlo en mentira. Es una verdad que tuve que convertir en mentira para que finalmente pudiera creerse".

- Siguiendo con la mitología: ¿Es cierto que trabajó como negro para García Márquez?
"Nunca lo hablé por lealtad, pero es verdad. Lo conocí en México en circunstancias especiales. Gabo necesitaba un hombre de confianza para algunos trabajos periodísticos y literarios y Hortensia Bussi me recomendó a mí. Hice varios trabajos para él, entre prólogos y presentaciones que finalmente firmaba él con muy pocas correcciones. Se hizo una gran exposición en México: "Chile Vive", organizada por el Museo de la Solidaridad Salvador Allende, y la presentación se la encomendaron a García Márquez. La escribí yo. Era una persona muy agradable que pagaba muy bien. Cada trabajo tenía distinto precio. "Tú pones la letra y yo pongo la música" - me decía, riéndose".

- Volviendo con la no ficción. Usted ha demostrado tener un interés especial por la historia y en sus obras hay bastante trabajo de documentación - que se apareja con cierta atmósfera de novela negra que tienen algunos de sus libros. En ocasiones, incluso, se acerca al ensayo.
"Se trata de llevar el discurso literario hacia otros terrenos. Hay que ir cambiando lentamente el dial hacia otra cosa y de convertir en novelescos los procedimientos que uno emplea, recursos que son aparentemente retóricos y que pueden convertirse en recursos de ficción. Ese desplazamiento que podría ser una zona neutra no hay que desaprovecharlo sino que incorporarlo al mundo de la narración, hay que lograr que el mismo proceso de cambio sea algo en sí mismo novelesco y que empiece a teñir lo que sigue. De manera que una ficción cabalgue sobre otra, como el tema de las famosas cajitas chinas".

- ¿Tiene cierta debilidad por las notas de pie de página?
"Alguna vez propuse al pie de página como un género literario. La idea de hacer un libro en blanco dónde los pies de página relaten la invisibilidad de un texto que nunca aparece".

- Le parece que en sus novelas particularmente en "Ídola" se dé una especie de falsa clave.
"Eso puede provocarse porque los personajes son aparentemente reales, son falsos personajes en clave, que fijan el relato en un marco aparentemente real y que dan cierta legitimidad para describir lo que se da sobre los planos falsos. Hablo de personajes reales, identificables, para así legitimar la ficción. El problema es que, como se dice en chileno, algunos se sienten. Hay algunos elementos verdaderos, pero también muchos cazabobos que son absolutamente falsos. Lo divertido es hacer la anticlave en la novela, introducir el lugar establecido, actualizar el lugar común y luego darle una nueva significación a la clave declarada. Todo esto se puede resumir en la sospecha que tengo del arte narrativo como tal. Hay que estrujarlo todavía más. Por la misma razón introduzco dudas dentro de la narración o, asumiendo las normas gramaticales de la sintaxis, darle una vuelta al orden gramatical fundiendo las voces de los narradores, haciendo que la primera y la segunda persona confluyan en una sola. La literatura tiene que ser de todo: venganza, recreación, alegría".

- A partir de Ídola, y particularmente en "Cartago", hay un giro hacia lo grotesco. ¿Qué le parece esto? Al menos en la literatura chilena reciente hay una vertiente esperpéntica notoria.
"Puede ser, en la medida que cada vez me provoca más desconfianza la realidad. Pero en el tercer tomo eso no continúa. Es que al narrador tenía que darle una proyección, vuelve a Chile con un lirio en la mano, pero se va penetrando de la historia de la ciudad. Se empieza a degradar y el contexto socava su lenguaje. El personaje va siendo dominado por una fuerza lumpenizadora de la calle".

- Ha dicho que termina de escribir, ¿es verdad que finalizando esta trilogía se acaba la escritura para usted?
"Sí, se acaba de verdad. Dejar de escribir es fácil, basta con meterse la mano en el bolsillo. Se termina todo esto, ya está bueno, ya. No le veo más sentido. ¿Cómo decirlo sin patetismo? Quiero terminar esas páginas siendo dueño de mí mismo y morir con dignidad. No hay que exponerse mucho en la vejez. Tengo ganas de quedarme en mi casa desde donde uno nunca debió haber salido. Tengo algo de claustrofilia, que es una de las claves importantes de mis novelas".

 

 

Germán Marín
"Un animal mudo levanta la vista"
Editorial Sudaméricana. 394 páginas. 2003



"Carne de perro"
Ediciones B. 126 páginas. 2003


 



 

 
 

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