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NOTAS A PROPÓSITO DEL LIBRO EL TORERO VOLADOR Y OTROS CUENTOS,
DE JOSÉ LUIS PRIETO

(Talca, 1ª edición, 2026. Impresos Santal. 89 pp.)

Por Marco Aurelio Rodríguez

 

 

En época donde se ha embargado la materialidad del mundo en felicidad de espectro, o dicho en palabras de campo, nos engordan de cerdos y nos zampan de chuleta, será mejor empezar todo de nuevo. Somos devorados por los símbolos y por el microplástico en forma de peces. Ulises ―el irlandés― se ha perdido en el océano de un kilómetro cuadrado porque, sencillamente, del hombre se han perdido las señales de ruta.

El arte ya no nos dice, es una escultura invisible de un millón de dólares o una alcantarilla con pintas de excremento de diversos colores y texturas. Ya no basta la Tierra para experimentar. Quien conoce los preceptos de James Lovelock ―vía Francisco Varela― defensor de la Gaia, “del planeta que vive” y cuyos órganos somos todos los seres, no sus secuaces o secuestradores de chuletas de tierra para nuestra avaricia, se da cuenta (o no quiere darse cuenta) que hay que empezar todo de nuevo. Ser parte del todo y no “hacerse de todo y de partes”. Nuestro planeta está en crisis.

La ciencia nos lleva “a estar vivos y estar muertos”: somos inmortales. Pero algo hemos perdido.

Quizá haya que empezar todo de nuevo. La cultura es un viaje fracasado. Un Ulises sin Ítaca. Y el fracaso más grande es defender el aparente no fracaso. El arte es una banana pegada por una cinta en los muros. La literatura, la poesía, hablan de imposibilidades banales u abstrusas, vacío del ser, diamantes en esquirlas, imágenes que ya no importa que sean ciertas, que causen sangre. ¡Si hasta la sangre la podemos inventar!

Llegará el día… Hoy día el día llegó para mí. Leí un libro con imágenes sencillas y posibles: “Los jovencitos le pedían a la Virgen que hiciera invisible al Diablo. Que de negro toro lo transformara en nube, relámpago o viento”. Homero en tiempo de ausencia de dioses quizás hubiera escrito eso. ¡No están los tiempos para idolatrar a indomables, rúbricos o clásicos! Hemos perdido.

Ya ni siquiera balbuceamos, ¡hemos roto las palabras como espadas!, ¡ban(d)alizado los sueños!

¡Si dejáramos a los delfines hablar; a las flores amarillas defenderse!

Si empezáramos de nuevo a conocernos (me gusta la eventualidad del “amor es ciego” de Boris Vian: empezar), hablarnos de cosas sencillas. Voces ancestrales y populares, historias de la aldea, personajes coloridos y corajudos, y seamos también naturaleza.

A no ser un fantasma ―una pantalla―, un cliente, un algoritmo.

A ocupar la voz y los gestos. A ser leyenda. A vivir de la infancia y de la ancianidad y, entre ellos, los instantes, las anécdotas. No confundir con proyectos (políticos, utópicos, tecnológicos, religiosos): la escritura falseó los proyectos puros, los enciclopedió.

Sé que lo propuesto es un sueño, tal vez una niñería. Pero hay que empezar todo de nuevo. Que lo intelectual (o lo racional, si se gusta) sea una intuición y nos sensibilice.

Tal vez si volvieran (eso es empezar ―todo de nuevo) las personas y confiaran. Sé que ya se hizo el Proyecto Paraíso y alguien asesinó al agrario.

Tal vez intentándolo en un libro que nos hable, cuyas palabras nos cuenten. No podemos ser esclavos de la muerte. Y la relación que tenemos con la tierra no es otra que símbolos vacíos como tumbas esperpénticas.

La literatura debiera ser el tiempo que no se acaba. “Hubo una vez…”.

Somos uno con la naturaleza. Seamos. Sí, ya sé que se inventó la fotografía, y otras formas de catalepsia, pero podemos conectarnos con las flores y los animales y saber que eso es la vida. A mí me gustan los cuentos infantiles, porque se han quedado, no tranzan. No se convierten en cohetes espaciales para ir a conquistar (apropiarse de) otros planetas.

Hace tiempo (quizás milenos, desde que empezaron las creaturas en torno a un fuego) que no disfrutaba tanto unos cuentos. Sencillos, hilarantes; humanos y puros. Sí, escritos por alguien ―José Luis Prieto― que en sus años mozos fue futbolista, en sus años hermosos pintor y que, ahora, claro, está empezando a escribir como se habla, que es la forma más alta del arte y el vivir (“hay que empezar todo de nuevo”), ha desarrollado una voz cada día más popular y culta. Con él, viajero e ingenioso, se puede volver a Ítaca y hacer un asado y compartir un vino. Tal vez nos engañaron con el Paraíso o el tal Edén.

Si basta con pensar que seres parte de una materia viva pueden compartir vida, que saben cómo funciona el mundo para funcionar con el mundo, y tratan sus negocios y sus ocios con un león al que hay que acomodar su dentadura y hable/ruja.

Con José Luis Prieto he compartido charlas, y anécdotas y tientos, literatura y más de un café, que me hacen confiar en el corazón humano que inventa y que se inventa.

Vivir es vivir, no explicar, no inventar lo inverosímil. No somos dioses, somos fabuladores y la Tierra es nuestro fuego y somos llamas.

Tal vez la vida sea simple y, con tanta escritura, nos hemos confundido como un Ulises ingenioso que no llega a ninguna parte.

 

El libro empieza con una declaración de principios:

Escribe como hablas.
Escribe como vives.
Escribe como sientes y piensas.

 


 

 

 

 

Junto a Ignacio Prieto, nuestro autor J.L. Prieto








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NOTAS A PROPÓSITO DEL LIBRO "EL TORERO VOLADOR Y OTROS CUENTOS", DE JOSÉ LUIS PRIETO. (Talca, 1ª edición, 2026. Impresos Santal. 89 pp.).
Por Marco Aurelio Rodríguez.