La niñez, la orfandad, lo que somos, nuestra casa cercada de escombros, el juego de la buena o de la mala consciencia, el ser o no ser de los espectros ―dan para una Biblioteca de Babel. Personalizamos el mundo, el mundo nos vacía. Entonces, inventamos a un dios para darle razón de ser o fe de seguir alo que tocamos.
Por ejemplo, una piedra. Y ahí están las pirámides, y ahí está la muralla, el foso. ¿Hemos dado un paso en verdad más allá de la caverna…?
Como una piedra epigrafiada que arrojamos al pozo del tiempo, o una piel de cordero lastrada, un lápiz flota en el espacio de los espacios. Stanley Kubrick. Epostracismo. Elige la película o el libro.
Por ejemplo, inventamos el agua que somos, el espíritu que nos lleva y nos asalta trenzando el agua.
Un libro es un fingimiento ni siquiera ridículo, de piedra o de agua, impreso o digital… compuesto por hojas encuadernadas, diseñado para transmitir conocimientos, historias o información. No es algo en sí mismo; es “transmisión” eso que invocamos en las palabras memoria y encuentro.
La pira de un cuerpo incendia las aguas del Ganges. TODO ES MEMORIA, SIENDO QUE TODO ES OLVIDO.
Aun “convirtiéndonos en libros” no dejaría de ser vano el mundo, como dice el Libro ―el Eclesiastés; el hombre que transmite ese deseo de ser hombre es, también, foso de fosos.
Por ejemplo, la consciencia del autor checo más hondo y receloso ―Kafka― reclama por parábolas y paradojas, y sus libros son la angustiosa realidad. Kafka, en una famosa carta a Felice Bauer (de noviembre de 1912), declina: “A menudo he pensado que mi mejor modo de vida consistiría en hallarme con mis útiles de escribir y una lámpara en el interior de una bodega cerrada y espaciosa. Alguien me traería la comida y la dejaría siempre lejos de mi sitio, detrás de la puerta, más hacia el exterior de la bodega. El camino que debería recorrer para ir a buscar la comida, en bata, a través de todas las bóvedas de la bodega, sería mi único paseo” ―cita casi literal de su relato “La Construcción” (Der Bau).
La memoria y el olvido tienen un punto de encuentro ―onda de agua/profusión de la piedra―, un refugio subterráneo con una entrada vigilada y “emplazamientos” internos que funcionan como nuevas celdas de seguridad, donde cada puerta adicional que se desea para aplicar el personaje que somos, solo aumenta el miedo a ser descubiertos. Jorge, un amigo escritor, me contó tal relato de Kafka como si fuera declaración del propio Kafka a un periodista, y sin embargo corresponde a la sensibilidad y a la consciencia del propio autor checo. Los libros son rasguños de mundo.
Los libros no existen. Se puede recontar (reescribir es salpicar las ruinas, haber sido el personaje que no somos) la historia del Quijote, como lo hizo un moro o un cristiano y también como lo hizo Pierre Menard. La literatura, lo dijo Borges, autor de Pierre Menard autor del Quijote, es la historia de unas cuantas metáforas.
Y recordemos que una metáfora tiene memoria y tiene olvido. El agua que danza sus piedras, eso podría ser un libro, un libro que es agua y piedras de agua, un libro que nunca podrá existir.
La vanidad del hombre crea el zumbido y solo queda un agua que canta sus piedras. Poco a poco el hombre, el ser del hombre, va quedando registrado, rezagado, en la ciencia y en la poesía ―que, en suma, claro, son lo mismo: “no hay una sola materia científica que, en un momento dado, no haya sido tratada por la literatura universal: el mundo de la obra literaria es un mundo total” como aquella “gran unidad cosmogónica de que gozaron los griegos antiguos”, nos remarca Roland Barthes, e inmediatamente advierte: “La ciencia se dice, la literatura se escribe; la una va guiada por la voz, la otra sigue a la mano; no es el mismo cuerpo y, por lo tanto, no es el mismo deseo…”. Y agregamos nosotros, todo deseo busca su agonía ―codiciar la nada.
Hemos traspasado la racionalidad a las cosas de artificiosa inocencia, a la Nada y a los Nadie, y en unos años más cada ser humano podrá ser el objeto que quiera, sin saber lo que es un libro, que es un objeto, un señuelo de piedra para el gran pez agua, lo que simboliza el contenido de ese símbolo sin tiempo ni espacio, antimetáfora y pureza que encandilan. Solo habitaremos el agua y sus piedras, los libros no bastarán; para eso el conocimiento y, más aún, la sabiduría, y, fundamentalmente, todo lo humano se ponen en duda, porque nada será más necesario que un griefbots[*], una imagen de una imagen, un holograma, lo que podría haber sido alguien o alguno, una persona, un libro, imaginación y destello. Seremos sin contenidos, sin emociones ni alma, un vaso lleno de su 'vasedad'. Un vano intento de todo.
Todos los libros que he sido se olvidarán, todos los libros que hemos sido nos olvidarán, y la memoria traerá aquello que no hemos cumplido. Por eso Kakfa quería horadar sus libros, porque sus libros representan esa belleza triste: la vasedad de lo humano.
Mientras el castor roe ―por ejemplo― es un libro que nunca dejaré de haber fulgido, existe en mis escritos pero no existe como libro; es una creación ―ínfima, infinita― de mi memoria que quiere pasar, de mi olvido que no tiene fin porque está dentro del mundo, y el mundo es una muralla, y el mundo es un foso. Y también hay pirámides de huesos. Pero solo quedará la atalaya, la torre… mientras el castor roe.
Pero solo quedará la imagen en los espejos. Nos ahogaremos, ya sin palabras y sin libros y sin cuerpo. Solo quedarán los dibujos y su inefable bruma. Y ese tremendo amor que nos tenemos, amor, no podrá ser contado y, menos, vivido o redivivo. Los dibujos que tú dejas quedarán en la nostalgia del universo: que es el universo que no se piensa a sí mismo. Sé que nada es real, y es que tú resplandeces.
A veces me olvido de la oscuridad.
¡Si escribes, alumbra…! Y parto.
¡Quisiera que las piedras cantaran! Y luego borrar las palabras.
Todo es hermoso, siendo que todo es olvido. Eso que cesará cuando el hombre haya cumplido su venganza de haber ansiado, por o pese a la carne. Para salvarse, ha invocado al alma y a los libros, aquello que se dice y aquello que se escribe.
Si todo lo que he sido estos minutos que has sido tú conmigo, son ese pozo de Kafka, ese laberinto en regazo de hormigas y dioses, esa nostalgia de una nostalgia, eres personaje de un libro que nunca ―un libro infinito y puro―, y ese nunca será lo mío y lo tuyo. ¿Qué se ama cuando se ama…?
Y el silencio reinará como un jardín del cual nadie pecará, siquiera, por inocencia o por rabia.
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Nota
[*]Los griefbots o "bots de duelo" son sistemas de inteligencia artificial (IA) que utilizan la huella digital (mensajes, redes sociales, vídeos) de personas fallecidas para simular conversaciones, imitando su personalidad y voz. Buscan consolar a los deudos, pero plantean graves dilemas éticos sobre la memoria, el consentimiento y el duelo. [Tomado de Internet]

CONSULTAS
—Martín Hopenhayn: ¿Por qué Kafka? Poder, mala conciencia y literatura, primera edición, Paidós, Buenos Aires, 1983.
—Roland Barthes: De la ciencia a la literatura, enEl susurro del lenguaje Más allá de la palabra y de la escritura, 2ª edición, Paidós, Barcelona, 1994.
REFERENCIAS
—Tractatus Logico-Philosophicus, Ludwig Wittgenstein.
—Jean Baudrillard.
—Fahrenheit 451, Ray Bradbury.
—Eclesiastés.
—Jorge Luis Borges.
—Franz Kafka.