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LA ODISEA O EL VIAJE EN PARACAÍDAS

Por Marco Aurelio Rodríguez

 

La Odisea, con sus cantos, sus rapsodias, es una saga de contenido proto-oral ―los mitos y sus fundamentos de salida, las guerras y el amor― que se configura como la obra inaugural de la literatura occidental, y es consecuencia del proceso de abstracción de un gran viaje, entre los siglos VIII a. C. en las costas griegas del Asia Menor (actual Turquía asiática) y el siglo VII a. C. Su autor, pese a la volubilidad orgánica de la obra, y esa es su odisea, habría utilizado una lengua literaria y artificial de la antigua Grecia, no hablada por el pueblo. Homero completa con lenguas humanas lo que asigna el huracán de héroes y dioses.

Esta epopeya o cuento aglutinante y residual, de dioses y héroes, de hombres que pretenden ser dioses, es parte de la cultura y el alma del ciudadano griego y le señalaba cómo debía comportarse y cómo debía ser su proyecto vital. O sea, tenía un carácter no de azaroso entretenimiento, sino de rito sagrado. Mostraba el destino humano en las fauces tempestuosas de los dioses.

Definía la distancia y también la lejanía entre los mortales y El Olimpo y enseñaba, además, el concepto de Areté. Como señala ese libro sagrado nuestro que es Wikipedia: “Los griegos memorizaban sus versos desde la infancia para aprender valores fundamentales como la valentía, la astucia (representada por Odiseo), la lealtad familiar (Penélope) y el respeto a los lazos filiales (Telémaco). Código de hospitalidad (Xenía): La xenía era la ley sagrada de proteger y hospedar a los forasteros, protegida directamente por el dios Zeus. Gran parte de la trama de La Odisea castiga a quienes violan esta ley (como los cíclopes o los pretendientes) y premia a quienes la respetan”.

Una Grecia fragmentada en cientos de ciudades-estado independientes (polis) que solían pelear entre sí, necesitaba de un paradigma de orden divino y un ejemplar castigo al orgullo desmedido o hýbris que zozobra el destino de los hombres, todo en una misma lengua, con un mismo pasado mítico y con dioses compartidos.

Más allá de lo perentorio ―la presencia y el presente del griego unido a la polis y a la naturaleza y sus astros― La Odisea inaugura la literatura de viajes que es la ciencia del hombre en su estado social. La curiosidad fue un rasgo central de la antigua cultura griega y el motor que impulsó el nacimiento y la exploración del mundo Y el amor, tan vaciado en la obra homérica, es rayo voraz de este viraje a “lo civilizado, a lo nuevo”, recorrido desde la aldea al reino. Sabemos de dónde viene la palabra “nostalgia”. El griego nostos nos recuerda (nos embarga) el regreso a casa, y ahí está algos, dolor, purga, sufrimiento.

Se ha replicado, respetado, e incluso repelido este viaje real y simbólico, y su erosión emocional o su tormento embriagador de quien, a más, quiere recuperar su identidad, su hogar y acaso sus ruinas y el mundo, en sus vaivenes y tentaciones de identidad, de casa y de mundos que amenazan la memoria y el arribo del cuerpo a su dolor (a su parto) de ser.

Freud fue un eximio navegante.

En nuestros días, Ítaca, de Kavafis, ve el viaje de Odiseo como el nacimiento del ser, parte esencial de la aventura de inquirir:

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
(...)

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales

(...)

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

(...)

Es lo que falta para nuestra odisea contemporánea: no apresures nunca el viaje.

Con esa velocidad con que llegaba el siglo XX ―la atolondrada entrada a nuestra Ítaca virtual―, James Joyce habla, balbucea, del período de la vida de tal aventurero, que en este caso es el hombre abstracto, y de su Ítaca, aquí su viaje como el suspiro de un día indiferente.

Jorge Luis Borges, ya más cercano a la salvación de los astros y a las ruinas circulares de la perpetuación, ve el viaje del griego como una poética:

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Ítaca
verde y humilde. El arte es esa Ítaca
de verde eternidad, no de prodigios.


¡Tanta Odisea griega nos ha quebrado en islas!

¡Ah!, ¡Fernando Pessoa fue un montón de Ulises! ¡Ítaca engañó a más de un Rimbaud…!

Podríamos presagiar este movimiento humano que es la vida como la de una aventura de un ¿astuto? nauta extraviándose. Especular por ejemplo (y Fedro de Platón propone esta discusión) que la cultura oral es un océano y la cultura escrita es esa infame Ítaca de polvo y osamentas, que el mito de los dioses y los héroes, su invención, y y la algazara oral, su traslado, llegan finalmente a lengua escrita, su corrupción, tierra firme (¡?).

Ítaca es lugar de olvido porque es el final, es la tromba de todos los recuerdos, regresamos y ya no hay casa ni abrazo veraz, actualizado. El mar es la memoria que llama como un parabién nuevo, como una esperanza de libertad, la astucia que se nutre de viento de perfumes y también de nuestro daimon para allegarnos (como diría un Heráclito) siempre nuevas veces a nuestras aguas de ir y de origen.

¿Y si el periplo de Odiseo ―como diría un budista o el minotauro de catorce puertos― fuera parpadeo de meditación o por eso quizás no-movimiento u otra cosa diferente al ser?

La literatura de Occidente ―acaso― es de pérdidas, de naufragios y de guerras por recuperar aquello que Nadie sabe. La escritura ―y tal vez el lenguaje― sea fracaso.

Tal vez la diosa Penélope trame otros texidos.

Tal vez Circe nos busque puercamente.

 








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