No sé si hablar de nuestros orígenes en el Valle del Rift. No sé si debiéramos hablar, que es la forma simbólica y a la vez tangible de pensar, pensando que la palabra es origen, habitación de algo o de alguien, no sé si pensar desde las aguas (Heráclito ―”todo fluye”, panta rhei) o desde las piedras (Parménides ―y lo demás es… doxa, opinión, pero no ser). Tal vez todo sea glorioso, alucinación o karma. O divagar. Será mejor callar aquello que no se puede hablar.
No sé si hablar de Dios o de Lucy en el cielo con diamantes (Lucy in the Sky with Diamonds) y sus escenas inspiradas en un dibujo del hijo de John Lennon, su amiga Lucy con estrellas de lujuria infantil, cielos de mermelada y ojos de caleidoscopio. A un fósil bastante completo, de 3,18 millones de años, descubierto en 1974 en el desierto de Afar, en Etiopía ―que parecía pertenecer a una mujer―, se le llamó Lucy, nombre tomado de la canción de los Beatles ―representantes de la psicodélica divina aquí en la Tierra, como lo sermoneó uno de ellos. (¿Qué será de las canciones, de los niños nacidos en burbujas de diamante?) Todos los embriones son femeninos al principio. Un feto, por defecto, se desarrollará como mujer a menos que los genes del cromosoma Y activen las vías de señalización correctas para iniciar el desarrollo reproductivo masculino. Durante el desarrollo temprano, las gónadas del feto permanecen indiferenciadas; es decir, todos los genitales fetales son iguales y fenotípicamente femeninos. Es decir, y según leí desde mi pensamiento avaramente científico, no existe o es posible que no llegue a existir el sexo o, mejor, se puede llenar solo de Lucys el mundo, así como lo está siendo de muñecas Barbies. Pero, si no Lucy, podríamos ser intrusos. “Vivimos en lo impermanente”, dijo el autor de Definición y pérdida de la persona ―gran poeta.
Si planteamos no los orígenes, sino las causas… Tenemos al Homo habilis, al Homo erectus y, finalmente, al Homo sapiens. Dejó de jugar el hombre a ras de tierra, se alzó y empezó a desgravitar su pensamiento, ahora más cerca de las estrellas. El tiempo de su faz no es el mismo tiempo de la gusanía. Según la teoría de la relatividad de Einstein, el tiempo transcurre más rápido en la cabeza que en los pies debido a que la gravedad es menor a mayor altura. Aunque imperceptible, la cabeza envejece ligeramente más rápido (0,0003 segundos por año) que los pies al estar más lejos del centro de la Tierra [¡gracias IA!]. Si ves a un niño jugar como un primate ―piénsate―, ¡deja que se acostumbre!
Primero, hace más de 2 millones de años, las herramientas, piedras puntiagudas, palos afilados y huesos gruesos para facilitar la caza de animales, manipulación aún no destructiva, fueron el pulsor de los sueños humanos. Su pensamiento sin casa ni gran caza todavía. El bípedo utiliza elementos progresivamente más poderosos, a más de la obcecación del trueno y del fuego. Ya manipula la naturaleza, guturan los dioses por arboledas y estrellas. Período de migraciones, de búsquedas; empieza a sentir aquello que lo rodea. El sapiens de hace 100.000 años, dará paso a la revolución neolítica de hace diez mil años. La creación de aldeas y ciudades y laberintos y celdillas. La gran invención del mundo fue la muerte; antes “no se moría”. ¿Por qué Caín llegó su ira? No solo por envidia de su hermano, que es “su misma carne”. El hombre deliró de existencia ante lo infinito todavía innombrado; en palabras del historiador Arnold Toynbee (Un estudio de la historia) se inicia un fenómeno que nunca ha desaparecido de la faz de la Tierra: la abominación de la desolación. El hombre fabricó el espíritu y, de trasvasije, las estructuras (las nomenclaturas, las paradojas, las certezas; los trabajos y los días). Y la Historia siguió esas aporías. Violencia contra los hombres y contra la naturaleza. La guerra dio la semilla que es la sangre humana. Destrucción, autodestrucción, embargo. Individualismo. Y las causas, coadyuvadas por las cosas que el pensamiento del hombre nació ―máquinas, palabras, tiempo, ilusión―, dieron al hombre poder, que se regodea de la fabricación de otra cláusula, la libertad ―que nunca es libre de llegar.
Y el hombre dejó de ser naturaleza. ¿No sabe acaso, el hombre, que vive?, ¿que vuela y se transforma? ¿La oruga sabe si se sueña mariposa? Me gusta la parábola del primer hombre que baja de los árboles y, con una rama, dibuja un árbol en el suelo y se pone a habitar, y despierta en un sueño que no sabe dónde es.
Soslayamos que las algas y las mariposas han desarrollado su ADN más que nosotros los seres humanos, o que las lombrices de tierra, en términos de masa, poseen más que toda la humanidad. Atendemos a ser seres racionales y sensibles, como nos concierne Descartes, el mismo que hizo hacer una muñeca (un ser, una autómata) que reemplazara a su hija que ya no tenía ser. Si no vivimos dentro de un arcón como la hija de Descartes, en un árbol, si no somos árbol, ni paraíso, ni naturaleza, ni hogar, deliramos de infinita soledad. “O homem quando descobriu que era inteligente não aguentou o choque e enlouqueceu”. Y eso es el pensar: hacerse en angustia, piel y alma de existir el ahora; la abominación de la desolación llegó a la cosa que somos, a su pensamiento de ser extensión de dudas. Sócrates se fabrica y desfabrica a cada tiradura de dados. Cleromancia, intentamos.
Si planteamos el hombre que fue y ya no es, inventamos (especulamos) lo artificial, lo que no seremos, ergo, el filigrana (watermark) que seremos. Si aquejamos qué… Jean Baudrillard habla de copias o representaciones de la realidad que han perdido su original o nunca lo tuvieron, pero esta “hiperrealidad”, donde la imagen sustituye a lo real, no es solamente lo otro; el simulacro es el hombre. Somos exacerbación de algo que no sabemos. Si no hay ahíes, las representaciones son más árboles que las costumbres de los pájaros y de los zorros que se quieren pasar de listos. No importa la ética ni el “alma”, ni menos las costumbres, ni anécdotas ni juegos, si el hombre no se erige. ¿Cuál es el fundamento de nuestra propia experiencia de ser hombre o mujer ―o alga, o gusano de tierra, o medusa, o durazno o mariposa?: Personas, usamos máscaras más que nunca: ¡estamos porque la vida debe resolverse de maneras prácticas, no importa lo que quiera nuestro ser; eludimos la pintura de ser nosotros mismos; sonámbulos en la zona de la cordura, los trabajos y los días! ¿Será bueno, o notable, o bonito, o sutil, o nunca y nadie, disfrazarnos, copular a la intemperie como sí lo hacía Diógenes? O anularnos o programarnos o construirnos. Ser ser humano, esa es la cuestión… ¡y Hamlet explotó!
Querer, todavía, no es llegar a ser. El desfase es el ahora.
¿Es posible, en términos de Diógenes, encontrar a un ser humano…? ¿O solamente vemos árboles de extraños ornamentos? (¿Qué fue lo primero que vio el hombre ciego a quien Jesús le devolvió los ojos?)
No por ser dueños (sic), somos seres humanos. La humanidad es desprendimiento budista, es riqueza de tenernos, es regresar siendo lo que debemos. Como reclama el “Soliloquio del Individuo”, de Nicanor Parra, el espíritu quedó tapado por las cosas que jugamos inventar. Habría que empezar todo de nuevo, y hay ¡tanto! cachivache: dinero, trajes, dinero, seguridades como máquinas, dinero, pantallas por espejos, ingenierías, sueños.
¿Habría que empezar todo de nuevo? En un campo nudista, en un lugar sin cuerpo y sin tiempo, en el Edén de nosotros mismos. El tiempo está abolido; el hombre, no ―todavía, todavía, todavía.
Somos androides, como la hija de Descartes, sí, somos inmortales. Busca tu código de fabricación en serie en tu ombligo, pozo de tus cromosomas, brocal de deseos: el anzuelo permite ver(nos). En Japón venden ombligos de artificio, ¿sabías? ―¡más alta, más hermosa! La mente absoluta acaso no es más alta y más hermosa ―consciencia, ojo mudo. Todo es universo, no importa el desorden del pensamiento. El discurso no vale; la representación se ha impuesto, no hay morada, sino hermosura de universos. Somos ya no fábulas, sino formas que danzan, herejías de cuerpos en los espejos ciegos, volvemos a la caverna, al antro, a la matriz que ―sabemos― es matrix.
Somos un juego de consola ―lo obvio, lo normal, lo que todo el mundo juega con antifaces humanos― y alguien con pijama de dios nos sonambula. En esa simulación de mundo, vemos una forma defectuosa de relación con el pensamiento. No se cuestionan instrucciones, cuántas vidas llevamos ni se evalúa la evidencia, que alguien piensa que pensamos. Suspendemos el juicio. Cuando jugamos, cuando nos juegan, somos nosotros mismos por toda la eternidad. La pregunta central, el pensamiento, no es quién, sino cómo y cuándo dejamos de pensar.
Si el tiempo es ―como la inteligencia que no pienso que me piensa― artificial o artificioso, ¿podremos empezar todo de nuevo?
Hubo una vez, hace mucho tiempo, en este instante, en este mismo instante una mujer y un hombre un amor, un instante. Por el amor llegar a ser el místico ahora, como proveía Eduardo Anguita. ¡Démonos unos meses de embrión…, ensangrentemos ―como las primaveras― de infinita, dulce y apacible nada! El mundo nos piensa; el mundo no nos piensa. ¡Cojamos el momento y convirtámoslo en soy! ¿Escucháis madurar los duraznos a la hora del estío, / a la venida del sol, mientras un príncipe danza / en vísperas de su coronación?
Si no podemos ser ―como Hamlet―, y dependemos de un Espectro (del p(P)adre, del hijo, de uno mismo), si esquivamos el amor… o caemos como Venus en el pudridero…, si no podemos conocernos a nosotros mismos (no tenemos centro) y parecemos “una ola rompiente de sensibilidad, de pensamiento y sentimiento”, el hombre y el cosmos han quedado derrumbados. Hemos devenido en el héroe-villano de nuestros tiempos, porque todo en nuestro corazón ha muerto. Y Nietzshe ha dicho: “Aquello para lo que podemos encontrar palabras es algo ya muerto en nuestros corazones; hay siempre una especie de desprecio en el acto de hablar”. La consciencia occidental ―y sigo a Harold Bloom―, es de desprecio; queremos ser dueños de una conciencia infinita y nos atoramos en un adentro: Hamlet tenía “el verdadero conocimiento”, “una visión de la horrible verdad” (Nietzsche), que es ese abismo que nos devora, que nos aparta de lo cotidiano. En palabras de Óscar Wilde, “el mundo se ha hecho triste” a partir de nosotros (perdón, “a causa de Hamlet”).
Parafraseando al autor de El origen de la tragedia: hemos ganado el conocimiento, y la náusea inhibe nuestra acción. Y es por eso tal vez que usamos máscaras y cuerpos prestados. Somos. Mueca de sonrisa o goce de llanto sobre un cráneo-Nadie. Somos. El canto de la personalidad, “paradójicamente libres” como Hamlet. Somos “el rapto dionisiaco” de una “conciencia infinita” que arrastra sin fin y, lo peor, sin trayecto: Nuestros pensamientos son nuestros, sus finales nada tienen que ver ―que así sella esa obra de comparsas dentro de la obra de Shakespeare que se llama Hamlet que somos todos nosotros, La ratonera. Ni siquiera pido perdón. Hay siempre una especie de desprecio en el acto de hablar.
¿Quién eres tú, sabroso animal que estás en mi jardín, ser perfecto?
Yo me autodefino como un durazno azul.


“Incluso un hombre que es puro de corazón, y dice sus oraciones por la noche, puede convertirse en lobo cuando el acónito florezca y la luna de otoño brille” (Curt Siodmak).